Hace muchos años, una mujer de cincuenta y seis años comenzó a notar las huellas del tiempo en su rostro. No había en ello nada de raro; el reloj no espera y la vejez llega para todos. Sin embargo, ella se asustaba cada vez que su reflejo le devolvía la mirada desde el espejo, pues sentía que el envejecimiento avanzaba con inusitada rapidez, como si cada día alguien le robara su juventud y su hermosura, maquillándola con pinceladas de años.
No mucho tiempo atrás se veía estupenda. Lo sabía, además, por las palabras de un anciano que siempre se sentaba en el banco del parque, ese que no faltaba a su cita ni en las frías mañanas de invierno ni bajo los cielos de primavera madrileña. Don Leandro Jiménez, que así se llamaba el caballero, acostumbraba a saludarla de manera cortesísima, levantando su sombrero de ala ancha o, en los días más fríos, acomodándose el gorro de piel. La miraba con ternura y siempre le decía: ¡Qué bien se la ve! ¡Qué señorita más guapa!.
Cada mañana, la mujer pasaba junto al banco de don Leandro en su camino al trabajo y él, fiel a su costumbre, le regalaba sus amables palabras. Ella continuaba el resto del día con una sonrisa brillante, porque no solo él, sino otros también la elogiaban con piropos sinceros. Y, en verdad, se veía radiante.
Hasta que un día, la mujer se percató de que hacía ya tiempo que no veía al anciano en su banco. Preguntó a los vecinos y se enteró de que don Leandro había sido llevado a una residencia de mayores. Sus hijos, que vivían lejos, no podían hacerse cargo de él y, a los noventa años, necesitaba cuidados y atención constantes.
La noticia distrajo a la mujer de sus pensamientos acerca de la edad. Se sorprendió de cuánto pensaba en don Leandro Jiménez. Averiguó la dirección de la residencia, compró dulces y fruta como se estila en España al ir de visita y el domingo por la mañana tomó el autobús para visitarlo.
Allí estaba don Leandro, sentado en su butaca frente a la ventana, desayunando un tazón de leche con magdalenas, la merienda de los ancianos de siempre. Al verla, se iluminó su rostro y exclamó con alegría: ¡Qué alegría verla, doña Elvira! ¡Qué bien se la ve! ¡Qué señorita más guapa!. Enseguida se acercaron otros abuelos y abuelas, y todos colmaron de halagos a la mujer, con la cordialidad y ternura tan propias de la gente mayor.
Al llegar a casa aquella tarde, Elvira se detuvo ante el espejo. Sus mejillas lucían un tono rosado y vivaz, los ojos le brillaban y el cabello le caía ondulado y suelto, como rejuvenecido. Las arrugas parecían haberse suavizado y la sonrisa le daba frescura al semblante. En ese instante, se reconoció de nuevo como una mujer atractiva, incluso más joven de lo que marcaban los años en su carnet.
Fue un pequeño milagro, pensaba después. Desde entonces, cada domingo Elvira acudía a la residencia. Ayudaba en lo que podía y organizaba talleres de baile para los mayores, pues en su día había dado clases de sevillanas en el barrio. Lo hacía, no para conservar la juventud, sino porque sentía que llenaba su corazón de alegría y compañía. Era reconfortante sentirse querida, esa mezcla de hija y nieta para los viejecitos, y recibir palabras cálidas, verdaderas, nacidas del alma generosa.
Las personas a menudo actúan como espejos. Pero no como los normales, sino espejos mágicos. Al encontrarnos con almas así, florecemos y renacemos; la espalda se endereza, los pasos se hacen ligeros, los ojos centellean y la sonrisa asoma con naturalidad. Pero también hay espejos que nos debilitan y envejecen, nos encorvan y apagan.
Por eso, pensaba Elvira, hay que cuidar esos espejos mágicos, a la gente buena y sincera que nos mira con cariño y nos regala las palabras que curan. A los mayores hay que protegerlos, porque mientras haya abuelos y abuelas entre nosotros, seguimos siendo jóvenes y capaces de ayudar. Así lo creía Elvira, la mujer que recuperó la juventud y la belleza simplemente dando y recibiendo un poco de afecto verdadero. Y no le faltaba razón.






