A mí también me gustaría ver cómo juega mi pequeño
Isabela se hallaba de pie junto a la ventana, inmóvil, como si fuera de mármol. Su mirada, densa y opaca, se perdía en el patio del edificio, ese espacio delirante donde no existían relojes ni lógica, donde el tiempo parecía licuarse en una luz dorada de media tarde que nunca era la misma pero tampoco cambiaba jamás. Allí abajo, otra vida palpitaba un mundo de risas líquidas y carreras frenéticas mientras Isabela, petrificada, veía a los niños. Unos, arrodillados en la arena, levantaban castillos imposibles cuyos torreones flotaban, desafiando la gravedad. Las murallas se ondulaban como si fueran de caramelo y, al reír, los pequeños parecían derretirse y recomponerse, cada vez distintos, siempre iguales. Muy cerca, dos niños surcaban el aire en unos columpios oxidados que crujían en castellano, y cada ola convertía sus cuerpos en destellos de alegría translúcida. El patio vibraba: un torneo de escondite incluía carreras hacia ninguna parte y regresos repentinos, al compás de un viento ingenuo que sólo entendían las madres sentadas en los bancos de forja, acomodadas bajo olmos genuflexos, parloteando entre sí en una letanía de cuidados. Cada mujer combinaba la charla con una mirada vigilante, casi mágica, hacia sus retoños, como si fueran capaces de conjurar protección con un solo pensamiento.
Isabela tragó saliva. Aquella escena ordinaria la desgarraba como un zarpazo: era como asomarse a través del cristal a un paraíso ajeno, sospechosamente luminoso, casi cruel. En su mente se desplegaba, una vez más, la danza alucinada de los y si.
Yo también podría estar ahí sentada musitó la voz interna, compartiendo confidencias con las demás madres, vigilando cada risa de mi pequeño, cada fortaleza ridícula en la arena, cada vuelo de los columpios
Eso la quemó, como si alguien le hubiera echado sal en el pecho. De un tirón desesperado, Isabela cerró la cortina de brocado, desgarrando la tela sobre sus anillas. Quería protegerse del látigo de esa alegría, de ese inalcanzable trozo de mundo ajeno y espeso, que no le pertenecía ni le pertenecería jamás. Recuerdos antiguos surgieron, borrosos, flotando como nenúfares tristes en la superficie turbia de su memoria. Volvió una pregunta persistente, dirigida a un tú invisible:
¿Por qué te hice caso? ¿Por qué no defendí mi deseo de ser madre? Ahora no soy nadie, ni me espera nadie
Un zumbido agudo la devolvió al presente. Un mensaje, solo una imagen y ningún texto. En la foto, una familia envolvente: un hombre con sonrisa beatífica, una mujer radiante y dos diminutos bultos azules en los brazos de ella. El frío la recorrió, glacial y absoluto. Menos de un segundo bastó para identificar el número de quien la ha enviado; entonces, la certidumbre se impuso no era un error, era una incisión deliberada y cruel. Una señal hiriente, un golpe para abrir de nuevo la herida, para exhibir su dolor como espectáculo de feria.
Sin dudar, Isabela marcó el número de su exmarido. Los dedos se le deslizaron por la pantalla como si sólo hubieran estado esperando ese instante. Debía decir algo, poner fin a esa humillación calcárea.
Nada de saludos. Nada de rodeos:
Veo que al fin has conseguido ser padre, dijo, la voz tan firme, tan lisa, que parecía de otro mundo. Mis felicitaciones.
Esperó ese segundo gelatinoso en el que nadie se atrevía a respirar. Como él callaba, prosiguió:
Pero explícame, ¿por qué tu mujer me envía estas estampas de vuestra maravillosa familia? ¿Piensas que me interesa? ¿O se trata de burla?
Del otro lado solo llegó un titubeo:
Yo no sabía nada de esas fotos.
Isabela sintió que las palabras le salían más agudas, aunque la voz se mantenía controlada, frágil como un hilo de cristal:
Pues háblalo con ella. No quiero ver ni oír nada sobre vuestra felicidad. Basta ya de hurgar en mi herida, ¿entiendes? Porque tú se detuvo, incapaz de decidir si debía gritar o llorar, y luego recobró la compostura. En fin. Ya está todo dicho.
Colgó. No se despidió. Sabía que si pronunciaba otro vocablo, la voz se quebraría y las lágrimas asomarían. Se quedó allí, de pie, quieta, mirando el vacío y repitiéndose una y otra vez que sus sueños habían naufragado para siempre por un mar de imposibles.
Un hijo Aquello que anhelaba. Había proyectado el futuro en paseos etéreos por El retiro, leyendo cuentos en las noches de tormenta, acompañando los primeros balbuceos. Todo eso se grababa ahora en el fondo de su mente como imágenes ajenas, secuencias de una película en la que nunca le dieron un papel.
¿Y de quién era la culpa? De Martín. Siempre Martín. Volvía Isabela a analizar los mismos momentos: decisiones, dudas, razones que no convencían a nadie. Por dentro, la amargura la crecía, una ola densa que intentaba contener a la fuerza.
Su matrimonio nunca había nacido de un arrebato torbellino. Simple deseo de escapar de la vigilancia parental. En casa, sus padres medían cada movimiento, cada amistad, cada cena, sentando normas como ladrillos. Así, Martín llegó como una ráfaga de viento fresco, una promesa de autonomía. Fue dulce, atento, derrochaba detalles rosas de la Rambla, pendientes de filigrana, alguna novela de Pérez-Reverte o trufas de violeta, y siempre pendía aquel hilo invisible que ataba su cariño al bienestar de ella. Isabela, tras ponderar pros y contras con la cabezonería de una castellana vieja, decidió lanzarse: un hombre así era una joya rara. Y le quiso. Primero, como se quiere a alguien entrañable; luego, como a ese compañero paciente, noble y repartidor de sonrisas; por fin, como un verdadero amor.
No se arrepintió jamás. O al menos, no hasta cambiar el curso de las horas. Todo parecía ordenado, previsible como una ronda de tapas en una tarde apacible. Hablaban de futuro, de un piso, de una vida de domingo en domingo. Era la felicidad, la posibilidad de asirla con los dedos.
Pero el ahora se torció. Martín, cirujano en una clínica privada de Madrid, pronto se encontró desbordado. Al principio, se sentía útil, casi heroico: salvar vidas, cortar, remendar ser importante. Poco a poco, el engranaje de guardias, la rutina asfixiante y el peso de la responsabilidad lo doblaron. Ambicionaba más gestionar, crear, ganar euros como quien amasa obleas. Así que lo arriesgó todo con unos colegas y fundaron una clínica diminuta en el barrio de Chamberí. Apenas había quirófano, el bisturí vibraba como un diapasón del Orfeón Donostiarra, pero la ilusión era real. Martín se absorbió en contratos, facturas, entrevistas; volvía tarde, cenaba deprisa, y salía antes de ver la aurora.
Isabela, siempre pendiente, tejía el hogar a su gusto: caldos para los inviernos, sábanas limpias, sonrisas aunque se apagaran. Quería que su esposo supiera que ella empujaba el carro con él, esperaría todo lo que hiciera falta.
Pero la cuestión de los hijos ruge en los hogares dormidos. Isabela soñaba despierta. Imaginaba su reflejo empujando un carritito por el Retiro, leyendo adivinanzas, cosiendo disfraces. Todo eso la llenaba: era lo único que realmente quería. Hasta que, una noche, temblando, se atrevió.
Martín, pienso que deberíamos tener un hijo. Llevo meses esperando este momento y le enseñó el test, dos rayitas rosas, tan misteriosas como un poema de Lorca.
Martín dejó el tenedor en el plato, la miró fijo. Su mente estaba lejos, entre auditorías, nóminas.
No me parece el momento su voz era una barandilla de hierro. Ya ves que casi no piso la casa, no tendría fuerzas para ayudar. Un hijo reclama noches en vela, sacrificios infinitos. Mejor vamos paso a paso: primero, estabilidad. Después, los hijos que quieras. Te lo juro. Pero ahora no.
Isabela estrujó la servilleta. Lo comprendíaquizás. Pero el pecho era un nudo. No respondió, no lloró. Esa noche, y otras más, se desveló mirando el techo, luchando para no rendirse al llanto.
Finalmente, cedió. No del todo convencida, sino para no ser un peso más. Al día siguiente, fue a una clínica de La Castellana. Salió de allí y el mundo parecía idéntico, pero por dentro algo se había roto.
Dos años después, la conversación se repitió. Isabela, ya prudente y casi desganada, volvió a preguntar. Martín, sepultado entre facturas y reformas, rogaba tiempo: Cuando mejoremos el piso, cuando crezca la clínica, cuando. Todo era lógico, tan lógico que dolía.
Ese año, Isabela juró a sí misma que, si volvía a suceder, haría las cosas a escondidas. No hubo siguiente vez. Porque, tras una revisión por otros motivos, el médico le anunció con voz cauta que las complicaciones tras la intervención previa le impedían ya ser madre.
Salió del hospital, y el mundo giraba igual semáforos verdes, collejas en la calle Fuencarral, risas de estudiantes. Pero para ella, Madrid dejó de latir. Eso mismo le contó a Martín, esa noche mustia. Él le abrazó las manos, intentó ver el lado positivo: Podemos viajar, no habrá peleas por los deberes, la vida será fácil Fue el único que lo creyó. Isabela solamente veía la oscuridad tras la ventana, las esperanzas escurridas por el desagüe.
Martín le susurró una noche, sintiendo el sabor del hierro. ¿Alguna vez has querido tener hijos? O, ¿siempre me mentiste?
Él se removió, eludió sus ojos. Y, profundamente cansado, confesó: nunca había querido hijos. Criado en una familia numerosa de Burgos, siendo el mayor, había hecho de hermano, de niñera y de padre para los demás; la infancia se le fue cambiando pañales y recogiendo juguetes.
Pensé que lo superaría contigo musitó. Pero no he podido. Y te oculté la verdad.
Ahora, Isabela solo sentía un cansancio sosegado. Miró a ese hombre con quien compartió su vida y supo que lo irremediable ya estaba escrito. En silencio, se apartó de sus manos, salió de la estancia y pidió estar sola.
Nunca hablaron de divorcio. El tiempo transcurría en la superficie: desayunos compartidos, frases sobre el tiempo, gestos políticamente correctos. Pero la distancia invisible era un muro de granito: allí donde un día hubo ternura, ahora sólo moraban el eco de los sueños incumplidos y el silencio.
Isabela halló refugio en el trabajo, multiplicándose como las olas lentas de la ría de Bilbao, cada ascenso era una medalla oculta en el pecho, cada reto una esquina menos oscura en el laberinto. El trabajo era su tabla, su ancla, su refugio frente al oleaje.
Nunca volvieron a hablar de hijos. De cuando en cuando, al cruzar una plaza, su mirada se detenía un segundo demasiado en las madres jóvenes, en los niños que trepaban a lo imposible. Pero forzaba los labios y seguía adelante.
Los años acabaron por emborrachar a Martín de resignación. Se sumió en largos silencios; los retrasos en la clínica se hacían rutina; sus ojos eran ya de otro, no de ella. Hasta que, un día, tras la cena, lo dijo:
Quiero el divorcio. Tendrás la casa, el coche, una pensión. Todo.
Isabela no se inmutó.
¿Hay otra mujer? preguntó, mirándole a los ojos.
Martín asintió, mirando la mesa:
Está embarazada Y esta vez sí quiero ser padre. De verdad.
Ella se puso en pie, separó la silla con un chirrido y, sin mirar atrás, ordenó que se marchara. Él lo hizo, cerrando la puerta con una suavidad cruel.
Desde entonces, no pensaba en él o intentaba no hacerlo. Pero las redes sociales tejían trampas: ahí estaba Martín, sonriente al lado de una mujer embarazada, paseando por el parque del Oeste, brindando en terrazas de Lavapiés, posando delante de una verbena. Isabela miraba las instantáneas demasiado tiempo, sintiendo como una punzada de envidia por ese gozo ajeno y definitivo.
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El timbre del móvil bramó en la estancia, rasgando el silencio como una campana parroquial. Isabela, sin ánimo, cogió el teléfono. Era su jefe.
Perdona que te moleste en vacaciones, Isabela su voz, cabizbaja y torpe, traía las prisas de una oficina del Paseo del Prado. Se ha torcido el proyecto. Sin ti, no lo sacamos. ¿Podrías venir? Es para ya.
Isabela miró la ventana; fuera, las luces de Madrid titilaban como si nunca fuera del todo de noche. La pena volvió, tangible, acezando como un animal, pero enseguida la ahogó el recuerdo de ese universo donde sí controlaba algo: su trabajo. Allí no había lugar para llantos ni para nostalgia.
Por supuesto. ¿A qué hora?
En una hora sería perfecto. Gracias, Isa.
Allí estaré.
Cerró el móvil y fue preparándose. Mientras, iba llenando la cabeza de ecuaciones, presupuestos, problemas que sí tenían solución. En media hora salía de casa, el aire fresco del anochecer jugando con su pelo. El dolor vibraba debajo, pero sólo era un eco sordo tras el muro de la rutina profesional. Aferrada al volante, Isabela cruzaba las calles húmedas pensando en cómo encarar el reto, sabiendo que, aunque aquel vacío no iba a irse nunca, su sitio seguía esperándola: allí donde, al menos por un rato, podía ser imprescindible para alguien. Y en ese sueño o en esa pesadilla aprendió a seguir adelante.






