Carmen, tengo que decirte algo. He traído a un niño. Vivirá con nosotros.
Estaba en la cocina, removiendo el guiso. Una tarde cualquiera de martes. Octubre asomaba por la ventana con esa lluvia fina y ese olor a tierra mojada que se cuela incluso con el ventanuco cerrado. La cuchara se detuvo en mi mano.
¿Cómo dices?
Has oído bien. Se llama Mateo. Tiene cinco años. Es mi hijo.
Javier estaba en el marco de la puerta. Le veía la cara. No tenía gesto de culpa ni de duda; estaba casi sereno. Esa tranquilidad fue lo que me golpeó de verdad. Ya lo había decidido; sólo venía a informarme, no a pedirme permiso.
¿Tu hijo? repetí, y sentí la frase como ajena. Javier, nosotros no tenemos hijos. Llevamos juntos ocho años. ¿Cómo que ahora tienes un hijo de cinco años?
Es de Elena. No la conoces. Fue hace tiempo.
Cinco años no es hace tanto. Hace cinco años ya estábamos casados.
Frunció el ceño. De esa manera que uno pone cuando cree que el otro ha dicho algo fuera de tono.
No pienso discutirlo ahora. El niño está en el recibidor. Elena lo rechaza, lo iba a llevar a la administración. Yo no puedo permitir que mi hijo acabe en un centro de menores.
Tu hijo. ¿Y pensabas decírmelo alguna vez?
Te lo digo ahora.
Dejé la cuchara suavemente sobre el cuenco, sin saber qué hacer con las manos. Salí de la cocina y fui al recibidor.
El niño estaba sentado en la banqueta junto al espejo. Diminuto, delgado, la chaqueta gris le quedaba pequeña. El pelo oscuro y mojado por la lluvia le pegaba a la frente. Tenía la mirada fija hacia adelante, una expresión en los ojos que sólo he visto en críos que hace tiempo que aprendieron a no esperar nada bueno.
Hola, le dije.
No respondió. Me miró, con esos ojos grandes y oscuros, serios, nada infantiles.
Regresé a la cocina.
Javier. Llévate a tu hijo y vete. Los dos.
Carmen…
No. Has traído a casa a un hijo de otra mujer, sin previo aviso, sin hablarlo. Como quien trae un paquete. Vete.
Me miró un momento más, luego cogió el abrigo del perchero.
Carmen, piénsalo. El niño no tiene culpa.
Lo sé. Vete.
Salieron. Escuché la puerta principal cerrarse de un golpe. Me quedé en la cocina, mirando a la pared. El guiso seguía burbujeando. Apagué el fuego y fui al recibidor para echar el pestillo.
Entonces vi la mochila.
Una mochilita azul de niño, medio gastada, con un oso descolorido cosido en el bolsillo. Estaba justo al lado de la puerta. Javier, en su prisa, la olvidó o la dejó ahí a propósito; aún no lo sé. Era ligerísima. La cogí y algo suave rodó en su interior. Abrí la cremallera. Dentro había: unos calzoncillos con forro, un par de calcetines, un cochecito con una rueda rota, y una bolsa de plástico con tres gajos de mandarina envueltos en una servilleta.
Tres gajos de mandarina. Alguien, quizá Elena, o tal vez otra persona, le preparó esos tres trozos de fruta para el camino. Nada más.
No sé cuánto tiempo me quedé ahí, mochila en mano. Luego abrí la puerta y salí al rellano. El ascensor aún estaba en el piso. Las puertas se abrieron y ahí estaban Javier y el niño. Javier le sujetaba la mano. Mateo miraba sus zapatos, mojados y diminutos, tan pequeños que el dedo gordo se marcaba en uno.
Deja al niño le dije. La mochila la tengo. Deja al niño y vete.
Javier me miró de una manera que preferí no leer como alivio. Soltó su mano.
Mateo, ve con tía Carmen.
El niño me miró, luego a Javier. No habló. Cruzó el umbral y se puso a mi lado.
Las puertas se cerraron.
No me despedí de Javier. No hacía falta.
Entramos en casa. Le quité la chaqueta mojada, la colgué a secar en el radiador. Lo senté en la cocina. Le serví un plato de guiso. Se sentó recto y comió con mucho cuidado, como si temiera hacer algo mal. Terminó todo.
¿Quieres más?
Asintió. Ese fue el primer gesto que reconocí como verdaderamente infantil.
Le serví otra vez. Luego le di una rebanada de pan con aceite. La tomó y le dio un mordisco enorme. Ahí me di cuenta: tenía hambre, mucha, probablemente desde hacía tiempo.
Me llamo Carmen Aguilar Fernández. Tenía treinta y seis años. Era contable en una pequeña constructora, vivía en un piso de dos habitaciones en la calle Alcalá de Madrid, llevaba ocho años de casada y, resultó, casada con un hombre al que no conocía.
Esa noche no dormí. Mateo durmió en el sofá del salón, encogido como un ovillo bajo una manta vieja a cuadros. Fui a verle dos veces. Dormía profundo, inmóvil, como si hubiera caído en un pozo de alivio.
Por la mañana llamé a Javier.
Dime respondió.
Tráeme toda la documentación del niño. Todo. El certificado de nacimiento, papeles médicos, lo que haya. Y aclárame la situación legal.
Carmen, ¿te has quedado con él?
Pido los papeles, no opiniones.
Pausa.
Vale. Elena ya firmó la renuncia. Oficialmente ahora no tiene tutores. Yo como padre podría…
Como padre ya decidiste. Ahora yo tomo mi decisión. Tráeme los papeles esta tarde. No entres en la casa. Los dejas en la puerta.
No quería verle. No porque no pudiera controlarme, sino porque ya no había nada que hablar. La traición que duró años, mientras yo vivía en la inopia, no es asunto para discutir en el recibidor. Es de lo que se digiere en silencio, lentamente.
Javier trajo la documentación. El certificado: Mateo Aguilar Martínez, nacido en abril, madre Elena Martínez Romero, padre Javier Aguilar Hernández. Oficial, todo correcto. Mientras yo celebraba aniversarios y preparaba el bizcocho de zanahoria favorito de Javier los domingos, en algún lugar crecía un niño con su apellido.
Tres gajos de mandarina. No dejaba de pensar en esa imagen.
Con Mateo no fue fácil desde el principio. No lloraba, ni protestaba, ni pataleaba. Simplemente, era como una caja cerrada sin asas. Hablaba poco. Respondía en monosílabos. Comía sin alegría, por necesidad. Por las mañanas se vestía solo, en silencio, abotonándose despacio. Me miraba atentamente bajo el flequillo oscuro, evaluando.
No forcé la conversación. Sabía que no había que presionar. Solo hacía lo que tocaba: alimentarle, bañarle, acostarle. Leía en voz alta por las noches; no lo pedía, pero tampoco protestaba. Leía Pinocho porque era el primer libro infantil que encontré en la estantería.
A las dos semanas, me preguntó:
¿Pinocho vive al final con Geppetto?
Sí. Viven juntos. Y tienen hasta un teatro.
Pausa. Miraba al techo.
¿Y mi padre también se irá?
No supe si hablaba de Javier o en general. Fui sincero:
Yo no me voy a ir.
Tú no eres mi padre.
No. Pero estoy aquí.
Se dio la vuelta, de cara a la pared. Apagué la luz y salí. Me apoyé un momento en la pared del pasillo y dejé que la respiración volviera a su sitio.
Fui a fregar los platos.
El divorcio con Javier llegó seis meses después. No discutió, no pidió nada. Quizá la conciencia le picaba. Mi piso era mío, lo compré antes del matrimonio con el dinero de mi madre. Javier se llevó sus cosas, su parte del salón, y marchó con otra mujer. No fue con Elena, sino con otra. Nueva historia.
Para la tutela me ayudó la vecina, Pura Morales, abogada. No habíamos sido amigos, sólo saludos en el rellano. El día que llamé a su puerta con los papeles y le expliqué, no hizo preguntas. Solo dijo: «Carmen, ¿sabes en lo que te metes?» Dije: «Sí». Y me ayudó.
La tutela fue sencilla. Tenía trabajo estable, piso decente, referencias buenas. La trabajadora social vino un par de veces, miró a Mateo, la casa, nuestro día a día. Para entonces, Mateo ya sabía dónde estaban sus cosas, su taza azul, y que los viernes yo compraba bollos de canela en la panadería. Era su bollo favorito. Nunca lo guardaba para después.
Empezó la guardería en enero. Los dos primeros días lloró tanto que la educadora salía compungida al pasillo. A los tres días, calma. Se hizo amigo de Álvaro, otro loco de los coches, y en una semana ya construían juntos garajes de cubos en la esquina del aula.
Iba a recogerle a las seis. Corría y se abrazaba a mis piernas no al cuello, a las piernas, se pegaba y hundía la cabeza en mi muslo. Yo le pasaba la mano por el pelo. Caminábamos a casa.
No fue amor a primera vista. Fue algo que creció despacio, como la hierba que se cuela entre adoquines. Un día, luego otro.
La primera vez que me llamó mamá fue por accidente. Tenía seis años; en el mercado se perdió entre los puestos de verdura y gritó asustado: ¡Mamá!. Me di la vuelta. Salió corriendo hacia mí, me cogió de la mano y estuvimos un segundo callados, los dos sabiendo lo que había pasado.
Perdonar… dijo, serio. Fue sin querer.
No pasa nada dije. Vamos a por las patatas.
Fuimos. Pero no soltó mi mano.
La vida siguió. Rutina, densa, real. Guardería, luego primero de Primaria en el colegio Ramón y Cajal. Mochila con rayas azules. El pantalón del uniforme que remendaba cada otoño, porque no paraba de crecer. Primer suspenso en matemáticas, regreso a casa apesadumbrado, cena en silencio. Primera matrícula en lectura, dejó el cuaderno en la mesa y dijo: Toma, como si subiera la cima del mundo. Lo pegué en la nevera, donde van las cosas importantes.
Apenas enfermaba, pero cuando lo hacía era a fondo. A los siete, una anginas con fiebre alta. Tres noches en vela, mojando paños. Deliraba y murmuraba cosas. Una vez articuló claro: No te vayas. Le cogí la mano y le dije: No me voy. Por la mañana la fiebre bajó, me miró con ojos alicaídos y preguntó si había mermelada de frambuesas. Había. Desayunamos juntos, y sentí esa felicidad tranquila para la que no tengo nombre.
Mateo no preguntó por Javier durante mucho tiempo. Hasta los ocho, quizás. Un día preguntó, tranquilo y como rematando una reflexión:
El señor que me trajo… ¿es mi padre?
Sí, biológicamente es tu padre.
¿Por qué no viene?
No lo sé. Es decisión suya.
Pausa.
No necesito que venga dijo Mateo. Lo preguntaba solo por saber.
No di más conversación. Asentí. Y seguimos adelante. Creo que hice bien.
Andrés llegó a mi vida cuando Mateo iba a cumplir diez años y yo tenía ya cuarenta y uno. No buscaba pareja. Tras Javier, durante años no quería compañero. Me acostumbré a vivir con Mateo y me bastaba. Éramos una familia pequeña, pero familia.
Andrés trabajaba con un amigo mío, Vicente Gutiérrez, que algún fin de semana me traía pescado del pueblo. Un verano, Vicente nos invitó a su casa de campo: amigos, barbacoa, olor a manzana reineta. Allí estaba también Andrés. Un hombre cincuentón, corpulento, con sienes plateadas y costumbre de mirar al suelo al hablar. No por ocultar nada, sino porque pensaba antes de decir nada.
Estábamos Mateo y yo asando salchichas en un palo. A Mateo se le cayó la suya y Andrés, sin decir palabra, cogió otra del paquete y la puso en el pincho. Mateo le dio las gracias. Andrés asintió. Así empezó todo.
Luego charlamos mientras Mateo jugaba al fútbol con otros niños. Andrés era ingeniero, divorciado, con un hijo ya mayor en Sevilla. Hablaba sencillo, sin frases bonitas. Preguntó a qué me dedicaba, le dije que a la contabilidad. Dijo que admiraba a los que sabían manejar números de cabeza. Me reí. Era la primera vez en mucho tiempo.
Empezamos a vernos. Pasaron seis meses hasta que vino a casa por primera vez. Mateo lo recibió tranquilo: le dio la mano, le enseñó su colección de robots y le preguntó si le gustaban. Andrés dijo que prefería los seres vivos, pero los robots tampoco estaban mal. Mateo lo consideró, y dijo que era razonable. Luego se fue a hacer deberes.
Andrés no intentaba hacerse el simpático ni sacar conversación forzada. No traía regalos sin motivo, no parecía el amigo divertido. Sólo estaba, sin molestar. Si Mateo preguntaba, respondía. Si no, no insistía. Un día le pidió ayuda con física, y durante media hora Andrés le explicó palancas, dibujando hasta que Mateo lo entendió solo. Me lo explicó Andrés, dijo luego. Ya no el señor Andrés. Sólo Andrés. Y ese detalle era importante; ya era de los nuestros.
Al año, Andrés se mudó con nosotros. Sin fiesta ni anuncios. Sus cosas aparecieron en medio armario y nos supo a natural. Nos casamos en enero, casi sin invitados: solo Vicente y Pura. En el registro civil Mateo sujetaba las flores con gesto serio, como si tuviera un encargo sagrado.
En la finca de Andrés, cerca de Segovia, pasamos los veranos. Un terreno pequeño, manzanos viejos, casa de madera que él arreglaba cada año sin prisas. Mateo fue de sólo pasarle herramientas, a conocer clavos, hasta reemplazar una tabla del porche. Andrés sólo dijo: Aguanta bien. Y Mateo pasó el día enterito con esa cara de quien hace algo de verdad.
Mirándoles, comprendí: padre no es el que firma los papeles. Es quien enseña a clavar recto.
Mateo cumplió trece en abril. Alto, flaco, los ojos y el pelo tan oscuros como antes, cada vez más revueltos. Buen lector eso seguro que es de mí, odiaba química, tocaba la guitarra con tres acordes y ya le bastaba. Hablaba conmigo con naturalidad, sin la rebeldía adolescente típica, aunque el carácter se le asomaba. A veces se sumía en sí mismo, días en silencio, pensando. Yo daba espacio; luego salía solo.
Con Andrés, la relación era de tú a tú. No era adulto y niño, sino dos personas interesadas por lo mismo, capaces de debatir un documental sobre dinosaurios como iguales, interrumpiéndose. Yo me sentaba cerca, fingía leer, y en realidad sólo escuchaba sus voces y sentía esta calidez estable.
Javier reapareció en septiembre, cuando Mateo cumplía trece.
Primero llamó la tutora, Clara Jiménez, mujer mayor, voz cansada. Me dijo que merodeaba un hombre por el colegio preguntando por Mateo Aguilar, diciendo ser su padre. Quería que lo supiera.
Noté un escalofrío, no por miedo, sino ese frío reservado al cansancio de lo inevitable.
Clara, gracias. No lo dejes entrar y que no hable con Mateo sin mí.
No se preocupe. Así será.
Por la tarde, esperé a Mateo. Llegó como siempre, cerca de las cuatro y media, se quitó los zapatos, entró en la cocina y abrió la nevera.
¿Hay albóndigas?
Sí. Siéntate.
Notó el tono. Cerró la nevera y se sentó.
¿Qué pasa?
Javier ha aparecido por tu cole. Tu padre biológico. ¿Tú lo sabías?
Silencio breve.
Lo vi. Dos veces. Quiso hablarme, me fui.
¿Por qué no dijiste nada?
Se encogió de hombros. Luego añadió:
Pensaba apañarme solo. Luego vi que mejor no.
Le observé. Trece años, flequillo, rostro serio. Aquel niño que hace ocho años esperaba sentado en el recibidor, ahora sabía decir: Mejor no solo.
Hiciste bien. Esta noche lo hablamos con Andrés, decidimos juntos.
Vale. ¿Puedo comer?
Comimos. Luego esperamos a Andrés. Nos sentamos los tres en la mesa. Andrés escuchó en silencio, sin interrumpir. Luego le preguntó a Mateo:
¿Tú qué crees que quiere?
Mateo se lo pensó.
No sé. Quizá siente culpa. O necesita algo.
¿Quieres verle?
Nueva pausa. Reflexionó serio.
No mucho. Pero mejor verlo. Así no me quedo con la duda.
Andrés asintió. Me miró. Hice lo mismo.
Javier llamó tres días después. No sé de dónde obtuvo mi nuevo número. Sonaba diferente; la voz más baja, menos segura.
Carmen. Quiero hablar. De Mateo.
Habla, te oigo.
No por teléfono, ¿podemos vernos?
No. Di lo que quieras.
Pausa. Oí su respiración.
Quiero ver a mi hijo. Sé que no puedo exigir nada. Pero te lo pido.
Mateo es mayor, casi. Decidirá él. No voy a hacerlo yo.
¿Le puedes decir que quiero verle?
Lo sabe. Si decide verlo, él dará el paso.
Colgué. No me temblaban las manos, y eso fue una sorpresa. Esperaba lo contrario.
Por Pura me enteré luego de la vida de Javier. Montó una obra, le fue bien al principio pero su socio le estafó, se endeudó, luego la salud. Infarto serio con cuarenta y ocho años. La mujer con que se fue me dejó a los dos años. Vivía solo, de alquiler, trabajaba en lo que podía. El hijo, dicen, volvió a su mente a menudo.
Habrá quien lo llame karma. Yo no sentí alegría al escuchar. Solo ese cansancio que queda cuando uno ya ha vivido demasiado.
La cita fue en octubre. Mateo dijo que estaba listo. Escogimos una cafetería cerca de casa, para que pudiera irse si quería. Yo en una mesa al lado, a la vista, pero sin molestar. Así lo quiso él. Estás ahí, por si acaso. Por si acaso te hago falta así lo dijo, y noté en esa frase una madurez que se aprende cerca de quienes te dan tiempo y espacio.
Javier llegó antes. Lo vi entrar. Muy demacrado, delgado, cara apagada, andaba despacio. Se cruzó conmigo; nos reconocimos en un gesto. Nos saludamos con la cabeza, nada más.
Se sentó en la mesa de la ventana. Esperó.
Mateo entró cinco minutos después. Se paró en la puerta, localizó a Javier y luego me buscó con la mirada. Le asentí: adelante. Se sentó con él.
No oí la conversación. Sólo observé a distancia. Javier hablaba mucho, se inclinaba al frente. Mateo escuchaba serio, atento, igual que aquel niño de cinco años: evaluando, cerrado. Apenas respondió. Un par de veces negó con la cabeza. Una, contestó algo corto; Javier se reclinó, como golpeado.
Mateo se levantó. Javier también, lo intentó parar. Mateo no le detuvo, le dijo una última frase y vino hacia mí.
Me levanté. Salimos juntos.
Era octubre, igual que ocho años atrás. Llovizna, olor a tierra y asfalto mojado.
¿Todo bien? le pregunté.
Sí dijo Mateo. Vamos a casa.
¿Qué te ha dicho?
Caminaba con las manos en los bolsillos. Tardó en contestar.
Que se arrepiente. Que estuvo enfermo y eso le hizo cambiar. Que quiere estar en mi vida. Que me necesita.
¿Y tú?
Que es tarde. Que ahora tengo familia. Que no estoy enfadado, pero no necesito que me busque sólo porque ahora está mal.
Anduve a su lado en silencio. Algo se apretó en la garganta. No pena por Javier, sino algo más, mezcla de muchas cosas. Quizá pena por la mujer joven que un día removía el guiso sin saber nada.
¿Le hablaste de Andrés?
Sí. Preguntó si tenía padre. Dije que sí, que es Andrés. Dijo que cómo si él es mi padre biológico. Le respondí que la biología es eso, biología. Padre es el que no se va.
Entramos al portal. Marqué el código.
¿Te da pena?
Mateo lo pensó, de verdad.
Un poco. Se le ve mal. Pero sentir pena no implica dejarle entrar en tu vida.
Subimos en el ascensor. Andrés estaba en casa, ajetreando en la cocina, olía a cebolla y carne.
¿Qué tal? preguntó sin girarse.
Bien dijo Mateo. Colgó la chaqueta. Me voy a hacer los deberes.
Se fue a su cuarto.
Andrés me miró. Me senté. Apagó el fuego, vino, se sentó frente a mí.
Cuéntame dijo.
Mateo ha podido solo. Mejor que yo.
No lo dudaba.
Yo sí.
Guardó silencio. Lo suyo era saber estar callado a tu lado, con un silencio denso y cálido, como una manta.
No es que me dé pena Javier dije despacio. Es que pienso que la vida es larga. Hay sitio para mucho: bueno y lo otro, lo que cuesta saber si es suerte o desgracia.
¿Piensas en aquel niño del recibidor?
Siempre. Si Javier no me hubiera traicionado, si no hubiera traído a Mateo, si yo no hubiera abierto la puerta, nada de esto hubiera sido. Y quizá tú tampoco, porque yo sería otra persona.
Andrés me miró calmado.
¿Eso te ayuda?
No confesé. No ayuda. Solo aclara que las cosas son más complejas. El dolor no cura sólo porque haya un final mejor. Las cicatrices quedan.
Quedan admitió.
Sólo que ahora no duelen tanto.
Olía a cebolla casi quemada. Andrés se levantó, salvó la sartén, removió.
No se ha quemado, está bien.
Siempre pones el fuego muy fuerte le dije.
Así va más rápido respondió.
Me reí. Cansado, pero de corazón.
Luego llamamos a Mateo a cenar. Vino con un libro en la mano, lo dejó, se sentó y llegó al pan. Andrés le puso el plato delante.
¿Qué lees? preguntó.
Sobre la Primera Guerra Mundial. Es sobre la vida en las trincheras.
¿Sin novedad en el frente?
No, es otro. Es un ensayo.
Lee Remarque también.
Ya me lo has dicho.
Pues lo repito.
Mateo puso los ojos en blanco con su ironía adolescente, pero asintió. Era su juego: Andrés recomendaba libros, Mateo se hacía el reacio, luego los leía en secreto, y un día encontraba yo el libro citado en su mesa. Así funcionaba su amistad.
Cenamos. Fuera anochecía, seguía la lluvia, octubre no cesaba. La lámpara amarilla que compré en su primer año de cole seguía encendida, porque siempre quise que la casa tuviera calor incluso en la penumbra. Era simple y barata, pero daba buena luz.
Miraba la mesa, a Mateo con su libro, a Andrés con su cebolla, y pensaba que la vida no es justa en el sentido que uno busca, sino real, y eso es diferente.
De pronto, Mateo levantó la vista y me miró.
¿Qué pasa? pregunté.
Nada. Miraba.
Andrés sonrió por lo bajo.
Mateo volvió al libro.
Y comprendí que quizá eso sea lo que de verdad merece mantener el fuego encendido. No porque todo esté bien o correcto, sino porque los que están en tu mesa son reales. Porque la lámpara alumbra. Porque los gajos de mandarina en una bolsa fueron el principio, no el final. Porque el niño no esperado se convirtió en alguien sin quien ya no me reconozco.
Esto no es un cuento de hadas con final feliz. Es la vida que yo elegí la noche que decidí no echar el cerrojo.
Me puse a recoger la mesa. Sin mirar, Mateo acercó su plato al borde para que me fuera más fácil cogerlo. Pequeños gestos, automáticos. No se inventan; crecen con la convivencia.
Andrés trajo la tetera.
¿Tomáis té?
Yo sí dijo Mateo.
Yo también.
Nos sentamos con nuestra taza. La lluvia seguía tras el cristal.
Una noche, al pasar por la habitación de Mateo, vi que en la estantería, junto a los robots y los libros, estaba aquel cochecito de su vieja mochila. Lo había guardado. Ocho años después. Nunca pregunté.
Tampoco pregunté entonces. Cerré la puerta suavemente.
Algunas cosas no son para hablarse. Sólo existen: están ahí, compartiendo espacio con lo importante, y eso basta.
Un par de semanas tras aquel encuentro, Mateo se acercó una tarde, se sentó a mi lado y calló.
Mamá, dijo.
Le miré.
¿Sí?
Nada. Solo quería decirlo.
Asentí. Se fue y se pudo oír la guitarra, esos mismos tres acordes, torpes pero insistentes.
Me quedé con el libro abierto, sin leerlo.
Andrés entró con una taza, la dejó y se acomodó conmigo en el sofá.
¿Bien?
Sí respondí. Mejor que nunca.
¿Pasa algo?
No, no pasa nada. Simplemente está.
Me miró y comprendió. Asintió.
Nos quedamos escuchando la guitarra de Mateo. Suave, casi fuera de tono, pero tenaz, como él en todo lo que le importa.
Pensé en la famosa sabiduría femenina que tanto se cita. ¿Qué es si no esto? Saber acoger la mochila con tres gajos de mandarina y no desecharla, dejarla entrar. Saber criar por conciencia, no por sangre. Distinguir quién te hace falta ahora de quién te es imprescindible siempre.
La historia de una mujer fuerte no va del llanto contenido. Es saber abrir la puerta a quien debe entrar y cerrarla para quien se fue hace tiempo.
Y ni eso llegué a decirlo en voz alta.
Simplemente cogí la taza que me trajo Andrés. Estaba caliente.
Has puesto té de más dije.
Aguanta respondió él. Es bueno.
Todo lo tuyo es bueno, ¿no?
¿Acaso no?
La guitarra sonó de nuevo.
Mamá se oyó desde la habitación, ¿hay galletas?
Arriba, en la estantería grité.
No llego.
Sube a una silla.
Pausa.
Ya las tengo dijo, y el rasgueo regresó.
Andrés me sonrió, apenas, como siempre.
¿Todo bien? preguntó.
Me lo pensé sinceramente.
No sé si bien. Pero correcto. Seguro.
Asintió. Cogió su taza.
Nos quedamos bebiendo té, oyendo la guitarra, y aquel octubre pertinaz me pareció menos frío que aquella noche, hace ocho años, cuando sostenía la mochila sin saber que la vida empezaba justo en el instante en que parecía venirse abajo.






