¡No pienso seguir viviendo con vosotros! ¡Todo os parece mal! dijo Jimena, mirándole a su madre con ceño fruncido, entre enfado y tristeza. De niña, que si no vayas allí, que no hagas esto Pero ¡mamá, tengo veinte años! Veinte. Llevo dos siendo mayor de edad.
Pues si eres mayor de edad y no quieres vivir con nosotros, búscate un trabajo, alquila un piso y págatelo tú sola. Ese es mi consejo, hija.
¡Qué fuerte! resopló Jimena. Primero era estudia, hija, no te distraigas con fiestas y salidas, y ahora vete a trabajar. ¿Y qué pasa con los estudios, que ya no importa? ¿Y en ayudar a tu hija, nada?
Tú siempre has sido muy independiente, nunca preguntas por nuestro consejo apuntó el padre, dándole razón a la madre. Así que si no quieres que nos metamos en tu vida, adelante, empieza la tuya desde cero, pero a solas.
Jimena realmente no tenía claro si le convenía ese escenario. Su madre no le exigía apenas que ayudase con la limpieza o la comida, su padre pagaba las facturas de la luz y el agua, compraba la comida y a veces le ingresaba algunos euros en la cuenta, sin pedir nada a cambio. Vivir así era cómodo, sin dudas. Si al menos los padres no se entrometieran tanto…
Pero era tan terca como decían en casa, y la leyenda familiar sobre una bisabuela revolucionaria acababa saliendo a relucir siempre que sus padres lamentaban su rebeldía.
Consiguió trabajo y alquiló un piso pequeño cerca de la Universidad Complutense, en Madrid. Solo entonces se le apareció la falta de dinero como un monstruo con cara de calendario y facturas. Antes solo lo había escuchado en murmullos: en conversaciones de autobús, en charlas de padres de amigos o en tertulias de la tele, con la frase no llega para lo básico.
El alquiler devoraba casi toda su modesta nómina, y aún había que comprar comida, recargar la tarjeta de metro, y pagar otras cosas. Las fiestas alocadas con las que había soñado pasaron a segundo plano sin que se diera cuenta. Sin proponérselo, empezó a valorar el dinero que ganaba y las “manías de sus padres ya le parecían menos insoportables.
Una tarde, al volver cansada del trabajo, vio a dos adolescentes alborotando en la acera; decían tonterías y se reían a carcajadas, con esa risotada hueca que tienen los que piensan que la vida es una broma sin gracia. Jimena negó con la cabeza; ¿cómo podían ser tan insulsos?
En las escaleras de un local abandonado, se sentaba siempre la misma anciana. Jimena la veía casi todos los días. Murmuraba bajito cosas incomprensibles. Una lata abollada a sus pies recibía, de cuando en cuando, alguna moneda que los viandantes sacaban quizás porque sí, pero en la era de la tarjeta de crédito casi nadie llevaba monedas ya. Sin saber muy bien por qué, Jimena solía guardar alguna moneda para esa mujer. Antes ni se habría fijado en ella.
Se hacía difícil llamar mendiga a la abuela: la ropa gastada y la lata no podían esconder cierta dignidad que aún traslucía. Agradecía con un gesto a quien le daba unas monedas, y seguía sentada en el escalón, muda y serena.
Al pasar, uno de los chicos pateó la lata con desprecio; resonó por la acera y las pocas monedas rodaron en todas direcciones. La anciana se incorporó, con dificultad, y comenzó a recoger las monedas, temblándole los dedos pero sin rendirse.
¡Pero qué hacéis, necios! exclamó Jimena, encendida de rabia, corriendo a ayudarla.
Los chicos, entre risas feas, le gritaron una grosería y siguieron su camino.
Tome, señora dijo Jimena, acercándole las monedas e incluyendo un billete sacado de su monedero. Y esto también, lo tenía para usted.
Gracias musitó la anciana, levantando la vista. Sus ojos, grandes y claros, parecían jóvenes enmarcados en la piel surcada de arrugas. Ya te he visto antes. Tú siempre dejas algo por aquí.
Acarició la lata abollada.
Está aplastada, habrá que buscar otra.
Le temblaban mucho las manos. Jimena pensó que la señora no se encontraba nada bien.
¿Vive muy lejos? preguntó, con voz preocupada.
La abuela negó con la cabeza.
¿Ves esos bloques en la plaza? Vivo allí.
La acompaño, si le parece. Sinceramente, la veo un poco mal hoy.
El corazón Me ha dado un susto ese chico. La mujer se apoyó en su brazo. Gracias, hija. No te retendré mucho.
En el minúsculo piso de la tercera planta las recibieron un ejército de gatos, como una guardia de honor inesperada. Jimena abrió mucho los ojos; perdió la cuenta de cuántos había.
Son doce explicó la anciana al notar su asombro. Nunca pensé que acabaría con tantos.
¿Y para qué necesita tantos?
No son para mí, chica. Soy yo la que les hace falta a ellos. Sin mí, habrían muerto. A Keka y Luli las dejaron en un contenedor en pleno enero Fui a tirar la basura y escuché llorar. Keka casi ni respiraba. A Pura la salvé de unos niños, y a Tuno lo recogí junto al mercado. Fina parió en el sótano, y tuve que llevarme a ella y los gatitos para que no los envenenaran ¿Me crees loca?
¡No, señora! Jimena se sintió avergonzada. Es solo que son muchos. Hay que darles de comer.
Por eso pido en la calle asintió la abuela.
Desde aquel día se hicieron amigas, de ese modo extraño y sutil en que se forjan los lazos en los sueños. Jimena empezó a visitarla, sentía que ya no podía vivir ignorando la existencia de esa mujer. Compartió su historia en sus redes sociales y, para su asombro, entre comentarios ariscos y fríos, pronto brotaron mensajes con deseos de ayuda y verdadera empatía. Y cada vez eran más.
Hija le preguntó su padre, receloso. ¿Para qué te metes en esos líos? Nunca fuiste amante de los animales.
Papá, esto no va de amor a los animales. Aunque, claro, nunca lo hablamos en casa. Supongo que por eso tampoco os pedí un perro o un gato. Ahora pienso ¿por qué no?
Calló un momento, luego añadió:
Esa señora, doña Eulalia Carmen, no cuida a los gatos para sí, sino porque ellos la necesitan. Y lo entiendo. Sin ella, ya no quedarían.
¿Vas a llenarte el piso de gatos y a sentarte con ellos a envejecer? se molestó su padre. Antes se llamaba a eso solterona, hija.
No pienso hacerlo, papá replicó Jimena. Quise quedarme uno para ayudar a doña Eulalia Carmen, pero la casera no me deja. No me tratéis como a una niña o a una tonta, ya he crecido. No hago nada malo.
Si tú lo crees suspiró el padre. Es tu vida, pero nos da pena.
No me compadezcas, papi. Estoy bien.
Jimena siguió ayudando a doña Eulalia Carmen. Por las redes consiguió familias para cuatro de los gatos más jóvenes, los hijos de Fina, salvados del sótano. Pero ocho quedaban todavía bajo el techo de la anciana, casi todos ya viejos y poco atractivos para quienes buscan mascota. Y ella, después de tantos años conviviendo con ellos, sufría por separarse.
Jimena, si alguna vez me pasa algo, ¿prometes que no los dejarás tirados? No tengo a nadie más que a ti, hija le confesó un día.
Jimena nunca se atrevía a preguntar por la soledad de la mujer, pero un día, simplemente, la escuchó decir, con amargura:
Yo también pude tener una nieta como tú. Pero no salió bien. Mi hijo se divorció, no podía tener hijos y luego murió en acto de servicio. Así terminé sola, con los gatos. No puedo ser indiferente ante la desgracia ajena, no sé dejar solos a los más débiles.
Un día, al ir a verla como siempre, la puerta no se abría. Jimena llamó a la vecina.
¡Buenas! ¿Ha visto a doña Eulalia Carmen?
No debería haber salido. Esta mañana se encontraba fatal. Espera hija, tengo llave.
La encontraron recostada, en paz como quien duerme en un cuadro de Murillo. Las arrugas parecían esfumadas y los gatos, desconcertados, maullaban bajos.
Ay, que doña Eulalia se nos ha ido susurró la vecina, santiguándose. Jimena lloró en silencio; nunca había visto la muerte tan de cerca.
¿Y ahora? ¿Qué hago? repetía, impotente.
Mira, niña, te ha dejado una nota en la mesa.
Con la vista nublada, Jimena descifró la caligrafía temblona. Doña Eulalia Carmen le dejaba el piso, pidiéndole que no abandonara a sus gatos.
Solo a ti puedo pedírtelo, mi niña
Jamás pensó Jimena que aprendería tanto sobre trámites legales, hasta que conoció a Salvador, con quien había intercambiado mensajes tras su primer post sobre los gatos. Era de los pocos que había escrito con verdadero ánimo. De ahí surgió amistad, luego citas. La familia de Salvador era distinta; siempre tuvieron animales y él amaba los animales de verdad. Ayudaba en refugios, daba charlas, movía las redes para buscar hogares.
Estudiaba Derecho y le ayudó en todos los papeleos en aquel momento difícil.
¡Jimena, qué suerte! exclamó la amiga Lucía. ¡Tienes piso propio! Pídele a Salvador que meta a los gatos en una protectora y arreglado.
¿Estás loca? Le prometí a doña Eulalia que no los abandonaría.
¡Pero si ya ha muerto! ¿Qué más da? Te vas a quedar sola, esos bichos igual viven años.
Lucía, mientras vivan, los cuidaré. No puedo traicionar su confianza.
Hablas como una anciana.
Tampoco sus padres la apoyaron.
El piso está bien, pero esto parece una película. ¿Cómo alguien deja a su hija un piso? se quejaba la madre.
La vieja estaba loca, te llenó la cabeza de historias y te ha complicado la vida gruñía el padre. Ha limpiado su conciencia con los gatos, no contigo.
Jimena salió de casa triste. Nadie la comprendía.
¡Jimena, espera! la alcanzó Salvador. Venía a verte. ¿Qué te pasa?
¿Piensas igual que todos? preguntó a bocajarro.
¿Por qué?
Por los gatos. Todos dicen que he arruinado mi vida.
¿Arruinarla? Doña Eulalia te eligió porque vio en ti bondad. Cualquier otro los habría echado. O peor.
¿Entonces no me reprochas nada?
No; cuesta encontrar personas honestas de verdad. Me alegra haberte conocido. De hecho, una mujer ha leído la historia de doña Eulalia y quiere quedarse con dos gatos. Iba a decírtelo.
¿Seguro que los tratará bien?
Vendrá a verlos. No te preocupes…
Al casarse, quedaron cuatro gatos con ellos. Tuno lo adoptó la vecina.
Siempre me cayó bien… y vosotros no estáis lejos, por si acaso.
Otro se fue con los padres de Salvador.
Están acostumbrados reía él. De pequeño siempre les llevaba animales a casa.
Cuando Jimena volvió del hospital con su hijo Mateo en brazos, vio a Keka, Luli, Pura y Fina sentados desde el pasillo, como guardianes de su recién nacido.
¡Las canguros han tomado posición! rio Salvador. O serán gatabuela, ¿no?
Hola dijo Jimena, acariciando suavemente a sus gatos. Ya estoy aquí. Ahora dejo a Mateo dormido y vengo a consolaros, ¡mi herencia peluda!






