Apostando por el amor

Apuesta por el amor

Vaya, así que Iñigo ya ha ganado comentó el hombre con una sonrisa sarcástica, lanzando una mirada a Inés, que salió apresurada del portal. La chica se quedó quieta un instante, mirando a su alrededor, desconcertada. Sintió un pinchazo desagradable en el pecho: ¿habría sido aquello para ella? Una inquietud helada le recorrió por dentro, porque las palabras sonaban a algo de lo que ni siquiera tenía noticia.

¿Perdón? ¿Me habla a mí? preguntó, frunciendo levemente el ceño. Su voz tembló pese a sus esfuerzos por mantener la calma. Una incomodidad creciente la envolvía: aquel desconocido sabía algo que ella ignoraba.

Nada, cosas mías respondió Elías, quitándole importancia con un gesto de la mano. Quería comprobar si lo que contaba Iñigo era cierto, y ya veo que sí, que no mentía. Enhorabuena, es la quinta conquista seguida de nuestro incansable Don Juan añadió con ironía, entrecerrando los ojos para observar la reacción de Inés, como quien observa un experimento.

No le entiendo nada dijo ella, mordiéndose el labio, ruborizada por confusión y rabia. ¿Conquista? ¿Quinta victoria? ¿Qué tontería es esa?, pensó, apretando los puños para contenerse. ¿Está usted bien de la cabeza? ¿Y de qué conoce a Iñigo?

Ya ve, tenemos conocidos comunes. Digamos que somos camaradas contestó Elías con serenidad. Y por supuesto que estoy bien, no se preocupe su tono era plano y casi desinteresado, pero sus ojos tenían un deje burlón.

Elías se incorporó del banco y se estiró, crujido de espalda incluido tras una larga espera. Llevaba rato aguardando la llegada de Inés y sabía ahora todo lo necesario. Una más, otra ingenua a la que las dulces palabras de Iñigo habían convencido. Pronta a descubrir que no era más que parte de un cruel juego. ¿Cómo pueden caer tan fácilmente en su encanto?, se preguntó con una compasión involuntaria ante la sinceridad y desconcierto de la joven.

¡Espere! exclamó Inés, dando un golpe temerario con el pie en el suelo. Su voz sonó firme, vibrante de indignación, y su mirada se volvió decidida. ¿Dejas caer esas frases misteriosas para luego marcharte silbando cualquier tonada? ¡Eso no! Explíqueme ya: ¿qué quinta victoria? ¿Y qué tengo yo que ver con todo esto? dijo avanzando, haciéndole frente y mirándolo con determinación.

Elías se detuvo, observándola con cierta lástima. ¿Contárselo, o dejarlo pasar? Dudó unos segundos. Por un lado, no le gustaba entrometerse en asuntos ajenos; por otro, un baño de humildad no le vendría mal a Iñigo. Finalmente, suspiró y tomó una decisión.

Está bien, escucha bien… comenzó, dándose un paso hacia ella y bajando la voz. El caso es que Iñigo apostó contigo su sonrisa era gélida. ¿Me crees? ¿O prefieres comprobarlo por ti misma? Elías ladeó levemente la cabeza, con una medio sonrisa.

¿Y por qué tendría que creerle? Ni siquiera nos conocemos replicó Inés, endureciendo la voz. Notó cómo la determinación sustituía a la perplejidad. Tal vez fuera una trampa, un intento de separarles. La posibilidad de una mentira la desgarraba, pero no quería pensar mal de Iñigo. Él le parecía atento, dulce, siempre pendiente de cada detalle que le gustaba. Recordó aquel primer café juntos, el aroma a bollos recién horneados, la luz tenue, la forma en que él sonrojado la abrazó… ¿Cómo imaginar que ese muchacho tan afable era capaz de una villanía, que para él sólo fue una apuesta? No puede ser, pensaba, pero la duda ya se aferraba a su alma.

Eso depende de ti dijo Elías, sin inmutarse, aunque una chispa retadora afloró a sus palabras. Ven, lo comprobarás tú misma.

Con titubeos, Inés aceptó la mano que él le ofrecía. El leve roce la hizo temblar. Encuadró la situación: ¿por qué Elías querría ayudarla? ¿Qué ganaba? ¿Qué le movía? Su mirada se perdió un segundo en la calle familiar, buscando alguna señal. El corazón le latía con fuerza y el aire pesaba.

¿Por qué quiere ayudarme? murmuró.

No me gusta ver cómo otra alma cándida se deja engañar gruñó Elías, en un tono poco habitual en él. De repente parecía casi paternal. La anterior acabó en el hospital, e Iñigo ni se inmutó, sólo bromeó sobre lo mucho que le aman. Elías frunció los labios, disgustado.

Si usted pertenece a esa misma cuadrilla, también tendrá su historial de corazones rotos, ¿no es cierto? disparó Inés. Se forzaba a mantenerse firme, aunque las lágrimas amenazaban con asomarse.

No soy un santo replicó él, sin ofenderse. Pero yo nunca he jugado con los sentimientos de una muchacha por diversión o por una apuesta. Eso es vil. Y no me hace falta el dinero ajeno. Iñigo ni trabaja ni estudia… vive de estas victorias.

¿Y si pierde? la voz de Inés se quebraba, la desolación se la comía por dentro.

Pierde el piso donde vive, un señorial en pleno centro de Salamanca ironizó Elías con media sonrisa. Felicidades, eres un gran trofeo. Y para que no te lleves a engaño: ese piso también lo ganó en una apuesta. No tiene nada propio dijo sin rencor, acercándole la dura realidad. Mejor saber la verdad ahora y no cuando duela más.

¿Nunca ha perdido? se debatía Inés, aún esperando que todo fuera una broma cruel. Pero ahora todo le parecía sospechoso: los avances veloces, los amigos de él y sus indirectas. Se forzó a respirar hondo.

Sólo una vez, que yo recuerde Elías se encogió de hombros. Porque la muchacha era hija de un comandante de la Guardia Civil, y a Iñigo le pudo el miedo. Se rindió de inmediato. ¿Vienes? Mi coche está cerca.

¿Qué por qué a tu coche? dudó Inés, alarmada.

Tengo un portátil dentro Elías sonrió condescendiente, suavizando el tono. Está conectado a una cámara en el piso. Podremos ver todo en directo. Menos mal que esta vez todo es en mi casa.

Inés tardó sólo instantes en decidirse. El deseo de saber superó al miedo, y caminó hacia el coche de Elías. Aun le temblaban las manos, pero caminó erguida.

Ya sentada en el asiento de copiloto, Inés miró la pantalla. Iñigo reía en el salón, abrazando a una joven acurrucada a su lado. Lucía esa misma sonrisa que tanto le había gustado a Inés, que ahora le resultaba falsa. El tema de la apuesta surgió enseguida. Uno de los chicos palmeó a Iñigo en la espalda, otro bromeó, todos reían. Cada palabra era como un navajazo, cada risa etilizada un golpe. Inés sentía que el frío ascendía por el cuerpo, y un nudo le oprimía la garganta. Se obligó a cerrar el portátil y a erguirse, esbozando una sonrisa glacial a Elías. Ya no era la misma enamorada.

¿Me pasarás después el vídeo? Cuando vea su cara al perder dijo con voz calmada aunque todo en su interior era un torbellino de rabia. La indignación le helaba la voluntad: se sentía nueva, impasible. Ahora irás allí, ¿verdad? Hazle llamarme, y ponle el manos libres.

¿Y qué le dirás? No me gustaría que supiera que yo he intervenido preguntó Elías, sorprendido por la frialdad de Inés.

Tranquilo sonrió ella, fría. Le diré que ya no voy. Que su insistencia me ha alejado. Le dejaré destrozado, como yo me siento ahora.

Hecho. Te mandaré el vídeo asintió Elías.

*********************

Iñigo, al ver que Inés no aparecía a la hora prevista, sacó su móvil nervioso. Un amigo le empujó: Llama, ponlo en altavoz, a ver si ya has perdido la apuesta.

Marcó. Cada tono se le hacía eterno. Al fin, al otro lado, la voz fría de Inés:

¿Sí?

Iñesita, ¿dónde andas? ¡Te esperamos todos! Mis amigos quieren conocerte, ¡date prisa! intentó mostrar despreocupación.

He cambiado de opinión la voz de Inés resultaba despegada, sin rastro del cariño habitual. Has sido demasiado insistente, Iñigo. Me he dado cuenta de que no tenemos futuro.

Iñigo palideció. Los amigos, atentos, contenían la risa a su alrededor.

¿Qué…? ¿Qué dices? ¡Quedemos, hablamos, todo tiene arreglo!

No hay nada que arreglar el tono de Inés ya era hielo puro. He comprendido todo. Adiós, Iñigo.

Colgó. Iñigo dejó caer el brazo, el móvil en la mano. Su mundo temblaba.

Bueno, Iñiguito, parece que has perdido dijo un amigo, palmoteándole la espalda. La carcajada general inundó el salón. Lurdes, la chica que le acompañaba, dio un paso atrás y le miró con desdén.

Venga, no exageréis… intentó bromear, aunque su voz temblaba. Forzó una sonrisa deslucida. Ya volverá, lo veréis. Le llamaré, todo se arregla…

Lo dudo intervino Elías, frío. Por la apuesta, tienes tres días para poner en mi nombre el piso del centro. O ya sabes…

Iñigo quedó lívido. Apretó los puños, incapaz de asumir la derrota.

¡Esto ha sido todo una trampa tuya! espetó, avanzando hacia Elías con rabia. ¡Reconócelo!

Elías le sostuvo la mirada con gélida tranquilidad.

No sé de qué hablas replicó. Sólo recuerdo las reglas de la apuesta.

Iñigo titubeó, aturdido. ¿Cómo lo supo Inés? ¿Quién se lo ha contado? Su desconcierto crecía a pasos agigantados.

Tú has estado hoy con ella… musitó, desesperado.

Pude verla de lejos Elías se encogió de hombros. No he hablado con ella. Quizá ha despertado por sí sola. Quizá otro le abrió los ojos. El caso es que has perdido.

Las risas y los murmullos llenaban el salón. Lurdes se colgó del brazo de Elías, ignorando a Iñigo, quien quedó solo, ajeno y vencido. El barullo y las bromas sonaban lejanos para él. Una piedra le comprimía el pecho.

¿Cómo ha sido posible? se preguntaba. Siempre había conseguido lo que quería, siempre había salido airoso. Y ahora, todo estaba perdido y ni siquiera sabía quién le había jugado el jaque mate.

Elías le miró de reojo antes de salir:

Por cierto, Iñigo, date prisa con la firma. Y… quizá deberías empezar a vivir con decencia.

*************************

Al día siguiente, las redes de la ciudad, de Valladolid a Madrid, hervían de mensajes. Tras un post anónimo pero certero en la página más popular, toda la trayectoria de Iñigo como seductor por apuestas fue expuesta. Se relataba cada victoria con fechas, iniciales y hasta fragmentos de conversaciones que alguien había tenido el arte de grabar. Pronto el post sumó cientos de comentarios: algunos indignados, otros disfrutando del escarnio, otros incrédulos.

El pantallazo del escándalo corrió como la pólvora: grupos de WhatsApp, Twitter, muros de Facebook. Al caer la tarde ya circulaban memes: uno mostraba a Iñigo coronado como el mayor seductor de Castilla y sin casa. La caricatura se enviaba de grupo en grupo.

En los comentarios, decenas de chicas compartían sus vivencias: algunas relataban cómo él desapareció tras una semana de atenciones, otras cómo prometió amor para después bloquearlas. Incluso apareció un audio, filtrado, donde Iñigo narraba entre risas a sus amigos su última conquista, presumiendo de lo fácil que le fue engatusarla. La grabación corrió por la red, citada y analizada por todos.

Iñigo, desesperado, intentó silenciar los rumores, contactando con los administradores y pidiendo que retiraran los posts, alegando exageraciones y malentendidos. Era inútil: el daño ya estaba hecho. Incluso en los buscadores, al poner su nombre, el primer resultado era ese escándalo rotulado como candente.

El móvil vibró nuevamente. Un número desconocido le envió:

¿Qué tal se siente que todos sepan la verdad, Iñigo? ¿Harás apuestas con tu vida ahora?

Sintió que le faltaba el aire. La reputación de años, cultivada a base de guiños, sonrisas y frases ingeniosas, se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Todas esas conquistas, las bromas, el coqueteo, ahora resultaban patéticos y vacíos. Se dio cuenta, al fin, del precio que tenía su manera de jugar con los demás. Por primera vez, supo a conciencia lo que significaba perderlo todo, y por su propia mano.

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