Lucía y yo fuimos inseparables desde que éramos niñas; la vida, en vez de alejarnos, nos unió aún más con los años. Ella se marchó a Madrid para estudiar en la universidad y al acabar se quedó en la ciudad, encontrando trabajo y alquilando un piso. A pesar de la distancia, nunca perdimos el contacto. Venía a visitarnos en vacaciones y hablábamos por teléfono todo el tiempo. Cuando cumplí veinte años, me casé y tuve una hija. Hace un año, decidimos junto a mi marido mudarnos también a Madrid y, casualmente, alquilamos un piso en el mismo barrio donde vivía Lucía.
Lucía, con sus veintisiete años, había estado sola mucho tiempo. Siempre me resultó difícil de entender, pues era una mujer realmente atractiva. Sin embargo, hace poco nos contó que por fin estaba saliendo con alguien. Me alegró sinceramente esa noticia y le pedí con ilusión que nos presentara a su novio. Ella me contestó de manera enigmática, diciéndome que aún no era el momento.
Un mes más tarde se produjo el esperado encuentro. Sebastián se había mudado con ella, y su hermana nos invitó a mí y a mi esposo a cenar. La primera vez que vi al prometido de Lucía, me quedé perpleja. Parecía bastante mayor, cerca de los cuarenta, con un rostro marcado por el abuso del alcohol y un aspecto descuidado, casi como un indigente. Mi marido y yo cruzamos miradas, sorprendidos. Más tarde supe que Sebastián estaba en paro y apenas había terminado la Educación Secundaria.
Me era imposible comprender por qué mi hermana, tan culta, hermosa e inteligente, había acabado con alguien así. Intenté hablar con ella sobre lo que me preocupaba, pero me gritó, exigiendo que dejara de entrometerme en su vida. Incluso me confesó que deseaba tener un hijo con él, lo que me estremeció. La sola idea de que pudiera tener un hijo con un hombre así me resultaba repugnante. Me costaba entender por qué había decidido estar con él, cuando parecía que todo iba en contra del sentido común, por muy distintos que fueran los gustos de las personas.






