Una semana antes del Día de la Mujer, logré salir del juzgado con apenas un hilo de dignidad. Las lágrimas me nublaban la vista. Sólo una frase resonaba en mi cabeza: “Ya no son marido y mujer”. ¿Por qué me ha hecho esto? ¿Qué pecados habré cometido para merecer semejante castigo?
Me casé cuando tenía apenas 18 años. Fue un amor de esos de telenovela, noches en vela y una sensación constante de estar flotando por encima del asfalto de Madrid. Vivimos cinco años que, aunque no fueron de cuento, parecieron casi una película romántica española. Yo me desvivía por él: le llevaba el desayuno a la cama, cocinaba sus platos favoritos solo lo que le gustaba, claro y mantenía la casa que podría salir en una revista de decoración, siempre presentable.
Lamentablemente, mis suegros nunca me aceptaron del todo. Decían constantemente que no era suficiente para su hijo y juraban que un día le encontrarían una esposa “de verdad”. Evidentemente, este entusiasmo tan clásico empezó a calar en mi ex marido. Gradualmente, cambió su actitud; se volvió más distante y crítico, como si yo fuese el motivo de todos sus males.
Nuestro hijo tenía cinco añitos por aquel entonces. Al principio, su padre lo adoraba y le consentía en todo, pero poco a poco fue tratándole con indiferencia. Culpo a mis suegros, que empezaron a plantar la semilla de la duda decían que el niño no era suyo (¡cuando cualquiera que lo vea puede notar que parecen dos gotas de agua!). Mi ex comenzó a pasarse cada vez más por la casa de sus padres, y hasta parecía que vivía con ellos. Cuando volvía, estaba siempre de malas y acababa gritando por cualquier motivo. Yo me seguía esforzando, cuidando mi aspecto, el hogar, intentando mantener la normalidad.
Un día, la cosa se fue de madre. Agitado por la cólera, llegó al punto de levantarme la mano. No podía creer que aquello estuviese pasando, pero, aún así, seguía pensando que las cosas podían arreglarse. Ese espejismo duró poco, porque poco después me anunció, con ese tono frío, que estaba harto de mí. Nos abandonó a nuestro hijo y a mí sin mirar atrás. Le rogué que se lo pensase, que no destruyera nuestra familia, pero fue imposible hacerle entrar en razón.
Seguí amándole sí, como una tonta incluso después del divorcio. Él me pasa una pensión que parece el dinero que te encuentras en el bolso olvidado. Cuando compro una barra de pan, tengo que escanear el ticket y mandárselo por WhatsApp. Imploro cada euro como quien mendiga limosna en la Gran Vía. No parece tener el más mínimo interés en contribuir a la vida de su propio hijo.
Mis llamadas no suelen tener respuesta. Rara vez visita a nuestro hijo y, cuando lo hace, apenas soporta dos días con él. El niño percibe su rechazo y ya ni quiere verlo, lo que hace que él piense que estoy poniéndole en su contra. Pero en verdad, yo tampoco he logrado superar la separación. Sigo llorando cada día. Desde el divorcio he bajado varios kilos, casi por arte de magia, y he caído en una tristeza que ni la paella de mi madre logra quitarme. A veces pierdo los nervios y le grito a mi hijo, aunque sé que no debo.
¿Cómo seguir adelante cuando el corazón se te deshace como una magdalena mojada en café? Día sí, día también, me meto en las redes sociales de mi ex para ver cómo le va la vida esa costumbre masoquista que tenemos algunos. Así me enteré de que va a casarse con otra. Fantástico, ¿verdad? Me deprimí aún más. Ahora entiendo por qué nos visita aún menos y por qué nuestro hijo se muestra tan indiferente con él. Mi cabeza lo tiene clarísimo: esto se acabó. Pero mi corazón, testarudo como buen español, se niega a aceptarlo. ¿Cómo se sobrevive a esto? Si alguien lo sabe, ¡que me mande un mensaje!







