«Ahora la mitad de tu propiedad me pertenece», dijo la extraña mujer.

Mira, te cuento la historia de una pareja que siempre pareció tenerlo todo en la vida. Se casaron cuando tenían treinta años, en Madrid, con esas bodas llenas de familia y alegría. Poco después llegó su hijo, y formaron esa familia tan bonita que todos envidian. El trabajo les iba bien, nunca les faltó un euro. Compraron un pisito en el centro, y transformaron la casita heredada de los abuelos en La Mancha en un verdadero refugio con todas las comodidades que te puedas imaginar. Cada verano, escapaditas a Italia, a Francia, a Grecia Lo típico. El marido siempre fue fiel, ni una sombra de duda; ni se le pasaba por la cabeza mirar a otra mujer.

El tiempo pasó, y su hijo creció. Al final, conoció a una chica encantadora, muy maja, típica de Salamanca, y con poquito más de veinte años los dos, terminaron casándose. Y ella, la madre, no cabía en sí de la felicidad: Como tu padre y yo, cariño, pero diez años antes, le decía entre risas. Entre las dos familias, les compraron un pequeño piso en Lavapiés.

Todo parecía perfecto para ella, pero conforme fue cumpliendo años, igual por nostalgia o porque le daban vueltas esas supersticiones castellanas sobre que cuando todo va bien, algo pasa, empezó a preocuparse. Sentía que en cualquier momento podía ocurrir algo.

Y así fue. De repente, su marido murió.

La pobre mujer tardó mucho en reponerse. Pero poco a poco, consiguió salir adelante. Volvió a trabajar, que ya llevaba años dedicada a la casa.

Todo el mundo insistía en que había que mover los papeles de la herencia. Así que fue con su hijo al notario. Ella suponía que era sencillo: la mitad para ella, la otra mitad que era de su marido, para el hijo. Total, que los padres de él llevaban muchos años ya en el cementerio de la Almudena, vamos, que no había más herederos.

El notario la hizo pasar a su despacho. Sentada junto a él, había una mujer que no conocía de nada.

Resulta que la mitad del marido se la dejaba a esa mujer.

Ella se quedó de piedra, mirando al notario y luego a la desconocida. Era mayor, con aspecto sencillo, no llamaba nada la atención. Tendría unos cincuenta años, quizás más, pensó que igual había algo ahí entre ella y su marido en el pasado.

Entonces, el notario le explicó que había un testamento antiguo. Veintisiete años atrás, su marido había dejado hecho un testamento para esa señora, y al no haberlo anulado, era completamente válido por ley.

Imagínate el shock. Un extraño

Resulta que, cuando eran jóvenes, él y esa mujer se enamoraron perdidamente. Recién salidos de la universidad, con toda la vida por delante. Era el primer novio de ella, y él lo valoraba mucho. Decía bromeando: Eres como mi niña, aunque tuvieran la misma edad. Se reían y lo veían todo de color de rosa.

Un día estaban viendo una peli de esas románticas, y a los protagonistas les dio por dejarse todo el uno al otro en un testamento. Les pareció tan bonito y tan cómico que acabaron inventándose su propio testamento: Todo lo mío es tuyo, hoy y siempre. Ella le dijo que era solo un papel, que había que hacerlo legal; así que fueron al notario, después brindaron con cava y acabaron en la cama.

Pero luego, la vida dio un giro. El padre de él cayó enfermo, y se lo llevaron fuera, a París, para tratarlo. Ella, mientras tanto, conoció a un chico con el que empezó a salir, se quedó embarazada y acabaron casándose. Su madre le decía: Mira, hija, deja de soñar. Este chico nuevo es de fiar, cásate ya. Su antiguo amor ni le contestaba a las cartas.

La vida siguió. Ella se casó, se mudó a Barcelona por trabajo del marido, tuvo una hija, pero el matrimonio no funcionó y se divorció. Hacía mucho que había olvidado todo aquello del testamento; de hecho, ya tenía uno nuevo a favor de su hija.

Años después, un día cualquiera, le llegó una notificación oficial. Al leer el nombre de su antiguo amor, se le removió todo por dentro. ¡Cuánto lo había querido! Ni recordaba lo del testamento, la verdad.

Él, por su parte, había olvidado todo. Se ocupó del padre hasta que falleció, luego su madre enfermó también, y al enterarse de que su antiguo amor se casó y desapareció de la ciudad, intentó no volver a pensar en ella. Acabó casado con una mujer buena, seria, sin amor, pero con cariño y mucha tranquilidad.

¿Qué iba a hacer ahora la pobre mujer? ¿Le quitarían la mitad de todo? Le preguntó al notario.

Qué surrealista, pensó ella. ¡Tantos años juntos, y ni un solo recuerdo de la otra! Y ahora la mitad de la herencia tendría que ser para una antigua novia.

La desconocida le soltó: Ahora la mitad de todo esto es mío. Y no era cualquier mitad: el piso, la casa, el coche, los ahorros todo.

La mujer sintió como si el corazón se le rompiera otra vez. Primero la muerte de su marido, luego esto, que sentía como una traición de las grandes.

No pudo evitarlo y fue a juicio, pero nada sirvió, solo acabó más agotada.

Al final, la ley le dio el dinero a la otra mujer.

Con eso, la desconocida se compró un piso y se fue a la playa con su hija, quizá a la Costa del Sol.

Y cada día, mientras paseaba por la orilla, no dejaba de repetir: Gracias.

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