El marido perfecto
Justo a las seis en punto, Lucía entró flotando en el piso de la Calle Alcalá.
¡Hija, hola! asomó la cabeza su madre desde la cocina, con voz que olía a tortilla de patatas. ¿Qué tal el día?
Bien murmuró Lucía entre dientes. Todo igual que siempre: sus amigas se habían quedado merendando en el Retiro y ella, como cada atardecer, rumbo a casa.
¿Por qué tenía que estar en casa exactamente a las seis? ¿Quién había inventado esa absurda norma?
Lucía se cambió y se sentó a la mesa.
Mamá empezó, buscando estrategias retorcidas. ¿No te has dado cuenta de que ya es verano? ¡Verano!
¿Y qué? replicó su madre, removiendo una cazuela invisible.
Pues que anochece muy tarde…
¿Y qué?
Lucía sentía que era hablar a una tapia. ¿Eran tan enigmáticas sus insinuaciones?
Podría volver a casa a las siete, ¿no?
Vio que su madre se reía por lo bajo.
Mira, Lucía, tenemos unas normas y llegar a las seis es sagrada. Cuando entres en la universidad, ya verás cómo cambia la cosa.
Lucía suspiró. Bueno, al menos un pequeño respiro…
Picoteó algo deprisa y se encerró en su habitación, aferrada a los manuales, soñando con el día en el que escaparía del cerco familiar.
El verano se fundió en otoño, después vino un invierno dormido y, de repente, Madrid floreció en primavera.
Lucía estaba hecha un manojo de nervios; la selectividad acechaba como un monstruo y había que sacar matrícula para entrar en la Universidad Complutense. Entonces, sí… entonces viviría de verdad…
Aquella tarde atravesaba el parque de El Capricho y se sentó en un banco torcido por los sueños. Rumió los caminos posibles: ¿esa carrera era lo suyo? ¿No sería mejor torcer el rumbo y buscar otra cosa antes de que fuera tarde?
Buenas tardes, guapa susurró una voz masculina, que salía de una grieta en el aire.
Lucía pegó un brinco y se giró. A su lado, un chico sonriente de ojos como pan recién horneado.
Buenas… balbuceó Lucía. Le sonaba de algo muy, muy remoto, como de otra vida.
El chico leyó su mirada y contestó:
Me llamo Álvaro. Vivimos en el mismo bloque, pero en portales distintos. ¿Te acuerdas la vez que tocaste la campana en primero de primaria? Pues yo era el que te llevaba a hombros. ¿Ahora caes?
Lucía asintió. ¿Cómo haberse olvidado?
Hoy me libré pronto y me dio por pasear. Te vi y pensé: esto es el destino.
¿Por qué destino? Lucía alzó las cejas.
Porque hace siglos que no te veía, pero enseguida te reconocí.
Charlaron como si el reloj hubiese perdido el sentido, y al final quedaron para el día siguiente, en ese mismo banco y a esa misma hora, como si el parque fuese la antesala de todos los futuros.
Lucía se deslizó en casa como un gato, pero su madre la oyó igual. Le volvió a sacar charla abstracta desde el pasillo.
Mamá, acabo de llegar. ¡Déjame al menos cambiarme! suplicó Lucía.
La madre rodó los ojos y volvió al fondo de la cocina. Lucía, mientras, entró en su cuarto con una sonrisa idiota y el corazón galopando.
Álvaro le había dicho que le gustaba desde hacía tiempo, que había florecido y que estaba feliz de encontrarse con ella.
Lucía se miró en el espejo, bailó un giro torpe y sacó la lengua, perdida en un sueño raro; de pronto era novieta de un muchacho ya hecho y derecho.
Álvaro le encantaba; parecía sensato, responsable, incluso le aseguraba que sus padres lo hacían todo bien, que tenía que estudiar, sacar carrera…
Solo se veían de día: paseos por el centro, cine en versión original, algún café discreto en Lavapiés.
Álvaro supervisaba sus apuntes, le explicaba trigonometría y hasta le ayudó a elegir asignaturas. Así, Lucía entró sin mucho sudor en la universidad. Al día siguiente, Álvaro le soltó:
Lucía, ¿sabes qué?
¿Qué?
¡Cásate conmigo!
Lucía se atragantó con el aire:
¿En serio? Pero… yo tengo que estudiar…
Te pongo media jornada en la empresa de mi primo. Así coges experiencia, terminas la carrera y te rifan después.
De repente, Lucía sintió que sus sueños se hacían carne. Si se casaba con Álvaro, no habría vuelta al nido, nunca más. Y encima, le quería, ¿no? Así que…
Vale, acepto susurró Lucía.
Entonces, el sábado hablamos con tus padres y el domingo, con los míos.
¿Con mis padres?
Claro. No temas, todo irá bien dijo Álvaro.
Y, en efecto, todo fue como dictaba el guion. Los padres de Lucía aceptaron contentos.
Solo esa noche, su madre la miró muy de cerca:
¿Estás segura, hija? ¿Seguro que no vas muy deprisa?
Claro que estoy segura, mamá mintió Lucía.
Se casaron. Sencillo, sin banquete ni mariachis. Lucía apenas protestó, por no llevar la contraria a Álvaro.
Con la boda resuelta, empezó la universidad, poco después Álvaro la coló en una gestoría por las tardes, su vida debería haber sido perfecta. Pero no, Lucía estaba triste.
¿Para esto tanto anhelo? Esperaba librarse de controles, pero no: los padres de él y el propio Álvaro la supervisaban como si aún fuese menor. Aparte de las recomendaciones venían los consejos y las órdenes.
Lucía añoraba el cuarto propio de su infancia, donde podía refugiarse. Ahora, en casa de Álvaro, nunca estaba sola y solo en la universidad respiraba a fondo.
La Facul era otro mundo: dicharachero, libre, fresco. Se hizo de nuevas amistades y observaba con envidia cómo se iban de fiesta mientras ella suspiraba.
Da igual la consolaba Guillermo, uno de clase, dándole una palmada, ya tendrás tiempo de sobras para la juerga.
Lucía solo sonreía con desánimo.
Los años volaron: uno, dos, tres, cuatro… Y Lucía acabó la facultad. Por dentro sentía alivio y vacío. Su matrimonio hacía aguas.
¡Todo lo haces mal! gruñía Álvaro.
¿No te basta con cuatro años de rutinas cotidianas y uniformes listos?
¡Es que siempre igual, Lucía!
A Lucía al principio no le salía protestar, pero comenzó a defenderse. ¿Por qué de pronto todo era insufrible?
Seguro que le ha salido otra dictaminó su amiga Inés, y busca excusas para irse.
No inventes, Inés Lucía no lo creía posible.
Inés se encogió de hombros:
Eres muy inocente, solo eso.
Y el trueno cayó. Inés tenía razón: hacía tiempo que Álvaro tenía a otra y pidió el divorcio.
Lucía estaba en una fiesta con sus excompañeros de la uni, rodeada de humo pastel y luces impuntuales, y sentía un hueco grande por dentro.
Tantos años esperando esto, y ahora nada. Llevaba más de un año divorciada y seguía encallada en una pena absurda. Su exmarido ya se había casado; hasta la madre de él la llamaba a veces para quejarse de la nueva nuera que, mira tú, ni caso hacía a su hijo. Pero ni así, ni así volvería con Lucía.
Eh, Lucía, ¿qué te pasa? le animaba Guillermo. Estás aquí, con nosotros. ¡Era tu sueño!
Sí, pero esta fiesta es demasiado extraña, como una canción triste respondía Lucía.
Triste porque no te lanzas de lleno. Si organizaras tú una, seguro que lo petabas.
Ajá, claro masculló Lucía.
¿Cuándo es tu cumple, por cierto?
Queda… todavía.
Vale, vale… ¿Y en tu boda? ¿Te lo pasarías bien?
La pregunta la descolocó. Hasta se le encendieron los ojos.
Pues… quizá sí… aunque tampoco tuve boda de verdad recordó. Luego bajó los hombros. Pero para casarse hace falta novio y yo no tengo.
Lucía suspiró.
¿Cómo que no? soltó Guillermo, haciendo aspavientos. ¡Pero si me tienes a mí, que soy el novio ideal!
Lucía parpadeó. ¿Era broma o se lo decía en serio?
Que sí, que soy el candidato perfecto. Vamos, nos casamos, montamos fiestón y, si quieres, nos divorciamos al día siguiente. ¿Qué te parece?
Lucía se rio sin querer.
¿Ves? Ya sonríes. Soy especialista en levantar ánimos y devolver las ganas de vivir. Entonces ¿qué?
Guillermo puso una cara tan cómica que Lucía decidió seguir el juego:
Trato hecho.
Él le dio una palmada:
Mañana pedimos fecha al juzgado.
Por supuesto, Lucía ni se planteaba casarse realmente con Guillermo. Pero pronto, para sorpresa de todos (y de ella), Guillermo fue a conocer a sus padres y anunció que se casaban. Y, de alguna manera, logró que ella firmase la solicitud.
¿No crees que esto se nos ha ido de las manos? le preguntó Lucía.
Yo hablo totalmente en serio aseguró él, muy castizo.
Esa noche, una vez más, la madre de Lucía le preguntó:
¿Hija, estás segura de esto?
Ella se encogió de hombros y contestó, como si todo fuera un juego lunar:
No te preocupes, mamá. Nos casamos y ya, solo quiero una boda de verdad, nunca la tuve con Álvaro.
Bueno, bueno dijo la madre, y se perdió en la penumbra del pasillo.
Después vino una boda llena de risas rojas y confeti que caía como aceitunas doradas.
¿Se divorciaron tras la fiesta? No. Ahí siguen, Lucía y Guillermo, criando ahora a dos hijos que a veces se cuelan en los sueños de la madre, donde los relojes se doblan y los bancos de El Capricho siempre están esperando.







