Traicionar y ser traicionada

Traición y ser traicionada

Mira, te tengo que contar lo de ayer porque llevo todo el día dándole vueltas y necesito soltarlo. Anoche, cuando llegué al piso, después de una jornada espantosa de esas que no se acaban nunca y solo quieres quitarte los zapatos y olvidarte del mundo, ya entré medio derrotado. Paloma, ya te lo imaginas: reuniones eternas en la empresa, todo el mundo queriendo meter baza, cambios de última hora, y el jefe recordando el maldito plazo de entrega cada cinco minutos. Solo pensaba en darme una ducha bien caliente, preparar una taza de té fuerte y refugiarme media hora entre las páginas de un buen libro, para desconectar un poco del ruido y el lío de Madrid.

Nada más cerrar la puerta, escuché ese zumbido constante del ordenador viniendo de la habitación al fondo. Fui sin pensarlo, preguntando en voz alta:

¿Celia, estás en casa?

Silencio. Me pareció raro, aunque supuse que estaría tan enfrascada en lo suyo que no me oyó.

Entré en la habitación y… te juro que me quedé helado en el umbral. Mi escritorio, mi portátil encendido, Celia allí sentada con esa postura rara, agazapada, encorvada ante la pantalla. Había conectado un pendrive y el ordenador copiaba algo. Me miró de golpe, asustada, como si la hubiera pillado en pleno delito. Me dio tal pinchazo en el pecho

¿Qué haces? intenté sonar tranquilo, aunque me temblaba la voz.

Ella se sobresaltó y, torpemente, cerró la ventana del ordenador.

Na… nada… solo estaba buscando algo me dijo, pero entrecortada, con esa incomodidad que te hace ver que miente.

Me acerqué sintiendo el nudo apretarse más.

¿Buscar el qué? Ya sabes que ahí solo guardo archivos del trabajo, cosas de la empresa. ¿Qué estabas buscando, Celia?

Ella se giró hacia mí, furiosa.

¿Acaso tengo que pedirte permiso para todo lo que hago? su mirada iba de un lado a otro, la notaba fuera de sí.

No me lo esperaba, en serio. Mi portátil está protegido, trabajo allí, y ni idea de cómo había conseguido entrar.

No es eso. Pero es mi ordenador, mis documentos, y tú… ¿qué hacías copiando cosas al pendrive?

¡Venga, no montes un drama! Mi portátil no funciona y he usado el tuyo. ¿Qué pasa, que estoy robando o qué? me soltó, ya con ganas de bronca, preparando la escena para irse de víctima. Quería montar jaleo, eso lo vi claro. Quizá buscaba cumplir el capricho de algún conocido suyo, vete tú a saber…

Eso no te da derecho a mirar mis cosas le dije, intentando no perder los papeles. ¿Qué hay en el pendrive?

Se quedó callada, mirando a la pared, como si discutiera consigo misma. Luego suspiró y soltó de golpe:

Vale. Copiaba información del último proyecto. Para Sergio.

¿Para él? ¡Pero a ese… después de lo que te hizo!

Totalmente en serio cruzó los brazos, desafiante. Lo está pasando mal, van a despedirle si no entrega los datos. Y este trabajo… vamos, como ese no hay otro.

Me aparté un poco, flipando no daba crédito. ¡Tres años juntos y Celia… así! Me ardía la sangre solo de pensarlo.

¿Y decides ayudarle arruinando mi curro? ¿Jugándotela sin pensar en las consecuencias para mí?

Me da igual me miró, muy dura. Estoy harta de ti. No avanzas, y la vida se me va.

Te juro que intenté no perder el control.

¿Crees que facilitando que él robe mi trabajo serás más feliz?

¡Yo no robo, ayudo a alguien que lo necesita! se enderezó para parecer segura, pero le temblaban las manos. Y Sergio… Sergio dice que se arrepiente, que nunca dejó de pensar en mí, que soy lo mejor que le ha pasado…

La ingenuidad me dolió. No entendía cómo podía tragarse las promesas de ese tipo, después de lo que le había hecho.

¿Eso te crees? le dije, casi en un susurro. Que le importas… ¿Y yo? ¿Y nuestra vida? ¿No temes las consecuencias, que a mí pueden echarme, incluso denunciarme?

¿Y tú alguna vez piensas en cómo me siento? Siempre estoy sola, tú siempre fuera, y Sergio me entiende, él sí se alegra de verme. ¿Sabes? Me da igual lo que te pase. Estoy enamorada de Sergio y punto.

No supe responder. Me removí, sintiendo que algo se rompía por dentro.

¿Tan fácil olvidas estos tres años? ¿Solo era un parche para ti?

Ella alzó la barbilla, casi esperando la pregunta.

Puede. Porque con él soy otra, me siento viva. ¿Ves? Ni te enteras de si existo… Solo soy una pieza más en tu vida.

Cogí el pendrive, apretándolo con fuerza. Lo último que nos unía parecía comprimirse en esa cajita de plástico, y mi futuro con ella se evaporaba.

Trabajo todo el día para darnos un futuro, para pedirte que sigamos juntos… me oía hablar como desde fuera y no me reconocía.

Ella se echó a reír, pero sonó triste, cansada.

¿Un futuro? ¡Si ni te enteras de lo que necesito! No quiero promesas, quiero sentirme querida aquí y ahora, no dentro de cinco años.

Quise contestarle, pero cada palabra era un riesgo y notaba que se me cerraba la garganta.

¿Así que robar mi trabajo te hace sentir especial? ¿Te parece justo, Celia? ¿Te has parado a pensar en la putada que es para mí?

Me da exactamente igual respondió, clavándome una mirada fría. Que pase lo que tenga que pasar, pero Sergio y lo nuestro es lo único que me importa.

Me quedé de piedra. Ya no era la chica de las noches cómplices ni de los planes de futuro…

¿Sabes qué? Me voy. No sé ni si quiero volver se dirigió hacia el dormitorio, de hecho, ¿para qué?

¿A dónde vas? Fui tras ella.

A casa de Sergio. O donde me apetezca. Ya puedo hacer lo que quiera, libre por fin de tus broncas.

Abrió la puerta. Esperó quizá un segundo, por si decía algo. Pero no tenía palabras. El vacío era absoluto.

Me quedé quieto en medio de la sala, con el pendrive apretado en la mano, como si me quemara. Me dejé caer en el sofá, mirando el hueco vacío. Dejé de pensar. Ya nada podía cambiar lo que había pasado; no existen palabras mágicas que lo arreglen todo.

La noche fue un desastre, ni dormir podía. Y cuando por fin caí rendido, todo fue un caos de pesadillas y frases sueltas. Al despertar, tenía la cabeza como si me hubieran dado una paliza.

Recogí las cosas de Celia, primero su ropa, luego pequeños objetos repartidos: libros, maquillaje, una bufanda olvidada. Lo metí todo en cajas, las cerré con celo.

Por la tarde, llevé todo a casa de su madre, en Lavapiés. Subí las escaleras, pulsé el timbre y apareció su madre, con esa sorpresa en la cara que no olvidaré.

¿Víctor? ¿Qué ha pasado? preguntó sin entender nada.

No necesitaba explicarle más.

Aquí están las cosas de Celia. Déselas si puede dije, con la voz tensa.

Pero… si ella vive contigo…

Ya no respondí breve, sin mirar atrás. Adiós.

Ni una palabra más. Salí rápido, las piernas casi no me aguantaban, y al irme vi por el retrovisor cómo la madre se asomaba, sin comprender nada… No me paré, solo deseé que aquello acabara cuanto antes.

Mientras conducía por la Gran Vía, las luces lo hacían todo más irreal. No era capaz ni de distinguir los semáforos; tenía la mente en otro sitio, dándole vueltas a la discusión, a sus palabras frías. El corazón parecía de piedra. Sabía que era un final: adiós a todo, planes, vida juntos, ilusiones…

En la oficina, todo como siempre. Los compañeros hablando de sus cosas, del finde, riendo. Yo sólo asentía, alguna palabra suelta, pero era como estar viendo una película. Me puse a currar, intentando centrarme, pero al mirar el pendrive una y otra vez, no podía dejar de recordar todo.

Durante la comida salí a pasear, pensando que el aire fresco de Madrid me aclararía. Pero todo me resultaba ajeno: tiendas, ruido, gente corriendo bajo los soportales como si yo estuviera tras un cristal. Volví y me senté. El pendrive seguía ahí. Al final, lo tiré al cubo de la basura: no podía soportar verlo más.

Justo entonces apareció Inés, la del equipo de proyectos. Me vio lanzar el pendrive y se quedó mirándome.

Víctor, ¿estás bien? se preocupó.

Sí, sí… cosas del curro intenté sonreír.

Si necesitas algo, estoy me dejó los informes. Hay que revisar estos datos cuando puedas.

Su tono serio, profesional, me devolvió un poco a la realidad. Abrí las carpetas, empecé a revisar cifras, y me agarré a ese orden frío de los números como si pudiera salvarme del naufragio.

*********************

Celia cruzaba la ciudad casi corriendo, ansiosa, nerviosa, como si aún pudiera cambiar el rumbo de todo. Imaginaba el momento: Sergio la recibiría con los brazos abiertos, le diría que por fin podían ser pareja…

Llegó a su edificio en Chamberí, miró al espejo del portal para recolocarse el pelo y llamó al timbre. La puerta se abrió de golpe. Él apareció serio, frío, con los brazos cruzados. Ni un hola:

¿Lo tienes?

Celia dudó, sin saber cómo decírselo.

No… Es que… Víctor llegó, vio lo del pendrive, y no me lo dejó coger. Lo siento.

La expresión de Sergio cambió en un suspiro. Sin una palabra, la agarró del brazo y la metió dentro. Cerró la puerta de un portazo, todo eco.

¿O sea, que has fallado? escupió de malas maneras. ¡No me vales para nada!

Ella intentó justificarse, pero él la sostenía con fuerza.

Intenté hacerlo, pero regresó antes de tiempo…

¡Intentaste! ¡Con intentarlo no basta! Eres inútil.

Aquello le cayó como un jarro de agua helada.

Pero… decías que me querías, que no podías vivir sin mí…

Él se rió: un sonido cortante, sin pizca de cariño.

Sí, claro, palabras. ¿Tú no tienes algo de cerebro o qué? Sólo necesitaba tu ayuda para conseguir esos archivos.

Ella no reaccionó. Sentía que el aire faltaba.

¿Por qué? preguntó, la voz tan baja que casi se perdió. ¿Por qué tanta crueldad?

Porque esto es la vida real, Celia. Aquí el que no aprovecha, pierde.

La dejó pasar y abrió la puerta principal de par en par.

Vete, no tengo nada más que decirte.

Celia salió tambaleándose. La puerta se cerró tras ella con un ruido seco. Apoyó la espalda en la pared. Las lágrimas le caían a mares.

Fuera llovía a cántaros, las baldosas reflejando los faros de los coches. Ella andaba a ningún sitio, con la ropa empapada, el pelo pegado a la cara. No sentía frío ni calor. Sólo repetía una y otra vez las palabras de Sergio: No me sirves de nada… solo eras un instrumento.

Automáticamente acabó en una cafetería humilde en Carabanchel. Se sentó en la mesa del fondo, al lado de la ventana. Pidió un té. No lo tocó. No apetecía nada, ni el olor a bollería recién hecha le despertó interés.

Ahí, mirando el vapor del vaso, recordó la mirada de Víctor. No lo vio rabioso, sino dolido. Se acordó de que no la retuvo, que no gritó, ni suplicó. Solo la dejó marchar, en silencio. Y luego el rostro de Sergio, tan vacío de compasión…

Solo entonces comprendió: nunca la quiso de verdad.

Encendió el móvil y, con dedos temblorosos, buscó el número de Víctor. El corazón se le salía del pecho. Llamó.

Tonos… Hasta que oyó su voz, distante y fría:

¿Celia?

Cerró los ojos, tragando el llanto.

Perdona… Yo… te llamo otro día cortó enseguida.

Se quedó mirando la pantalla negra. Nada que decir, después de todo lo que había pasado. Ella sola se lo había cargado todo. Ni Sergio, ni la mala suerte. Ella.

El té se quedó frío. Celia dejó un billete de 20 euros sobre la mesa, más de lo que costaba, y salió sin mirar atrás.

Afuera, Madrid seguía bullicioso, ríos de agua bajando por la acera, paraguas cruzando las calles, luces de neón multiplicadas por los charcos. Pero todo era extraño, ajeno. Celia caminó desubicada, pensando que lo importante, lo que era su vida hasta hacía nada, había perdido todo sentido.

No quedaba Sergio, ni Víctor, ni sueños, ni consuelo. Solo ella y un vacío inmenso.

Acabó en un cruce y, sin saber a dónde ir antes a su antiguo piso, ahora lleno de inquilinos; a casa de su madre, que le haría mil preguntas para las que no tenía respuesta… quizá deambular por Madrid hasta no sentir nada, siguió andando. No lo sabía. No sabía nada.

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Traicionar y ser traicionada
Irina contemplaba desde la ventana cómo la nieve densa caía sobre Madrid. La conversación telefónica con su marido llegaba a su fin—una llamada cotidiana, como tantas otras en sus quince años de matrimonio. Jorge, como siempre, informaba sobre su “viaje de negocios” en Barcelona: todo en orden, reuniones según lo previsto, volvería en tres días. “Bien, cariño, hablamos luego” —dijo Irina mientras apartaba el móvil para colgar. Pero de pronto algo la detuvo. Escuchó con total claridad, al otro lado de la línea, la voz de una mujer joven y melodiosa: “Jorgito, ¿vienes? Ya he llenado la bañera…” La mano de Irina quedó suspendida en el aire. El corazón se le paró un instante, luego comenzó a latir desbocado, a punto de romperle el pecho. Rápidamente llevó el teléfono de nuevo al oído, pero sólo oyó el tono de llamada: Jorge ya había colgado. Irina se dejó caer despacio en el sillón, notando cómo las piernas le flaqueaban. En su cabeza daban vueltas pensamientos frenéticos: “Jorgito… una bañera… ¿qué bañera en un viaje de trabajo?” Su memoria empezó a lanzarle recuerdos extraños de los últimos meses: viajes constantes, llamadas nocturnas que Jorge siempre atendía en la terraza, aquel perfume nuevo en el coche… Con manos temblorosas abrió el portátil. Acceder al correo de él no costó nada—sabía la contraseña desde aquellos tiempos en que entre ellos existían la confianza y la sinceridad. Billetes, reservas de hotel… “Suite nupcial” en un cinco estrellas del Eixample barcelonés. Para dos personas. En el correo localizó también una conversación. Cristina. Veintiséis años, entrenadora personal. “Amor, ya no lo soporto más. Me prometiste que te separarías hace tres meses. ¿Cuánto más tengo que esperar?” A Irina le empezó a faltar el aire. Se le apareció la imagen de su primera cita con Jorge—entonces él era un simple comercial y ella una joven contable. Juntaron ahorros para casarse, alquilando un pequeño piso. Celebraban cada logro, se apoyaban en los fracasos. Ahora él es director comercial y ella, la jefa de contabilidad de la misma empresa, y entre ellos se abre un abismo de quince años… y veintiséis de una tal Cristina. En la suite del hotel, Jorge caminaba nervioso de un lado a otro. “¿Por qué hiciste eso?”—su voz temblaba de rabia. Cristina, tumbada en la cama envuelta en un albornoz de seda, se desperezó como un gato satisfecho. Su larga melena caía sobre la almohada. “¿Y qué tiene de malo? Tú mismo dijiste que ibas a separarte de ella.” “¡Decido yo cuándo y cómo! ¿Sabes lo que has provocado? Irina no es tonta, ya lo ha entendido todo.” “¡Mejor así!”—Cristina se incorporó de un salto. “Estoy harta de ser la amante escondida en hoteles. Quiero ir a restaurantes contigo, conocer a tus amigos, ser tu esposa, ¡por fin!” “Te comportas como una niña”—Jorge apretó los dientes. “¡Y tú como un cobarde!”—ella se plantó delante—. “¡Mírame! Soy joven, guapa, puedo darte hijos. ¿Y ella? ¿Sólo sabe contar tu dinero?” Él la agarró por los hombros: “No hables así de Irina. No sabes nada de ella, ni de nosotros.” “Sé suficiente”—Cristina se zafó—. “Sé que eres infeliz con ella, que se ha refugiado en el trabajo y la rutina. ¿Cuándo fue la última vez que hicisteis el amor? ¿O que viajasteis juntos?” Jorge se volvió hacia la ventana. En algún lugar de ese Madrid nevado, en el piso de ambos, todo se desmoronaba. Quince años de vida juntos caían como un castillo de naipes por culpa de una frase caprichosa de una chica joven. Irina permanecía a oscuras en la cocina, apretando una taza de té frío. El móvil marcaba decenas de llamadas perdidas de su marido. No respondía. ¿Qué iba a decir? ¿”Cariño, he oído cómo tu amante te llama a la bañera”? La memoria proyectaba imágenes de su vida juntos: Jorge regalándole el anillo al arrodillarse en medio de un restaurante; el traslado al primer piso—un modesto dos dormitorios en Carabanchel; él consolándola cuando perdió a su madre; la celebración por su ascenso… Después llegaron las interminables urgencias en el trabajo, las hipotecas, las reformas… ¿Cuándo fue la última vez que hablaron de verdad? ¿Que vieron una película abrazados en el sofá? ¿Que soñaron el futuro en común? El móvil vibró otra vez. Esta vez, era un mensaje: “Irene, tenemos que hablar. Te lo explico todo.” ¿Qué iba a explicar? ¿Que ella se ha quedado vieja? ¿Que se ahogó en la rutina? ¿Que una joven entrenadora personal entiende mejor sus deseos? Irina se miró al espejo. Cuarenta y dos años. Arrugas bajo los ojos, canas que tapa mes a mes. ¿Cuándo empezó ese cansancio en la mirada, esa vida medida por horarios, esa búsqueda constante de seguridad? “¿Jorge, dónde estabas?”—Cristina lo recibió con gesto de fastidio al volver a la habitación tras otro intento fallido de contactar a su mujer. “No ahora”—él se desplomó en el sillón, aflojándose la corbata. “¡No, ahora! Quiero saber qué va a pasar. Sabes que ahora habrá que tomar decisiones…” Jorge la miró—guapa, segura de sí misma, llena de energía. Así era Irina hace quince años. Dios, ¿cómo ha podido hacerle esto? “Cristina”—se frotó el rostro agotado—“tienes razón. Hay que decidirlo todo.” Ella se iluminó y se lanzó a sus brazos: “¡Mi amor! ¡Sabía que escogerías lo correcto!” “Sí”—él la apartó con suavidad—. “Tenemos que terminar.” “¿Qué?”—retrocedió como si la hubieran golpeado. “Esto ha sido un error”—se levantó—. “Quiero a mi mujer. Tenemos problemas, sí, nos hemos distanciado. Pero no puedo ni quiero borrar lo que hemos vivido.” “¡Eres un cobarde!”—las lágrimas rodaron por su cara. “No, Cristina. Cobarde fui al comenzar esta aventura. Al mentir a la mujer que compartió conmigo alegrías, penas, éxitos y derrotas durante quince años. Tienes razón: soy infeliz. Pero la felicidad se construye, no se busca fuera.” El timbre sonó pasada la medianoche. Irina supo que era él—había cogido el primer AVE. “Irene, por favor, ábreme”—su voz llegaba amortiguada por la puerta. Le abrió. Jorge estaba desaliñado, ojeroso, con la mirada llena de culpa. “¿Puedo pasar?” Ella se hizo a un lado sin palabras. Fueron a la cocina—ese lugar donde alguna vez soñaron juntos, tomaron decisiones importantes. “Irene…” “No hace falta”—ella alzó la mano—. “Sé todo. Cristina, veintiséis años, entrenadora personal. Leí tu correo.” Él asintió, sin palabras. “¿Por qué, Jorge?” Él miró largo rato la ciudad nocturna por la ventana. “Porque soy un cobarde. Porque tuve miedo de que nos hubiéramos convertido en extraños. Porque ella me recordaba a ti—la de antes, llena de energía y sueños.” “¿Y ahora qué?” “Ahora…”—se volvió hacia ella—“quiero arreglarlo. Si tú quieres.” “¿Y ella?” “Se acabó. He entendido que no puedo, ni quiero, perderte. Sé que no merezco tu perdón. Pero, ¿lo intentamos de nuevo? Buscamos ayuda, pasamos más tiempo juntos, intentamos volver a ser quienes fuimos…” Irina le miró—canoso, envejecido, pero tan suyo como entonces. Quince años no son solo un número. Son recuerdos, costumbres, bromas privadas, el arte de callar juntos. Saber perdonar. “No lo sé, Jorge”—lloró por primera vez esa noche—. “No lo sé…” Él la abrazó suavemente, y ella no se apartó. Fuera, la nieve seguía cubriendo Madrid con su manto blanco. Y en algún lugar de Barcelona, en la habitación de un hotel, una joven lloraba por primera vez ante la dura verdad: el auténtico amor no es pasión ni romance. Es una elección diaria. Mientras tanto, en aquella cocina, dos personas maduras intentaban recomponer los pedazos de sus vidas. Les esperaba un largo camino—entre reproches y desconfianza, terapia y conversaciones dolorosas, el esfuerzo de conocerse de nuevo. Pero ambos sabían que a veces, sólo perdiendo algo se aprende a valorarlo. 💬 Amigos, si os ha gustado esta historia y queréis seguir leyendo más, dejad vuestros comentarios y no olvidéis dar a ‘me gusta’. ¡Vuestro apoyo nos anima a seguir escribiendo!