Nora vino a ver a su suegra en el trabajo y le pidió dinero para poder vivir

Julia era una mujer bastante moderna para su época, o al menos aspiraba a serlo. Siempre vestía con elegancia, gracias a un puesto respetado donde sus jefes la valoraban mucho. Tenía dos hijos ya adultos: el mayor contaba con treinta y ocho años, y el pequeño, treinta. Julia además tenía dos nueras.

Siempre decía que sus nueras eran completamente distintas entre sí, como lo eran sus hijos, lo cual le parecía lógico. Su nuera mayor, Dolores, era una muchacha de pueblo. Julia nunca se dejaba llevar por los tópicos de chica de pueblo y chica de ciudad, aunque Dolores parecía hecho a la medida del primero.

Por supuesto, Julia jamás se inmiscuía en los asuntos matrimoniales de sus hijos; por eso apenas sabía cómo era la vida de familia de cada uno. Por ejemplo, lo poco que conocía sobre el matrimonio de su hijo mayor era que Dolores se había casado con él porque quedó embarazada, y su primer hijo nació apenas cinco meses después de la boda. Dolores veía a su marido como una necesidad fundamental, poco más.

Aparte de todo, Dolores era una persona complicada y de trato difícil. Llamaba a Julia solo cuando tenía problemas con su esposo, pues quejarse era lo que más le gustaba en la vida. Nunca supo hacer amigas; tenía fama de arisca y poco dialogante.

La nuera más joven, Lucía, era radicalmente distinta. Tras la boda, enseguida se hizo amiga de Julia, y le encantaba charlar con ella. Pasado un tiempo, Julia consiguió para Lucía un trabajo en su mismo despacho. Sus compañeros decían siempre lo mejor de Lucía: trabajadora impecable y persona cordial. Lucía tenía solo unos pocos amigos, y se reunía con ellos de vez en cuando.

Una mañana gris, Dolores apareció en la oficina de su suegra. Julia tenía noticia de que últimamente las cosas no marchaban bien en el hogar de su hijo mayor, pero se mantenía al margen. Ese día, Dolores vino acompañada por su hermana:

Mira, Julia, no puedo más. Estoy harta. He decidido abandonar a tu hijo y alquilar un piso, que se las apañe él solo, ese cerdo.
Buenos días, Dolores. Sabes perfectamente que prefiero no intervenir en vuestros asuntos de pareja. Solo dime, ¿dónde piensas alquilar el piso? ¿Cómo irán los niños al colegio?
Lo alquilaré en el centro de Madrid.
Dolores, ¿y cómo vas a pagar el alquiler, con lo caros que están los pisos?
¡Justamente eso quería hablar contigo! Como abuela, estás obligada a ayudarme. Me lo debes.
Dolores, yo no tengo tanto dinero. Si lo necesitas urgentemente, espera hasta esta noche. Lo sacaré de mi cuenta y te daré lo que haga falta. Nunca pensé que lo necesitarías tanto.
Dolores, vámonos la apremió su hermana, tirando de ella por la manga. Entiende que una madre siempre va a estar del lado de su hijo.

Justo cuando estaban a punto de marcharse, vieron a Lucía, asustada, espiando detrás de la puerta.
¿Tú qué miras? Ya verás, a ti te pasará lo mismo. Seguro que te responde igual. Si necesitas ayuda, tampoco te la dará.

Lucía se sobresaltó al encontrarse con las dos mujeres furiosas. Miró a su suegra buscando una respuesta y Julia le dijo: No es nada importante. Esta noche le prestaré el dinero, si tanto lo necesita. No puede llevar a los niños a la guardería. Al final, solo es dinero. No te fíes demasiado de lo que diga…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

14 − 3 =

Nora vino a ver a su suegra en el trabajo y le pidió dinero para poder vivir
También quiero ser feliz Gracias por vuestro apoyo, por los me gusta, vuestra empatía y los comentarios en mis relatos, por seguirme y, sobre todo, muchísimas gracias de corazón por vuestros donativos de parte mía y de mis cinco gatetes. Por favor, compartid los relatos que más os gusten en redes sociales; es algo que siempre alegra a cualquier autora. Una mujer joven, con poco más de cuarenta años, había perdido por completo el interés por la vida. Trabajaba de comadrona en una maternidad y era lo único que le daba alegría; vivía sola. Su marido falleció en acto de servicio —era agente de la Policía Nacional—. Apenas convivieron dos años y su hijo nació tres meses después de la tragedia. Lo crio sola; su hijo, ya adulto y casado, vive y trabaja en otra ciudad; tiene su propia vida y le va bien. Gleb viene a casa de su madre de vez en cuando para visitas breves, llaman por teléfono a menudo, pero ella sigue sola… En el trabajo, sus compañeras la envidiaban — decían que vivía solo para ella, pero a Lyuba la castigaba el peso de la soledad. Ellas, en la pausa del almuerzo, hablaban de sus familias, de las preocupaciones y alegrías cotidianas. Ella no tenía nada que aportar, solo vacío, ni ganas de volver a casa… Escuchaba las conversaciones ajenas, asentía de vez en cuando, se sorprendía con las cosas que sus amigas contaban, pero en el fondo reconocía que las envidiaba. No encontraba alegría en su vida libre y sin ataduras. Seguía recordando a su marido, su mirada enamorada, sus manos. Ese breve e intensísimo amor tan trágicamente truncado había dejado una herida enorme en su alma, imposible de curar. Solo sentía plenitud y sentido en el hospital. Hace unos días asistió al parto de una chica jovencita. Tuvo una preciosa niña, pero la madre, casi una adolescente, ni siquiera estaba contenta. Daba la espalda a todos y permanecía en silencio. —Buenos días, mamá —dijo Lyuba, como solían saludar a las jóvenes madres felices, pero la chica, sin abrir los ojos, replicó muy secamente—: —Váyase. No tenemos nada de qué hablar. Le dije desde el principio que no quiero este bebé. No pienso verlo ni me lo voy a quedar, tengo otros planes… Lyuba intentó añadir algo, pero la joven se giró y no dijo ni una palabra más. Cuando Lyuba, apesadumbrada, salió de la habitación, la enfermera de guardia, al cruzarse con su mirada, solo encogió los hombros y, haciendo un gesto hacia la joven madre, giró el dedillo junto a la sien. —Tuvimos aquí a otra hace tiempo. Quiso quitarle el marido a otra mujer, pensando que era rico, pero resultó ser pobre. Pues tampoco quiso luego a la criatura, de todo hay —le susurró. Lyuba ya había vivido algunos casos así en casi veinte años como comadrona, pero normalmente las chicas acababan quedándose con su hijo. Pero esta no parecía ceder. Sin saber por qué, Lyuba decidió acercarse a conocer a la pequeña abandonada. Casi choca en la puerta con el doctor pediatra, don Constantino López. En la sala de neonatos reinaba la calma; los bebés acababan de comer y dormían profundamente. Se acercó con cuidado a la recién nacida rechazada, y de repente, la niña pestañeó y abrió los ojos. Lyuba se quedó quieta, temiendo que la pequeña rompiera a llorar y despertara a los demás bebés. Pero la niña la miró tranquila, con unos ojos enormes, profundos y serios, como si lo supiera todo. —Qué niña más buena… Se sobresaltó al oír tan cerca la voz suave del doctor López… En la sala de descanso, alguna colega insinuaba que el pediatra sentía algo por Lyuba, pero ella solo sonreía. Le parecía un buen médico, pero nada más. —Tranquila, es una buena niña —le susurró el doctor mientras acariciaba con ternura a la pequeña, y luego lanzó a Lyuba una mirada enigmática que la turbó… A partir de ese día, Lyuba empezó a ir casi a diario al área de neonatos. Le parecía que la niña ya la reconocía y cómo la miraba despertaba en su interior sentimientos cálidos que creía perdidos. —¿Qué haces yendo siempre a neonatos? —le preguntaron las compañeras—, ¿es por el doctor? —No, va a ver a la niña, la que han dejado abandonada. —¿Es que quieres quedártela? La madre firmó ayer el rechazo y ya se ha marchado… —No deberías encariñarte, pronto se la llevarán… ¡Adoptarla! Eso era lo que, en el fondo, animaba sin querer su alma. Esta idea inconcreta ya germinaba en ella y, al oírla en voz alta, resonó con fuerza en su interior. No quedaba mucho tiempo; los bebés no reclamados pasaban un mes en el hospital y después los trasladaban a un centro de acogida. Incluso podían llevársela lejos, y otra familia adoptaría a la niña. Lyuba sintió el vértigo y presentó la solicitud para adoptar. Cumplía los requisitos, pero el hecho de ser soltera daba ventaja a los matrimonios. Entonces tuvo una ocurrencia atrevida. Sabía que le gustaba un poco a Constantino López. Sabía también que vivía alquilado a las afueras y pasaba más de dos horas para venir al hospital. Y a ella urgía tener esposo; después se podrían separar si hiciera falta… —Don Constantino, tengo una propuesta: ¿quiere que le alquile una habitación cerca del hospital? —le dijo ese mismo día al pediatra. —Pero con una condición: ¿podría casarse conmigo, aunque solo sea de manera temporal? Quiero adoptar a esa niña, pero temo que sola no me la den. —Es una oferta inesperada, pero… acepto —sonrió el doctor López, con una mirada misteriosa. Entonces se acercó más… y de repente la besó dulcemente. Tan sorprendida se quedó Lyuba que no supo reaccionar, y encima pasó alguien en ese instante: ¡ya tendría tema de conversación todo el hospital! —Es por motivos prácticos, para disimular —explicó el doctor, y Lyuba no pudo replicar… Esa noche, al irse a dormir, Lyuba recordó con ternura a su pequeña, a esa niña que ya sentía casi su hija. Y también aquel beso inesperadamente cálido de Constantino… y temía admitir cuánto le había gustado. Se casaron enseguida y celebraron la boda en el hospital con sus compañeras. Todos se alegraron mucho por ellos, ya que sabían que Lyuba y Kosti habían solicitado la adopción… Ahora Lyuba es una mujer casada, tiene una preciosa hija y no hay tiempo para la tristeza. Su Kosti es un hombre honrado y bueno, siempre lo supo. Pero ahora, por fin, el amor ha despertado en su corazón. Le han vuelto las ganas de vivir, de criar a su hija, de disfrutar la vida y de amar… amar a aquel hombre a quien, un día, ella misma pidió que se casara con ella. Kosti, Marina y Lyuba: una auténtica familia Lyuba deseaba tanto ser feliz que, al final, lo ha conseguido… de verdad.