Lecciones de vida

24 de marzo

Hoy ha sido un día de esos en los que me planteo si alguna vez aprenderé todas las lecciones que la vida tiene guardadas para mí. Al llegar a casa de mi suegra, Rosario Mendoza, noté enseguida que algo no iba bien. Siempre recibía mis visitas entre bromas y sonrisas, pero hoy no había ni rastro de su habitual hospitalidad. Simplemente se quitó los zapatos, fue a la cocina y se sentó frente a la mesa, mirando fijamente a un punto indeterminado del mantel de cuadros.

Me acerqué, algo inquieta, y me senté a su lado.

¿Te pasa algo, Inés? ¿Ha sucedido algo con Covadonga? le susurré con voz temblorosa, esperando que no se tratase de un problema relacionado con mi hija.

Negó con la cabeza, y aunque trató de sonreír, no alcanzó a ocultar la tristeza. Se frotó la cara con una mano, agotada, y me respondió, casi en un suspiro:

No es Covadonga, Rosario, puedes estar tranquila Solo que tengo miedo de perder el trabajo.

Respiré aliviada; si mi nieta estaba bien, todo lo demás podía encontrar una solución. Aun así, percibía en Inés una preocupación profunda, distinta a otras veces.

¿Pero qué ha pasado? Si en el trabajo todo parecía irte bien pregunté, midiendo las palabras, sin perder de vista sus gestos.

Me han ofrecido un ascenso. Si lo rechazo, me despedirán, pero si lo acepto rompió a llorartendré que pasarme medio mes fuera, de viaje. ¿Con quién dejo a Covadonga? Es tan pequeña aún… necesita a su madre.

Vi cómo la inquietud la atenazaba. Daba vueltas al mismo pensamiento, incapaz de encontrar salida. Tomé su mano, cálida, y se la apreté con cariño.

Déjala conmigo, mujer. Estoy jubilada. ¿Qué otra cosa voy a hacer mejor que cuidar a mi nieta? No me supone ningún sacrificio.

Ella me miró largo rato, como si le costara creer mis palabras. Lo cierto es que hasta entonces siempre había evitado involucrarme demasiado, limitándome a interesarme por Covadonga y sus cosas con educación, pero sin meterme en sus decisiones. ¿Por qué ahora sí?

Cuantas preguntas le pasarían por la cabeza Al final, solo murmuró:

¿Estás segura? Hay semanas que apenas podré pisar la casa…

¿No he criado a tu marido, y lo he hecho lo mejor posible? Con mi nieta podré también, deja de angustiarte respondí, convencida de que era lo mejor para ambas.

Inés apretó los labios. Sé que pensó en decirme un par de cosas sobre cómo había educado a mi Rafami hijo, pero se contuvo, como tantas veces. Imagino que en su cabeza se dibujaba su imagen repantigado en el sofá, con el mando en la mano, completamente abstraído de la familia. O frente al ordenador, ignorando a Covadonga mientras la cena se enfriaba en la cocina. Era lo que siempre me echaba en cara: que lo malcrié demasiado, que nunca le enseñé disciplina. Con razón.

Rafa tenía otras aficiones: le fascinaban los rallyes, las carreras por los alrededores de Valladolid con los amigos. Nada le importaba, ni el viento, ni la lluvia. Creía ser invulnerable, hasta aquella noche, cuando perdió el control de su SEAT León y terminó contra una farola. Esa noche nunca la olvidaré. Desde aquel momento la vida se redujo a dormir y llorar, y los años curaron únicamente la superficie. A veces pensé qué habría sido de mí si Rafa hubiese sobrevivido pero postrado, y decidí que quizá la vida fue piadosa privándole del dolor.

Hoy, observando a Inés, la gratitud me inundó. Tras tanto duelo y tanta pérdida, me ofrecía una nueva oportunidad de cuidar y de darle sentido a mis días; esta vez, con Covadonga.

Te estoy muy agradecida, Rosario me dijo, cerrando los dedos en torno a su taza de té. Intentaré compensar estando todo el tiempo posible con mi hija.

Le sonreí y le contesté:

Olvídate. Haz tu carrera, yo cuidaré de la niña. Es mi sangre, mi alegría. Ve y haz lo que debas, que de tu hija me ocupo yo.

Al pronunciar esas palabras, vi cómo su angustia se deshacía un poco. Quizás, pensé, todo irá bien.

***

Al principio, la cosa fue mejor de lo que temía. Covadonga pasaba la mayor parte del tiempo conmigo, salvo algún rato en casa, entre las visitas y las escapadas de Inés. Entre sus viajes y las preocupaciones, los momentos que madre e hija compartían eran fugaces: cenas rápidas, algún consejo sobre cómo llevar los deberes, poco más.

Pero después las señales de alarma empezaron a asomar. Primero, las llamadas del colegio; luego, notas en la agenda: Covadonga no hacía las tareas, las calificaciones menguaban, empezaba a faltar a clase Se quejaba de dolores, inventaba excusas. Inés, atareada y exhausta, se desesperaba; yo intentaba quitarle hierro.

Una noche, tras otra reunión desastrosa con los profesores, Inés me rogó:

Rosario, por favor Ayuda a Covadonga con sus deberes. No soporto que siempre me llamen para quejarse de ella. Trabajo hasta tarde, cuando llego, apenas me da tiempo a cenar con ella antes de que se acueste…

Dejé a un lado la bufanda que estaba tejiendo y le respondí, sosegada:

No te agobies, mujer. No todos los niños van a ser de sobresaliente, anda. Rafa tampoco tuvo nunca buenas notas y fue un hombre excelente.

Ella se quedó callada, luchando con las palabras que deseaba lanzarme: ¿Excelente Rafa? ¿El mismo que no levantaba cabeza, el que solo pensaba en sí mismo?. Pero aguantó la lengua, quizá porque sabía que si discutía yo podría negarme a cuidar de Covadonga. Y entonces, ¿qué?

Lo único que quiero es que Covadonga no pierda el ritmo en clase, Rosario, de verdad… Es importante para su futuro insistió.

Sonreí, intentando tranquilizarla:

No te pongas en lo peor, Inés. Todos los críos pasan por estas cosas.

Apretó tanto su taza que pensé que se le iba a romper entre los dedos.

Solo te pido que le dediques un poco de ese tiempo tuyo tan valioso a los deberes, por favor. Es que luego llegan los exámenes y será peor

En ese momento me cansé de la discusión. Cerré el periódico, la miré con seriedad y corté el tema:

¡Ya está bien! La niña estudia lo suficiente. Covadonga necesita aire libre, amigas, aprender a desenvolverse, no pasarse el día hincando los codos. Los exámenes saldrán, y punto.

Ella calló. Sabía que no podía hacer nada más por ahora; preferible esto a que Covadonga estuviese sola en casa. Habría que esperar unos años más Cuando pudiera, la recuperaría.

***

Pasaron dos años, y justo cuando Inés consiguió cambiar de puesto y dejar los viajes, quiso cambiar la rutina: propuso a Covadonga irse con ella a vivir a Madrid.

Ahora podré estar en casa todos los días, hija, vas a estar conmigo como antes. Los fines de semana, a casa de la abuela, como siempre quisiste.

La respuesta de Covadonga fue un seco “vale”, aunque en realidad su vida no iba a cambiar. Seguía creyendo que su madre no iba a controlarla, y que yo siempre estaría de su parte. ¿Qué importancia tenía hacer los deberes si le bastaba con sacar un “aprobado pelado”? Había aprendido, de tanto oírme quejarme del sistema educativo, que la vida valoraba más la simpatía y las relaciones personales que los libros.

Sin embargo, Inés pensaba muy distinto.

Primero los deberes, y después, lo que quieras. ¿De acuerdo?

Covadonga levantó las cejas, casi ofendida.

¿Desde cuándo? La abuela nunca me obligó a estar con los libros.

Inés intentó explicarle, con calma, pero se topó con una muralla. Covadonga comenzó a desafiar la autoridad de su madre, y cada discusión era un campo de batalla. Hasta que un día explotó la bomba:

¿Tú? ¡Madre! No me hagas reír, si me dejaste con la abuela como si fuese un trasto, ¡y ahora tienes el descaro de exigirme!

A Inés se le vino el mundo abajo al oír aquello. Yo la entendí, aunque nunca podría decírselo: el trabajo y la distancia habían creado un abismo entre ellas.

Las discusiones se volvieron agresivas. Hasta que Covadonga, entre lágrimas y furia, preparó una maleta (“Aquí nadie me quiere ni me respeta, yo no soy la criada de nadie”) y se plantó en mi casa, jurando que jamás volvería con su madre.

***

Los meses siguientes fueron una cadena de encuentros fallidos. Inés apenas veía a Covadonga; los intentos de diálogo se volvían broncos. Yo, cegada por el afecto, le restaba importancia; consentía a mi nieta, le repetía que lo fundamental era ser buena persona, y la niña absorbía mis palabras hasta que solo me tenía en cuenta a mí.

El único vínculo que mantenía la relación entre madre e hija era el dinero. Inés transfería a Covadonga una cantidad mensual, suficiente para sus gastos básicos; el resto iba a mi cuenta. Por mucho que la hirieran las palabras de su hija (“No eres mi madre”), no podía dejarla sin recursos.

Cuando llegaron los resultados de la EVAU, no sorprendió a nadie: Covadonga apenas aprobó, no le llegó ni para entrar en un ciclo superior. Un día se plantó en el trabajo de Inés, exigente:

Págame el curso de FP privado. He elegido una especialidad fácil y rápida.

Inés, cansada, le contestó con frialdad:

Olvídalo. Te advertí mil veces que estudiaras, que hicieras los deberes, que te preparases. Lo sacrificaste por las amigas y las series. Ahora asume las consecuencias.

Mi nieta se ofendió; subió la voz:

Para ti es calderilla. Nunca te has ocupado de mí, al menos hazme ese favor.

La respuesta de Inés fue firme:

Hacerte crecer no es pagarte la comodidad, Covadonga. La vida solo se aprende enfrentándola. Si quieres algo, gástatelo tú.

Covadonga se marchó ofendida. Y aún tuvo que escuchar el mayor shock: su madre salía de cuentas en tres meses; tendría un hermano pequeño. Y ni una peseta de herenciasegún Inés, que ya había decidido dejarlo todo a su futuro hijo.

¿Cómo que nada para mí? ¡Eso no es justo! chilló Covadonga.

Tú misma dijiste que no soy tu madre. Así que, lo siento, pero a partir de tu mayoría de edad, se acabó.

Poco después, a los dieciocho, cuando intentó sacar dinero para un capricho, la cuenta estaba a cero. Llamó a su madre, pero el número ya no existía. Fue al antiguo trabajo de Inés, y la secretaria la recibió con una carta:

Feliz mayoría de edad, hija. Ya es hora de valerte por ti misma.

La oficina bullía de vida y ruido, pero Covadonga sintió el mundo girar a cámara lenta. Salió al paseo del Prado, carta en mano, dándose cuenta, quizás por primera vez, de que debía empezar a vivir siendo ella misma, sin red de seguridad y sin más excusas.

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