Diario de Lucía, 12 de marzo, Madrid
Aún me resulta curioso lo que ocurrió anoche, y la forma en la que todo se desenlazó. Me encuentro escribiendo esto, tratando de ordenar los pensamientos y preguntándome cómo una simple cena puede desvelar tanto sobre una persona.
El restaurante al que me invitó Álvaro para nuestro segundo encuentro era de esos que, apenas entras, notas una atmósfera de lujo algo ostentosa: luz tenue, camareros moviéndose entre las mesas como sombras educadas, un susurro constante de vasos y Cubiertos. Álvaro parecía encajar perfectamente, con su traje caro, su reloj brillante y esa sonrisa medio altanera que gastan los que están acostumbrados a ser el centro de atención.
Pide lo que quieras soltó de manera despreocupada, sin mirar siquiera la carta. Detesto cuando una mujer se limita a sí misma.
La frase sonó grandilocuente, casi salida de un cuento sobre príncipes generosos, pero en mi interior algo se agitó. Quizá fue por esa mirada evaluadora o por sus relatos sobre exparejas, esas mujeres que, según él, sólo veían en él un monedero con piernas.
Elegí una ensalada templada de pato y una copa de albariño. Él, sin reparos, pidió lo mejor y lo más caro: solomillo, tartar, una botella de vino tinto reserva. Hablaba de negocios, lamentaba la superficialidad de la gente, filosofaba sobre valores y conexión espiritual. Yo escuchaba y asentía, pero la sensación era extraña: no parecía una cita, sino más bien un examen, como si en cualquier momento fuera a lanzarme una pregunta trampa.
La actuación solitaria
Cuando el camarero dejó sobre la mesa la carpeta negra con la cuenta, Álvaro no perdió el hilo de sus quejas. Mientras seguía lamentándose por la decadencia moral de la sociedad, buscó en el bolsillo interior de la chaqueta, en otro, y luego palmeó sus pantalones. Su expresión cambió; la confianza dio paso a una fingida confusión.
Vaya murmuró mirándome fijamente. Creo que me he dejado la cartera en la oficina o en el coche.
Levantó las manos, simulando impotencia, pero no parecía nada alarmado. Ni pidió que el camarero esperase, ni intentó resolver el asunto con el móvil. Solo me miraba, esperando.
Menuda situación continuó, recostándose en la silla. ¿Me ayudas? Paga tú ahora, que luego te hago Bizum. O, si lo prefieres, la próxima vez te invito con intereses.
En ese instante comprendí que aquello era un test cuidadosamente planeado, como los que él mismo comentó durante media hora. Un método simplón: si pago por los dos sin protestar, soy buena, servicial, dispuesta a rescatar y aguantar. Si me opongo, entonces soy interesada y busco su dinero. Ya no veía al hombre exitoso, sino a un manipulador inseguro, empeñado en jugar al verificador.
Pensaba que lo tenía todo controlado. En su mundo, la perspectiva de estar con un partido tan codiciado debía hacerme sacar la tarjeta de mi bolso por puro miedo a perder la oportunidad.
Frialdad calculada
Abrí el bolso despacio, manteniendo la calma. Álvaro se relajó, convencido de que su plan triunfaba.
Por supuesto, sin problema respondí con suavidad y pedí al camarero que se acercara.
Por favor, dividid la cuenta dije clara y firme. Pago lo mío. Que el caballero se encargue de su solomillo, su vino y su postre.
La sonrisa desapareció de su cara.
¿Cómo que divida? masculló inclinado hacia mí. No tengo la cartera aquí.
Lo entiendo asentí, acercando el móvil al terminal del camarero. Pero apenas nos conocemos. Cada uno paga lo suyo, es lo más lógico. Y una cena de un hombre que pide lo más caro y me invita a un sitio así… lo siento, pero no es mi responsabilidad. Eres un adulto, seguro encuentras la solución.
El camarero se quedó congelado, mirando de uno a otro. Álvaro empezó a ruborizarse, y ese aire sofisticado se iba desmoronando, dejando al descubierto una simpleza tosca.
¿Hablas en serio? siseó. Por unos euros Te lo devuelvo, de verdad. Solo quería confirmarlo.
Y lo has confirmado respondí al incorporarme. Soy una persona que no permite que la manipulen.
Me dirigí hacia la salida, pero sentí que faltaba algo para cerrar el episodio. Él seguía sentado con la cuenta sin pagar, frustrado y confuso, sin cartera.
Volví a la mesa, saqué unas monedas y unos billetes algo arrugados, los habituales que se acumulan en el fondo de mi bolso.
Por cierto añadí. Si la cartera está en el coche, supongo que tampoco tienes para el taxi.
Dejé el dinero junto a su copa de vino.
Esto es para el metro. No te preocupes, llegarás a casa. Considéralo mi aportación a tus investigaciones sobre la psicología femenina.
Un par de mesas alrededor se giraron a mirar. Álvaro parecía haber recibido una bofetada.
Salí a la calle.
Aquella noche me costó sólo una ensalada y una copa de vino un precio insignificante por descubrir a tiempo quién tenía delante y ahorrarme años de decepciones. No sé si sacaré una lección, aunque personas así rara vez cambian.
¿Tú qué harías en mi lugar: salvar al despistado galán o mantenerte firme y honesta?






