Una vida ajena

Vida ajena
Carmen encendió el móvil y casi estuvo por estrellarlo contra la pared.
Ahí, en la pantalla, bajo los últimos rayos del atardecer, aparecía la delgada y tostada Lucía, copa en mano.
En un bikini que costaba lo que Carmen gastaba en un mes.
El remate fue la frase bajo la foto: «La felicidad existe. Está donde tú estás».
Vaya pájara murmuró Carmen sin rencor, dejando el móvil a un lado.
En la cocina, la tetera empezó a silbar. Desde el salón llegaron pasos a la carrera: los gemelos, Pablo y Sergio, en plena batalla.
Su marido, Javier, estaba en el salón viendo el fútbol y fingía estar lejos, en un lugar sin niños, hipoteca ni Carmen.
¡Javi, recoge a los niños! gritó Carmen.
Sí, sí resonó la voz desde el salón.
Por supuesto, nadie se movió.
Carmen suspiró, se sirvió el té y se sentó a la mesa, donde aún quedaba el arroz reseco de ayer, calcetines (¿de quién? madre mía, ¿de quién serían esos calcetines?), rotuladores por el suelo. Carmen recorrió el desastre con la vista, a punto de echarse a llorar.
Treinta y cinco años. Dos hijos. Un marido que tiene un trabajo decente, trae un sueldo decente, pero llega y se acuesta mirando a la pared. Un piso de protección oficial cuya hipoteca pagarán casi hasta jubilarse. Una vida de esas que dicen: «Normal. Como todo el mundo».
Y Lucía pues Lucía tiene atardeceres.
Lucía era su amiga desde el colegio. Juntas desde quinto, hacían fila, se pintaban los labios escondidas, lloraban por amores imposibles. Luego la vida las separó.
Lucía nunca se casó, ni tuvo hijos. Es diseñadora, vive de alquiler en el centro de Madrid y cada mes se escapa a un país diferente: que si Tailandia, que si Turquía, que si Maldivas.
Carmen miraba su Instagram y notaba crecerle por dentro un enfado sordo. Enfado disfrazado envidia.
«¿Por qué ella todo y yo nada?»
Porque Carmen no era una mala persona. Era buena. Siguiendo el manual: madre, esposa, ama de casa. Se levantaba a las seis, preparaba desayunos, vestía a los niños para el cole, echaba a correr al trabajo, volvía cargada con la compra, corregía deberes, se caía molida en la cama y vuelta a empezar al día siguiente.
¿Para qué? ¿Para que dentro de quince años vea otro atardecer en la story de una amiga y se pregunte dónde estaba ella? ¿Qué hacía? ¡Cocinando arroz!
¡Mamá, que me ha pegado! Pablo irrumpió, llorando.
¿Por qué?
¡Yo qué sé!
¡Cómo que no! Sergio entró tras él y le tiró un cochecito.
El coche golpeó a Carmen en la frente.
Cerró los ojos. Contó hasta diez. Miró a los niños con calma.
A la habitación, los dos. Ahora mismo. No os quiero ver.
Mamá protestaban.
¡Ya!
Los gemelos desaparecieron.
Carmen se sentó, apretándose la frente, clavando la mirada en un punto fijo. En su cabeza, las palabras giraban: Lucía, pájara, feliz, envidia, pecado Me da igual.
***
Una semana después, Lucía llegó a Madrid.
Era raro, solo ocurría una vez al año, pero Carmen siempre lo sabía. Lucía llamaba: «¡He llegado, vamos a vernos!» Y Carmen lo dejaba todo, escapaba del trabajo, cruzaba media ciudad solo para escuchar en una cafetería la historia de una vida ajena y brillante.
Esta vez quedaron en el Café Comercial. Lucía ya estaba sentada, mirando el móvil. Carmen se acercó y, nada más verla, notó cómo Lucía había adelgazado. Estaba tan esbelta que las mejillas se le afilaban y los ojos sobresalían.
¡Hola! Carmen le dio dos besos y se sentó enfrente. ¿Pero qué te ha pasado, mujer? Estás tan delgada
Bah, dieta Lucía lo quitó importancia.
¿Dieta? Si eres un palillo ya.
Después de los treinta, todo cambia sonrió Lucía, pero era una sonrisa forzada.
Pidieron cafés. Lucía hablaba de Tailandia, los océanos, las islas con amigas.
Carmen escuchaba y asentía, por dentro un hervidero.
Oye la interrumpió de pronto, ¿no te sientes sola a veces?
Lucía se quedó con la taza a medio camino de los labios.
¿Sola, en qué sentido?
Sola, sola. Viajas sola, vives sola, duermes sola ¿No te gustaría tener familia? ¿Alguien contigo?
Lucía dejó la taza. La miró largo rato.
¿De verdad quieres saberlo, Carmen?
Sí.
¿Sabes lo que más echo de menos? Lucía se inclinó hacia ella. Llegar a casa y que haya alguien. No un gato, no una amiga que viene un rato. Alguien que me diga: «¿Dónde estabas? Me he preocupado». Necesito que alguien me espere, que le importe, que me necesite solo porque sí. Simplemente porque existo.
Carmen no supo qué decir.
Pero mujer, tú tienes todo: viajes, libertad, dinero
Anda, Carmen rió Lucía. ¿De verdad crees que no me doy cuenta de cómo me miras? Piensas: “Vaya suerte tiene, siempre pasándoselo bien”. Pero yo te miro a ti y pienso: ella tiene un hogar. No un apartamento aséptico donde te despiertas contra la pared, sino una casa que huele a bizcocho, niños corriendo, un marido roncando en el sofá. ¿Tienes idea de lo afortunada que eres?
Carmen guardaba silencio.
El año pasado estuve en el hospital confesó Lucía, de pronto. Apendicitis. Cirugía, todo bien, pero tuve que estar ingresada días, ahí tirada, sola. Ni agua tenía. Llamé a mis amigas, todas ocupadas: trabajo, niños Tuve que pagar a una señora para que me cuidara. Me preguntó: “¿No tienes familia?”. Y yo, nada. Nadie.
Lucía se giró hacia la ventana. Carmen miraba su perfil, los pómulos afilados, las ojeras, y comprendió: se estaban haciendo viejas. Todas. Pero la vejez de Lucía era sola, en un piso vacío.
Lucía, lo siento dijo Carmen bajito. No lo sabía.
¿Cómo ibas a saberlo? Tú tienes tu mundo. El normal. El que tiene un para qué cada mañana.
¿De verdad crees que me levanto feliz? soltó Carmen, amarga. Me despierto y empiezo a pelearme con los problemas: la hipoteca, qué pasa con Javier que ni habla, cómo llego a recoger a los niños cuando salgo tarde del curro A veces siento que no vivo, sino que corro un maratón sin meta.
¿Cambiamos? sonrió Lucía. Te doy mis atardeceres, me das tus hijos.
Carmen se imaginó a sí misma despertándose en Tailandia. Sola. En la playa. Nadie gritando, nadie pidiendo arroz, ningún cochecito volando. Silencio y vacío. Y le costaba hasta respirar.
No quiero dijo firme. No quiero.
¿Ves? suspiró Lucía. Cada una lo suyo.
***
Permanecieron en el café hasta caer la noche.
Hablaron de tonterías, recordaron el colegio, rieron. Y, al despedirse, Lucía abrazó a Carmen fuerte y le susurró:
Dales besos a tus hijos. Todos los días. Crecen y se van. Y luego recordarás hasta cuando te lanzaban los cochecitos.
Tontorrona dijo Carmen, sorbiéndose los mocos. Tú ven más a menudo. Hago bizcocho.
Vendré.
***
El hogar recibió a Carmen con el habitual caos.
Botas, abrigos y mochilas tiradas en la entrada. Desde la habitación, la voz de Pablo: «¡Que me des mi coche!» La cocina encendida, y Javier removiendo algo en la olla.
¡Anda, ya has llegado! soltó él, dándose la vuelta. He hecho macarrones. Los niños están muertos de hambre. ¿Vas a cenar?
Carmen lo miró. Su camiseta dada de sí, la calva cada vez mayor, los ojos cansados. Y entonces pensó: él también corre. Trabaja, aguanta, no se queja.
Claro que ceno dijo.
Se descalzó y pasó al cuarto. Pablo y Sergio jugaban a los coches en la alfombra. Al verla, gritaron a dúo:
¡Mamá, que no me deja!
¡A callar! ordenó Carmen, sin enfado. A la ducha y a la mesa. ¡Venga!
Media hora después, estaban los cuatro en la cocina. Carmen, Javier y los gemelos. Macarrones con salchichas. Pablo balanceando la pierna y manchando el mantel de kétchup. Sergio construyendo torres de macarrón. Javier viendo el telediario en el móvil.
Una noche más. Una familia normal. Una vida normal.
Carmen los contemplaba y, de repente, se sorprendió pensando: «Quizá sea feliz. Creo que sí»
Recordó a Lucía. Su piso vacío. Su cuidadora pagada. Sus atardeceres sin nadie a quien enseñarles.
Javi le llamó.
¿Sí?
¿Por qué no vamos el sábado al Retiro con los niños?
¿Al Retiro? se sorprendió. ¿Para qué?
Por nada. Porque sí.
Él la miró, quizá extrañado, pero solo asintió.
***
Un mes después, Lucía escribió: «Estoy en la costa turca. Mar, palmeras, todo perfecto. Besos».
Carmen vio la foto. Lucía en un yate, el pelo al viento, el sol cayendo a sus espaldas. Maravilloso.
Carmen dejó el móvil. Se fue a buscar los calcetines de los niños para el colegio. Pablo se quejaba de que le faltaba uno. Sergio hacía drama porque quería desayuno ya.
Mamá, ¿cuándo vamos otra vez al Retiro? preguntó Pablo, asomando con un calcetín en la mano desde abajo de la cama.
El sábado, cariño. Prometido.
Y se sorprendió, esperándolo ella también. Como quien espera una fiesta.

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