Un paso al abismo

Un paso en el vacío

Lucía, ¿dónde has dejado a tu hermana? ¡Siempre vais juntas! no pudo evitar preguntar Amparo al ver pasar deprisa a su sobrina.

La niña se detuvo en seco, se giró hacia su tía y, sin disimular la molestia, dijo con voz clara:

Soy Inés.

La mirada que le lanzó a Amparo era tan cortante que a la mujer se le fue la sonrisa del rostro. Inés continuó, conteniendo la rabia creciente:

Y tampoco somos tan iguales como para que todo el mundo se confunda constantemente.

Amparo no pudo evitar sorprenderse. Alzó un poco las cejas, como buscando en el rostro de la niña alguna pista que hasta entonces se le había escapado.

Anda ya, cariño replicó con ternura. ¡Si sois gemelas! Cuando os sentáis calladas, no hay manera de distinguiros. Solo si habláis entonces sí, ya se ve claro quién es quién.

Inés sintió una oleada de fastidio por dentro. Se mordió los labios, intentando no dejar ver cómo la afectaban esas palabras, y se dirigió a la puerta deprisa. No dijo nada más, simplemente salió y cerró con firmeza.

Al quedarse sola, Amparo negó despacio con la cabeza, aún perpleja por la reacción de su sobrina. Mientras, Inés andaba por el pasillo repitiendo en su cabeza esas palabras que tanto odiaba: Sois como dos gotas de agua. Para ella sonaban como una condena imposible de quitarse de encima. ¿Hasta cuándo? ¿Por qué nadie parecía notar que eran diferentes? ¿Por qué siempre eran para los demás las gemelas, sin nombre ni voz propia? Su mente se llenaba de preguntas para las que aún no tenía respuesta

*********************

Sentada en un banco del Retiro, Inés abrazaba las rodillas y miraba el suelo cubierto de manchas de luz y sombra. El sol se colaba entre los árboles, tejiendo dibujos en la tierra, pero a Inés le daba igual. Volvía a contarle a Carmen lo que tanto le dolía: el hartazgo de que la confundiesen con Lucía.

Carmen la escuchaba con atención, inclinando la cabeza. De repente se le iluminó la cara, y se incorporó como si hubiera tenido una revelación.

Oye exclamó, ¡hazte un cambio radical! Córtate el pelo bien corto, tíñetelo de algún color alocado. Así nadie te confundirá jamás. A Lucía ni se le pasaría por la cabeza una cosa así.

Inés miró pensativa su melena, que se echaba a un lado de manera casi automática. Sus ojos brillaron un instante, pero se apagaron enseguida.

Mi madre nunca me va a dar dinero para eso dijo apagada. Le gusta que seamos iguales Mis gustos no le importan nada.

Pero Carmen no pensaba rendirse. Agitó la mano con energía, descartando cualquier objeción.

Pues pídele para otra cosa insistió. Di que es para un regalo de una compañera, por ejemplo. Y te vas a esa peluquería del barrio, donde te cortan por pocos euros. Mi padre me llevó una vez; mi madre protestó porque me dejaron muy corto, pero eso es lo que tú quieres, ¿no?

Por primera vez, Inés arqueó las cejas con un atisbo de interés. Dudaba todavía, pero la idea ya no le parecía tan absurda.

¿Y cuánta pasta cuesta teñirse? preguntó, barajando si el plan era posible.

Carmen respondió enseguida:

No te preocupes, le pido a mi hermana mayor que te tiña, que tiene buena mano. Solo hay que comprar el tinte.

La seguridad de Carmen hizo sonreír tímidamente a Inés. Quizá sí funcionara ¿Quizá al fin la verían como una persona única y no como una de las gemelas? Una chispa de esperanza asomó en su interior, aunque aún no terminaba de creérselo.

Unos días después se animaron a poner en marcha el plan. Inés estaba algo nerviosa, pero lo disimulaba.

La peluquería era humilde, una pequeña sala con una silla gastada y espejos salpicados. La peluquera, una mujer mayor de gesto cansado, miró a Inés y preguntó sin rodeos:

¿Cómo te corto?

Inés titubeó apenas un segundo, pero respondió de golpe:

¡Corto! ¡Muy corto!

La mujer asintió y se puso a la faena. El trabajo fue rápido y sin apenas conversación. Inés miraba las largas mechas caer al suelo y sentía un nudo en el estómago. Pero ya no había marcha atrás.

Cuando terminó, miró su reflejo con cautela. Corto, desigual pero aceptable. Al menos, pensó, ya no parezco Lucía.

Con los nervios a flor de piel, se fue corriendo con Carmen. Allí les esperaba la hermana mayor de su amiga y, tras barajar varios colores, eligieron un rosa fucsia escandaloso, imposible de ignorar.

El resultado fue incluso peor de lo esperado: un rosa neón sobre un corte irregular que acentuaba el caos. Inés frunció el ceño de forma involuntaria, pero se obligó a no retroceder: no había vuelta atrás.

Al llegar a casa, su madre, Mercedes, la vio entrar y se quedó pálida, llevándose las manos al pecho. Donde esperaba encontrar a su hija habitual, halló a una muchacha irreconocible, de pelo chueco y rosa fosforito.

Inés, ¡¿pero qué has hecho?! por primera vez en la vida, su madre alzó la voz. Las manos le temblaban, los ojos le brillaban de susto. ¿Has visto cómo te has dejado? ¡Es horrible! ¿Y ahora cómo arreglamos esto?

Inés apretó los puños, intentando no reconocer que tampoco a ella le gustaba el resultado. Alzó la barbilla y replicó con desafío:

¡A mí me gusta! ¡Ahora nadie me va a confundir con Lucía!

Mercedes negó incrédula, incapaz de reconocer a su hija. Sacó el móvil con manos inseguras y marcó el número de una vieja amiga, peluquera de toda la vida.

Esto hay que arreglarlo ya ¡Solo hacía falta un cambio de corte! protestaba aún sorprendida.

Inés bufó y, casi sin querer, volvió a mirarse al espejo. Aunque detestara ese color chillón y las puntas desiguales, no lo reconocería en voz alta.

De todas formas, no me lo habrías permitido murmuró, apartando la cara.

¡Pues claro que sí! ¿Quién te ha dicho lo contrario? protestó Mercedes, aún perpleja. Pero pegó el teléfono a la oreja esperando respuesta.

Por fin, la peluquera contestó. Mercedes habló deprisa, nerviosa:

¡Hola, eres libre hoy? Necesito que le arregles el destrozo a mi hija Tienes que verla, es un desastre. Sí, vamos en una hora.

Tapó el auricular para mirar a Inés:

¡Anda, vístete, que nos vamos a dejarte decente!

Inés cruzó los brazos, enfurruñada. Quiso replicar, recordar a su madre que era su derecho verse como le diera la gana. Pero intuía que ese rosa y ese corte no la hacían feliz. Más que una liberación, sentía vergüenza y torpeza.

¿Y qué? A mí me da igual farfulló, apenas fingiendo.

Mercedes no contestó, recogiendo el bolso y otras cosas para salir.

Ya lo hablaremos en el camino.

Media hora después viajaban en coche rumbo a la peluquería. Inés miraba por la ventanilla los árboles y edificios pasar, repasando sus pensamientos. Quería convencerse de que no se arrepentía, pero en el fondo sabía que la experiencia no había salido como esperaba.

En la peluquería les recibió la dueña, una mujer amable y experimentada. Miró a Inés, arqueó una ceja, pero no le riñó. Solo le sonrió y dijo suave:

Bueno, vamos a intentar arreglar esto.

Durante dos horas arregló el corte y devolvió el color casi a su tono natural, dejando solo un discreto mechón rosa tras la oreja. Inés fue observando cómo su imagen cambiaba en el espejo; del caos inicial surgió un estilo cuidado y favorecedor que resaltaba sus rasgos.

Cuando terminó, Mercedes suspiró aliviada:

¡Ahora sí que pareces una persona!

Y agradeció entusiasmada a la peluquera, entre piropos y elogios.

Inés se quedó callada, repasándose el nuevo peinado con la mano. Se veía bien, pero las palabras de su madre retumbaban en su cabeza.

Pareces una persona ¿Y antes qué era? ¿Por qué ese trato? Con Lucía nunca hablaban así

Sin dar las gracias, Inés se levantó y se fue hacia la puerta. Necesitaba mirarse de nuevo a solas, sin rabia, con frialdad.

Muy en el fondo, Inés sabía lo que todos sus cercanos veían: Lucía jamás habría hecho nada parecido. Era el ejemplo, la alumna brillante, la que siempre tenía todo bajo control, que leía, bailaba, sacaba tiempo para todo. Organizada hasta en lo más mínimo.

Inés tampoco era tonta. Aprendía rápido, podía contestar genial a una pregunta de improviso, si le apetecía. Pero ese parecido con su hermana la desquiciaba. Sólo que ella triunfaba y era gracias a Lucía, pero si fallaba, oía inevitablemente: Eso, Lucía no lo haría jamás. Comparaciones constantes que minaban poco a poco su autoestima.

Con el pelo salvado Inés sintió que tenía carta blanca para salirse de cualquier norma. Si antes intentaba cumplir sacar buenas notas, echar una mano en casa ahora decidió demostrar, sobre todo a sí misma, que ella NO era Lucía. Y quería hacerlo de una forma evidente.

Los estudios pronto se vinieron abajo. Las notas bajaron no porque fuera incapaz, sino porque dejó de esforzarse. Pasó de hacer deberes, de escuchar en clase, incluso de atender a los profesores. Ya ni sufría por las notas malas, las miraba casi con orgullo.

Sus padres, claro, lo intentaron todo. Primero hablaban con calma, dándole motivos, ejemplos, explicaciones. Luego, pasaron a castigos: sin móvil, sin ordenador, salidas restringidas. Pero cada nueva prohibición reforzaba en Inés su decisión de hacer lo contrario. Sin escenas ni gritos, solo porfiando en silencio.

Ya tenéis una empollona: Lucía les dijo una vez, mirándoles sin rubor. Debería bastaros. Yo no nací para grandes éxitos. Aceptadme como soy.

Los padres se miraban sin saber cómo actuar. Veían cómo su hija parecía destrozar su propia vida, pero no encontraban el modo de detener el hundimiento

Al final la llevaron a una psicóloga. Resultó ser una mujer cercana, de voz suave, mirada comprensiva. Dedicó sesiones largas a escuchar a Inés, buscó puntos de encuentro, indagó qué había tras aquel rechazo. Inés respondía con calma y educación, aunque sin pasión. No negaba la situación ni acusaba a nadie, simplemente relataba los hechos como los sentía.

Puede que la psicóloga no acertara con el enfoque, o que Inés supiera ocultar lo que sentía, pero apenas hubo cambios. La niña se mantenía en sus trece y no daba muestras reales de cambio. Tras varias sesiones, la especialista recomendó con cautela:

Quizá convendría relajar la presión. La adolescencia es tiempo de búsqueda, y a veces hay que dejar que encuentren su propio camino, aunque se equivoquen.

Sus padres no supieron si aquello suponía una esperanza o una derrota. Decidieron limitarse a estar presentes, sin sermones ni imposiciones, esperando que Inés encontrara sola su senda.

A las malas notas llegaron problemas nuevos. Un día, Mercedes vio a Inés con un grupo desconocido cerca de un solar abandonado. Fumaban, reían, bromeaban a voces. Cuando se dio cuenta de que su madre la miraba, Inés se apartó con rapidez. Era evidente que llevaba tiempo con esa gente.

Esa misma noche, Mercedes no pudo evitar la conversación en familia:

Lucía tiene amigas estupendas Habéis visto: educadas, cultas, van a museos, comentan lecturas. ¿Y tú con quién andas?

Inés no contestó, pero apretó con fuerza el tenedor. Esas palabras le dolieron mucho más de lo que quería admitir. Otra vez sonaba aquel estribillo: Lucía la perfecta, Inés lo contrario. Si sus amigas eran ideales, las suyas debían ser inadaptadas. Así, para no parecerse a Lucía, fue sumergiéndose en ese círculo. Al principio solo miraba, luego participaba poco a poco, después ya no faltaba a ninguna cita. Fue dejando de ir a clase, los profesores protestaban, su entorno miraba sorprendido; pero Inés seguía empeñada en ser distinta.

Ella lo sabía y, a veces, a solas, se reprendía: ¡Qué tontería! Era consciente de que no encontraba auténtica alegría allí, pero no podía parar. Pensaba en dejarlo todo, pero imaginaba a Lucía organizada y triunfante y volvía a huir hacia adelante.

Poco a poco, las vidas de las hermanas se bifurcaron del todo. Lucía empezó 1º de Bachillerato, Inés optó tras la ESO por un módulo en un instituto público, a pesar de las objeciones de sus padres. Creía que el grado medio le daría independencia y una vida nueva, pero las cosas resultaron más duras.

Lucía terminó con matrícula de honor y entró en la Complutense. Encontró rápidamente prácticas, hacía cursos, colaboraba en ONGs. Le llenaba estar ocupada y marcándose metas.

Inés, sin embargo, apenas sacaba adelante los exámenes. No le encontraba interés alguno y faltaba a menudo sin molestarse en justificarlo. Los profesores la reñían, sus compañeros no la entendían, pero Inés seguía aferrada a su derecho a no ser Lucía.

Pasada la etapa del instituto, la historia continuó igual. Lucía consiguió empleo en una multinacional y pronto se ganó el respeto y la admiración de sus superiores. Inés, en cambio, encadenaba trabajos precarios: ninguno la convencía, o se cansaba pronto, o no soportaba a los compañeros, o el sueldo no le valía. Sus padres la animaban, intentaban tenderle la mano, pero Inés solo respondía:

Ya me las apaño sola. No necesito que me digáis cómo vivir.

En el fondo, aún abrigaba la esperanza de hallar un rumbo propio. Uno que no recordara al de Lucía, y que le fuese suficiente. Pero cada paso hacia la independencia resultaba una nueva desilusión; la sensación de actuar por despecho la iba hundiendo aún más.

Ni ella misma sabía por qué seguía así. Parecía un reflejo automático: cada éxito de Lucía una nota, un elogio, un premio empujaba a Inés en dirección contraria. Se prometía cambiar, pero cada noticia de su hermana desencadenaba el mismo impulso rebelde. Hasta le daba rabia, y aún así no podía frenar la inercia.

Con el tiempo, llegó la indiferencia: Inés dejó de llamar a casa, esquivaba reuniones familiares, no quería saber nada de cómo avanzaba la vida perfecta de Lucía. Se encerró en una especie de burbuja y, curiosamente, fue entonces cuando su vida empezó a mejorar.

Primero, consiguió un trabajo sencillo pero digno, con horario estable y salario aceptable. Se sorprendió de lo bien que encajó con sus compañeros; le gustaba volver a casa sintiendo que por fin hacía algo útil.

Luego, apareció Álvaro. Se conocieron por casualidad, en una cafetería cerca del trabajo. Nada tenía que ver con los chicos de antes: sensato, tranquilo, sin aires de sobra. No pretendía impresionar a nadie y eso fue justo lo que atrajo a Inés. Pronto empezaron a salir, pasearon por Madrid, charlaron de todo y de nada, y por primera vez en mucho tiempo Inés se sintió libre de mostrarse tal cual era, sin competir con nadie.

Poco a poco, se animó a hacer planes. No de grandes vuelos, sino asequibles: ahorrar para un viaje, apuntarse a clases de inglés, quizá buscar un piso mejor Por fin, su vida empezaba a tener sentido y estabilidad.

Hasta que, un día, una llamada de Mercedes rompió la rutina. Su voz sonó apagada, como si no se atreviera a decir lo que iba a decir.

Inés, tenemos que hablar. Ven, por favor.

Cuando Inés llegó, encontró a sus padres en el salón, con expresión seria. Mercedes habló por fin:

Lucía no puede tener hijos. Los médicos dicen que las probabilidades son casi nulas.

Un silencio pesado llenó la sala. Inés no supo qué decir. Sintió tristeza por su hermana, furia por la injusticia, ganas de consolar, pero también resurgió ese ansia oculta y oscura que creía superada.

Menos de un año después, Inés era madre. Y, dos años más tarde, de nuevo. Amaba a sus hijos, celebraba sus sonrisas y logros, de eso no cabía duda. Pero en el fondo, siempre asomaba esa idea tenaz: Ahora sí que no me parezco a Lucía, ahora yo tengo lo que a ella le será imposible.

Sabía que aquello no estaba bien, que no debía construir su vida sobre el afán de diferencia o competencia con su hermana. Pero cada vez se justificaba: Es mi decisión, quiero a mis hijos, los he tenido por mí. Y sin embargo, sabía muy dentro, que si a Lucía no le hubiese sucedido aquello, todo podría haber sido distinto

*************************

Lucía escuchaba a Mercedes contar, entre preocupación y desconcierto, las historias de Inés.

Cuando Mercedes terminó, Lucía habló con voz suave pero firme:

Por favor, no le digas nada de mí.

Su madre la miró con asombro:

¿Por qué? ¡Si sois hermanas!

Lucía suspiró, buscando las palabras. Ya había reflexionado mucho sobre ello, lo tenía claro.

Inés está arruinando su vida intentando ser lo opuesto a mí. Cada vez que sabe algo bueno de mí, le sirve de excusa para rebelarse aún más. No está buscando su camino: simplemente va contra el mío.

Su madre intentó replicar, pero Lucía la detuvo con amabilidad:

Si la quieres, no la nombres cuando hables con ella. ¡Déjala olvidarse de mí y que descubra su propio rumbo sin mirar atrás!

A Mercedes le costaba asimilarlo, acostumbrada a tener siempre el ejemplo de Lucía como referencia, pero al final asintió:

Lo intentaré, aunque me va a costar.

Lucía la abrazó suavemente.

Lo importante es que lo hagamos por Inés.

Desde entonces, Mercedes fue muy cuidadosa. No habló de los logros de Lucía, ni comparó a las hermanas; aprendió a dirigirse a Inés pensando solo en ella, en sus gustos y necesidades.

Lucía también se mantuvo al margen: no buscó encuentros, no la llamó, no se inmiscuyó. Sufría por la distancia, pero estaba convencida de que solo así su hermana tendría la oportunidad de empezar de cero.

P.D.

Álvaro convenció a Inés para acudir a una buena psicóloga. Paso a paso, despacio pero firme, Inés empezó a construir verda­deramente su felicidad una felicidad donde, por fin, no flotaba ya la sombra de su hermana.

***

A veces, la mayor libertad no es rebelarse contra los demás, sino atreverse a mirar adentro, aceptar nuestras sombras y reconciliarnos con quienes realmente somos. Porque solo cuando dejamos de vivir en comparación, aprendemos a querernos de verdad.

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