El filete estaba perfectamente colocado en el centro del plato. Ernesto lo miraba y notaba cómo le rugía el estómago traicioneramente.
Carmen, ¿puedo cogerme una tapa, porfa? Es que tengo hambre.
Ernesto, la cena es en veinte minutos. Si comes ahora, luego la merluza se va a quedar fría.
Que solo es un bocado, un trozo de pan con queso.
¿De verdad no puedes esperar veinte minutos? Lo he calculado todo: las patatas estarán a las siete y cuarto, el pollo a las siete y veinte. Si picoteas algo, ya no te comes la cena como Dios manda.
Ernesto suspiró bajito y se sentó a la mesa. Carmen estaba plantada delante de la nevera organizando con precisión de cirujana cada cosa recién traída del supermercado. El brick de leche en la balda de la derecha, los yogures por fechas, los que vencen antes, delante del todo; el queso, en la cajita del fondo.
Al menos puedo echarme un té, ¿no?
Sí, pero solo una cucharadita de azúcar. Y no se hable más.
Carmen, que ya soy un hombre hecho y derecho.
Y estás a un paso de la diabetes, justo como tu padre y tu abuelo. Una cucharadita.
Ernesto alargó la mano hacia la tetera, pero Carmen ya se había adelantado: le sirvió el té, midió la cucharada de azúcar y se la puso justo frente a él.
Toma, bébetelo.
Miró la taza, luego su espalda, vuelta ya otra vez a la nevera. Probó el té. Flojo, casi sin dulce. No dijo nada.
Afuera ya era casi de noche. Octubre en Madrid oscurece pronto y en su barrio, con los bloques apretados como cajitas de cerillas, la oscuridad se notaba antes. Las farolas del patio lucían serenas, los coches estaban aparcados cada uno en su hueco habitual. Todo igual de siempre.
Ambos tenían cincuenta y siete y cincuenta y cinco años respectivamente. Treinta juntos. El piso, tan limpio como un quirófano, tan silencioso como una biblioteca.
***
En casa, los sábados arrancaban a las ocho de la mañana. No era porque no se pudiera dormir más, sino porque justo entonces empezaba la lista de quehaceres. Carmen la había escrito la noche anterior en su cuaderno de rayas, todo con buena letra.
Ocho en punto: desayuno.
Ocho y media: limpieza.
Diez: comprar. El supermercado del Paseo de las Delicias, la droguería aparte.
Doce: comida.
Una: descanso, una hora.
Dos: visita a la tía Rosa.
Cinco: vuelta a casa.
Cinco y media: cena.
Seis y media: tele o libro.
Diez: a la cama.
Ernesto se la sabía de memoria. No porque la leyera, sino porque llevaba quince años igual. Solo cambiaban, a veces, el nombre del pariente o del supermercado.
Mientras fregaba el suelo del pasillo, empujando la fregona de pared a pared, pensaba en la pesca. Solo por pensar. ¿Cuánto hacía que no iba? Ocho años, quizá. La última vez fue con Carlos del trabajo, al embalse de San Juan. Pescaron tres percas pequeñas y una carpa. Sentados junto al río hasta anochecer, cocinando una sopa en una cazuela de camping. Carlos contaba chistes y reían tanto que hasta asustaron a los patos.
Ese día volvió tarde, de noche. Carmen no dormía aún.
¿Sabes la hora que es?
Sí, Carmen. Se nos fue un poco el tiempo.
Un poco. Te he llamado ocho veces. La cena en la nevera. Ya ni sabe igual.
Perdona.
¿Sabes cómo me he preocupado?
Perdón, Carmen.
No volvió a ir de pesca. No porque estuviera prohibido, sino porque siempre había algo: faena, visitas, una avería en casa. Y luego ya ni lo proponía. Más fácil no proponerlo.
Ernesto, ¿escurriste bien la fregona? Que si la dejas muy seca salen manchas.
La escurrió como le había dicho. Aunque él jamás notaba la diferencia. El suelo relucía. Carmen estaba orgullosa de su piso. Una vez la oyó decir por teléfono: En mi casa se puede comer del suelo. Ernesto pensó que nunca, por limpio que estuviera, se le ocurriría comer del suelo.
La compra: como siempre. La comida: en su hora. La tía Rosa les sacó empanadillas de patata, un poco quemadas por abajo, y Carmen, muy discreta pero para que todos la oyeran, dijo: Rosiña, yo creo que tu horno calienta algo mal. Ernesto se comió tres empanadillas y pensó que sabían mejor precisamente así, quemaditas.
En casa, volvieron a las cinco y veinte. Diez minutos antes.
Carmen puso las bolsas, preparó la tetera, sacó una tarta de requesón perfecta, cortada en seis porciones idénticas.
Ernesto se sentó a la mesa, miró la tarta y, sin saber por qué, se sintió al borde de un pequeño pánico. No era la tarta. Era saber que la rutina del día siguiente, de la próxima semana, del próximo año, no iba a cambiar.
Se acabó el té, se comió la tarta y se fue al salón a ver la tele.
***
El aspirador se estropeó el miércoles por la tarde. Dejó de chupar. Ernesto lo desmontó en la mesa de la cocina y encontró al momento el fallo: filtro atascado, una pieza torcida. Nada grave. Llevaba veintidós años de ingeniero ajustador en la fábrica de aparatos de Arganda. Un aspirador no era ningún misterio.
Carmen asomó a la puerta.
¿Qué haces?
Lo arreglo. Mira, el filtro atascado y aquí una pieza rota.
Llama a un técnico. No hace falta que lo arregles tú.
Carmen, esto es una avería de nada.
Ya arreglaste dos veces la plancha. Una no volvió a encender, la otra calentó solo de un lado.
Fue otra historia, aquí veo el problema claro.
Ernesto…
Carmen, soy ingeniero.
Pero de fábrica, no manitas de electrodomésticos. No hagas un destrozo, que luego nos cuesta el doble.
Algo cambió dentro de él. Como una piedra que rueda tras años quieta. Miró el aspirador desguazado, sus propias manos, la expresión de ella, tan tranquila.
Lo voy a arreglar, Carmen.
Ernesto…
Que sí.
Ella le miró con sorpresa, luego con un poco de molestia, y se fue.
Después de una hora, el aspirador funcionaba aún mejor que antes. Ernesto recogió las piezas, reinició la máquina solo para escuchar cómo rugía, perfecto.
Carmen pasó por allí, miró, asintió, y no dijo nada.
Ernesto se dio cuenta de que habría esperado un Bien hecho.
***
El anuncio lo vio pegado en una cabina del metro. Arreglamos aparatos antiguos y cualquier chisme. Taller en Embajadores. Había dirección y teléfono. En el recibidor de casa, su viejo tocadiscos Hispavox llevaba tres años muerto de risa. Carmen hacía tiempo le decía que mejor tirarlo. Ernesto siempre respondía luego.
El tocadiscos lo compró antes de casarse, con ayuda de su padre. Allí escuchaba a Serrat y a Aute; los vinilos en fila en el alféizar. Cuando se fue a vivir con Carmen, ella los metió en una caja y la guardó: Aquí solo cogen polvo, mejor en el trastero. Ernesto a veces revisaba la caja, solo para comprobar que aún estaba ahí.
El teléfono no lo cogía nadie. Decidió pasarse por el taller. Era una planta baja en Lavapiés, antiguo edificio, portón de madera, fachada desconchada.
Llamó al timbre del tercero. Tardaron en abrir. Después oyeron pasos y algo se cayó. Cuando por fin abrieron, era una mujer como de su edad, en bata ancha manchada de pintura azul y amarilla. El pelo recogido como se ha podido, un par de mechones rebeldes por aquí y allá. Tenía una mancha verde de pintura en la mejilla.
¿Vienes por el anuncio?
Sí, quería
Pasa, pasa. Soy Palomadijo cálidamente. Cuidado con el caballete ahí detrás.
Entró y se quedó un momento parado.
No era como nada que hubiera visto en su vida, o mejor dicho, como aquellas antiguas casas de estudiantes de Bellas Artes a las que alguna vez entraba. Lienzos por todos lados: en blanco, a medio acabar, otros llenos de capas y capas de pintura. En la ventana, botes con pinceles, tubos por el suelo. Un periódico lleno de pieszozas de pintura. En el sofá un gato atigrado, mirándole con aires de rey destronado.
Olor a óleos, a madera, a café y ¿vida?
Perdona el caos, es que me paso la mañana pintando y no llegué a recoger decía Paloma.
No pasa nada se oyó decir a sí mismo, sinceramente.
¿Qué traías para arreglar?
Un tocadiscos Hispavox. No gira el plato. Ya lo desmonté, creo que es el motor.
¡Un Hispavox! Lo conozco. ¿Has probado a cambiar la pila? A veces es solo el contacto.
Ya miré, parece más profundo.
Paloma miró pensativa.
¿Lo traes aquí?
No, vengo a preguntar primero. El teléfono nunca responde.
¡Ay, siempre lo pierdo! Está bajo el sofá, lo encuentro cada dos días. Tráelo y lo vemos. Si me hechas un cable con mis cosas, te hago descuento.
***
El caballete estaba junto a la ventana. Viejo y robusto, pero renqueante. El soporte para el lienzo se vencía todo el rato.
Mira, ahí saltó el tornillo. Intenté poner otro, pero era más pequeño, queda suelto.
Ernesto se agachó a mirar. Pidió un destornillador. Paloma tardó un poco pero apareció con tres distintos, sin saber cuál era el bueno. Lo arregló provisionalmente, apañando el tornillo suelto con cinta, mientras le explicaba cómo buscar uno mejor en la ferretería.
Tienes que pedir un tornillo M6, y si puede ser con tuerca, para que aguante.
M6… Mejor lo apunto y agarró un pincel, mojó en negro y escribió en el periódico: M6 con tuerca!!
Ernesto soltó una carcajada.
Cuando tires el periódico se te olvida.
Lo pondré en la nevera. Anda, ven a tomar un café, que te lo has ganado. Tengo empanadillas de ayer con repollo.
Iba a decir que tenía que irse, pero:
Me apunto, dijo.
***
En la cocina de Paloma, pequeña, con ventana al patio, macetas de plantas medio salvajes en el alféizar. Las empanadillas puestas sin servilletas, amontonadas, una caída de lado.
Cogió una. Empanadilla de ayer, blanda por arriba, pero estaba deliciosa. El repollo, mezclado con huevo y cebolla, igualito que hacía su madre.
Está buenísima.
¿Sí? Nunca aprendí a cocer, pero mi hija me enseñó antes de irse a Barcelona, está estudiando Historia del Arte. Tiene veintidós, más centrada que yo a su edad.
¿Muchos años aquí?
Veinticinco en este piso. Antes vivía con mi marido, pero nos separamos hace un año. Ahora, solo el gato y yo. Por cierto, se llama Ramón.
Ramón, al oír su nombre, levantó la cabeza y se volvió a caer.
¿Te dio tristeza?
¿Por lo del divorcio? Al principio sí, ¿sabes cómo es? Como andar mucho tiempo con unos zapatos que te hacen daño. Cuando te los quitas, ves las heridas que ni notabas Algo así.
Ernesto miró por la ventana, donde solo quedaban unas pocas hojas doradas en un árbol.
¿Eres ingeniero?
Sí, en la fábrica de Arganda.
¿Te gusta?
Es un trabajo. Me gustaba más trastear con cosas por mi cuenta. Y la pesca.
¿La pesca? Cuéntame.
Era raro, le sorprendió que a alguien le interesara. Cuando mencionaba la pesca en casa, enseguida cambiaban el tema.
De joven iba todos los veranos con mi padre. Salíamos de noche, al clarear ya estábamos al río. El agua, ese olor Y el silencio tan grande, que oyes las truchas.
Paloma apoyó la barbilla en la mano, escuchando.
Luego iba con un amigo, una vez sacamos un barbo enorme en San Juan, pensábamos que era una rama.
Contó y contó. Cuando vio el reloj, llevaban dos horas y media. Ya casi era de noche.
Tengo que irme
Claro, gracias por el caballete. Y gracias por la pesca.
¿Por la pesca?
Gracias por contármelo. Hasta lo vi en mi cabeza.
De camino al metro pensaba cuándo fue la última vez que alguien le escuchó así.
***
Carmen estaba en la cocina cuando entró. Cena fría bajo un plato, cara de antesala de discusión larga.
¿Dónde has estado?
Fui a lo del tocadiscos, la señora me pidió ayuda con un caballete. Me entretuve.
No avisaste.
No sabía que me iba a enrollar tanto.
Te esperaba para las siete. Hice filetes, ahora ya llevan tres vueltas en el microondas ahora resecos.
Ernesto miró el plato y luego a ella.
Perdón por los filetes.
¡No es por los filetes! Es el detalle, tenemos normas. Si sales, avisas. Se llama respeto.
Ya no lo pensé.
Es que nunca piensas en nada del hogar, ni de mí. Mira el martes pasado: te puse que el queso fuera semicurado y trajiste manchego. Tuve que tirarlo.
Colgó la chaqueta despacio, sintiendo algo retorciéndose dentro.
He cenado allí, tenía empanadillas.
¿Empanadillas?
Sí.
Ernesto, ¿te vas por un Hispavox y vuelves a las nueve después de comer empanadillas? ¿Sabes cómo suena eso?
Solo he ayudado con un caballete y tomado té. Es una mujer sola, me lo agradeció.
¿Quién es?
Se llama Paloma, tiene cincuenta y cuatro, es profesora en la Casa de Cultura, divorciada hace un año.
Has hecho los deberes.
Hablamos de cualquier cosa, Carmen. Eso es todo.
Ella guardó los filetes bruscamente y se fue al dormitorio.
Ernesto se quedó solo, en silencio, mirando la lluvia fuera. Llovía sin plan.
***
Volvió otra vez, luego otra más. Llevó el tocadiscos, Paloma lo vio, se lo arregló un conocido suyo. Tomaron café. Esta vez llevó él una tarta de cereza de la pastelería.
Otro día fue por ver el tornillo: ella había comprado el errado, cogió uno de cuatro en vez de seis. Se rieron. Ernesto llevó uno de los dos tamaños, ya por prevención.
A veces Carmen sabía dónde iba, a veces decía que iba al taller, sin más detalles. Carmen preguntaba alguna vez, él respondía breve. Quizá le bastaba saber que volvía a cenar.
Un día volvió aún más tarde. Con Paloma miraban un libro de Cézanne, ella le explicaba la luz de los cuadros. Ernesto pensó que nunca se lo había planteado así.
Carmen le esperaba.
Los filetes
Carmen, escúchame.
Le miró. Esta vez había preocupación genuina.
Ernesto, ¿qué pasa?
Nada pasa. Voy a ver a una amiga, conversar, ayudo en algo. Me resulta interesante.
¿Sabes lo que dices?
Sí. No hay nada más Solo hablamos.
Solo habláis.
Sí.
Ernesto, llevamos treinta años juntos. Yo llevo este piso, cuido tu salud y las cuentas; yo trabajo en Mapfre de jefa de contabilidad, y me las apaño. Pienso en los dos.
Lo sé, Carmen.
Entonces, ¿por qué buscas fuera en vez de estar en casa?
No supo responder. O sí, pero no sin herir.
***
Se fue un viernes por la tarde. Metió ropa en una mochila, la maquinilla de afeitar, el libro que nunca leía. Carmen le observaba desde la puerta.
¿Dónde vas?
Necesito estar solo, pensar.
Ernesto, esto es una tontería.
Puede, pero necesito hacerlo.
¿Te vas con esa?
Me voy a pensar.
¡Ernesto!
Cerró la cremallera y se giró. Carmen, brazos cruzados sobre el batín, la cara desorientada. No enfadada, desorientada, como si nada funcionara.
Te llamo luego, dijo.
Y salió.
***
Paloma no preguntó nada. Cuando lo llamó para pedir si podía quedarse unos días, solo le dijo: Por supuesto, el sofá es tuyo. Ven.
Dormía en el sofá. Ramón, el gato, le acompañaba a los pies. Por las mañanas, Paloma hacía café en cafetera turca y se sentaban a escuchar la radio. Hablaban del tiempo, del café, de lo mucho que el gato se había comido otra maceta.
Carmen llamaba. Al principio, cada hora, luego menos. A veces Ernesto respondía:
Ernesto, ¿te tomaste la pastilla para la tensión? ¿La llevas encima?
Sí, Carmen.
¿Cogiste el abrigo gordo? Dicen que va a hacer frío.
Sí.
Te recuerdo que tienes cita con el médico.
Gracias.
¿Tan difícil es volver a casa? ¿Qué te falta aquí?
Ernesto tardaba en contestar.
Luego te llamo, Carmen.
Recibió un mensaje de la amiga, Berta: ¿Estás loco, Ernesto? Carmen me ha llamado, está fatal. Luego le llamó su jefe, don Guillermo (cosa inaudita): Ernesto, ¿qué pasa? Carmen dice que desapareciste. Luego un wasap de su primo: Llámame que Carmen está preocupada.
Veía cómo Carmen movilizaba a todo el mundo, como siempre, como sabía hacer.
¿Qué tal? le preguntó Paloma un día.
Raro dijo sinceramente. Un poco de miedo.
Normal.
Fíjate que hoy me levanté y no sabía qué ponerme. Cogí la camisa azul, no la blanca o la gris, sino la azul, la que me gusta. No elegía mi ropa desde no sé cuándo.
¿La elegía ella?
La dejaba preparada, para que no me confundiese o combinase mal. Me he acostumbrado.
Paloma no dijo nada.
Me quiere. De verdad. A su manera.
Te creo.
Pero con ella desaparecí. Dejé de existir. Soy parte de su horario.
***
El domingo apareció Carmen. Averiguó la dirección de la factura del móvil. Ernesto abrió se miraron unos instantes.
¿Puedo pasar?
Asintió.
Carmen entró, miró el pasillo. Algo parecido al rechazo desfiló por su cara. Botas de Paloma, una de lado. Un pañuelo chillón. Manchas de óleo en una chaqueta vieja. Un rincón de lienzo asomaba.
Paloma salió de la cocina. Un cruce de miradas.
Buenas tardes, dijo Carmen.
Buenas tardes, respondió Paloma.
Carmen se volvió a Ernesto.
¿Estás bien?
Sí.
¿Te tomas las pastillas?
Carmen
Solo pregunta.
Delante de la cocina, Ernesto acababa de cortar una ensalada: los pepinos estaban desiguales, cada uno pa su lado. A Carmen casi le da un vuelco: los pepinos debían ir rectos.
Carmen, no era necesario que vinieras.
Ernesto, he dedicado mi vida a ti la voz se quebró. Treinta años. ¿Entiendes que todo lo que hice fue por ti?
Lo entiendo.
¿Entonces por qué?
Paloma habló bajito, desde la puerta:
Carmen, ¿puedo decir algo? No como enemiga, solo como otra persona.
Dilo.
Cuidar de alguien es procurar que esté a gusto, que pueda respirar. Si a tu lado le cuesta hasta eso, ya no es exactamente cuidado. Tú no le dejabas respirar, Carmen.
Largo silencio.
No conoces nuestra vida musitó Carmen.
No, dijo Paloma.
Ernesto le tomó la mano a Carmen. No la retiró.
Carmen, voy a pedir el divorcio. No es porque no te quiera, ni te haya querido, es que ya no puedo más.
Ella miró sus manos unidas. Luego soltó despacio y recogió el bolso. Se fue erguida.
No te olvides de las pastillas dijo antes de salir. Están en el cajón de arriba a la derecha, en la caja azul.
La puerta se cerró.
***
El divorcio tardó seis meses. Dejó el piso a Carmen, sin protestar. Se buscó un cuarto cerca de Lavapiés, en el mismo barrio, curiosamente.
Su vida cambió despacio, como un edificio rehabilitado: pared por pared. Al principio hizo cosas casi ridículas. Por ejemplo, iba a la tienda y compraba pan del que quería, no el de la lista. Comía de pie en la cocina, directo del táper. Se acostaba no a las diez, sino cuando le apetecía. Un día se quedó viendo televisión hasta la una, y se sintió como un niño haciendo una travesura.
Con Paloma fue lento. Había feeling, pero ninguno iba deprisa. Como si supieran que era importante y había que ir piano piano.
En primavera fueron de pesca.
Pidió cañas alquiladas, fueron en el 600 rojo de Paloma, que casi ya fumaba por el mal escape, hasta un embalse cerca de Colmenar. Paloma no había pescado jamás y se lo advirtió.
Se sentaron en la orilla. Amanecía frío, la hierba mojada, y Ernesto descubrió que olvidó el termo.
No traje café, joder.
Da igual dijo Paloma. Mira qué niebla sobre el agua.
Observó la niebla, como un aliento sobre el embalse. El sol asomando, la luz horizontal y rosada.
Qué bonito, murmuró Paloma.
Sacó una perca. Pequeña, rebrincada. Paloma dio un salto:
¡Suéltala, pobrecilla!
Y la soltó.
Volvieron a casa embarrados. Ernesto resbaló en la orilla y arrastró a Paloma, los dos se pegaron un buen revolcón y se rieron tanto que asustaron hasta a los pájaros.
La cazadora quedó para tirar.
Bah, dijo Paloma, pero ¡vaya mañana!
La miró: el brazo lleno de barro, la risa limpia, el pelo suelto. Pensó: esto sí que es vida. No una rutina. Una cazadora sucia y la niebla rosa.
***
Se casaron en otoño, año y medio después. Una boda pequeña: un par de amigos, Carlos el de la fábrica, Irene amiga de Paloma, de fotógrafa, y el gato Ramón, testigo silencioso.
La vida con Paloma era caótica y divertida. Ella gastaba la mitad del sueldo en pinturas, olvidaba comprar el pan. Ernesto podía tirarse horas desmontando una radio vieja, llenando la mesa de trastos. Ella perdía las llaves día sí y día no. Él dejaba la llave inglesa en el frigorífico (y jamás recordaba cómo había llegado ahí).
Se peleaban, claro: por dinero, por los pinceles abandonados, por las herramientas provisionalmente guardadas en cualquier sitio. Pero nadie llevaba cuentas de agravios. Alguien ponía el hervidor de agua y ese era el gesto de va, olvidémoslo. Y el otro venía. Y volvían al café.
***
Carmen lo supo por Berta, siempre tan al día de todo.
Los primeros meses, Carmen vivió automática: piso impecable, cenas puntuales, su trabajo como jefa de contabilidad en Mapfre.
Por las noches, demasiada calma. El piso, demasiado grande. A veces ponía dos tazas por costumbre, luego quitaba una. Duele más de lo que imaginaba.
Un día, la jefa, Mercedes, tras una reunión, la apartó.
Carmen, ¿cómo estás?
Bien.
Llevas dos meses rara. ¿Problemas en casa?
Es complicado.
¿Tu marido se ha ido?
Le miró atónita.
Sencillamente lo veo, yo pasé por lo mismo. Un consejo: no empieces organizando la casa, ordénate tú. Habla con alguien, no con una amiga, con un profesional.
Carmen no respondió pero se quedó pensativa.
***
Buscó psicóloga por internet. Una señora de cuarenta y tantos. Los tres primeros días Carmen sólo respondía con monosílabos y se sentía desnuda.
A la cuarta cita, preguntó la psicóloga:
¿Cuándo sentiste miedo de verdad? No por él, por ti.
Pensó rato.
Cuando le vi hacer la maleta. Cuando supe que se iba y ya no podía frenarlo. Ni controlar nada.
¿Por qué era tan importante controlar?
Otra pausa. Desde la ventana caían copos lentos sobre Lavapiés.
Si no lo tengo todo controlado, todo se me cae. Siempre fue así. Mi madre lo decía: Carmen, hay que tenerlo todo en manos, si no los hombres se te van. Ella lo vivió así y mi padre se marchó igual.
En la consulta se estaba bien, en silencio.
¿Y qué descubriste?
Que si aprietas demasiado, también lo pierdes.
Costó decirlo. Pero al soltarse, fue alivio.
***
Por consejo de Berta, fue a la Casa de Cultura a ver una exposición de acuarelas. Era domingo, el piso apretaba demasiado.
Nunca había entendido mucho de pintura, pero esas acuarelas le gustaron: esa ligereza, lo transparente.
Miraba un paisaje cuando a su lado se paró un hombre, algo mayor, de mirada cálida.
Fíjate, dijo casi para sí el autor ha dejado ese trocito en blanco. Allí ¿ves? Ese hueco hace la obra.
Carmen miró.
No me había dado cuenta.
Muchos no. Soy Daniel.
Carmen.
Era torpe: al salir, se enganchó la chaqueta en la puerta, no cerraba la cremallera. Carmen, sin pensarlo, se acercó.
Déjame.
Arregló los dientes, subió la cremallera, él sonrió de agradecimiento.
Gracias. Llevo un mes peleando con ella.
Necesitas una nueva.
Odio las compras.
Charlotearon. Él daba clase de guitarra allí. Iba a las exposiciones todos los domingos.
Si vuelves, yo también estaré.
No prometió. Pero la siguiente semana fue.
***
Con Daniel, todo era extraño y cálido. Era viudo, mujer muerta hacía tres años. Solo, mucho té, guitarra cada noche, a veces ni recordaba qué día era. Podía pasar una hora hablando de cualquier tema, como por qué los árboles crecen así en los patios.
Carmen quiso organizarle: le recomendó agenda, intentó colocarle la nevera, casi le reorganiza la despensa.
Él la sujetó con suavidad:
Carmen, déjalo. A mí ya me va.
Miró su mano, suave, sin enfados, sin explicaciones exasperadas.
Perdona, manía mía.
No es manía. Pero es mi cocina.
Tu cocina, sonrió ella.
Eso fue algo pequeño, pero se quedó grabado. Luego, varias veces más, se sorprendía a sí misma: la mano dispuesta a ordenar y se detenía. No siempre, pero sí cada vez más.
La psicóloga le dijo en una de las sesiones:
No puedes controlar a los demás. Solo a ti misma. Y eso es incluso más interesante.
Se lo pensó mucho.
También empezó a hornear. Siempre cocinaba según la receta al pie de la letra, y siempre salía. Un día Berta le dio una de tarta de manzana y dijo: Aquí, la canela a gusto. Y se quedó mirando el bote. ¿Cuánto es a gusto?
Echó canela. Mucha, quizá demasiada. La tarta salió amarga, pero el olor era tan bueno que se comió la mitad caliente, de pie, en la cocina.
¿Sabes hornear? se sorprendió Berta.
Estoy aprendiendo. No siempre sale. Pero mola.
Estás cambiando, Carmen.
Puede.
Pero al salir de casa de Berta, se dio cuenta que, sin motivo, sonreía por el barrio otoñal.
***
Dos años después, se cruzaron en el Retiro. Ernesto y Paloma caminaban hacía el estanque; Carmen leía en un banco, esperando a Daniel, que había ido a por café.
Lo vio primero. Ernesto llevaba la camisa azul de entonces, Paloma de gabardina larga, contando una historia, los dos riendo.
Carmen cerró el libro.
Él la vio, se acercó, se miraron un momento.
Carmen. Hola.
Hola, Ernesto.
Paloma se apartó un poco, dejando espacio. Carmen lo notó.
Te veo bien, dijo Ernesto y era de verdad. Carmen lucía diferente, más suave, menos crispada quizá.
Tú también.
Callaron. Octubre quieto, caminos dorados de hojas.
¿Qué tal?
Bien. Nos vamos el mes que viene con Paloma en el coche, ruta sur, sin rumbo. A ver qué se nos cruza.
¿Dónde exactamente?
Ni idea. De eso va.
Ella asintió. Miró a Paloma, distraída observando un árbol.
Y tú, ¿qué?
Bien. Aprendiendo a hacer tartas. Gracioso, ¿verdad?
No.
No siempre salen. El último, demasiada levadura y se rajó, pero nos lo comimos igual.
Eso está bien.
Estoy saliendo con Daniel, es profesor. Muy despistado. Se interrumpió. Intento no querer arreglarlo todo.
Él la miró.
Para ti no es fácil.
No. Pero es interesante.
A lo lejos apareció Daniel, dos cafés, una bolsa con un bollo sobresaliendo.
¡Carmen! le gritó, había bollos de crema y de canela, cogí los dos, escoge tú.
Ella rió, bajito, de verdad.
Ernesto la miraba.
Te ríes.
Sí admitió, aún extrañada.
Paloma se acercó:
Nos vamos, no molestamos.
Tranquila respondió Carmen, y era verdad.
Se despidieron. Un gesto cálido, sin rencores.
Carmen los siguió con la mirada. Paloma se rio, Ernesto la tomó del brazo.
Daniel le tendió los dos bollos:
Elige, reina.
Cogió el de canela. Estaba tibio, se deshacía un poco.
El parque otoñal murmuraba hojas, al fondo jugaban niños, nubes lentas por el cielo.
Carmen, sentada, mordía su bollo caliente y pensaba: podría no haber sabido nunca qué era amar de verdad. Y nunca lo habría descubierto si él no se hubiera marchado.
Daniel se sentó, miró en la bolsa: le tocó un bollo de crema, y sonrió.
Tuyo le ofreció.
Ella lo cogió.
Gracias.






