El restaurante al que me invitó Ignacio para nuestro segundo encuentro era toda una exhibición de lujo: una luz tenue envolvía el salón, los camareros se movían entre las mesas como sombras ágiles, casi imperceptibles. Él encajaba a la perfección en ese ambiente: traje impecable, reloj llamativo y esa sonrisa de suficiencia que tienen los que se creen el centro de cualquier universo.
Pide lo que quieras me soltó de manera despreocupada, sin ni siquiera mirar la carta. Detesto cuando una mujer se pone límites.
La frase parecía sacada de una fábula sobre príncipes generosos, pero a mí me dejó algo inquieto. Quizás era por la manera en que me observaba, o por cómo hablaba demasiado sobre sus ex, que según él solo veían en él una cartera.
Pedí una ensalada de pato y una copa de albariño. Ignacio, por su parte, se fue a lo grande: solomillo, tartar, una botella de vino tinto caro. Hablaba de negocios, se quejaba de la superficialidad de la gente, reflexionaba sobre valores y la cercanía espiritual. Yo escuchaba, asentía, pero sentía que no era una cita, sino más bien un examen en el que podría salir una pregunta trampa en cualquier momento.
El teatro del manipulador
Cuando el camarero dejó la carpeta negra con la cuenta sobre la mesa, Ignacio siguió hablando como si nada. Mientras divagaba sobre la decadencia moral, se tocó la chaqueta con desgana, luego el bolsillo del pantalón, después volvió a la chaqueta. Su expresión cambió: la seguridad dio paso a una torpe inquietud.
Vaya murmuró, mirándome fijamente. Creo que me he dejado la cartera en el despacho o en el coche.
Se encogió de hombros, fingiendo indefensión, pero no mostraba ni pizca de preocupación real. No pidió al camarero que esperara, ni sacó el móvil para hacer una transferencia. Simplemente me miraba.
Menuda situación ridícula continuó, recostándose en la silla. ¿Me ayudas? Tú pagas ahora y te lo envío luego, o la próxima vez te invito yo y te doy algo más.
En ese instante quedó claro: no era un despiste ni una casualidad. Era una prueba de esas que él mismo había mencionado.
Había leído historias así en foros y visto en teleseries de sobremesa, pero nunca pensé que me tocaría vivirlo personalmente, y menos con un hombre hecho y derecho, aparentemente exitoso.
Su lógica era simple: si una mujer paga sin protestar, es buena, práctica, dispuesta a rescatar y cargar con todo. Si se niega, es interesada y busca dinero. Ya no tenía delante a un empresario, sino a un manipulador acomplejado jugando a examinarme.
Él estaba convencido de que tenía la partida ganada. En su mundo, la ambición de estar con un pretendiente codiciado debía hacerme sacar la tarjeta sin rechistar.
La reacción
Saqué el bolso despacio y con calma. Ignacio se relajó, convencido de que el plan había funcionado.
Claro, no hay problema le dije suavemente y llamé al camarero.
Divida la cuenta, por favor dije con claridad. Yo pago lo mío. El solomillo, el vino y el postre que lo pague el caballero.
Su sonrisa desapareció.
¿Cómo? susurró, inclinándose hacia mí. ¡No tengo la cartera!
Lo entiendo asentí, acercando el móvil al terminal. Pero apenas nos conocemos. Pagar lo mío es lo adecuado. Una cena en este restaurante, con el menú más caro, la has pedido tú, no yo. No es mi responsabilidad. Soy mayor y tú también, seguro que encuentras una solución.
El camarero se quedó paralizado, mirando de uno a otro. Ignacio empezó a ponerse rojo, y la capa de sofisticación se le fue cayendo hasta revelar simple rudeza.
¿En serio? murmuró. ¿Por unos euros? Te dije que te lo devolvería. Solo quería comprobar cómo eres.
Y lo has comprobado contesté, levantándome de la mesa. Soy una persona que no acepta manipulación.
Ya estaba cerca de la puerta, pero sentí que todavía faltaba el toque final. Él se quedó con la cuenta sin pagar, molesto y confundido, sin cartera.
Volví sobre mis pasos, saqué unos billetes arrugados y unas monedas del fondo del bolso.
Ah, por cierto añadí. Si la cartera está en otro coche, imagino que para el taxi tampoco tienes.
Dejé el dinero junto a su copa de vino caro.
Esto es para el metro. Tranquilo, llegarás a casa. Considéralo mi aportación para tus investigaciones sobre el alma femenina.
Algunas personas en las mesas cercanas se giraron. Ignacio parecía haber recibido una bofetada.
Salí a la calle.
Aquella noche me costó solo la ensalada y la copa de albariño; un precio pequeño por descubrir a tiempo qué tipo de persona tenía delante, y ahorrar años de vida. Espero que haya aprendido algo, aunque la gente así rara vez cambia.
Y vosotros, ¿qué habríais hecho en mi lugar? ¿Salvaríais al despistado o preferiríais una postura firme y sincera?






