El secreto del jefe

El secreto del jefe

Nuestra querida jefa tiene que estar saliendo con alguien, seguro susurró Inés a su compañera, bajando la voz. ¡Y fijo que se ha peleado con esa persona! Si no, ¿por qué está siempre de malas con nosotras? Nos pide cosas imposibles

La otra solo chasqueó la lengua, dejando claro que no pensaba entrar en ese juego. Se giró hacia su pantalla, pasando de seguir la charla. Pero Inés no se rendía ni de broma.

¡Venga ya, Lucía! ¿No tienes curiosidad? subió un poco la voz, a punto de que la pillaran. ¿Y si tiene problemas en casa y por eso nos grita todo el rato? Igual le pasa algo y ni nos enteramos

Y, claro, el cotilleo no pasó desapercibido. Carolina Ramos, que dirigía la reunión, interrumpió de golpe y la miró con una frialdad digna de estatua en la Plaza Mayor.

Inés, ¿te parece poco interesante lo que estamos tratando? pronunció cada palabra como si dictase sentencia. ¿O prefieres salir tú a exponer tus ideas?

El corazón de Inés dio un brinco, y sintió ese temblor interno que solo da cuando sabes que te han pillado. Parpadeó, intentando recomponer la compostura. ¿Cómo lo capta todo esta mujer?, pensó.

Perdón, Carolina, simplemente compartía una idea con Lucía balbuceó, intentando sonar segura. Nada del otro mundo, solo pensamientos en voz alta.

Carolina arqueó levemente la ceja, con esa medio sonrisa condescendiente de quien sabe que le están mintiendo en la cara. Pero decidió rematar la situación.

Ilústranos, ¿cuál es esa idea tan vital? dijo, con ese tonillo irónico. Te escuchamos.

A Inés le recorrió un escalofrío por la espalda. Forzó una sonrisa, buscando una salida digna.

Mejor lo dejo para más adelante, ¿vale? apenas le tembló la voz. Necesito currármelo más antes de compartirlo. Así no hago perder el tiempo a todo el mundo.

Carolina esbozó una sutil mueca burlona.

Muy bien. Para el viernes espero tus ideas, bien pulidas remarcó la última palabra. Que sean útiles para la empresa. Podemos seguir.

Inés enmudeció y clavó la mirada en la mesa. Sentía las mejillas ardiendo de vergüenza, y no podía evitar mirar de reojo a la jefa, medio molesta, medio fastidiada por la bronca y encima con tarea extra.

Lucía, sentada cerca, casi no podía ocultar la sonrisa. Aquella escena, con la indignación y los pucheros de Inés, le parecía hasta cómica. Se mordía el labio para no soltar la carcajada y disimuló tecleando algo en el portátil, aunque no podía dejar de espiar la cara de su amiga.

Al terminar la reunión, Inés casi salió corriendo antes de que Carolina anunciase que podían marcharse. Lucía la siguió, conteniendo la risa y mostrándole una sonrisa cuando entraron a la oficina compartida. Inés se dejó caer en la silla y dio un portazo a su portátil.

Encima no me ayudas farfulló, cruzando los brazos. ¿De qué te ríes? ¡Ahora tengo que inventarme algo para el viernes! ¡Y solo tengo tres días!

Te lo digo mil veces: en las reuniones, mejor estate atenta se rió Lucía, sirviéndose un té. Sacó una tableta de chocolate del cajón y la colocó junto a la taza. Tranquila, toma un poco de energía y ponte a trabajar.

Inés posó la mirada en el chocolate como si le ablandara la rabia, pero en seguida frunció otra vez el ceño.

¡El trabajo puede esperar! replicó. Hay un asunto más jugoso: ¡la jefa nueva!

Lucía negó con la cabeza, sin apartar la vista de la pantalla. Ya estaba más que acostumbrada a los cotilleos de Inés sobre cualquier superior.

Nueva, nueva Lleva ya dos meses, Inés, creo que ya no vale lo de nueva comentó, mientras escribía.

¡Me da igual! insistió Inés. Apenas llegar, puso normas nuevas. Echó a varios

A los que nunca daban palo al agua, eso sí replicó Lucía. Y a nosotras nos ha subido el sueldo.

Ahora miró a Inés directamente:

Y las reuniones son más cortas. Antes nos tirábamos dos horas para lo mismo. Ahora, al grano y nos sobra tiempo.

Inés se lo pensó un segundo, pero encontró rápidamente otro argumento.

Sí, pero ahora tenemos más informes y fechas mucho más apretadas

Lucía sonrió:

Pero todo va mucho más ágil. Si te fijas, los proyectos se entregan antes del plazo.

Inés suspiró, cogió el chocolate y rompió un trozo. Los argumentos de Lucía le hacían dudar, aunque se resistía a reconocerlo del todo.

Bueno, quizás tienes razón murmuró, ordenando papeles en la mesa, distraída. Yo pensaba que no tenía pareja ni nada Pero ahora me da que seguro que sí. ¿Y si voy a preguntar en Recursos Humanos?

Lucía suspiró, ya cansada de la obsesión de su amiga.

¿Pero para qué? intentó sonar paciente. ¿Qué tiene que ver la vida privada de la jefa con tu trabajo?

Pero Inés estaba ya maquinando su plan, imaginándose el interrogatorio.

Es que siempre está de mal humor. ¿Y si tiene bronca en casa y paga el pato aquí? Yo necesito saberlo

Lucía negó con la cabeza, viendo el desastre venir.

Mira, Inés, ¿y si nos ponemos a trabajar, antes de que te eche por gandula?

Pero Inés ni caso; su curiosidad era imparable.

¡No, no, esto hay que investigarlo! Voy a hablar con el resto a ver si sacamos algo.

Lucía la miró resignada. Sabía de sobra lo que iba a pasar si seguía con esos cotilleos: acabaría metida en un lío tremendo. Pero detener a Inés era como parar una tormenta.

Efectivamente, Inés se puso manos a la obra. A cada compañero le soltaba algún comentario sobre la jefa, intentando siempre colar la pregunta: si la habían visto acompañada, si sabían algo de su vida privada Recorrió el departamento entero, hasta hablar con quien menos te imaginas.

El resultado: decepción total. Nadie sabía nada o, si lo sabían, no pensaban contarlo. Unos se lo tomaban a broma, otros fingían no entender la pregunta, y más de uno la mandó a paseo por pesado.

En Recursos Humanos la recibieron especialmente fría. Escucharon con educación, luego se miraron entre ellas como preguntándose qué narices hacía aquella preguntando eso. Una de ellas le soltó, seca:

Inés, igual deberías centrarte más en tu trabajo y dejar los chismes.

Cuando insistió, ya sin rodeos la invitaron a volver a su puesto y advirtieron que si seguía dando la murga, avisarían a su responsable directa.

Así que volvió a la ofi con cara de haber visto un fantasma. Se sentó delante del ordenador y se quedó mirando a la pantalla, absorta. Lucía la observó unos minutos en silencio, esperando que sacara una lección de aquello. Pero no, Inés era cabezota: siguió preguntando, preguntando y preguntando. Muchos se reían al verla llegar; otros preguntaban directamente: ¿Te has pillado, o qué?. Pero ni ella lo tenía claro. Había algo en ese misterio que la desvelaba.

Un día decidió probar suerte con Teresa de contabilidad, que tenía fama de enterarse de todo. Inés se acercó a su mesa, fingiendo naturalidad.

Teresa, tú que todo lo sabes ¿La jefa tiene pareja? ¿Está casada o sale con alguien?

Teresa levantó los ojos del Excel, sonrió con media boca y le respondió con calma.

Inés, tú sabes que yo no soy de cotilleos le dijo. ¿Y por qué te importa tanto?

Por curiosidad intentó bromear. Imagínate que está soltera Bueno, es mucha mujer

Teresa negó suavemente, siempre educada.

Aunque lo estuviera, no tienes por qué meterte en su vida. Concéntrate en sacar el trabajo, que tienes tela.

Pasaban los días y Inés solo hacía darle vueltas al asunto. Analizaba cualquier gesto de la jefa, cualquier frase, intentando sacar la mínima pista. Hasta que al final se convenció de algo que le hizo sentir entre nerviosa y feliz.

Una mañana casi tiró la puerta del despacho:

¡Me gusta! dijo de golpe, antes de ni siquiera cerrar la puerta.

Lucía se atragantó con el café por la sorpresa.

¿El quién? logró preguntar, dejando la taza en la mesa para no liarla.

¡La jefa! Inés puso los ojos en blanco. ¡Por eso me interesa tanto su vida! Si está soltera, tengo que mover ficha.

Lucía se la quedó mirando, pensando cómo salir del paso. Sabía más de lo que podía contar, pero decidió medir las palabras.

¿Y si está casada o tiene pareja? preguntó con tacto.

Pues nada, intentaré quitársela dijo Inés, tan contenta. Total, no creo que sea feliz con ella. ¡Y me ayudarás!

¿Que te ayude a qué? Lucía ya no sabía si reír o llorar.

A averiguar si viene sola al evento del viernes. Tú acércate y pregunta, pero sin que se note.

¿Y si viene con alguien? ¿O peor, si le gusto yo? intentó hacerla recular Lucía.

No te rayes, que las pelirrojas no son su tipo. Es lo único que he sacado en claro. ¿Te apuntas?

Lucía no respondió. Por un momento pensó en sincerarse y contarle la verdad: que Carolina no era solo la jefa, sino su mujer. Pero temía que eso acabara en aún más lío en la oficina. Ella y Carolina llevaban meses evitando que el tema saliera a la luz, por miedo a favoritismos y comentarios impertinentes.

El silencio se hizo largo. Inés la miraba con expectación, esperando su OK, y Lucía sudaba pensando cómo salir de allí sin perjudicar a nadie.

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Toda la semana, Inés iba de un lado para otro como en una nube. Llenaba una libreta con frases ensayadas para impresionar a la jefa, paraba en los pasillos repasando en la cabeza posibles diálogos, se ensayaba ante el espejo con distintas sonrisas. En sus fantasías, Carolina se fijaba en ella, le proponía formar un dúo de éxito, vivir en un ático de Malasaña y viajar juntas por todo el mundo, terminando las noches con cenas de película.

Lucía, mientras tanto, la observaba con media añoranza. Sabía que Inés solo se había encaprichado de una idea, de un sueño; no de una persona real. Para ella, Carolina era el trofeo, el premio que demostraba que una podía llegar lejos. Pero Lucía la veía tal cual era: cansada después del trabajo, cariñosa, detallista, real. Nada que ver con ese mito imposible al que aspiraba su amiga.

El jueves, Inés llegó con una bolsa enorme, que ocultó bajo la mesa. En el descanso sacó un vestido nuevo: serio, pero provocativo a su manera, enseñando lo justo, bien entallado, con los hombros medio descubiertos y un cinturón que marcaba cintura.

Pasó veinte minutos en el baño analizándolo todo en el espejo: el tejido, la luz, cómo le asentaba la figura. Al final, salió casi flotando a enseñárselo a Lucía.

¿Qué? preguntó, girando sobre sí misma, buscando halagos.

Lucía levantó la mirada del monitor. El vestido era bonito, elegante y la sentaba bien, pero dudaba sobre si era lo más apropiado para el evento de empresa.

Es mono admitió, pero ¿segura que pega para el viernes?

¡Por supuesto! exclamó Inés. Tengo que ir radiante. No va a poder resistirse.

Se volvió al espejo, radiante y convencida de que por fin todo iba a salir genial. Lucía solo pudo mirarla con cierta inquietud: sabía que el guion nunca sale como uno lo imagina, pero nada que la fuera a decir iba a cambiar ya nada.

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Llegó el ansiado viernes. La oficina se vistió de fiesta: luces en las paredes, globos de colores, mesas largas repletas de jamón, pinchos de tortilla, montaditos y hasta una sangría bien fresquita. El ambiente olía a celebración, a nerviosismo, a ganas de pasarlo bien.

Inés fue de las primeras en aparecer, perfectamente arreglada: el vestido le quedaba como un guante, el peinado de peluquería y el maquillaje justo en su punto. A cada poco miraba la puerta, recolocándose el vestido y el pelo, repasando mentalmente sus frases de ataque.

Lucía llegó algo más tarde, con ese vestido negro discreto de esos que te salvan en cualquier ocasión. Sabía que Carolina estaría allí, pero no pensaba buscar protagonismo. Prefería charlar tranquila, probar algo de picar y, con suerte, echarse un bailecito si el cuerpo lo pedía.

Carolina entró poco antes de empezar la fiesta, tranquila, con una sonrisa ligera y un traje azul marino que la hacía aún más impresionante. Saludó a todos uno por uno y subió a dar un pequeño discurso, de los que te dan ganas de trabajar: agradeció a cada persona, hizo un guiño a varios equipos y prometió proyectos nuevos.

Inés ni parpadeaba tratando de coger hasta el último matiz. Juraba que la jefa la miraba más de la cuenta, o incluía mensajes secretos solo para ella. Se peinó un pelo rebelde, respiró hondo y repasó lo que iba a decirle cuando tuviera ocasión.

Al acabar el discurso, la gente se repartió: unos a picar algo, otros a conversar en corrillos y los más animados a poner la primera canción. Inés se fue derecha a Lucía, que disimulaba en un rincón con un zumo.

Venga, es ahora o nunca le susurró. Acércate a Carolina y pregúntale, pero como quien no quiere la cosa, si viene sola.

Lucía tragó saliva. Aquello le resultaba de lo más violento, pero la mirada suplicante de Inés no le dejaba escapatoria fácil.

Inés, mira empezó, escogiendo bien las palabras. No puedo.

¿¡Por qué!? Inés se enfadó, poniéndose a la defensiva. ¡Eres mi amiga! Es solo una preguntita

Lucía suspiró. No tenía escapatoria. Era el momento de soltar la bomba, aunque le supiera fatal.

Carolina es mi mujer le confesó, mirándola a los ojos.

Inés se quedó de piedra. Primero pálida, luego roja como un tomate. Abrió la boca pero no salía ninguna palabra.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Desde cuándo?

Lucía, incómoda, evitó mirarla directamente.

Medio año respondió en voz baja. No lo contamos por los líos que se montan en el curro. No quería que la gente pensara que tengo trato de favor, porque no es verdad. Así que lo mantuvimos en secreto.

Inés dio un paso atrás, intentando asimilarlo. Mil imágenes le pasaron por la cabeza: miradas, gestos, conversaciones Ahora todo tenía sentido.

¿Y nunca me lo dijiste? sonaba herida. ¡Pero si soy tu amiga! ¡Yo siempre te cuento todo y tú!

No podía insistió Lucía. No era solo mi decisión. Y en el curro mejor que nadie supiera nada para no complicar las cosas.

Inés se quedó muda, procesando. Recordó instantes, detalles, risas. Todo encajaba por fin.

¿Y cómo pasó? preguntó, todavía tocada.

Sucedió sin buscarlo dijo Lucía, sonriendo por dentro. Nos conocimos fuera del trabajo, poco a poco nos dimos cuenta de que encajábamos. No fue premeditado.

Inés se pasó la mano por la falda. Ver derrumbado en segundos ese castillo de sueños la dejó mal cuerpo.

¿Y cuando discutía contigo en las reuniones? O yo preguntándote por ella y tú sin decir nada Sabías que era tu mujer, pero callabas

Claro admitió Lucía. Pero siempre separamos lo personal de lo profesional.

En ese momento apareció Carolina, que pilló al vuelo la tensión. Se acercó despacio y, con voz suave, preguntó:

¿Todo bien por aquí?

Lucía asintió, pero Inés alzó la cabeza, llevada por el subidón de emociones.

¡Pues la verdad es que no! soltó de golpe. ¡Lleváis meses ocultando esto!

Carolina no se alteró. Decidió ir directa.

Creo que esto hay que aclararlo de una vez dijo, alzando la voz para captar la atención. Compañeras, compañeros: sé que hay curiosidad sobre mi vida. Decidimos mantenerla en privado por motivos profesionales, para que nadie pensara en favoritismos o ventajas. Pero, visto que el tema preocupa

Le cogió la mano a Lucía, que se puso como un tomate, aunque le devolvió el gesto con fuerza.

Lucía es mi mujer. Nos casamos hace seis meses.

Un murmullo cruzó la sala. Teresa de contabilidad aplaudió sonriente:

¡Felicidades!

Por la esquina donde se reunían los de informática alguien soltó un ¡Madre mía!, y acto seguido varias cabezas asentían, asimilando la noticia.

Carolina esperó tranquila hasta que pasó el revuelo.

Espero que esto no cambie nada en lo profesional afirmó. Aquí somos todas iguales. Trabajo es trabajo; lo demás es lo de menos. ¡Vamos a disfrutar la fiesta!

Le dio paso al DJ, que retomó la música y los corrillos se recomponían entre risas, canapés y miradas furtivas a Lucía y Carolina.

Vaya tela, yo ahora mismo me busco otro curro suspiró Inés, cuando se atenuó el follón.

¿Pero por qué? le salió del alma a Lucía.

¡Porque he estado a punto de montar una telenovela! bromeó Inés, con amargura. He acosado a todo el mundo, he hecho planes, y ahora piensa la jefa que estoy fatal de lo mío. ¿Cómo la miro a la cara?

No seas tonta le dijo Lucía, tomándole la mano y apretándola con cariño. Aquí nadie guarda rencor. Te aseguro que en una semana ya nadie se acuerda.

No sé, lo mío es de traca se reía ya Inés, mirando a Carolina hablar animadamente rodeada de compañeros. Ahora entiendo por qué la defendías siempre

La miró y, por fin, soltó una risa tranquila. De pronto, todo el embrollo ya no pesaba tanto.

Eres lo más le dijo. Y yo creyendo que eras simplemente su fan ¡qué ilusa!

Solo sabía la verdad respondió Lucía, ya entre risas.

Se quedaron calladas, viendo cómo la fiesta seguía su curso. Música, risas, los brindis. Y al fin, entre confidencias y apretón de manos, dejaron atrás los secretos innecesarios, abriéndose hueco a una amistad más sincera.

Dime, ¿de verdad la haces feliz? preguntó Inés, mirándola de reojo.

Muchísimo. Cada día. aseguró Lucía, con toda la confianza del mundo.

Pues entonces, me alegro un montón susurró Inés, y le ofreció la mano. ¿Paz?

Paz respondió Lucía, devolviendo el apretón.

Y con eso, se dejaron llevar por la noche, la fiesta y la certeza de que, a veces, no hay secreto que valga más que la amistad.

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