Tía, tienes que escuchar lo que nos ha pasado hace poco a Carmen y a mí. Resulta que pedimos una hipoteca para comprarnos un piso nuevo en un barrio de las afueras de Madrid, todo muy moderno y todavía levantando andamios por todas partes. Y justo cuando estábamos más contentos, mi abuela Manuela, ni corta ni perezosa, nos suelta: ¡Eso hay que bendecirlo! Nadie ha vivido ahí aún, y no podemos entrar sin ponerlo bajo el amparo del Señor, ¿verdad? Claro, mi madre, que se llama Pilar, al momento le hace coro: Por supuesto, hija, hay que asegurar la felicidad y que reine la alegría. ¡No queremos ninguna desgracia en el piso nuevo!
Total, que entre la una y la otra nos acabaron convenciendo y preparamos una bendición como Dios manda, aunque a Carmen y a mí al principio nos hacía gracia y un poco de cosa, para qué te voy a engañar.
El día elegido, a la hora en punto, llaman al timbre y aparece el cura. Imagínate: don Vicente, un señor mayor con melena canosa y una barba larguísima, que se colgaba una cruz enorme de oro en el pecho y traía en la mano un incensario y una bolsa bastante machacada. Nos reparte unas velitas a todos y se pone en plan solemne a explicarnos el ritual.
Queridos hijos en Cristo, empieza, con ese tonillo suyo tan serio. Encended las velas y seguidme en silencio. Así que ahí vamos, dispuestos a tener nuestro momento solemne. Pero de repente, mi padre, Julián, va y no hay forma de encender la puñetera vela. Que si chisporrotea, que si saca humo, que si no prende. Lo intenta una y otra vez, y nada. El cura empieza a sudar, recoge sus cosas a toda velocidad, y va y suelta, medio susurrando pero con un nervio en la voz: Salid de aquí, salid corriendo, aquí hay algo raro, seguro que esto no es normal Mira, recogió la bolsa, se dio media vuelta, y salió del piso en un visto y no visto, dejándonos con cara de póker.
Carmen, muerta de la risa, dice: Vaya cura raro y vela todavía más rara, porque ahora, mírala, está encendida tan normal. Mi madre mira al techo y dice: Seguro que no estaba en sintonía espiritual y por eso la bendición no ha cuajado, y se le escapa una risilla.
Y yo, ya resignado, digo: Pues menudo personaje, mucho hablar de protección y el primero que sale corriendo igual es que en su parroquia no tienen internet o algo, y no veas la risa que nos entró.
Pero claro, luego mi abuela, poniendo esa cara suya de que aquí no ha pasado nada, suelta: Bueno, ¿buscamos otro cura o nos quedamos aquí tal cual? Y ahí nos tienes, entre la superstición y las facturas, pensándonos si volver a intentar la bendición o dejarlo estar ¡Madre mía, la vida en familia no tiene precio, ni aunque estés atado quince años al banco Santander!







