Mi suegra tiene un carácter tremendamente complicado y rígido. Sus constantes discusiones y su intromisión en nuestras vidas impedían que mi marido y yo encontrásemos la tranquilidad que tanto ansiábamos. A pesar de su desaprobación, nos vimos obligados a vivir juntos tras la boda por motivos familiares. Muchas veces, salíamos a recolectar moras silvestres, especialmente para hacer mermelada. Sin embargo, lo que recogíamos jamás llegaba realmente a nuestras manos; ella se quedaba con todo.
Al principio, solo iba con ellos los fines de semana porque tenía trabajo, pero después de que naciera mi hija, tuve que acompañarles casi cada día. Mi suegra, Blanca Gómez, insistía en que debíamos ir a primera hora de la mañana, aunque la sierra madrileña era sofocante a mediodía, llena de mosquitos y charcos, sin ninguna protección. Todo lo que recogíamos terminaba guardado en su congelador, como si fuese un tesoro solo suyo.
La situación empeoró cuando mi marido, Javier Fernández, finalmente le habló de nuestras dificultades económicas; también necesitábamos ayuda y apoyo. Esa conversación acabó en una discusión desagradable. Blanca, para vengarse, decidió servirnos una sopa casi sin carne cuando fuimos a cenar; la carne flotaba débilmente entre las verduras y no pudimos disimular la decepción. Me sentí humillada y, llena de tristeza, me encerré en el cuarto de baño y rompí a llorar.
Tras ese episodio, tomamos la decisión de alquilar un piso pequeño en Alcalá de Henares y mudarnos lejos de mi suegra. Aquel cambio nos devolvió la calma y permitió que viviéramos con dignidad y respeto. De vez en cuando vamos de visita, pero me niego a tomar café en su casa, en señal de protesta silenciosa por su actitud. Sé que entiende el porqué de mi gesto, pero me da la impresión de que le es indiferente.
¿Qué pensáis vosotros de esta conducta entre nuera y suegra? ¿Quién creéis que actúa correctamente?







