A principios de este año, pasé por una de mis antiguas clases del instituto. En medio de la lección, una chica pidió permiso para ir al baño, pero el profesor, firme como una estatua de la Plaza Mayor, no la dejó. Ella, toda educada, lo volvió a pedir y él, como si nada, otra vez que no.
Unos minutos después, la pobre insistió diciendo que era urgente, pero el profesor seguía en las mismas, con más cara de vinagre aún. Cuando pasan otros cinco minutos, la chica lo intenta de nuevo y le suplica con voz apurada, ya que era evidente que ocurría algo serio. El profe, en plan sargento, le dice muy serio: No. Entonces la chica se pone de pie, toda roja como un tomate de huerta y, delante de toda la clase, le suelta al profesor que le acaba de bajar la regla y que NECESITA ir al baño de verdad-de-la-buena.
Todo el mundo se quedó mirándola con la boca abierta; el ambiente era tan tenso que se podía cortar con un cuchillo de jamón. Tras unos instantes de silencio, el profesor le manda sentarse otra vez y sigue diciendo que no puede irse. Ahí, hasta las paredes se pusieron incómodas. Pero entonces, un chico con pinta de delantero del Real Madrid, todo deportista él se levantó, miró al profesor y le preguntó: ¿Tienes esposa? ¿No has vivido nunca con una madre o una hermana? ¡Le ha venido la regla y necesita ir al baño! Da igual lo que digas, porque va a ir igualmente.
En ese momento se acerca, le ofrece la mano a la chica y juntos salen rumbo al baño, como Don Quijote salvando a Dulcinea. Cuando volvieron, el profe, ofendidísimo, les echó la bronca y dijo que su comportamiento era inaceptable. Esa escena no se me va a olvidar en la vida.
Al final, aquel chico demostró tener más sentido común que el mismísimo profesor. Vamos, para darle un aplauso y una tapa de tortilla.






