Sé feliz, mamá

Sé feliz, mamá

¡Sofía, tenemos un problema! la voz de mi hermana Lucía me atronaba tanto que tuve que apartar el móvil del oído. ¿Me escuchas? ¿Por qué no contestas?

Si me dejas decir algo, igual te respondo. ¿Qué pasa ahora? ¿Qué ha ocurrido? La verdad es que aún no me inquietaba mucho. Lucía siempre había sido muy exagerada y sus crisis solían girar en torno a nimiedades.

¡Mamá se va a casar! ¿Qué te parece? ¿Pero tú lo ves normal? ¡Vamos, dime si eso es de recibo!

Lucía seguía despotricando, pero yo ya no la estaba escuchando. Mira que la noticia tiene tela… Aunque seguramente tendría que llamar a mamá para enterarme de la historia de primera mano. Capaz de que todo esto fueran paranoias de Lucía.

¡Sofía! ¿Me estás oyendo?

Te oigo. Pero deja de gritar, anda.

¡Les pillé juntos, fíjate! ¡Ayer! Le pedí a mamá que llevase a Carmen a danza y me dijo que no podía. Tuve que llevarla yo. ¡¿Y eso es ser abuela?! ¡Le da igual su nieta, pero para estar sentada con un extraño en una cafetería sí tiene tiempo!

Suspiré. Vaya, ya entendía dónde iba la cosa.

Les monté un numerito, ¡tenías que haberlo visto! Mamá no sabía cómo salir del paso.

Eso se te da bien, sí.

¿¡Pero cómo puedes bromear, Sofía?! Es algo muy serio. ¡No quiere escuchar a nadie!

Lucía, para ya. Mamá no está obligada a escucharte a ti.

Un silencio lleno de interrogación me dio unos segundos para apagar el fuego y besar en la cabeza a mi hijo Víctor, que vino corriendo a la cocina a enseñarme el avión que acababa de construir con piezas de mecano.

¿De verdad, Sofía? ¿No te preocupa que nuestra madre cometa semejante error? ¿Que traicione la memoria de papá? Yo no puedo entenderlo.

¿Y tú? Lucía, papá lleva casi quince años sin estar. Mamá sigue siendo una mujer joven que ha vivido para nosotras y después para sus nietos. ¿No ha sido suficiente? ¿Por qué somos tan duras? Tú misma te casaste por segunda vez para tener una vida feliz. ¿Y ahora le niegas ese derecho a mamá? Si de verdad tienes algún motivo por el que mamá no pueda rehacer su vida, cuéntamelo. Lo escucharé y quizás hasta lo comprenda.

No esperaba eso de ti, Sofía. No sé cómo puedes pensar así, es que no te preocupas nada por mamá.

¿Y no será, Lucía, que lo que te molesta es quedarte sin la abuela-niñera? Que ahora va a dedicar su tiempo a otra cosa.

¡Sofía! Lucía chilló, sin argumentos ya, como siempre que yo le respondía con calma y mis dardos. La abuela siempre decía que con mi tono le colocaba la corona.

¿Sí?

¡Eres eres insoportable!

Lo sé, cariño. Pero deja tranquila a mamá, ¿vale?

¡Ni lo sueñes! A diferencia de ti, me preocupo por ella. ¿Qué falta le hace toda esta pasión? ¡Que viva tranquila!

Eso no te corresponde decidirlo, Lucía resoplé, dejándome caer en el banco de la cocina. Mi hija mayor, Clara, asomó la cabeza con un gesto de qué pasa, pero negué con la cabeza para que siguiera a lo suyo. Me alegra que los hijos entiendan con una palabra y medio gesto; ojalá fuera así siempre con las madres.

Mi madre, Mercedes, se casó siendo jovencísima, con sólo dieciocho años. Fernando, su elegido, le llevaba un año. Compartieron pupitre desde primero de primaria. Aquel primero de septiembre, un niño flaco y con orejas grandes llegó, se sentó al lado de ella, espigada y sonrosada, perfectamente peinada por la abuela con lazo de organza, y le soltó:

¡Eres guapa!

Ella levantó las cejas sorprendida, sin dignarse a mirarle. ¡Como si hiciera falta que lo dijeran! Solo con los lazos que llevaba Las demás niñas con lazos normales, pero los suyos relucían.

Fernando se picó con ese desdén, y en el recreo le pegó a Mercedes con el libro de lectura. Le estropeó el peinado y ella lloró a gusto, pero le devolvió el golpe y, en cierto modo, se equilibró todo. Luego, Fernando no resultó ser malo, sino muy útil. Aunque era bajito, tenía fuerza y lo más importante, una inteligencia que Mercedes valoraba. Pronto se acostumbró a hacer pareja con él, aunque los compañeros se metían con ellos. ¡Que se fastidiaran! Ella tenía un amigo, y encima era el más listo de la clase. Cuando Fernando pegó el estirón, con quince años pasó a sacarle una cabeza a su amiga.

¡Ahora sí que parecemos Jirafa y Pulgarcita! bromeaba ya con voz grave, aunque seguía con su risa chillona. Y tú eres mi Pulgarcita.

¡Vaya pequeñita has encontrado tú! Mercedes reía de vuelta. Siempre fue la más grande del aula. Hueso ancho, decía la abuela. Fuerte y alta, caminaba como una reina y nadie se atrevía a hacerle mofa. La abuela le apuntó a gimnasia deportiva para que desarrollara una buena postura y confianza. Nunca fue campeona, pero ganó en seguridad y temple.

En la boda todos sonreían con ternura. Fernando, alto y delgaducho, la cogía de la mano a su Mercedes, que le llegaba ya al hombro pero que fácilmente podía proteger con su sola presencia a su recién estrenado marido.

Nueve meses después de la boda nací yo, Sofía, puntual como un reloj. No estaban listos para ser padres, pero Mercedes nunca se amilanó. Con ayuda de la abuela y la suegra, siguió estudiando y Fernando cogió un segundo empleo.

¡Bah, esto son minucias! decía él, meciéndome en brazos. Pronto todo irá mejor, te lo prometo.

Y cumplió. Nunca nadaron en la abundancia, pero no faltaba de nada. Mercedes volvió a trabajar, metió a la niña en la guardería y con su eficacia y talento subió rápido hasta ser la contable jefe. Le surgían más trabajos que setas, porque muchas empresas pequeñas necesitaban gente capaz.

No solo eres guapa, sino lista le decía Fernando abrazándola mientras ella, con las gafas caladas, repasaba papeles en la mesa de la cocina. Me llevo a Sofía a pasear para que puedas trabajar tranquila.

Vivíamos muy en paz, como decía la abuela. Lo único es que no salían más hijos, lo cual apenaba a Mercedes. Le hacía ilusión que sus hijos no se llevaran mucho.

¡Así serán amigos!

Pero la vida dispuso otra cosa.

Fernando, ahora Don Fernando y director de una fábrica, consolaba a su mujer.

Tenemos a Sofía, y es maravillosa. Si el destino quiere, vendrán más hijos.

Ojalá Susurraba Mercedes, besando a su hija y deseando en secreto que llegara ese momento.

Lucía fue una sorpresa para todos. Mercedes ya no contaba con volver a ser madre y Fernando casi perdió el sentido de la emoción al recibir la noticia. Yo, por mi parte, deseé tener un hermano o hermana, pero nunca imaginé cuánto iba a cambiar mi vida. Todo cambió de repente.

¡No quiero ser la mayor! lloraba a gritos dos años después del nacimiento de Lucía. ¡Quiero seguir siendo la peque!

No entendía cómo se podía mimar tanto a un bebé. Menos mal que no recordaba cómo había sido la llegada de una primera hija, pero las abuelas me lo aclararon.

Tu caso fue fácil, Sofía. A la guardería y todo en orden. Pero con Lucía la has consentido demasiado, Mercedes.

Era más delicada y, total, podía permitirme dedicarme a la casa y las niñas.

Delicada Lucía, con sus mejillas redondas, sus rizos dorados y ojos claros era el centro de todas las miradas.

Un ángel decían las visitas.

Pero yo conocía el demonio detrás de esa cara. El truco de Lucía era perfecto y siempre acababa provocando que la regañina cayera sobre mí.

¡Mamá, ella otra vez me ha hecho daño! Lucía berreaba, Mercedes acudía veloz y allí me veías, confusa, siempre abroncada.

¿Qué ha pasado, Sofía?

¡No le he tocado!

Mamá, solo pedí los lápices y me apartó. Voy a estar bien, pero, ¡ay qué dolor!

Mamá mimaba a la pequeña y mientras, esta me sacaba la lengua por detrás de su espalda. ¡Eso me esperaba!

Las artimañas de Lucía iban a más hasta que, por casualidad, Fernando sorprendió el engaño. Pasó justo cuando Lucía rompía a conciencia cuadernos en su habitación. Ella ya iba a segundo de primaria y Mercedes sufría con una niña caprichosa y vaga, porque a mí nunca tuvo que ponerme una mala cara.

Con Sofía nunca hubo problema suspiraba revisando los garabatos de Lucía. Ni a las reuniones de clase me daba pereza ir. Pero con Lucía hasta los chicos estudian mejor.

Lucía, enfurruñada, enrollaba su trenza en el dedo. Sabía cuándo victimizarse y tras una reprimenda murmuraba:

No me quieras si soy tan mala

Y claro, así se desvanecían los sermones. Lo que más odiaba era que la compararan conmigo, así que se esmeraba en crearme mala fama. Los padres, sin indagar, castigaban siempre a la mayor.

Tú eres la mayor, y el listón está más alto para ti.

Aquella vez, Fernando me frenó justo antes de entrar en la habitación donde Lucía seguía rompiendo.

Escúchame, Sofía. Ahora voy a regañarte fuerte, pero es necesario. No te ofendas y sigue la corriente, ¿vale? Nos hemos pasado con Lucía, y si esto no funciona apaga y vámonos.

Yo, muda, me dejé caer en el sofá y me eché a llorar.

Sofía, no llores ahora. Sin tu ayuda no puedo arreglar esto.

Me sequé las lágrimas. Papá también tenía sus remordimientos.

¿Lista para la función? asentí.

Entonces vete a tu cuarto y recuerda: gritaré fuerte, pero es puro teatro.

A los pocos segundos, Lucía chillaba:

¡Sofía! ¿Por qué me haces esto? ¡Había hecho los deberes! ¡Ahora me tocará repetirlo todo! ¿Por qué?

Mercedes, al oír el escándalo, tiró el cuchillo y acudió a la escena, viendo lo de siempre: Lucía, ojazos llenos de lágrimas, víctima total; yo, de pie, resignada.

¿Otra vez? ¿Qué ocurre, Lucía?

¡No lo entiendo, mamá! ¡¿Qué le hecho yo a Sofía?! Lucía blandía las libretas destrozadas.

Fernando, al entrar, me guiñó un ojo rápidamente y empezó la bronca:

Si Sofía no sabe comportarse en familia, habrá que buscarle otro sitio. Las abuelas ya no pueden, así que sólo queda una opción ¡El internado!

¿El qué?

Es un lugar donde los niños viven y estudian, y sólo van a casa los fines de semana si se portan bien.

Yo palidecí, viendo cómo a Lucía se le cambiaba la expresión.

Decidido. Sofía, haz la maleta. Te llevo yo misma.

Papá balbuceé, desorientada, mirando a uno y otro.

Lucía, callada, se sentó en una silla mirando al vacío. No podía decir la verdad, pero de repente empezó a compadecerme. Imaginó lo que sería estar lejos de casa con desconocidos.

Fernando observó a la pequeña y respiró aliviado cuando Lucía rompió a llorar de verdad y se refugió en las piernas de Mercedes.

¡No, por favor! ¡No lleves a Sofía al internado!

¿Por qué no?

¡Ella no tiene la culpa! sollozaba, perdiendo los finales de las palabras. ¡He sido yo! ¡Todo lo he hecho yo!

Lo sé Fernando sonrió y me abrazó, y yo me acurruqué contra él. Sé que los cuadernos los has roto tú y que has acusado a tu hermana. Tarde me he dado cuenta de cómo eres, Lucía.

Mercedes abrió la boca para defenderla, pero de inmediato se lo pensó mejor. ¿Cómo había llegado hasta ese punto con Lucía? Y a mí Me tomó de los hombros, mirándome a los ojos:

Me da tanta vergüenza como a papá. Y otra cosa Ya no confío en ti, Lucía. Tendrás que esforzarte para que vuelva a verte como la buena.

Y abrazó a la mayor también:

Perdóname, Sofía. Perdóname.

El efecto fue inmediato. Lucía se calló por primera vez, dejó de montar líos y meditó. Los padres ya no confiaban en ella, yo no le dirigía la palabra temiendo que repitiera sus trucos, y Lucía pasó de ser la princesa de la casa a una niña cualquiera. La trataban con cariño, pero la corona se le cayó. Tardó años en arreglarlo; tuvo que demostrármelo día a día. Yo la miraba con recelo, esperando alguna jugarreta, pero acabé por suavizarme y darle una oportunidad.

¡Es terca como tú! le decía Fernando a Mercedes, que tuvo que aprender a corregir y no dejar que una hija se creyera el centro. Le costaba perdonarse haberlo dejado pasar tanto tiempo. Ahora intentaba volcarse en mí, pero yo ya no necesitaba tanto como antes.

He dejado pasar el tiempo, Fer. ¡Qué vergüenza con Sofía!

Deja ya de flagelarte. Si no hay manera de volver a lo de antes, céntrate en construir una relación nueva. Sofía ya es una mujer, igual necesita algo más que tu protección.

Mercedes le hizo caso. Poco a poco conseguimos una relación serena, sin reproches.

Fui yo quien estuvo a su lado cuando Fernando falleció. El ritmo frenético y el estrés le pasaron factura. El segundo infarto lo apartó de nosotros.

Mercedes, desorientada tras perder a su marido, se salvó gracias a mi hija Clara, que nació poco después de la muerte de mi padre. Yo, embarazada entonces, convencí a mi marido para mudarnos temporalmente a lo de mis padres. Sabía que solo una nueva vida podía salvar a mi madre, y le puse a Liza en brazos diciendo:

Mamita, te necesito más que nunca. Yo y Clara. No nos falles.

Y Mercedes no falló. Luego nació Víctor. Mi marido y yo volvimos a nuestro piso, y Mercedes alternaba entre nuestras casas.

A Lucía le incomodaba al principio que su madre se volcara con la hija mayor y no estuviera tan pendiente de ella, pero luego, de adolescente, agradecía esa libertad: era la envidia de sus amigas.

¡La casa, libre! decía, y volvía a ser la reina.

Lucía, a pesar de la independencia, fue muy cauta. No tenía novio, era cordial con todos pero no se ataba a nadie. Miguel, su primer marido, apareció cuando estudiaba tercero de carrera.

La boda, el título universitario, la llegada de Carmen ocuparon todo su tiempo. Intentó ser la mejor madre y tener a la niña mejor formada que las mías. Mercedes iba de academia en academia con la nieta, cumpliendo los deseos de Lucía.

Hoy en día, mamá, si no les das base desde pequeños, no llegan a nada.

Yo sonreía al oírla hablar de normas y de lo que tocaba o no a chicos y chicas.

Contigo, Sofía, todo es al revés. Clara a karate, Víctor a clases de pintura. ¡Esto es el colmo!

A nosotros nos va bien. El que no esté contento, que eduque a sus hijos como le parezca, ¿no, Lucía?

Mi hermana refunfuñaba, pero se callaba. La abuela Mercedes, en el fondo, hacía lo que quería: llevaba helados de contrabando a los nietos aunque oficialmente lo tuviese prohibido.

Por supuesto, cuando la vida de Mercedes empezó a cambiar, Lucía sintió pánico. ¿Se iba a perder todo el equilibrio? ¿Qué amor puede haber a esta edad? Pensaba que solo era posible a la manera de sus padres. ¡Pero, mira por dónde, apareció ese coronel, Alfonso! ¿Dónde, cómo?

Si Lucía le hubiera preguntado, se habría sorprendido: Mercedes no buscaba aventuras. Conoció a Alfonso esperando a la nieta a la salida de danza. Alto, canoso, transmitía un aire familiar Y sí, se parecía a Fernando, así de sencillo. Durante una semana solo se saludaron, luego ya hablaban y, poco a poco, surgió un precioso romance. Mercedes bromeaba, llevando de la mano a Carmen a clase. ¡Un romance, a su edad! Pero Alfonso lo veía completamente natural: ¿acaso eran tan viejos?

Ya sabía Mercedes que Alfonso era viudo, jubilado y que lo que le quedaba de vida giraba alrededor de su nieta Marta, compañera de clase de Carmen.

¡Mi luz y mi alegría! decía Alfonso, arropando a la niña con su bufanda.

Mercedes se sorprendió deseando que, en vez de la nieta, esas manos la arroparan a ella, por una vez en la vida. Había dedicado tanto a los demás, y anhelaba que alguien la cuidara y la comprendiera. Las hijas estaban con sus vidas, preocupadas con lo suyo.

Alfonso resultó ser un hombre serio y respetuoso.

No somos jóvenes, Mercedes. ¿A qué perder tiempo? Te ofrezco mi casa, mi compañía y mi lealtad. Si aceptas, serás la reina de mi hogar y yo, tu vasallo.

Mercedes pidió tiempo para pensarlo. Pero antes, Lucía montó su numerito. Mercedes, avergonzada, pidió disculpas a Alfonso.

No tienes que disculparte, Mercedes. Que reaccione así es hasta normal. Aunque, bien mirado, yo también soy culpable por presentarme de sopetón. Y nada, ¿qué te parece si el domingo invitamos a las familias a la casa de campo? Así ponemos todo sobre la mesa. No vamos a pedir permiso, pero sí informar. Tendríamos que haberlo hecho antes.

Mercedes asintió secándose las lágrimas. Le daba pena la actitud de Lucía.

Y deja de darle vueltas, mujer. ¡Todo irá bien, verás!

El domingo se reunieron las dos familias. Lucía, Sofía y Elena (nuera de Alfonso) estaban en la cocina. Los hombres, pronto en confianza, se ocuparon de la barbacoa.

Lucía examinó la espaciosa casa, sorprendida, y me preguntó en voz baja:

¿Tú sabías esto?

¿El qué? ¿Que Alfonso tiene dinero? Ay, Lucía, siempre igual. ¿Y si fuera un pobre, ya no te gustaría? le susurré, señalando con la mirada a Elena, que entraba sonriente.

¿A vuestra madre le gusta la frambuesa? preguntó Elena.

Lucía y yo nos miramos.

La fresa seguro; la frambuesa supongo que también.

En el huerto hay muchísima, la plantó mi suegro. Que los niños la cojan para postre.

Mientras, Lucía observaba a los suyos en silencio: Carmen y Marta corrían chillando hasta que Alfonso las atrapaba y les pedía ayuda para poner la mesa. Yo se reía charlando con Elena; Mercedes, predispuesta, colocaba platos y Alfonso le murmuraba algo al oído. Viendo brillar los ojos de mamá, Lucía recordó la escena antigua de los cuadernos y comprendió que estaba a punto de repetir el mismo error: dejar que su tozudez le alejara de la persona que más quería.

Se levantó y se acercó despacio a nuestra madre.

Mamá

¿Qué pasa? Mercedes, rejuvenecida, la miró a los ojos.

Perdóname, mamá, por ser tan tonta. Lo que quiero es que seas muy feliz. Si piensas que Alfonso puede dártelo, yo me alegraré mucho.

¡Ay, Lucía! Mercedes la abrazó y ella, como una niña, se apretó contra su madre.

Ya sabes que yo tardo en entenderlo todo, pero llego rió Lucía secándose las lágrimas.

Más vale tarde que nunca dije acercándome y abrazando también a mamá. Sé feliz, mamá, es lo único que importa. ¿A que sí, Lucía?

Lucía asintió apretando más a mamá.

Mercedes, abrazada de sus hijos, cerró los ojos. Sentía la dicha más plena: el corazón quieto y sereno, nada faltaba ni sobraba. Puede que mañana volvieran los problemas, pero hoy, ese instante, era perfecto. Y eso bastaba. El resto ya vendrá.

¡Abuela! Carmen irrumpió de golpe abrazándonos a las tres como pudo. Y Víctor ha sacado ya la tarta del frigorífico.

¡Muy bien hecho! rió Mercedes acariciando los cabellos claros de su nieta. Dile que cuente cuántos somos y la corte en porciones para que toque a todos. ¡Vamos a merendar!

¿Y puedo coger dos trozos?

¡Pues claro! Si Víctor hace bien la cuenta.

Casi prefiero hacerlo yo, por si acasoNos levantamos, rodeando a mamá entre risas. Alfonso, viéndonos venir, alzó su copa y nos hizo un hueco en la mesa grande que estaba ya casi lista. Marta y Carmen, orgullosas, distribuían los platos de tarta como si el mundo dependiera de aquel reparto justo. Víctor, coronado como matemático oficial, declaraba solemnemente la cantidad perfecta de frambuesas para cada porción.

Nos miramos todos, hijos, nietos, amigos, y me sentí reconciliada con la vida. A veces nos empeñamos en que todo siga igual, pero la felicidad es valiente: encuentra caminos nuevos si se le abre una puerta. Mercedes brindó con Alfonso, sus ojos se encontraron y los dos sonrieron, agradecidos por el regalo de una segunda oportunidad.

En la mesa hubo historias, anécdotas y carcajadas. Por primera vez en mucho tiempo, Lucía y yo nos reímos juntas como cuando éramos niñas, y nuestros hijos lo celebraron como un truco de magia: la familia volviendo a su unión natural, reacomodando las piezas para encajar de nuevo.

Cuando llegó el atardecer y los niños corretearon a buscar luciérnagas, mamá nos reunió a las hijas en el jardín, bajo el limonero, y nos cogió de las manos.

Mis niñas susurró, si algo aprendí con los años es que querer no es retener. Es confiar, aunque duela, y elegir la alegría cada día. Vosotras sois mi alegría. Y ahora nos guiñó un ojo mientras Alfonso se acercaba trayendo abrigos, ahora puedo enseñaros que nunca es tarde para volver a empezar.

El sol se escondió suavemente y, por un instante, sentí que papá también estaba ahí, riendo bajito entre los últimos rayos. Mercedes apretó nuestras manos y, con su fuerza de siempre, nos animó hacia la casa:

Vamos a celebrar. La vida es esto, mis chicas: hoy, juntos, con el corazón abierto. Mañana será lo que tenga que ser.

Y así, entre risas, amor y promesas de futuro, Mercedes, nuestra madre valiente, abría la puerta a su felicidad, sabiendo que, con ella, todos aprendíamos a ser también un poco más libres y mucho más felices.

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