Como siempre

Como siempre

Esperanza se despertó a las cinco y media, aunque el despertador no sonaría hasta las seis. Siempre le pasaba igual antes de los grandes días, cuando la lista de cosas por hacer se alargaba más que un lunes en el INEM. Se quedó un minuto tumbada, mirando la oscuridad tras la ventana y, con sigilo para no despertar a Fernando, se deslizó fuera del edredón. El marido murmuró algo en sueños y se dio la vuelta, apretándose aún más la almohada.

En la cocina, Esperanza encendió la luz y entornó la puerta. Tetera, fogón, gestos de siempre. Fuera seguía oscuro, solo las farolas dibujaban círculos amarillos sobre los coches aparcados y cubiertos de escarcha. Veintiocho de diciembre. Tres días para Año Nuevo y solo tenía listo lo que pudo ayer: la masa para las galletas en la nevera y la lista de la compra en la mesa.

Fernando apareció en la cocina a eso de las siete, ya vestido y oliendo a ese aftershave barato que parecía un ataque químico. Se sentó a la mesa y señaló la taza de té.

¿Qué vas a hacer hoy? preguntó Esperanza, sirviéndole el té.

Iré a la fábrica Fernando cogió la taza sin mirarla. Tengo que entregar unos papeles. Vuelvo por la noche.

Te lo digo por la cena. ¿Qué hago?

Lo de siempre se encogió de hombros mientras hojeaba el periódico. Ya sabes.

Esperanza estuvo a punto de replicar que lo de siempre no era una respuesta, que ayer hizo albóndigas, anteayer pescado y tres días antes estofado. Pero se mordió la lengua y sacó huevos de la nevera para la tortilla.

Hoy llama Marta comentó, batiendo los huevos con el tenedor. Dice que viene este finde.

Ajá Fernando sin levantar la vista.

El móvil sonó mientras la sartén chisporroteaba con la tortilla. Esperanza se limpió las manos en el paño y miró la pantalla. Marta.

Hola, hija.

¡Mamá, buenas! Escucha, el sábado estoy ahí, ¿vale? Sobre las dos.

Muy bien, muy bien Esperanza sonrió aunque la hija no podía verla. ¿Qué quieres que te haga de comer?

Lo de siempre, ¿puede ser? Con pollo, setas y cremita, ya sabes tú.

Claro, cariño.

¡Genial! Mamá, tengo que entrar a una llamada. ¡Muak!

Colgó antes de que Esperanza preguntara si se quedaría a dormir. Esperanza se encogió de hombros mirando el móvil y volvió a la sartén. Pollo con setas, eso significaba ir hoy al mercado a por setas frescas, buen pollo, y que no se le olvidara la nata.

Fernando se tragó la tortilla, apuró el té y se levantó de la mesa. Esperanza fue a recoger el plato, pero él ya iba camino de la puerta.

Nos vemos dijo mientras se ponía la chaqueta.

Fernando, ¿y tú…?

¿Qué?

Nada espantó el aire con la mano. Vete tranquilo.

Puerta cerrada, silencio de cocina, platos sucios y la marabunta de tareas girando en la cabeza. Mercado, cocinar, limpiar, lavarle las camisas al Fernando, comprar más adornos porque el gato rompió la mitad el año pasado. Hornear las galletas, llamar a la madre que se ofende si no la llamas.

Desde la esquina del alma picaba una astilla, pequeñita pero persistente. Siempre había estado ahí, pero Esperanza apenas era consciente. Sólo a ratos, como ahora, dolía un poco más.

***

Fue al mercado después de comer. El autobús retorcía el trayecto por las calles aún mojadas de la helada. Esperanza miraba por la ventanilla: casas, tiendas, las mismas paradas. Veinte años viviendo en el barrio, se lo sabía de memoria. Bajó en la parada del mercado, se acomodó el bolso y rumbo a la puerta.

El mercado zumbaba como una colmena. Empujones entre puestos, vendedores vociferando, y de fondo olor a carne asada y pino. Pasó de largo los puestos de ropa y flores y fue directa a la carnicería. Eligió un pollo bien hermoso, regateó para mantener las tradiciones aunque sabía que el precio no variaba.

¿Algo más, reina? le dijo la carnicera, envolviendo el pollo.

¿Dónde venden setas frescas aquí?

Allí al final, donde Pilar. Las recoge ella, buenísimas.

Esperanza asintió, agarró la bolsa, y siguió adelante. Las setas olían a monte, robustas, apetecibles. Medio kilo. Luego nata, mantequilla, algo de perejil. El bolso pesaba ya como un ladrillo y le dolía el hombro. Faltaba comprar mandarinas, que a Marta le encantaban.

En el puesto de frutas había un señor mayor, flaco, en una chaqueta con los codos raídos y un gorro de lana. Miraba las mandarinas, luego las monedas, luego otra vez la fruta. Esperanza supo al instante: sumando a ver si le alcanza.

Un kilo pidió ella al frutero, sacando el monedero.

¿Valencianas o andaluzas?

Valencianas dirigió una mirada al señor, que fingió interesarse en las manzanas.

El frutero pesó las mandarinas.

Dos con cincuenta.

Esperanza a punto de pagar, se quedó parada. El hombre seguía mirando la fruta con resignación, como quien ve un viaje que nunca hará. Y en sus ojos no había pena, sino otra cosa. Reconocimiento.

Espere dijo al frutero. Pese medio kilo más. De las valencianas.

¿Para usted?

No, señaló discretamente al hombre, para él.

El frutero puso cara rara pero calló, preparó otra bolsa. Esperanza pagó todo junto, tomó ambas bolsas y se acercó al abuelo.

Tome, le tendió la suya. Para usted. Felices fiestas.

Él la miró, luego a la bolsa. En sus ojos cruzó algo que hizo que Esperanza apartara la mirada.

Yo… gracias, de verdad cogió la bolsa como si fuera de cristal. Que Dios se lo pague.

No hay de qué sonrió aunque se le hizo un nudo. Para celebrar el Año Nuevo.

Igualmente. Que el año le traiga felicidad.

Ella asintió y se alejó deprisa, apretando el bolso. ¿Por qué lo había hecho? No nadaba en euros precisamente. Pero el gesto no era cuestión de dinero. Al darle la bolsa y verlo agradecido, le surgió una sensación rara, como si se viera reflejada de pronto en un escaparate.

Volvió a casa en silencio, mirando la ciudad gris desde el bus. Giraba en su cabeza: un desconocido le había dado las gracias por unas mandarinas. En casa, por mucho que cocinase y limpiase, nadie se lo agradecía. Como siempre. Todo normal.

***

Sábado. Se despertó a las seis y media, la primera, como tantas veces. Fernando roncaba hecho un burraco. Cerró suavemente la puerta de la habitación y fue a la cocina. Descongeló el pollo, sacó las setas, y a pelar y rellenar, que todo tuviera pinta para las dos.

Mientras limpiaba setas sobre papel prensa, aún con la mente en el abuelo del mercado, Fernando apareció en el umbral frotándose la cara.

¿Qué haces tan pronto? Es sábado.

Tengo que preparar la comida. Marta viene.

Ah, bueno.

Se sirvió su té y puso la tele en el rincón. Noticias: que si el euro que sube, que si la DGT, que si una fuga de agua en Móstoles. Fernando ni la miró. Esperanza cortaba setas sin que le llegaran las palabras.

Fernando llamó. Saca la basura, que ya rebosa.

Ahora, en cuanto acabe el té sin despegar la vista de la pantalla.

¿Cuándo es ahora?

Después del té.

Esperanza suspiró. Ese después del té podría durar siglos. Al final, seguro que la acabaría sacando ella, como siempre.

El pollo quedó espectacular: dorado, con costra crujiente y olor a ajo y setas. Justo a tiempo. Marta llegó dos y diez, envuelta en olor a colonia cara y helor de la calle.

¡Mamá! la abrazó, beso. ¿Qué tal?

Bien, bien Esperanza le escrutó la cazadora nueva, las botas relucientes. Te veo estupenda.

¡Papá!, Marta entró en el salón, palmada a Fernando. ¿Qué hay, fútbol?

Eso, el Atleti. Siéntate.

Mamá, ¿hay comida por ahí?

Ahora te saco.

Sirvió la mesa mientras Marta devoraba, piropeaba el pollo y repetía. Fernando, silencio, sólo pendiente de la tele. Esperanza, sentada, apenas probaba el té, más pendiente del cómo que del qué. Marta contaba algo del curro, de un viaje a Barcelona. Pero Esperanza imaginaba: mira qué bien come, ni repara quién cocinó toda la mañana.

Mamá, ¿estás callada? ¿Estás cansada?

No, nada, hija. Todo bien.

Bueno, perfecto. Oye, ¿me lavas esta blusa? Se me olvidó traerla. Es la blanca que me regalaste, está en el coche, ahora la subo.

Tráela, la lavo.

Marta subió con la blusa arrugada. Esperanza miró el cuello con una mancha amarilla. Había que frotar con jabón Lagarto.

¡Gracias, mamá, eres la mejor! abrazo y beso. Pero me voy que he quedado con las chicas.

¿Ya? Pero si acabas de llegar…

Sí, tengo planes esta noche. Mamá, ya sabes.

Esperanza asintió. Siempre igual: venía, comía, pedía de todo y se largaba. Casi como un hostal.

Marta, ¿en Nochevieja vienes?

Claro, mamá, ¿cuándo he faltado? Pero esta vez no cocines de más, que el año pasado hubo comida para media Córdoba.

Está bien le acomodó la cremallera como de niña, cuídate.

¡Adiós, mamá!

Puerta, soledad de pasillo. Fernando tumbado en el sofá, zapeando. Esperanza recogiendo platos, sin saber cómo le había caído la blusa. A frotar, plancharla y que la recoja cuando vuelva.

Al hacerlo, sintió ese nudo. El mismo que en el mercado. ¿Por qué el abuelo de las mandarinas le dio las gracias tres veces y su hija, para quien estuvo toda la mañana cocinando, sólo arrugó la blusa y se fue? ¿Por qué Fernando ni preguntó si la comida estaba buena? ¿Por qué nadie parece ver lo que hace?

¡Espe! berreó Fernando desde el salón. ¡Tráeme un té!

Esperanza cerró los ojos, apretó y luego aflojó el puño. Secó las manos y puso agua a hervir. Como siempre.

***

El día treinta y uno debería ser normal. Esperanza tenía la lista hace días: ensaladilla, langostinos, pollo al horno, entremeses, el típico menú español de Nochevieja. A Fernando le encantaba el jamón, a Marta, la ensaladilla. Ella, el salpicón de marisco. Así que, toca hacer de todo.

La mañana del veintinueve mercado otra vez: carne, patatas, remolachas, embutido. El día entero cocinando, que si esto, que si lo otro. Manos oliendo a cebolla, dolor de espalda de estar de pie.

¿Te falta mucho, Espe? Fernando asoma la cabeza. El tele se ve fatal, échale un ojo.

Estoy liada, Fer.

Solo un minuto, mujer. Mueve la antena.

Esperanza se limpia las manos y a menear la antena. Se ve, vale. Fernando asiente y vuelve al sofá. Ella, de vuelta a las zanahorias.

Al final del día todo listo. Salvo el pollo, que solo hace falta hornear mañana, cuando venga Marta. Esperanza mira la nevera, a rebosar. Y se imagina la escena siguiente: mesa puesta, platos apilados, brindis rápido y, cuando todos estén empachados, a fregar sola hasta las tantas.

Su madre llamó.

¿Qué tal, hija? ¿Lista para el follón de mañana?

Lista, mamá.

Olé tú. Yo, si te digo la verdad, haría una tapita y punto. Antes cocinaba para todos, ahora… ni ganas. Total, nadie lo valora.

No digas eso, mama.

¿Y por qué no? Me paso la vida entre fogones y ni gracias. Se piensan que es lo normal.

Mientras la oía, Esperanza sentía calorcillo en el pecho. No era alegría, era comprensión. Mamá hablaba de ella, pero también de Esperanza. De todas las mujeres invisibles, haciendo y deshaciendo mientras el mundo sigue.

Mamá, venid por aquí, al menos el día dos. Así no estás sola.

Ya veremos, hija. Anda, no te mates, ¿eh?

Un beso, mamá.

Esperanza cuelga, se queda mirando la nieve caer tras el ventanal. Bello y silencioso. Y nota que la astilla punza un poco más fuerte, agrandándose.

Recordó al abuelo con las mandarinas. Extraños que agradecen, familia que ni mira. Parte del mobiliario, como la vitro.

***

El treinta y uno no empezó como siempre. Esperanza, por primera vez en mucho, decidió quedarse tendida. Miró al techo, oyó roncar a Fernando. Cabeza despejada, serenidad rara, y la decisión llegó sola: hoy no. Ni pollo, ni mesa de revista. No más esclavitud de cocina para que luego todos arrasen y nadie ayude a fregar.

Fernando se levantó:

¿Por qué tan tarde? ¿No vas a hacer el desayuno?

Hazlo tú tomando su té, imperturbable.

¿Perdona?

Hazte tu desayuno. Tienes huevos y pan. Y leche si quieres.

Se quedó boquiabierto y después de unos segundos fue a prepararse unos huevos, que como era de esperar se pegaron y le quedaron resecos. Se comió la tortilla en silencio. Esperanza miraba tranquila.

A la una llamó Marta.

¿Mamá, qué hay? En una horita llego.

Marta, hoy no cocino.

¿Cómo que no cocinas? ¡Mamá, no bromees!

Serio.

¿Y qué comemos?

Pidáis algo, o cocinad. Lo que queráis.

¿En serio? ¡Es Nochevieja, mamá! Nos dejas sin fiesta.

Esperanza apretó el móvil.

Quizá yo también quiero un festejo en condiciones. No pasarme el día cocinando para otro.

No te entiendo, mamá.

No hace falta. Ven si quieres, pero no voy a cocinar.

Colgó y le tembló la mano. Miedo, por haber dicho en alto lo que llevaba dentro años. Sabía que se enfadarían. Pero no podía más.

Fernando la miró como si estuviese loca.

¿Pero qué le has dicho?

La verdad, Fernando.

¿Estás de coña? ¡Es Nochevieja!

Si te apetece pollo, hazlo tú.

Se retiró al salón haciendo rechinar la puerta. Esperanza se quedó en la cocina, temblorosa pero en paz. No pensaba ceder.

***

Marta llegó a las tres con cara de me han cambiado a mi madre.

¿Mamá, en serio?

En serio.

¿Por qué?

Esperanza la miró detenidamente. Tan guapa, tan moderna, tan lejos. Nunca lo vio porque siempre lo hizo todo ella.

Vienes como a restaurante, hija. Ni siquiera preguntas cómo estoy.

Mamá, eso no es verdad.

¿Alguna vez preguntas si estoy cansada? Solo dices qué tal y sigues.

No es justo.

¿Sabes que en el mercado conocí a un abuelo y le compré mandarinas? Me dio las gracias tres veces. Vosotros, ni una.

Silencio. Marta juguetea con el abrigo.

Perdona, mamá. No lo pensaba…

Justo, nadie pensaba. Porque siempre lo hago yo, y parece lo normal.

Fernando a la puerta.

¿Vais a estar discutiendo todo el día?

No. Hoy no cocino. Ni más, ni menos.

¿Y ahora qué?

Pidáis algo, en la nevera hay ensaladilla y jamón. Y pollo no va a haber.

Fernando bufó algo de absurdo y se plantó en el sofá.

¿De veras no cocinas, mamá?

Nunca tan en serio.

Pues… nada, voy al súper, traigo algo.

Salió, y Esperanza sintió que flotaba, vacía pero libre. No sabía si la entenderían, pero tenía claro que no callaba más.

***

Por la noche, sobre la mesa, solo ensaladilla, jamón, queso y pollo del súper. Fernando, todo mohíno. Marta forzando chistes flojos.

Esperanza, tranquila, por una vez no estaba de pie interrumpiendo la comida para ir a la cocina. Solo se sentaba, comía un poco y sorbía té. Era extraño, pero correcto.

Toma, mamá, le sirvió Marta un vaso de mosto. Está rico.

Gracias, hija.

Fernando, de pronto:

El tuyo sale mejor.

Esperanza le miró. No levantó la vista, pero una sonrisa pícara asomó en sus labios.

Ya lo sé.

Brindis rápido viendo ¡Feliz Año! Especial José Mota en la tele. Besos, promesas. Marta la abrazó fuerte:

Perdona, mamá. Esta vez de verdad.

Vale, hija.

No esperaba milagros, pero notó que algo había cedido.

Después, Marta se levantó a recoger platos.

¿Qué haces? sorprendida Esperanza.

Recogo. Mamá, tú siéntate.

Fernando, dubitativo, se unió. Platos a la cocina, confusión ante la máquina:

¿Las cucharas dónde?

En el cajón de abajo.

Los tres lavando platos, chocándose y sin decir himnos. Fernando frotando como si de ello dependiera la vida, Marta secando. Esperanza al lado, supervisando. Y un calor tonto en el pecho. No era felicidad. Era otra cosa. Estar ahí, simplemente.

***

Marta se quedó a dormir. Al día siguiente, Esperanza hizo tortitas. Fernando preparó café. Marta puso la mesa.

Mamá, ¿puedo venir el miércoles? Pero cocinamos juntas, ¿vale? Enséñame, ¿sí?

Esperanza la miró. Había en su mirada algo nuevo: interés.

Claro que sí.

A mí también enséñame añadió Fernando. Nunca aprendí ni a hacer un huevo en condiciones.

Esperanza sonrió, de verdad.

A los dos.

Tras comer, Marta marchó prometiendo llamar. Fernando se quedó en el sofá, apagó la tele. Esperanza recogía en la cocina cuando él apareció en la puerta.

Espe, ven.

Secó las manos, entró. Él la miró, y luego al ventanal.

He estado pensando toda la noche.

¿En qué?

En lo que dijiste. Que no te vemos. Que siempre das por hecho que tú cargas con todo.

Esperanza calló.

Supongo que tienes razón Fernando asintió. Nunca pensé en ello, porque siempre estabas ahí. Y me pareció normal.

Lo hice porque podía, murmuró ella, pero llegó el cansancio.

Me doy cuenta. Lo intentaré… A ver si puedo ayudarte más. Y fijarme.

Eso es lo que necesito, Fernando. Solo eso. Que se note que estoy.

Se quedaron ahí unos minutos, él le puso la mano en el hombro de manera torpe pero sentida. Después Fernando se fue a la cocina y volvió con dos tazas.

Toma, es tu té.

Gracias.

Sentados juntos, sin tele, buen té caliente. Silencio distinto. Lleno. No vacío.

***

El dos de enero Esperanza llamó a su madre.

¿Sobreviviste a la fiesta, hija?

Sí, mamá. Fue… diferente, pero sobreviví.

Le contó la historia. El mercado, la rebelión, la discusión, la cena. Su madre escuchó y acabó soltando una carcajada.

¡Ay Espi! Ole tú. Yo a eso no me atrevo. Pero era necesario.

Estaba muerta de miedo.

¿Cómo no lo vas a estar? Pero has hecho bien. Si no, al final te conviertes en una sombra.

¿Por qué no te vienes hoy a merendar? Así hablamos.

Allá estaré con roscón y todo.

La madre llegó con un bollo y un ramo de claveles. Rato de risas, cotilleos. Fernando salió, la saludó, probó roscón.

¡Está buenísimo! le dijo a la suegra.

La madre miró a Esperanza boquiabierta. Ella se encogió de hombros. Algo se estaba moviendo en casa, poco a poco.

Esa noche, Fernando la llamó a la cocina:

Espe, mira.

Había un pollo en el horno. No era perfecto, pero olía a gloria.

¿Tú lo has hecho?

Con ayuda de Marta por WhatsApp. No sé si saldrá bien.

Esperanza se sonrió. No era cuestión del sabor, sino del cambio.

Seguro que sí.

Cenaron juntos, tranquilos. Fernando contó los pormenores de la receta, que si la guía no aclaraba a cuántos grados, que si se le olvidó la pimienta. Esperanza oía contenta. Era un inicio. Pequeñísimo, pero inicio.

El tres, Marta volvió a la hora de comer con bolsas y sonrisas.

¡Mamá, a la cocina! Hoy me enseñas tu ensaladilla.

Allí, madre e hija compartieron cuchillos y errores. Fernando se animó a cortar patatas: feísima la forma, pero lo intentaba.

Papá, ven, pela huevos.

No quiero estorbar protestó él.

Anda, métete, que no muerde.

Entre los tres, la ensaladilla quedó rara, pero sabía a gloria.

Está diferente, pero sabrosa opinó Marta.

Es por hacerla juntos, dijo Esperanza. Así sabe mejor.

Después, todos recogieron la cocina. Esperanza miraba, y pensaba que sí, algo estaba cambiando. No de un día para otro, pero sí.

***

Por la tarde, al recoger la mesa, Fernando entró con expresión solemne.

Espe, ¿puedo decirte algo?

Claro.

Gracias. Por decirlo alto. Por no callarte. Si te hubieras callado, seguiríamos igual. Cada uno a lo suyo, sin vernos nunca.

Esperanza le miró. Cuarenta años juntos, y últimamente era como vivir de espaldas. Cada uno en lo suyo, costumbre, silencio.

No quiero que esto se muera, Fer.

Ni yo, le agarró la mano. Vamos a intentarlo distinto, aunque sea despacio.

Vamos.

Y allí se quedaron, solos, pero acompañados por primera vez en mucho tiempo. No era el final, más bien el principio. Todavía no vivirían en un anuncio de turrón, ni Fernando sería un marido de serie catalana ni Marta la hija perfecta. Pero la grieta en el muro familiar ya estaba hecha. Y por ella entraba luz.

***

Cuatro de enero. Esperanza entró en la cocina y Fernando ya estaba con el café. Dos tazas.

Te he puesto uno, que está calentito.

Gracias dijo ella, y se sentó.

Se miraron, mirando la calle, el invierno español humedecido. Fernando de pronto:

¿Nos damos un paseo? Por la plaza, que hace un día de frío bonito.

¿Andar? Hace siglos que no.

Pues eso, vamos.

Salieron de la mano. El aire cortaba, el suelo mojado, los niños con bufandas y pelotas. Fernando sujetó su mano, notó que estaba helada.

Deberías llevar guantes, Espe.

Siempre se me olvida.

Fernando, sin más, le puso el guante suyo. Un gesto simple que para ella fue como una declaración de amor de las de antes.

Cuando volvieron, él puso la tetera y sacó las galletas.

Fer, lo estás haciendo bien.

¿El qué?

Intentar cosas nuevas.

Se ruborizó, pero asintió.

Toda la vida pensé que lo mío era traer el sueldo y que casa, comida y todo eso era tu problema. Pero no es justo, y lo he entendido tarde.

Sí, quizás todos lo entendemos tarde, pensó Esperanza.

No seré perfecto, pero lo intentaré continúa él. Y te diré cosas bonitas. Te lo mereces.

Un gracias de labios sencillos, suficiente para Esperanza. Más que mil regalos.

***

Pasaban los días, todos aprendiendo. Fernando ayudaba en casa, no siempre como un chef de estrella, pero ahí estaba. Marta llamaba a menudo y preguntaba, de verdad, cómo estaban. Les costaba, pero lo intentaban.

Una tarde, en la cocina con Marta y Fernando, la hija soltó:

El año que viene hacemos Nochevieja a lo grande, pero cocinando todos juntos. Nada de que tú te mates.

Buena idea asintió Fernando. Yo hago la carne.

Os enseño respondió Esperanza, sonriendo.

Sentados alrededor de unos dulces, Esperanza los contemplaba. Y pensó que, quizá, no era en vano todo el esfuerzo. El primer paso fue más difícil, pero ahora sentía que su presencia ya era visible.

***

Pasó el mes, enero casi se escurría. Esperanza miraba por la ventana, el patio mojado. Fernando la abrazó por detrás.

¿En qué piensas?

En que, poco a poco, vamos mejor.

Te lo mereces.

El móvil sonó. Marta.

¡Mamá, que voy en veinte minutos! Te ayudo con lo que sea, aunque sea a limpiar lunas.

Aquí te espero.

Fernando, con sorna:

¿Hoy limpiamos ventanas los tres?

Por supuesto.

Churros, té y mucho cariño. La situación no era perfecta, pero ella ya no era invisible. Era persona, y en su casa, ahora, eso valía más que un aguinaldo.

Fernando le sirvió té y le sonrió:

Esto va por ti, Espi. Por no rendirte y enseñarnos a ver más allá de la vajilla.

Ella, entre sorbo y sorbo, miró la ventana empañada. Afuera, el frío cedía ante una incipiente primavera. Dentro, por fin, luz. Como siempre o no.

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