Simona

¡Vaya aparición! ¿Y tú de quién eres?

David se agachó junto a la puerta de su piso en Madrid. El gato, famélico y con más calvas que pelo, bufaba como un demonio, arqueando el lomo y haciendo el paripé de fiero, pero la pinta que tenía era de los que han visto más desgracias que atún en su vida.

Menuda amenaza. Te lo reconozco, muy convincente. Pero, compañero, me encantaría poder entrar en casa. Vengo de currar, tengo un hambre que me como a las farolas y sueño más que los niños en clases de matemáticas. ¿Tú de dónde has salido?

El gato se tensó por el sonido, tiró un zarpazo que quedó en un fracaso absoluto, y David ni se inmutó. Apenas dejó escapar una media sonrisa mirando al desmelenado okupa, que peleaba por despegarse de la alfombrilla del felpudo.

¿Ni las patitas te aguantan? No me gustas… David se puso serio. Está clarísimo que contigo pasa algo. Estás hecho unos zorros, más flaco que un bocadillo de aire… ¡Vaya cuadro! Anda, ¿ni se puede tener lástima de ti? Mira que vengo en son de paz.

Con el último aliento, el gato alcanzó la bota de David, se agarró como si de ahí dependiera la vuelta del imperio romano y se quedó, entre bufidos, más tieso que una barra de pan del lunes.

Lo veo venir. Venga, amigo, vamos a alimentarte, a ver si mejoras las maneras. Mi madre siempre decía que con hambre no se puede confiar ni en el perro más simpático. Y si ella lo decía, por algo sería. Vamos a ver si le hacemos caso, ¿vale?

Con delicadeza, soltó al felino del zapato y lo movió de una mano a otra, esquivando las garras por instinto. Pero el gato, agotado, ni fuerzas le quedaban para atacar. Se le vinieron encima como trapo viejo y hasta olvidó bufar.

¡Vaya vida la tuya, macho! David sacó las llaves y abrió la puerta. Pasa, ya que has llegado.

El piso, típico de barrio madrileño, le recibió con ese silencio rancio de los lugares donde ya no queda nadie que dé vida. Volver a casa era, para David, como meterse en una nevera: desde que su madre faltó, las habitaciones parecían más grandes y frías. Cerró a cal y canto la puerta de la habitación de sus padres y el salón; sobrevivía de la suya a la cocina y el baño haciendo carreras de obstáculos para no pensar demasiado. Limpiar, limpiaba poco; ¿para qué? Si no había ya quien lo desordenase. Eso sí, de los platos tras comer se encargaba al minuto. Costumbres de madre.

La echaba en falta desesperadamente. No sólo había sido madre, sino su confidente y mejor amiga. No siempre fue así, pero en los últimos años no tenía a nadie más cercano.

Su padre desapareció del mapa cuando David tenía trece años. Le hizo polvo. El padre ni se molestó en mantener contacto; en la nueva familia ya había otro hijo y a David ni lo quería ver. Todo eso acabó en rabia y mucha amargura contra su madre, que aguantó como pudo. Le consolaba, le tapaba, y aún cuando una noche regresó borracho perdido, fue capaz de sentarle en silencio en la cama, acariciarle el pelo y llorar en silencio. Ahí David comprendió que estaba rabiando contra la persona equivocada. Sólo tenía a esa madre, que le quería de verdad.

Desde entonces inició la larga travesía para reconciliarse consigo mismo, con su madre, y con el mundo. Siempre estuvo a su lado, aguantando su ira y sus días malos… siempre.

La pérdida, hace solo seis meses, le seguía pesando. No volvería a abrirle la puerta al volver del trabajo, ni estrecharía los brazos alrededor de su cuello exigiéndole un beso en la frente “para ver si tienes fiebre”, ni preguntaría:

¿Cómo te va? ¿Tienes hambre?

Daría lo que fuera por volver a sentir eso otra vez, aunque sólo fuera un instante, darle al tiempo a marcha atrás… pero no pudo despedirse como Dios manda.

El día que la ambulancia vino a buscarla, tosiendo como si fuera a romper los pulmones, ni se le pasó por la cabeza que sería la última vez. Se dio cuenta demasiado tarde.

Ambos enfermaron casi a la vez, pese a las mascarillas, los guantes y el gel hidroalcohólico hasta en los bolsillos. Pero a David le tocó la peor parte, febril y con la cabeza hecha añicos apenas entendía el mundo. Ni siquiera la ambulancia quiso llevarle al hospital: “Joven, aguanta. No es para tanto. Mejor que espere en casa”. Su madre hizo de enfermera y ángel a la vez, sin dormir, controlándole y olvidándose de sí misma.

Cuando a él por fin le dio un respiro la fiebre, fue ella quien se vino abajo. Y esta vez los de la ambulancia no dudaron ni un segundo: “Muy mal, nos la llevamos”. No la volvió a ver.

Tras los cuarenta días, encontró una carta suya en la mesilla, escrita a mano como siempre. Era clásica de libro: los móviles, ni tocarlos, y en vez de WhatsApp, papel y boli. De hecho, de vez en cuando le escribía cartas, porque decía que así no metía la pata ni decía cosas de las que luego arrepentirse.

Guardaba todas esas cartas como oro en paño. Rara vez era capaz de leerlas de nuevo, pero la última la sabía casi de memoria. Su madre, como siempre, supo anticipar todas las tormentas:

«David, hijo, cuídate. Mientras me recuerdes, seguiré a tu lado, y si tus hijos me recuerdan, viviré aún más tiempo. Quizá no me conozcan nunca, pero tú diles quién era su abuela. ¡Ojalá tengas tus peques algún día! Como tú de chico, con tus cosas… y ese genio que te hacía reírte después de romperte la nariz por cabezón. Que no te falte nada de eso: la vida no es sencilla, pero vale la pena intentarlo. Si Lidia sigue a tu lado, bien. Si no, déjala ir con cariño. Que los recuerdos, aunque duelan, también enseñan. El tiempo de los demás es igual de valioso que el tuyo; si te lo dedican, valora lo que significa. Da tu tiempo a quien de verdad te importe, no lo regales sin más. Así al menos sabrás que lo hiciste bien.»

Y, como buena pitonisa, Lidia se fue dos meses después que su madre.

No lo dejó tirado de inmediato: le ayudó, estuvo cuando lo necesitó, pero acabó marchándose. No pudo estar mientras estuvieron malitos: coincidió que estaba en casa de los padres y al volver, le agarró la mano y no le soltó mientras a él le costaba aceptar la pérdida. Pero se fue. Muy educada, sí, pero lo dejó solo.

Con la carta de su madre en mente, David fue capaz de no amargarse de más. Se separaron bien, pero eso no le quitó peso al dolor. Se culpó a sí mismo, a Lidia, al destino, al universo entero por esa pena que nunca se le iba.

Hacía su vida: currando, haciendo la compra, intentando cocinar y echando la mayoría al cubo de la basura, y bajaba al balcón a filosofar con un té frío en la taza que le regaló su madre, mirando las ventanas de enfrente ondeando vidas ajenas llenas de luz, preguntándose qué hacer con la suya.

Por eso, la aparición del gato hasta le hizo cierta gracia. Al menos ya tenía a quién atender, aunque fuera un peludo con cara de circunstancias.

Nada más ponerle un platito de leche, el gato revivió. Ni tocó la salchicha perdida en el frigo; la escarbó como buscando deshacerse de semejante bazofia. David se rió.

Macho, ni para tragar basura. Mira que eres fino… le quitó la salchicha y se sentó a mirarle. ¿A que sí? No te ofendas, pero no hay más. Si quieres, aquí tienes tu casa…

Lo dijo sin pensar. Pero así se hacen las cosas importantes.

Eran dos desechos: él, solo, olvidado incluso por la tía que vivía en Sevilla, y el gato, más solo que la una, sin dueño ni refugio.

No hacemos mal equipo… David le pasó la mano con cuidado por el lomo y el gato, en vez de bufar, se estremeció de gusto o de asombro al recibir caricias.

La leche no duró nada, y el gato miró a David exigiendo repetición inmediata. Cuando recibió el segundo plato, la gratitud fue tan sincera como breve: se fue a la entrada, se sentó y empezó a maullar como alma en pena.

Vaya tela… qué desagradecido eres David se encogió de hombros, aceptando la desilusión. Justo ahora que pensaba que algo podía cambiar, y ya te me largas… ¿Será cosa de maldiciones familiares, como los personajes de esas pelis de mamá?

¡Venga, fuera! abrió la puerta y dejó salir al gato. Si tienes hambre, ya sabes dónde vivo; siempre hay leche.

El gato, ni adiós. Bajó las escaleras y desapareció.

Ni se ha girado… murmuró cerrando la puerta, resignado.

Otra noche solo. ¿Cuántas van? Ni interesa contar. Podría llamar a algún amigo ahora que ya se permite, claro, pero ni ganas. En estos meses, aprendió que la gente tiene su vida y sus penas, y que incluso los más cercanos pueden olvidarse de ti como si fueras un sueño raro. Ni un mensaje, salvo de Lidia, que llamaba a veces para cumplir. Ya sabía que ella se iba a casar con un tipo apañado: buen trabajo, chalé en la sierra, todo lo que uno espera para estrenarse en la vida. Cada uno hace su camino, y más vale no intentar repetirlo.

En el balcón, con el té tan frío como la nevera del bar, David se prometió salir del pozo. Que bastante llevaba escondido. Ya estaba bien: la madre no volvería y, si no se ponía las pilas, pasaría la vida mirando ventanas ajenas, con el corazón helado.

La brisa veraniega ondeaba la cortina, los chavales del barrio aporreaban una guitarra desafinada en el parque y David, suspirando, fue a fregar la taza. Al ir a abrir el grifo, algo raro le puso los pelos de punta: un ruido en la entrada. Oscuridad y escalofríos, como cuando era niño y su madre le compró dos lamparitas para espantar al Coco del pasillo.

¿De qué Coco hablas, David? Eso no existe.

Lo decía la profe del cole: que se lleva a los niños malos.

Pues nada, tú no eres malo.

Lo recordó ahora, entre humor y nostalgia.

¡Va a ser eso! Que viene el Coco… rió con tristeza y pulsó la luz yendo a la entrada.

El ruido venía de la puerta. Alguien arañaba con rabia, exigiendo atención.

Miró por la mirilla. Nadie.

Ya me falta el tornillo… musitó, pero decidió abrir de todas formas. Total, peor no puede ir la cosa.

El gato reapareció, tambaleante, y justo cuando David iba a hablar… ¡zas! Agarró un cachorro minúsculo de la alfombrilla y se lo metió en el piso como quien lleva la compra.

¡Ay madre, lo que me faltaba!

David recogió a la criatura, que se removía buscando calor y maullaba como un despertador poseído.

¿Pero no eras tú un macho? ¡Si eres una gata! miró a la recién llegada, que pisaba fuerte con aire de patrona. ¿Y ahora qué hago yo con esto?

La gata ni caso, vuelta y pa’ abajo a por más. Ni tiempo tuvo David de ocupar la cabeza cuando ya estaba de vuelta, con otro cachorro colgando.

Tras el tercer viajecito, David se sentó en las escaleras del portal, resignado a ser la carretera de tráfico pesado de felinos. Entendió, con una mezcla de asombro y alivio, que tenía ante sí la única revolución que deseaba: un cambio. No sabía hacia dónde llevaba, pero al menos era aire fresco. Y hacía lo que más tiempo llevaba sin hacer: sonreír.

Los mininos rebullían, husmeando su mano, mientras él los acariciaba con esa ternura de quien se redescubre útil.

La gata, tras el quinto, se instaló a su lado, con una mirada que preguntaba sin palabras si ahora él era oficialmente su niñera.

¿Qué? ¿Se supone que me los tienes que endosar a mí?

La gata parpadeó y, David juraría, esbozó una mueca irónica antes de inspeccionar la casa, sin ninguna vergüenza.

David recogió la camada y la siguió obediente.

La gata, metódica y profesional, recorrió el pasillo, inspeccionó el cuarto marcando con la pata lo que le disgustaba y remató la faena en la cocina.

Entiendo. Lo primero, limpieza y sitio para los peques… ¡Ya lo tengo!

Rescató la cesta de mimbre de su madre, la de hacer la compra en el mercado de Chamberí, y un viejo pañuelo que de niño le ponían de compresa cuando la otitis hacía de las suyas.

La gata, atenta, supervisó cada paso mientras preparaba la camita para la prole.

¿Te gusta así? acercó la cesta y, como agradeciéndolo, la gata se restregó en su mano, para acto seguido ir depositando a los pequeños en su nuevo nido.

Perfecto, y ahora a dormir. Mañana curramos. ¡Ah! Casi se me olvida…

Un viejo salvamanteles hizo de improvisada bandeja para la gata, que lo miró rara al principio, pero tras observar que había puesto servilletas (no tenía periódicos) entendió la movida: ahí va el arenero. Y para su sorpresa, la gata fue tan pulcra que David sintió que aquello era solo el principio de una convivencia de categoría.

Muy bien, pero… ¿cómo te llamas? ¿No tendrás nombre? Así, a secas: “gata”, queda cutre. ¿Te pusieron alguno?

Le devolvió el silencio.

Nada, ya lo inventaremos. ¿Misu? ¿Donatella?

Bufido de gata ofendida.

Vale, vale, ni Misu, ni Donatella… paciencia. Nunca tuve gato, sólo peces y hamsters. Dame margen.

La gata se movía con tal dignidad que David recordó la canción favorita de su madre, esa que sonaba en los guateques familiares.

¡Simona! ¿A que sí? ¿Te cuadra?

Silencio, que David tomó por bendición.

Apagó la luz y se retiró a dormir. Por primera vez en mucho tiempo, la soledad no le pesaba.

Despertó por la mañana con algo que cosquilleaba su mejilla y le respiraba en la cara.

¿Lidia…?

Un bufido indignadísimo le puso en su sitio.

Simona le miraba desde la almohada con esa seriedad de madre mandona que no acepta retrasos. A David le vino la imagen de la suya: siempre pendiente, lista para levantarle de la cama.

¡Gracias! ofreció la mano con cautela. Si no te gusta, dilo…

La gata, agradecida, aceptó el gesto y bajó despacio, guiándole a la rutina.

El resto del día, David no pudo evitar sonreír. Ahora sí tenía motivos para volver a casa. Simona ya le había dejado claro que de vivir en el trastero, nada; necesitaba orden, limpieza y comida decente. Una madre, aunque sea de alquiler, no se contenta con batidos de leche.

El primer fin de semana, David llevó a Simona y su cuadrilla al veterinario de la esquina de la Calle Fuencarral. El doctor, de los de reloj de cadena y cejas como escobas, se quedó flipando al examinar a la gata.

¡Oiga, chaval, pero cómo la cuidas! ¡Es una siamesa de pura raza, y lleva hasta chip! ¿No es tuya, verdad?

No, vino sola. ¿Y los peques?

Los peques son hijos del pecado, y el padre es un trasto tan guapo como canalla. ¡Míralos! Un escándalo. Yo soy poco de mezclas, pero aquí la genética se ha lucido.

Simona, muy digna, no podía explicar su historia: la regalaron de cachorro a una chica joven en el barrio de Salamanca, que apenas la miró dos veces antes de dejarla al cuidado de la asistenta. Malcriada a base de mochos y gritos, pronto comprendió que el cariño humano era un mito. El novio de la joven, antianimalista recalcitrante, un buen día la arrojó por la ventana del quinto piso como si fuera el gotelé. Sobrevivió de milagro, gracias a unos setos. Vagó días, fue rechazada, maltratada, hasta que, un mal golpe, acabó frente a los cubos de basura. Ahí tampoco pintaba nada. Así que se refugió en un sótano, aprendió a cazar, y el primer gato que se le acercó terminó de padre de familia. Así empezó su odisea, hasta acabar en casa de David, a bufidos y zarpazos, convencida de que nadie le daría sitio… hasta que David, por llevar la contraria a su mala suerte, le abrió la puerta. Y, poco a poco, ambos, escarmentados y rotos, aprendieron a cuidarse uno al otro.

Simona vigilaba toda la casa mientras David trabajaba; le recibía con dignidad y formatos de cariños, creciendo en confianza a medida que los días y los gatos se sucedían.

David, en un arrebato, logró contactar con la antigua dueña via chip, pero se desentendió de la gata al momento. Así que, desde entonces, fueron oficialmente familia.

Lo que Simona le devolvió no fue solo compañía, sino el convencimiento de que importaba a alguien. Y así, poco a poco, la vida volvió a aquel piso. Los gatitos encontraron casa con amigos y vecinos de confianza; uno volvió, tiempo después, a su casa, esta vez con una nueva compañera humana de ojos grandes y manos tan cálidas como las de David. Simona, siempre desconfiada, la puso a prueba pero terminó aceptando, satisfecha, cuando vio que era “de las buenas”.

Una de esas tardes, Simona le arrimó una colleja a su retoño por arañar el sofá nuevo, y salió al balcón para saltar a los brazos de David. Los dos, ya no solos, admiraron Madrid al anochecer. Cuatro manos cálidas la acariciaron y un susurro en el oído de David le hizo estremecerse de emoción. Era la noticia que tanto necesitaban: la familia iba a crecer.

¡Ya era hora! Cuanta más alegría, mejor: David, por fin, iba a tener sus propios “gatitos”. Porque si fue capaz de acoger, cuidar y querer a los ajenos, ¡a los suyos les iba a dar aún más! Y esos serían, sin duda, los más felices y queridos del mundo. Y Simona, desde luego, sería la tía abuela que pondría orden.

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Simona
¿Alitas o muslitos de pollo?