Verano, Diario personal:
Este verano ha traído a la casa una visita muy esperada, aunque también agridulce: la hermana pequeña de mi mujer ha venido a Madrid. Siempre la he llamado “la niña mimada”, porque en cada reunión familiar, mis suegros y todos los demás no hablan de otra cosa que de ella: que si fue una alumna brillante, que si terminó la carrera de Derecho en la Complutense con matrícula, que si consiguió un trabajo en un ministerio Vamos, que es la hija ejemplar, la perfecta.
Yo, por el contrario, soy el yerno aceptado porque, aunque mi mujer la mayor ni siquiera acabó su carrera y nos casamos pronto, no les importó mucho; al fin y al cabo, yo tenía una empresa propia, mi piso pagado en Chamartín, un coche y vivíamos bastante bien. Aun así, la hija preferida siempre fue la pequeña, Clara.
Pues bien, este verano Clara se presentó en nuestra casa y, con ese tono tan dulce suyo, me pidió prestado dinero. Quería dar la entrada para comprarse un piso y no tenía suficientes ahorros. Para mí tampoco era una cantidad desorbitada, así que, confiado en su seriedad y en aquel aire suyo tan de persona formal, se lo presté sin pensarlo mucho. Me prometió que me devolvería cada euro religiosamente, todos los meses. Trabajaba en el Ministerio de Justicia, así que pensé que no habría problema.
Pero, apenas una semana más tarde, me entero por mi suegra de que Clara se ha ido a pasar las vacaciones a la Costa Brava. Confieso que me quedé a cuadros; ¿cómo podía ser que, quien no tenía ahorros para un piso, sí tuviera para unas vacaciones tan largas?
Ella explicaba a todos que había estado ahorrando todo el año para la escapada, pero la realidad era que el piso ni rastro. Le pregunté directamente y me salió con que había cambiado de idea, que ya no quería comprarse nada aún.
Le pedí que, en ese caso, me devolviera el dinero, ya que no era para irse de vacaciones, y su respuesta, aún hoy, me crispa: Ahora no puedo devolvértelo, me lo he gastado todo en la playa. Cuando trabaje más y gane más, te lo devolveré; puedes esperar, ¿verdad?
Me sentí entre burlado y utilizado, sobre todo por la ligereza con la que lo dijo. No había tenido nunca antes sensación tan clara de que jugaban con mi buena fe.
Naturalmente, acabó la historia de la peor manera posible: Clara le contó a mi suegra una versión en la que yo, insensible y avaro, la había acosado para que le devolviera el dinero, casi antes de tiempo. Y, como suele pasar, la pequeña volvió a ser el angelito de la familia, y nosotros, los monstruos egoístas de siempre. ¡Así es la vida, supongo, en una familia española de toda la vida!







