Mira, te tengo que contar algo que me ronda la cabeza últimamente, siento que no puedo más y ya no sé ni cómo expresar todo esto. Tengo ya dos hijos mayores, y no recibo ni un poquito de ayuda por su parte. Cuando vienen a verme a casa aquí, en el pueblo cerca de Segovia parece que llegan como si estuvieran en un balneario, a descansar y desconectar. Y yo, pues nada, hago de todo: recibo, acomodo, cocino, limpio y cuido de ellos como si fuera una asistenta. Ni se les ocurre ayudarme en nada, olvídate de que contributan con algo de dinero.
Tengo un hijo, Fernando, y una hija, Pilar. Para mí siguen siendo niños, pero la realidad es que son adultos con sus propias familias. Fernando ya tiene dos peques, y Pilar de momento uno. Viven repartidos por Madrid y Ávila, así que siempre aprovechan los fines de semana y vacaciones para escaparse aquí, a casa, y claro, los nietos también vienen. Pero, te digo la verdad, cada visita me pesa más.
Ellos están acostumbrados a que todo esté listo: la casa recogida, las camas hechas, la despensa llena, comidas preparadas Siempre fue tradición en nuestra familia tratar así a los invitados, mi madre también lo hacía esa mesa puesta de todo, el cariño Pero tanto mi hermana como yo éramos conscientes de lo duro que era para mi madre llevar todo el peso sola. Nosotras ayudábamos a lavar los platos, cuidábamos a los niños, le echábamos mano en la limpieza, íbamos a la compra, y nunca nos lo pidió, lo hacíamos porque sabíamos que tenía bastante con lo suyo.
Ahora, cuando mis hijos llegan, si limpian una taza del desayuno lo consideran un logro pues qué bien. Del yerno y de la nuera ni hablo, porque al final son invitados y yo, para ellos, soy casi una desconocida. Pero lo que más me duele es que Fernando y Pilar ni se molestan en echarme una mano. Comen, ven la tele, me dejan a los nietos para irse a pasear por la plaza mayor o hacer visitas. Al final, yo tengo que recoger todo, preparar la comida y la cena, limpiar la casa de arriba abajo y atender a los niños. Ahora que tengo nietos, el trabajo se multiplica.
Te juro que cada vez me cuesta más, la espalda me da guerra y ya no tengo fuerzas para estar horas en la cocina. Pero mi educación no me permite dejar de hacerlo, por mucho que quiera. Aquí, recibir así a la familia es ley, hay que quedar bien con los invitados. Los fines de semana me ilusiono, pero acabo más agotada que después de una jornada de trabajo.
Pienso que necesito ayuda, pero vergüenza me da pedirla. Tengo miedo de que mis hijos se ofendan y crean que me quejo por gusto; y, en el fondo, sí que me alegro de verles, pero es mucho peso el suyo y el de los nietos. Hay cosas en casa que ya no puedo hacer por mí misma, pero me resulta imposible pedir ese apoyo. Y claro, ellos trabajan, bastante tienen.
De verdad te digo, no sé cómo salir de esto. Mi forma de ser, la educación que me dieron, no me deja tragarme la vergüenza y pedir lo que necesito. Aquí te enseñan que uno puede con todo, que no hace falta molestar a los demás, que mejor apañarse solo y así me como yo la lengua todo el tiempo, sin poder abrirme. Estoy que ni puedo ni dejar de hacerlo, ni pedir ayuda sin sentirme mal. Es que yo no entiendo cómo Fernando y Pilar no caen en la cuenta de que no tengo veinte años ni la energía de antes; no sé si les da igual o si simplemente se les olvida. Al final no hay motivo ni para enfadarse, pero yo me siento herida, y no sé cómo solucionar esto. ¿Tú tienes algún consejo?






