Cuando me casé con mi marido, ya sabía que tenía una hija de su matrimonio anterior. Su madre se mudó a otro país y le dejó la niña a él, tan pancha. Por desgracia, su relación es más fría que una tarde de enero en Burgos, y los pequeños regalos que le manda la madre no le hacen ilusión alguna; la niña lo que quiere es ver a su madre, no una pulsera hortera o unos calcetines de lunares. Al principio, mi hijastra vivía con su abuela mi suegra, una señora muy de yo no me meto pero al final acabó mudándose con nosotros.
Yo, ingenua, pensaba que íbamos a llevarnos fenomenal, pero resulta que por mucho que me esmere, es como hablar con una pared: me trata como si fuera la vecina del quinto, ignora mis intentos de conversación y, en vez de dialogar, prefiere intentar dominarme, buscando apoyo constante en la abuela y en su padre cada vez que no le sale algo a su gusto. Lo peor es que esperan que yo me encargue de educarla y ponerle límites, pero ni tengo la autoridad ni el respeto suficiente para ello. Ni mi marido ni mi suegra le dicen ni mu, y me dejan a mí a cargo del desmadre. De este modo, la niña se ha vuelto una pequeña tirana, incapaz de recoger la ropa del suelo ni de decir gracias.
La mayor parte del tiempo lo paso con ella, porque mi marido está casi todo el día trabajando y la suegra pasa fugazmente, como un cometa. Yo, mientras, me siento desbordada y sólo quiero un ratito para mí o poder concentrarme en mi trabajo, pero cuando lo intento, la familia me acusa de no ser todo lo dulce y maternal que esperaban. Si no me hubieran puesto tanta presión, quizás habríamos resultado ser la versión castiza de Heidi y Clara.
Ahora, para qué engañarnos, me arrepiento de haberme casado con un hombre con hija: su comportamiento me deja de piedra, y su tendencia al caos y la vagancia son dignas de estudio. Sé que jamás podré ocupar el lugar de su madre y siento que nunca seré madre para ella. Encima, la cosa se ha puesto patas arriba desde que me he quedado embarazada, así que ya no hay vuelta atrás.
Al final, ando tramando verla mudarse de regreso con la abuela, como quien prepara un plan secreto en una telenovela, porque, francamente, parece la única solución razonable. Espero que así podamos respirar ambos y vivir algo más tranquilos, aunque sea por fin de semana… y, quién sabe, igual hasta me hago fan de la tranquilidad.







