El aroma de la imprenta

El olor de la imprenta
Moví la caja de papel con el pie y atrapé el extremo del rollo para que no rodara por el suelo. En la puerta ya estaba de pie una mujer con una carpeta, mirándome como si de ese instante dependiera una decisión clave en su vida.
¿Aquí imprimís invitaciones? preguntó, y sin esperar contestación añadió: Son para una boda. Pero nada de palomitas. Y que no dé vergüenza darlas.
Asentí, mirando de reojo el mostrador. Allí estaban las tijeras, la regla y el paquete de muestras de papel sobre el que ayer practiqué los cortes rectos. El guillotinado reposaba junto a la pared, todavía oliendo a lubricante industrial, y ese miedo irracional de desviar la cuchilla y estropear los bordes siempre me acompañaba.
Enseñadme lo que tenéis en mente dije. ¿El texto lo traéis?
Me tendió una hoja manuscrita. La letra era pulcra, aunque en una línea temblaba como si la mano se le hubiera rendido al cansancio.
Marina salió de la sala contigua, secándose las manos en el delantal. Se lo había puesto antes de abrir, una especie de superstición que, según ella, le daba seguridad.
Buenos días dijo suavemente. Pasad, por favor, sentaos. Lo vemos con calma.
Observé cómo Marina, instintivamente, se situaba delante del monitor, ocultándolo. No por avaricia, sino por ese hábito suyo de liderar cada conversación. Quise protestar, pero callé. La clienta ocupó la silla y sentí cómo me subía la irritación de cada jornada: ya había movido cajas, configurado la impresora, peleado con los controladores, y, ahora, de nuevo, en papel de chico para todo.
Marina desplegó las muestras.
Este es más rígido, mantiene la forma explicó. Este otro tiene una textura con gracia; el texto en negro luce perfecto.
Mientras hablaba, yo pensaba en lo que nos costó aquel papel. Anoche eché cuentas: los pedidos mínimos para recuperar la impresora y la guillotina, y las cifras no se movían ni un céntimo. No le conté a Marina lo de la pesadilla, cuando me vi colgando un cartel de se alquila en la puerta a media noche. Me avergonzaba admitir lo que sentía, como si esa imagen fuera una traición anticipada a nuestra pequeña aventura.
La mujer eligió el papel texturizado.
Eso sí, por favor, sin errores. Que nuestras apellidos son muy complicados. Y otra cosa dudó, mordiéndose el labio: Si puede ser, que se note que es de ciudad. No con pinta de verbena de pueblo.
Marina sonrió.
Os enviaremos un boceto, lo repasamos juntas y luego imprimimos. No os preocupéis.
Al irse la clienta, cerré la puerta y salté:
Otra vez llevas tú todo el trato. Yo también sé hablar.
Marina alzó la vista.
Por supuesto. Pero es que tú te pones a hacer cuentas delante de los clientes. Y lo notan.
¿Y qué? ¿No deberíamos contar cada euro? mi tono era cada vez más áspero. Esto no es un hobby. Aquí hay esfuerzo y dinero.
Sin responder, Marina fue al equipo y lo encendió. El panel se iluminó, los rodillos zumbaban. Permanecía tranquila, como posponiendo la discusión, pero ese temple tenía un fondo de agotamiento.
Abrimos la imprenta hacía un mes. Alquilamos un bajo que antes era de un zapatero. Pinté yo mismo las paredes, Marina arrancó los restos de pegatinas del ventanal. Discutimos cada detalle: si hacía falta el letrero, si el tipo de letra del tarifario, si merecía la pena añadir plastificado. Yo quería agilidad, ella meticulosidad. Ambos pensando que nuestra forma era la correcta.
Por la tarde, revisábamos el diseño de la invitación. Marina elegía fuentes, yo cuadraba márgenes y comprobaba el corte.
Así respira dijo ella.
Miré. No cabía duda, había quedado precioso. Pero en vez de elogiar, pregunté:
¿Cuánto cobramos por esto?
Marina suspiró.
Lo acordado, Jaime. Si vamos a lo rápido y lo barato, nadie repite.
Me callé, sintiéndome arrinconado; como si todo lo que pesara fuera el dinero y no el cuidado. Aunque en realidad, solo temía que no resistiéramos.
Al siguiente día, llegó otro cliente. Un hombre de unos cuarenta, chaqueta oscura y una bolsa de la farmacia. Traía una hoja impresa con texto y una pequeña foto.
Necesito… tragó saliva. Tarjetones para el duelo. A los cuarenta días. Aquí está el nombre, fechas y la oración. Mejor en papel bueno, que no sea folio.
Marina se puso solemne al instante.
Por supuesto. ¿Cuántas copias?
Cien. O ciento veinte, quizás.
Cogí la hoja, vi la foto: una mujer de pelo corto, sonrisa dura de las que han sostenido mucho. Se me hizo un nudo. Recordé a mi madre, cuando imprimíamos en el chisme de casa y el folio se empapó las letras al primer intento.
Se lo hacemos me oí decir suavemente. Recomiendo aclarar la foto, en esta definición quedaría oscura. Si está conforme, se lo ajusto.
El hombre asintió, cabizbajo.
Hacedlo como veáis. Yo, de esto, nada.
Al quedarse solos, Marina tardó en hablar. Finalmente dijo:
Para esto, nunca lo rápido. Aquí no se puede fallar.
Le di la razón. Ajusté el brillo de la imagen, limpié las sombras. Marina preparó papel grueso, blanco sin tono amarillento. Imprimimos una muestra, evaluando la nitidez y el agarre de la tinta. Controlé que la impresora no engullera dos hojas. Marina se quedó a mi lado, sujetando la pila bien recta.
Mira dijo en voz baja, aquí abajo sale algo gris.
Ahora lo corrijo contesté.
En esas semanas, sentí que estábamos realmente juntos, trabajando en tándem. No porque fuera fácil, sino porque lo merecía el proyecto.
Por la noche, troquelábamos las tarjetas. Bajaba la palanca, Marina recogía y apilaba extremo con extremo. En la mesa quedaban tiras finas como virutas de queso manchego, que echaba en la caja de recortes.
¿Cansado? preguntó Marina.
Sí le contesté de verdad. Pero tiene sentido.
Me miró como si hubiese dicho otra cosa que sí entendía.
Un par de días después, llegó una joven con mochila y carpeta. Hablaba deprisa, esquivando interrupciones:
Necesito un cartel para un concierto solidario. Es para recaudar fondos para un niño. La sala es del centro cultural, chiquitita, pero queremos que la gente venga. Y que no parezca limosna, sino una ocasión especial.
Marina, enseguida, se interesó:
¿Tenéis logo, imagen y textos?
Sí volcó encima del mostrador el pen, papeles, varias copias. Pero hay prisa; para el viernes. Y ya es martes.
Mi cuerpo se tensó. Hay prisa siempre significaba quedarte hasta la madrugada y sonreír al abrir.
Podemos hacerlo dijo Marina, organizando mentalmente los pasos. Pero nos da tiempo si acordamos el boceto rápido. Y necesitamos un adelanto.
La chica se sonrojó.
Lo nuestro es transparente; lo puedo transferir. Solo… se trabó. No quiero que parezca una súplica. No estamos pidiendo caridad.
Comprendí que temía más cómo la juzgarían que el dinero. Recordé lo mucho que me costaba pedir cualquier cosa. Cuando solicitamos el préstamo para la máquina, apenas podía pronunciar las frases de lo tenso que estaba. Era una negociación, no una petición.
Así lo haremos le aseguré. Título grande y directo, sin palabras de pena. Ponemos foto de los músicos, si tienes, y, abajo, cómo se repartirán los fondos.
La chica exhaló, aliviada.
Justo así lo imaginaba.
Al irse, Marina me susurró:
Eso lo has explicado muy bien.
Encogí los hombros, aunque por dentro se me llenó el pecho. No estoy acostumbrado a que valoren mis palabras.
Intensificamos el ritmo. Marina sobre el diseño, yo eligiendo el mejor papel y haciendo pruebas de impresión en gramajes altos. Discutimos el fondo: ella prefería cálidos; yo temía que el color se volviera turbio en nuestra impresora.
Probemos muestra propuse.
De acuerdo aceptó.
La muestra salió fea; el fondo, efectivamente, embarrado. Marina apretó los labios.
Vale. Fondeamos en blanco con un toque de color.
Sentí alivio y admiración por cómo sabía rectificar sin derrotarse.
El jueves por la tarde ultimamos todo. Los carteles apilados, aún calientes. Marina revisaba cada impresión, yo cortaba con precisión. El suelo lleno de recortes; el calefactor zumbando en la esquina.
Sonó el teléfono. Vi en la cara de Marina que la cosa no era sencilla.
Sí. Entiendo… Pero hoy casi estamos cerrados me miró. Vale. Pero rápido.
Colgó.
Urgente y de última hora. Un hombre pide un diploma para su madre. Le urge para mañana. Jura que el texto está listo.
Me froté el puente nasal.
¿Diploma?
Hecho por nosotros. Dice que de paciencia y amor porque la madre nunca ha tenido un reconocimiento. Es su cumpleaños y quiere entregárselo.
Quise decir que no. Que no éramos un veinticuatro horas. Que también tenemos vida. Pero me asaltó el recuerdo del hombre del duelo y la chica del concierto. Venían por algo más que papel: querían que sus palabras impactaran.
De acuerdo dije. Pero que venga preparado de verdad.
A los veinte minutos llegó, jadeante, móvil y hojas en mano.
Perdón por la hora. Pero… he ido dejando pasar el tiempo. No sé darle regalos, pero esto, esto le haría ilusión.
Marina miró la hoja.
El texto está, perfecto. Pero aquí hay erratas. Por paciencia y amor bien, pero¿cómo se apellida su madre exactamente?
Se puso rojo.
Ahora busco en el DNI rebuscó en el móvil, bolsillos. Vaya… el carnet, en casa.
Sentí la irritación crecerme. Era su olvido y se nos venía encima tiempo, papel y tinta.
Vea, necesitamos estar cien por cien seguros del apellido.
El hombre asintió, casi con los ojos llorosos.
Lo traigo enseguida, vivo a dos calles.
Marina me miró, diciendo no seas duro. Suspiré.
Venga, vaya. Mientras, prepararemos el diseño. Pero sin el apellido, no imprimimos.
Él salió corriendo.
Marina arrancó el portátil:
El diploma, en papel de alto gramaje. Una banda dorada. Bueno, dorado de imitación, ya sabes cómo es nuestro oro.
Caliente amarillo, sin brillos. Y un sello oficial abajo.
Marina lo agradeció con la mirada.
A ti te gusta lo institucional.
Lo que quiero es que impresione.
Pensé que eso era cierta confesión: ansiaba que nuestro oficio también pareciera serio. Que nadie dijera estos dos abren y cierran para distraerse.
Trabajamos a ritmo. Ella escribía, yo elegía la tipografía solemne pero natural. Discutimos la palabra otorga: a Marina le parecía pomposa, a mí justa.
Propongo se entrega.
Estuve de acuerdo.
Cuando regresó, tenía el DNI en mano.
Aquí lo tiene. Perdón otra vez…
Marina tecleó el apellido. Revisamos letra a letra. Imprimimos una muestra en folio; se la mostramos.
Así, míralo bien aseguró.
El hombre la contempló largo rato antes de asentir.
Así sí. Qué bonito.
El papel fuerte salió perfecto. Marina lo recogió por los extremos y lo dejó secar.
Diez minutos antes de cortar ya ni siquiera era pregunta.
Durante ese paréntesis, oí el murmullo de la máquina, como un soplo. Recordé lo mucho que discutimos para elegirla. Quería ahorrar, Marina insistió en calidad.
Tenías razón con la impresora dije, sorprendiéndome.
Levantó la cabeza.
¿Con qué?
Con la impresora, y en que no se puede ir a medias tintas.
No sonrió de golpe, pero su rostro se suavizó.
Y tú en lo de mirar los números. Nos metemos en todo y acabamos al límite. Hay que poner normas.
Le di la razón, notando aflojarse la tensión.
Cortamos el diploma, lo encajé en un marco sencillo, de los que guardo en cajas. Sin cristal, para que no refleje, pero muy digno. Ella le pasó un paño, comprobé esquinas.
El hombre tomó el diploma como una joya.
Gracias. Me temía que quedara ridículo. Pero ahora… no lo parece.
Cuando cerramos detrás de él, Marina apagó la impresora, bajé la tapa de la guillotina. Recogimos los recortes y atamos la bolsa de basura. Ella apagó la luz dejando solo la pequeña lámpara del mostrador.
Mañana colgamos normas. Pedidos urgentes, solo hasta las seis. Y bocetos, siempre por escrito.
Y pago por adelantado añadí.
Sí. Y otra cosa: no aceptamos encargos que no respetaríamos. Si alguien pide un diploma falso, se rechaza.
Imaginé a alguien pidiendo un título falso y sentí escalofrío.
Se rechaza afirmé.
Salimos y cerré con llave. Marina enderezó el cartel que el viento había torcido.
En casa, no hicimos cuentas durante la cena. No miré la libreta de gastos. Solo sentí el cansancio en las manos, tan honesto como el trabajo hecho.
A la semana, la clienta de la boda recogió sus invitaciones. Las acariciaba, examinando los bordes.
Preciosas dijo sonriendo sincera. Temía que quedaran vulgares.
Salió, y vi cómo Marina la seguía con la mirada, como si despidiera un pequeño anhelo.
Ese día, el hombre del duelo apareció con una caja de bombones.
No hacía falta protestó Marina.
Claro que sí. Lo habéis hecho muy humano.
Quise explicar que era nuestro trabajo, pero callé. Comprendí que hacer las cosas humanamente era nuestra esencia.
Entramos en rutina. Por las mañanas, yo abría, encendía equipos, comprobaba papel y tóner. Marina respondía mensajes, atendía, apuntaba plazos. Al mediodía, se turnaba: ella salía por recados y yo aprendía a tratar al público sin brusquedades.
A veces había discusiones. Yo refunfuñaba: Otra vez lo quieres rehacer, y Marina: Te precipitas. Pero ya no levantábamos muros. Habíamos aprendido a decir hagámoslo así o esto me importa.
Al acabar el mes, imprimimos un pequeño cartel para la caja: Pedidos urgentes, según disponibilidad. El boceto se revisa antes de imprimir. Cuidamos tu tiempo y el nuestro. Marina sudó con el texto, yo insistí en cuidar, que suena a promesa, no restricción.
Por la tarde, cerrando tras el último cliente, me quedé en el umbral. El olor a papel y tinta era nuestro, ni festivo ni pesado. Un olor diario, de taller, donde cada día se hace algo útil.
Marina se acercó.
Bueno sonrió. Esta es nuestra imprenta.
Asentí.
Pequeñita.
Pero nuestra concluyó.
Cerré la puerta, sin sentir que huíamos de obligaciones. Sentí, más bien, que al siguiente día volveríamos a abrir, con la medida justa de lo que sabemos y podemos.
A veces, trabajar con las manos y con alguien a tu lado, enseñan que hacer lo correcto no va de heroicidades. Consiste en no rendirse ni ante las cuentas, ni ante las prisas, ni ante la desconfianza propia. Al final, todo lo que sirve es hacerlo bien y confiar en la compañía. Eso, y el olor de papel recién impreso en la piel, cada noche.

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