¡Tía, no te lo vas a creer! ¿De verdad lo habéis dejado? No me lo trago, Alberto, ¡ni de coña! Carmen me miraba con una cara de alucinada que, de verdad, casi me da vergüenza. Tenía los ojos como platos, las cejas subidas hasta la frente y la boca medio abierta, como si le acabara de soltar la noticia más increíble del mundo. ¡Pero si con Clara eras el novio perfecto! Siempre os ponía de ejemplo, ¡si yo misma soñaba con tener algo así!
Que sí, Carmencita, ni tú ni yo nos lo creemos, pero es la realidad contesté, mirando por la ventana. Fuera, la calle de Madrid estaba gris, llovía a mares, el agua resbalaba por el cristal y formaba riachuelos finos que se rompían en mil gotitas. Justo como yo me sentía: vacío, sin ganas de nada. Cinco años juntos no se olvidan tan fácil, y eso que lo veo todo como si le hubieran echado una sábana gris encima. Notaba un hueco en el pecho, ese que antes llenaban los abrazos, las miradas y los planes a medias. Me apreté los puños tan fuerte que hasta me dolían, y la voz se me quebró cuando seguí: Está todo acabado, ¿vale? Se acabó
Pero ¿cómo ha podido pasar esto? insistió Carmen, inclinándose un poco, casi metiéndose en mi espacio vital. Si Clara estuvo medio año esperando a que volvieras de la beca ¡Y fue fiel! No cayó en ningún ligue ni en regalos ni en tonterías.
¿Y tú cómo lo sabes? Si ni siquiera vives aquí, sonreí con ese humor seco que me sale cuando estoy jodido. ¿Qué pasa, solidaridad femenina?
Ya hija, pero tengo mis fuentes soltó Carmen, echándose hacia atrás y cruzándose de brazos, con una media sonrisilla pero con los ojos llenos de preocupación. Tengo colegas que la han visto y me han contado cosas. Y sé que se ha puesto a cuidarse un montón, claro, sin muchos detalles: que si nuevo corte de pelo, que si gimnasio, que si ropa nueva. Todo cuando tú estabas fuera. Se ha esforzado de verdad, Berto.
¡Y por eso mismo lo hemos dejado! me levanté de golpe, nervioso perdido. Fui a por el móvil que había dejado en la cazadora en el recibidor. Removí, lo saqué y se lo tendí a Carmen casi metiéndoselo en la cara. ¡Mira y dime si la reconoces! ¿Tú te acuerdas de cómo era Clara antes de irme?
Hombre claro, rodó los ojos, pero la noté menos segura. Se le escapó una sonrisa tierna, y se quedó callada un instante, como trayendo el recuerdo. Era una chica monísima. Pelo largo, castaño clarito, ojos enormes color miel, nariz chiquitita Cuerpo normal, salvo la delantera, que no era de escándalo, pero vamos, tú nunca te quejaste.
¡Eso es! ¡A mí me encantaba! se me escapó el grito. Bajé la voz de golpe, apretando el teléfono. Para mí era perfecta. Pero en cuanto me voy, las amigas le comen la cabeza. Que si no cambia, la voy a dejar. Que conmigo no aguanta. Y se lo creyó, joder. Se dejó convencer para cambiar, no porque ella quisiera, sino porque le metieron miedo de perderme.
Pero ¿tan exagerado ha sido? preguntó Carmen, con más dudas que fe, apretando el reposabrazos de la butaca.
Mira tú misma. Le enseñé la foto. Y buf, Carmen se quedó blanca. Ya no era la Clara de siempre. El pelo, que antes era precioso y largo, ahora parecía el de un muñeco recortado, teñido de rubio platino, cortísimo. Y no es que le quedase mal porque sí; es que parecía otra persona, más agresiva, distante. Los labios pues habían pasado por quirófano, y ahora eran como globos, tan artificiales que me daba cosa mirarlos. Había adelgazado una barbaridad; ni rastro de la vitalidad de antes, ahora las clavículas se le salían de la blusa, los brazos parecían pajarillos, ojeras marcadas y la piel tan pálida que casi transparentaba. ¡Y encima ahora tenía más pecho que nunca! Cuando siempre supo que a mí eso ni fu ni fa, que lo que yo valoraba era todo lo contrario: naturalidad.
Te lo juro, cuando la vi en Barajas esperándome, pensé en seguir de largo se me quebró la voz. Di un puñetazo a la pared (manía que tengo) y casi me rompo los nudillos, pero me dio igual. ¿Cómo puede una persona llegar a cambiar tanto en media docena de meses? ¿Y todo por hacerle caso a las amigas? ¿Y yo? ¿No cuenta que a mí me gustaba tal cual?
No paraba de dar vueltas por el salón, moviendo las manos y parando en seco, otra vez con esa sensación de jaula. Por dentro me ardía la sangre, luego se me iba la vida, luego otra vez vuelto al cabreo.
Carmen, pobrecita, no decía nada. Ella sabía lo que yo había pasado con el jefe capullo que me mandó medio año a Inglaterra. No quería ir, pero la uni no perdona, ni los exámenes ni el curro en la oficina me daban tregua. Y aunque llamaba a Clara a diario, la sentía cada vez más lejana, como si, sin yo enterarme, se hubiera evaporado.
Igual solo quería gustarte más susurró Carmen acercándose. Igual alguien le metió en la cabeza que así te iba a gustar aún más y
Negué, amargo:
¿Gustar? ¡Si es que ya me gustaba! Ya no sé ni con quién hablo.
Me preocupaba aún más que Clara se negara a hacer videollamadas. Siempre ponía excusas: No, espera, que te preparo una sorpresa Ya verás, Alberto, te va a encantar Muy bonito todo, pero yo presentía que algo fallaba. Incluso llegué a pensar que igual tenía otro y no se atrevía a romper conmigo. Eso me volvía loco.
Al final, pedí a Sergio, el colega que vive por Chamberí, que cotilleara, que se enterase si la veía con alguien, que sondeara. Al par de días me llama:
Preparándote sí que está, pero no sé si te va a gustar el regalito, tío. Vete haciéndote a la idea Pero eso sí: no hay otro, no te está engañando. Ella lo pasa fatal por ti y pregunta siempre cuándo vuelves.
Con eso me tranquilicé algo. Pensé: venga, será menos grave de lo que imaginas. Al menos me espera, eso es buena señal.
Ahora, ponerme a rechazar la foto que Sergio quería mandarme fue de idiota. Si la hubiese visto, igual habría parado el desastre. Habría pillado un AVE esa misma tarde, me habría plantado en su puerta y, de paso, habría puesto firmes a sus amigas. Pero ya era tarde.
El día que volví, los nervios no me dejaron ni dormir. Miraba el reloj cada cinco minutos, temblando en el avión, sudando en el taxi, el corazón a mil. Imaginaba el reencuentro, el abrazo, las risas, el: Anda que no se te ha echado de menos, el sofá, el té, los cotilleos. Pero nada fue como tenía en la cabeza.
Nada más salir del aeropuerto, la vi. Me quedé parado. No era Clara. Quiero decir, era ella, pero no era ELLA. Ni su luz, ni su manera de plantarse, ni ese gesto tan suyo. Dudé de si me había equivocado de persona, fíjate qué cosas.
¡Alberto! ¡Qué ganas tenía ya! corrió hacia mí para darme un abrazo, pero yo me eché atrás. Lo notó al instante: se le torció la sonrisa, los ojos se le aguaron al momento, se quedó como flotando con las manos en el aire, descolocada.
¿Qué pasa? ¿Tan fuerte es mi sorpresa? ¿Te he dejado de piedra? me buscó la cara, nerviosa, tocándose el pelo como para provocarme una reacción positiva.
Es que no te reconozco, Clara. le respondí seco. Me dolía decirlo, pero no podía fingir. ¿Te ha pasado algo? ¿Hay alguna enfermedad que no sé? Tu pelo, tu cuerpo Eras tú, la de siempre, tan natural.
¿Natural? ¿O me estás llamando gorda? intentó reír, pero la voz le temblaba, los ojos llenos de lágrimas que se contenían como podían. Sus amigas, que estaban al fondo, cuchicheaban, haciéndolo todo más incómodo.
Venga, dilo, Alberto. Lo sé, antes estaba dejada. Pero mírame ahora: moderna, guapa, mucho más atractiva. ¡Ya no te dará vergüenza presentarme! ¿No es esto lo que querías?
¿Y quién te ha dicho que yo quería esto? se me escapó, más cabreado de lo que pensaba. Ya no sé ni quién eres. ¿Tanto costaba decirme lo que pensabas? Siempre lo hablábamos todo
Pero ahora da el pego de modelo, ¿eh? soltó una de las amigas, lanzándose con una sonrisa de anuncio, dándole unas palmaditas a Clara en la espalda, como si su cambio fuera un logro. ¡Si ahora le tiran los tejos por la Gran Vía, ni te imaginas! Eso sí, no se te olvide que todo lo ha hecho por ti.
Me giré, picado.
Por mí, no. Por quedar bien delante del mundo, sí. le dije, y luego miré a Clara a los ojos, con una mezcla de rabia y pena. No eché la culpa a nadie, pero yo no he buscado esto. No me hagas responsable de vuestras ideas.
Me acerqué un poco y le hablé bajo, solo para ella, con un nudo en el pecho:
Clara, tú sabes lo que pienso. Siempre te he dicho que prefiero lo auténtico, que no hace falta disfrazarse de otra persona. Era feliz contigo tal y como eras.
Me callé un segundo antes de contarle lo que nadie más sabía:
Llevaba meses pensando en pedirte que te casaras conmigo. Incluso tengo el anillo en casa. Quería construir algo contigo. Pero ahora Ya no puedo. Esto no va conmigo.
Clara se puso blanca, los ojos inundados de lágrimas, intentando hablar y sin poder. Se acercó, me rozó el brazo, suplicando atención.
¡Berto, espera! ¡No quería esto! Solo pensaba que que así te haría feliz, que me mirarías con otros ojos
Pero no quería seguir escuchando. Me fui, rápido, con la cabeza gacha y tragándome el dolor. Por dentro iba a punto de estallar.
Escuché a sus amigas detrás, sujetándola:
Bah, ya vendrá a pedirte perdón el machito este, no llores, decía una. Anda que no tienes ahora donde elegir. Que se prepare, porque ahora sí que eres un bombonazo y ligones no te van a faltar.
Ella parecía no oírlas. Solo me seguía con la mirada, llorando sin parar. Y yo, mientras, me sentía el mayor imbécil del mundo.
De verdad, Carmen, yo quería casarme, te lo juro. Me lo había imaginado mil veces, el momento, cómo sonreiría, cómo me abrazaría Y al verla así, todo se rompió. Ya no era mi Clara.
Se hizo el silencio un buen rato. Carmen, que siempre ha sido mi confidente, tocó mi brazo y me fulminó con la mirada seria:
Berto, ¿por qué nos empeñamos tanto en cambiar lo que ya nos gusta? Si siempre la valoraste, la quisiste, no es justo que le eches la culpa igual fue la inseguridad, igual fue el miedo.
Lo peor le confesé es que además ha sido por culpa de la amiga esa, que la ha envenenado. Lo sé porque me vino, meses después, y me dijo: Yo sí que soy natural, ¿por qué pierdes el tiempo con una muñeca? Casi la echo de mi casa de una patada, en serio.
No me podía creer que Clara hubiera caído justo en la trampa de la amiga celosa.
Carmen se acercó aún más, intentando que me calmara:
¿Has hablado con Clara desde entonces? Igual se puede arreglar, ¿no?
No quiere cambiar nada. Le gusta lo que ve en el espejo. Pero no es la Clara que yo amo. Me dijo que, después de esperar seis meses, no tengo derecho a dejarla. Y yo yo sigo queriéndola. Pero ya no es mi chica. No es ella. Ahora es alguien que no reconozco, que es como una versión de manual para Instagram.
Se me saltaban las lágrimas. Carmen, sin decir nada, me cogió la mano, la apretó y me dejó llorar en silencio.
Al final le dije bajito, mirándola solo un segundo:
¿Sabes? Un día paseando por El Retiro, Clara me dijo: Ojalá esto no se acabe nunca. Y yo le juré que no lo haría, que nos quedaba todo el tiempo del mundo ¿Y ahora? Ni la reconozco.
Me dejé ir, ya sin fuerza, llorando como un niño.
Carmen me abrazó, con esa calidez que siempre ha tenido, y susurró:
No es tu culpa, Alberto. Tú la has querido, la has valorado, siempre has estado ahí. No es tu carga, ha sido una mezcla de inseguridades y malas influencias. No eres el culpable.
Levanté la cabeza, dudando:
¿Y si la he cagado? ¿Y si solo necesitaba un empujón, sentirse aceptada, quererse más? ¿Y si yo debí aguantar, intentar entenderla y no dejarla sola?
Carmen me miró con cariño, apretando mi mano:
Tienes derecho a sentirte así, y tienes derecho a tus emociones. Pero antes de cerrar la puerta del todo Habla con ella. Escúchala, dile cómo te sientes. A lo mejor aún queda algo de lo vuestro por rescatar.
Miré por la ventana. Por fin salía el sol en Chamberí. Sentí que, quizá, solo necesitaba tiempo. Porque olvidar no es tan fácil, pero igual, solo igual, algo se puede curar.







