Su nombre era Alberto. En las fotos parecía un hombre normal de unos treinta y cinco años, limpio, sin detalles llamativos. En la descripción de su perfil hablaba de consciencia, crecimiento personal y su búsqueda de una alma auténtica y viva. Ya solo con eso debería haberme puesto en alerta: la experiencia me ha enseñado que cuanto más insiste un hombre en lo de la mujer verdadera, más suele esconder el deseo de encontrar una compañera lo más cómoda posiblealguien que no quiera nada y que no reclame nada.
Habíamos intercambiado mensajes durante unos días. Alberto era correcto aunque, de vez en cuando, dejaba caer comentarios extraños. Sobre todo le gustaba hablar sobre cómo, según él, las mujeres modernas están corrompidas por el dinero.
Todas quieren restaurantes, las Maldivas y móviles caros escribía. Nadie quiere mirar el alma, sólo pasear y conversar.
Yo, educadamente, asentíaen mis pensamientos, claroy procuraba llevar la conversación por otro camino. Al fin y al cabo, cada uno tiene sus heridas. Quizá su exmujer le dejó sin casa o sin ilusiones; ¿quién sabe? Procuro no juzgar antes de tiempo.
Y entonces propone vernos. Pero hay un problema: estamos en pleno enero, y no uno cualquiera, sino de esos crudos, con menos veinte grados en el termómetro y el viento que lo hace sentir aún peor. Los meteorólogos han alertado de un riesgo naranja; Protección Civil envía mensajes recomendando no salir de casa salvo extrema necesidad.
¿Quedamos en el parque? escribe Alberto. Paseamos, tomamos aire fresco y nos conocemos sin adornos.
Alberto le respondo, hace menos veinte fuera, nos vamos a quedar congelados, ¿por qué no tomamos un café en una cafetería?
No tarda en contestar.
Yo no piso cafeterías, ahí solo están esas mantenidas que esperan que las inviten, y yo busco compañera de vida, alguien que esté conmigo en lo bueno y en lo malo, también en el frío. Si para ti es imprescindible que me gaste veinte euros en ti, no somos compatibles.
La curiosidad ganó. Me intrigaba demasiado ver a este defensor de la pureza en las relaciones, para quien un café americano era símbolo de esclavitud financiera.
Vale le escribí. Parque, entonces, a las 19:00 en la entrada principal.
Prepararse fue como una oda al invierno. Saqué la ropa térmica del armario, una sudadera gruesa y rematé con un traje de esquí. Botas con suela gruesa y calcetines de lana, gorro de orejeras.
En el espejo vi a alguien lista para una expedición al Ártico.
Bueno, Alberto, prepárate me guiñé y salí a la noche helada.
A las 19:00, puntual, estaba en el parque. El frío me pellizcó la caralo único que quedaba descubierto. La nieve, crujía bajo mis pies y no había ni una sola alma alrededor: la gente sensata, incluidas las mantenidas, había elegido quedarse al calor.
En la entrada esperaba Alberto, con un abrigo mediado de otoño. Se movía de un pie a otro, saltaba y se soplaba desesperadamente las manos. Su nariz parecía una ciruela madura y las orejas ardían en rojo.
Me acerqué.
Hola saludé desde detrás del bufanda.
Me miró, esperando ver a una princesa frágil en medias, temblando para darle la oportunidad de sentirse héroe. En vez de eso, tenía delante a alguien que parecía lista para rescatar a excursionistas.
Hola castañeó los dientes. Veo que te has preparado de verdad.
Tú mismo lo dijiste: en lo bueno y en lo malo, pensé que empezaríamos por lo malo. ¿Vamos a pasear y respirar aire?
Quince minutos de gloria
Empezamos caminando. Aquella cita se ganó un hueco entre las más surrealistas de mi vida.
¿Qué tal el tiempo? pregunté con tono de charla.
Despierta el cuerpo balbuceó. Su rostro apenas se movía; solo los labios, cada vez más azules. A mí me gusta el invierno, pone a prueba a la gente.
Estoy de acuerdo asentí. Por cierto, sobre las mantenidas: explícale esa teoría, ¿por qué el café es símbolo de venderse?
Hablar le dolía claramenteel frío le quemaba la gargantapero la convicción exige sacrificios.
Porque tembló su voz las relaciones deben basarse en el interés mutuo, no en el bolsillo. Si una chica no puede simplemente pasear, sino que pide comida, es que solo quiere consumir.
¿Y si sólo no quiere pillar una neumonía? le corregí, colocando mi capucha.
Excusas cortó de golpe, y entonces sorbió la nariz con fuerza. El que quiere, encuentra la manera, hay que abrigarse mejor.
Pues yo me he abrigado me encogí de hombros, mostrando mi voluminoso atuendo. ¿Y tú, seguro que no tienes frío?
Estoy bien respondió con tono agrio, aunque le temblaba todo el cuerpo, visible incluso en esa penumbra.
Pasados unos diez minutos, llegamos a la plaza central del parque. Había un quiosco de café cerrado. Alberto lo miró con una nostalgia digna de drama trágico.
¿Volvemos? propuso. Está incrementando el viento.
¡No me digas! me entusiasmé. Solo hemos empezado. Querías conocer el alma, ¿verdad? Hablemos de literatura. ¿Te gusta Jack London? Tiene un cuento genial, Encender una hoguera, donde un hombre muere congelado por subestimar el frío.
La mirada con que me respondió no era la de alguien en busca de espiritualidad.
Escucha, tengo que irme me cortó. Me ha surgido algo urgente.
¿Qué cosa? Habías reservado toda la noche.
Trabajo. Me he acordado que no envié el informe.
¿A las ocho de la tarde, un viernes?
¡Sí! casi gritó.
Se dio la vuelta y casi corrió hacia la salida. Yo caminé detrás, disfrutando del momento: mi superviviente aguantó exactamente quince minutos.
En el metro ni se despidió; simplemente desapareció en el calor subterráneo. Ojalá allí, además de calentar las manos, recapacite también sus ideas. Aunque, sinceramente, lo dudo.
Yo regresé a casa, preparé un té caliente y borré a Alberto de mis mensajes. No me dolió el tiempo perdido. Esos quince minutos fueron una excelente vacuna contra la culpay un recordatorio de que cuidar de mí misma no me convierte en “mantenida”.






