¿Fortaleza o Cripta?

Fortaleza o sepulcro

El aroma llegó antes que el pensamiento de estar despierta. Cálido, untuoso, con ese regusto ligero de hojaldre tostado. Clara yacía con los ojos cerrados y durante unos segundos sólo respiraba, sin ubicar de dónde venía. Luego lo comprendió. Y con esa certeza arruinó instantáneamente su propia mañana.

Se levantó, recogió la bata del perchero junto a la cabecera y cruzó al comedor. Allí no había nadie, pero las huellas de otro llenaban el espacio: una bandeja tapada con papel de cocina guardaba una fila de napolitanas recién hechas, una taza abandonada con el café ya frío esperaba al lado una cucharilla puesta de canto: no como Clara, que siempre la colocaba recta. En la nevera, bajo el imán feísimo de un toro de plástico que detestaba pero no podía tirar su madre lo había traído de Ronda hacía quince años, había una nota.

Clara la recogió entre dos dedos, como quien maneja algo sospechoso:

Clara, sé que a estas alturas debes estar enfadada. Pero las napolitanas están buenísimas, al menos prueba una. Estaba por el barrio, pensé en pasarme y vi que dormías. Bueno, da igual. Hice copia del llavín, por si acaso. No te enfades. Un beso. Paula.

Clara leyó la nota dos veces antes de doblarla con extremo cuidado en cuatro y dejarla sobre la mesa. Después, volvió a cogerla, la desplegó. He hecho copia del llavín. Eso era justo. Ni una llamada ni un mensaje. Lo había hecho, simplemente, porque a Paula siempre le parecía que sabía qué debían hacer todas y todos.

Clara puso la tetera al fuego. No tocó el café ajeno, simplemente limpió la taza y la dejó secar. Finalmente, se decantó y cogió una napolitana para morderla de pie, mirando la ventana. Fuera era marzo, gris y lluvioso, con charcos helados y las ramas desnudas de los álamos flacos. La napolitana estaba estupenda. Y admitir eso le resultaba molesto.

Llamó a su hermana sobre las nueve.

¿Sigues durmiendo? preguntó Paula antes de saludar siquiera, con voz perezosa y satisfecha.

No, ya he despertado. Paula, ¿qué significa hecho copia?

Pues eso, hice duplicado. Por si acaso. Clara, es lógico, imagina que pasa algo y yo estoy cerca…

Hiciste un duplicado de las llaves de mi casa Clara habló muy despacio, casi sin tono. Sabía hacerlo.

Ay, Clara

Es mi llave, de mi piso.

Silencio. Siguió un suspiro, ese que damos cuando nos cansa explicar lo evidente.

No soy una extraña, soy tu hermana.

Justo por eso te estoy hablando, y no cambiando la cerradura.

No lo harías, mujer.

No, pero eso no te autoriza a hacer copias por tu cuenta.

Clara, te vas esta semana. ¿Y si hay una fuga, algo con el gato

No tengo gato, Paula.

¡Justamente! Deberías tenerlo, ni

Paula. La llave.

Otro silencio, esta vez casi dolido:

Bueno. ¿Quieres que te la devuelva?

No. Me marcho el viernes, vuelvo el miércoles de la semana que viene. Ya que la tienes, que esté. Pero avísame antes la próxima vez.

¿Ves? Y luego te quejas

Paula, solo avísame. ¿De acuerdo?

Vale, vale. ¿Las napolitanas?

Clara observó el bollo mordido en su mano.

Sí, la probé.

¿Y?

Normales.

¡Normales! Paula reía. Son de la panadería de la calle Olivo, todo está de muerte allí. ¿Algún día dirás “buenísimo”, Clara?

Colgó. Sin brusquedad, solo colgó. Terminó su napolitana sobre el fregadero, para que no callese ni una miga en la encimera.

Le quedaban tres días hasta el viernes. Llevaba ya tiempo preparada, la lista la había redactado el domingo: ropa, documentos, libro para el viaje, cargador. El seminario era en Sevilla, formación sobre documentación histórica. Clara trabajaba para una editorial pequeña especializada en manuscritos, y cada pocos meses asistía a conferencias así. Le encantaba el rigor de ese mundo, el orden: cada papel en su sitio, nada por azar.

Se sirvió el té y se sentó ante el portátil. Fuera, las gotas repicaban en la cornisa. Trabajó hasta el mediodía, luego salió a comprar para el resto de la semana. Por la noche llamó su madre, preguntó por la salud, relató alguna historia de vecinas; Clara escuchaba con monosílabos calculados, mirando la calle oscura a través del cristal. Un martes típico.

El jueves por la noche, con la maleta casi hecha, llamaron de la editorial. El seminario se aplazaba no lo cancelaban, sólo lo posponían dos semanas. Algo de la sala, de la organización. Lo aceptó sin darle muchas vueltas, anotó la nueva fecha y cerró la maleta.

Se quedó un momento parada en el pasillo.

El viernes amaneció con esa sensación que apenas sabemos nombrar: cuando esperas una cosa y llega otra, y dentro de ti hay lugar vacío. Preparó café y miró la maleta arrinconada. La metió en el trastero. La sacó. La volvió a guardar.

A la hora de comer, el cielo era casi negro y el aguacero arreciaba, primero tenue, luego con viento. Clara se arriesgó a salir, y pronto lo lamentó. El paraguas salió volando. En la farmacia compró ibuprofenos que ya tenía en casa, solo para no regresar de vacío. Volvió deprisa, los zapatos empapados.

El portón del bloque se cerró tras ella de golpe. Subió sus cinco plantas, metió la mano en el bolso. Las llaves: siempre en el lateral izquierdo, siempre. Allí estaban. Las sacó, metió la llave y en ese instante supo que algo no iba como debía.

Del otro lado de la puerta llegaba olor; pero no ese frío de casa vacía tras un paseo largo, no. Era un aroma tibio, a algo guisándose, patatas, o potaje, algo tan doméstico como inesperado.

Clara aguardó el giro de la llave tres segundos. Luego entró.

En el recibidor lucía la luz. De la cocina llegaba un rumor metálico, un cazo. Decidió avanzar, cerró tras de sí. Entonces, un hombre salió de la cocina.

Se encontraron de golpe. Él era alto, vaqueros, jersey azul oscuro, el trapo de cocina mojado en la mano. Traía la mirada congelada no dureza ni miedo, simplemente una quietud absoluta.

Clara blandía el paraguas, cerrado y mojado, dispuesta a usarlo. El hombre se echó atrás, palmas en alto.

¡Espere, espere!

¿Quién es usted?

No Un momento, le explico.

Explique rápido.

Soy Javier. Javier Alcalá. Paula me dio la llave. Paula, su hermana. Me dijo que estaba la casa vacía.

Clara no bajó el paraguas. Se miraron entre sí, con la lluvia de fondo.

Llámela, dijo él. Por favor, llámela.

Sin apartar la vista, Clara buscó el móvil, marcó el número de Paula. Tardó en responder.

¡Clara! ¿Ya en Sevilla?

Estoy en casa, respondió. Y tengo a un desconocido en mi cocina.

Silencio.

Ay, Dios ¿Cancelaron el viaje?

Lo aplazaron.

Yo

Paula. ¿Quién es?

El hombre comprendió el tono, bajó poco a poco las manos.

Javier. Es el hermano de Rafa, mi ex. Está en un lío gordo, divorcio, se quedó sin piso, no tiene donde

Le diste mi llave.

Pensaba que te habías ido. No sabía que

Le diste la llave de mi casa a un extraño. Sin preguntármelo.

¡No es un extraño, es el hermano de Rafa!

Paula, la voz de Clara se volvió baja y firme. Luego hablamos.

Colgó el teléfono. Observó al hombre. Rondaba su edad, tal vez algo más. Cansado lo delataba la caída de sus hombros. En la cocina, algo borboteaba.

Se le hierve algo, Clara señaló.

Él giró.

Las patatas. ¿Puedo?

Apáguelas.

Descalza y empapada, fue sacándose el abrigo. Le siguió a la cocina, donde él apartaba el cazo del fuego. Sobre la mesa, su bolsa de viaje y una bolsita del supermercado. Había traído compras. Sorprendente.

Siéntese, dijo Clara, más por protocolo que por deseo.

Él se sentó con cuidado. Ella permaneció de pie.

Sé que… que no debería

No. No debería.

Paula dijo

Paula siempre dice.

Él calló, frotándose la frente con unas manos grandes y enrojecidas, de frío o de fregar.

Me marcho, dijo. Ahora mismo. Dígame qué hago con las patatas.

Clara miró el cazo. Luego a él. Luego otra vez al cazo.

Déjelas. ¿A dónde va a ir usted?

Buscaré algo.

Fuera diluvia.

Se limitó a encogerse de hombros. No era por despreocupación, sino ese cansancio de quien ya sabe arreglárselas.

Clara se sirvió un vaso de agua. Luego:

Paula no me avisó. Es error suyo, no suyo. Aunque debería haber comprobado si la casa seguía vacía.

Cierto. Fue culpa mía.

¿Desde cuándo está aquí?

Desde la mañana.

¿Qué ha tocado?

Apenas sorprendido, contestó:

La cocina. El baño. Nada más. La bolsa la puse en el recibidor primero.

¿Durmió?

No. Leía. Señaló el libro que descansaba en el filo de la mesa. Clara lo reconoció tarde: era suyo, una novela histórica que compró en Cuesta Moyano hacía diez años y nunca terminó.

Ha cogido mi libro.

Perdóneme.

Pensó: quien pasó horas solo en casa ajena y solo abrió un libro de la estantería, sin hurgar cajones ni arrasar la nevera, quizás no era tan mala gente. Y, por algún motivo, eso tranquilizaba.

¿Quiere patatas? preguntó.

Él dudó.

Si me lo ofrece

Lo ofrezco. Después decidimos.

Comieron en silencio. Las patatas suaves, con eneldo él lo había comprado. Clara jamás usaba eneldo, prefería no enredarse con hierbas. Pero aquel día estaba bien.

¿Por qué no un hostal? preguntó tras los platos.

Él levantó la vista.

De momento es caro. Es temporal, así están las cosas.

¿Divorcio?

Divorcio. Y algo más negocio conjunto con mi exmujer. Hasta que todo se aclare, y los juicios…

Entiendo.

Ella recogió los platos y lavó todo. Él observaba sus manos.

¿Siempre tan ordenada? preguntó.

¿El qué?

Que lo recoja enseguida.

¿Y usted lo deja en el fregadero?

Casi siempre.

Ajá, repuso ella. Ahí en la sala hay sofá. Mañana hablaré con Paula, buscaremos solución. Puede quedarse unos días.

Él la miraba con una expresión que tardó en entender; no gratitud, algo más complejo.

¿Por qué? susurró.

¿El qué?

¿Por qué me deja quedarme?

Clara tardó en responder. Luego dijo:

Porque llueve fuera. Y porque no es culpa suya.

Fue al dormitorio. Se cambió. Se detuvo largo rato junto a la ventana, contemplando las gotas. Detrás, silencio. Él no se movía ni hacía ruido. Solo estaba ahí.

Clara se recostó. No lograba dormir; atenta a cualquier sonido. Escuchó, finalmente, cómo andaba sigiloso hacia el baño, luego de nuevo al sofá. Un somier crujió suavemente. Y de nuevo silencio.

Clara, fija en el techo.

Por la mañana, como siempre, se levantó a las siete y media. Salió a la cocina y se paró en seco. Javier ya estaba, de espaldas, preparando café. La cocina lucía limpia y tranquila.

Buenos días, dijo él sin volverse.

Buenos días.

Sé hacer café decente. Si quiere

Quiero.

Le acercó una taza. El café era bueno, se notaba por el aroma espeso, amargo en el punto justo. Probó un sorbo.

Muy bien.

¿El pan?

Arriba, extremo izquierdo.

Él lo halló, cortó rebanadas y las trajo. Clara observó de reojo: extraño compartir la propia mesa con un desconocido y notar esa falta de tensión. Esperaba incomodidad, inevitable, pero lo que hallaba era una paz insólita. Como en los trenes, cuando viajar junto a un extraño a veces resulta más sencillo que conversar con un conocido.

A las nueve llamó a Paula. Ella contestó de inmediato:

Clara, lo sé, lo siento, tienes razón, pero Javier es serio, formal, va a estar sólo un par de días, es

Paula.

¿Sí?

Se queda aquí unos días. Busca tú otra solución. Alquila cuarto, arregla lo que sea. Ya es tarea tuya.

Clara, tú…

Y nada de sorpresas, Paula. ¿De acuerdo?

Largo silencio.

De acuerdo. Eres muy buena, Clara.

No. Sólo que hoy llueve.

Colgó. Javier la miraba desde la mesa.

¿Lo ha escuchado?

En parte.

Unos días. Luego Paula verá.

No quisiera molestar.

Ya lo hace dijo sin enojo, con honestidad. Pero puedo con ello. Hay algunas normas.

Escucho.

Repasó todas: la cocina limpia, nada en los alféizares del pasillo, no tomar cosas sin permiso, ni libros siquiera, cero acceso a su despacho, limpieza propia, sin ayuda, ni ruidos a partir de las once.

Javier escuchaba en silencio.

¿Todo?

Todo.

¿Puedo añadir una?

Le sorprendió.

Diga.

Yo haré las cenas. No se discute. Necesito ocupar las manos, cocino bien. Usted puede no comer, pero yo cocinaré.

Clara le miró. Era serio.

De acuerdo aceptó.

Los dos primeros días pasaron como de costumbre. Clara trabajaba en su cuarto, él arreglaba asuntos, salía, telefoneaba. Por la noche, la cena: primero un pollo al horno con verduras; la segunda vez, una sopa de albóndigas, espesa, con trigo, de las que ella no comía desde niña. Siempre cenaban con brevedad, él hacía preguntas neutras: si estaba a su gusto, si le parecía soso; ella respondía con monosílabos. Tolorable.

El tercer día él arregló el grifo del baño. Clara no había pedido nada, pero esa mañana preguntó ¿Puedo mirar el grifo?. Asintió. Esa tarde ya no goteaba. Devolvió las herramientas a su sitio exacto bajo el fregadero.

¿Cuánto costó?

Una miseria.

Se lo pago.

No es necesario.

Javier.

Clara pronunció su nombre con naturalidad, como si se conocieran de siempre. Da igual, sólo era una junta.

Ella no insistió.

El viernes diluviaba de nuevo, aunque ahora era una lluvia fina, constante. Clara, con un libro, se acomodó junto a la ventana. Javier entró con dos tazas.

Té anunció. ¿Puedo?

Clara asintió. Él dejó un vaso junto a ella, tomó asiento enfrente. Miraba a la calle.

¿Vive sola desde hace mucho? preguntó al rato.

Sí.

¿Le gusta?

Lo pensó.

Me he acostumbrado.

No es lo mismo que gustar.

Es la verdad.

Él sonrió, sin sorna.

También lo pensé en mi matrimonio. Que ya había costumbre, y la costumbre lo era todo.

Clara guardó silencio, removiendo su té de hierbas.

¿Qué es esta infusión? preguntó.

Hierbabuena y otra planta. La compré en la farmacia.

¿En la farmacia venden té?

Justo en la de aquí sí. Tienen hierbas.

Llevo veinte años en este barrio y no lo sabía.

A veces hay que fijarse, contestó simplemente.

Clara lo miró por encima de la taza. Tenía buena cara, de esas que no se asocian con la belleza sino con la vida. Rostro marcado, pero sin amargura, como quien ha pasado por mucho y todavía se asombra por haberlo logrado.

¿Cuánto duró su matrimonio?

Catorce años.

Es mucho.

Sí. Él giró la taza en sus manos. Una hija, Lucía, tiene doce. Eso es lo difícil, lo demás no importa.

¿Vive con su madre?

De momento. Negociamos fines de semana… Hizo una pausa. ¿Usted se casó?

No.

¿Ni cerca?

Clara miró al cristal.

Una vez, algo parecido. No salió.

¿Decisión suya o de él?

De él.

No lo dijo con resentimiento, pero Javier lo notó, porque no insistió. Sólo asintió.

Entiendo dijo. No preguntó más.

Se quedaron, cada uno con su taza, en silencio. Afuera la lluvia aflojaba. Cuando él se marchó, recogió los vasos para la cocina. Al volver, dio las buenas noches. Clara también. Terminó el té y se retiró.

Aquellos días la casa olía distinto. Sin ser desagradable; era simplemente otro aire, a presencia, cálido, mezclado con el polvo de libros, el aroma leve del café, toques de colonia y crema de manos. Clara creyó que esa mezcla la irritaría, y no. Tan solo lo notaba.

El sábado él partió temprano iba a ver a su hija y volvió al anochecer, sutilmente cambiado, más callado, no en gesto triste sino más sereno. Pasó de largo, saludó, se tumbó en la sala. Clara, tras esperar, llamó a la puerta.

Sí, él respondió.

¿Habrá cena?

Breve demora.

Hoy estoy algo cansado.

Vale. Me apaño.

Espera se levantó. Dame cinco minutos.

Hicieron una tortilla juntos. Fue torpe la cocina era pequeña y se cruzaban; una vez él casi la rozó con el codo, ella se apartó al frigorífico pero funcionó. Él contó que la niña quería ver una película, y aunque no fue muy buena, el helado mereció la pena. Hablaba de Lucía con esa calidez serena, sin ñoñería ni dramatismo.

¿Y cómo se llama? preguntó Clara.

Lucía.

Es bonito.

Su madre lo eligió. No me opuse.

Hubo silencio.

¿Le dolió cuando se fue aquel hombre? preguntó Javier de pronto.

Clara alzó la vista.

¿Por qué lo pregunta?

Porque me permite preguntarle cosas incómodas. No siempre responde, pero me deja.

Ella meditó.

Me dolió dijo. Pero ya pasó.

¿Y decidió que es más fácil sola?

No más fácil. Más seguro.

No es lo mismo.

Lo sé.

No continuó. Clara le agradeció ese detalle: la mayoría habrían insistido, convencidos de que el riesgo merece la pena, que el amor Él no. Solo recogió los platos y preguntó si quería más té.

El domingo transcurrió sereno. Él reparó otra cosa una bisagra del armario que siempre chirriaba. Clara fingió no notarlo, luego agradeció. Trabajó tranquila el día entero; por la noche, ambos coincidieron en el salón, ya como costumbre: ella llevaba un libro, él el portátil. Compartían espacio, cada uno en lo suyo. Era una sensación extraña, ni soledad ni estricta compañía: algo intermedio para lo que no encontraba nombre.

El lunes por la noche llamó Paula.

Clara, ya tengo habitación: la dejan desde el jueves, buen barrio, buen precio. Díselo tú.

Díselo tú.

Mujer, tú estás allí

Paula. Llámale tú.

Pausa.

¿No os habéis hecho muy amigos, no?

Paula.

Vale, vale. Ya llamo.

Clara cortó y miró la puerta del salón, donde Javier leía. Pensó que desde el jueves todo volvería a su silencio. Era bueno. Era lo correcto. Había aprendido a amar la calma.

El martes, justo al acabar la cena, Javier habló:

Paula me avisó de la habitación. Desde el jueves.

Ya lo sé.

La miró.

¿Ya?

Te llamó.

Ah. Terminó el plato. Bueno. Siento haber dado la lata.

Sólo un poco.

Solo un poco repitió. Responde siempre tan sincera.

Lo intento.

Eso no es frecuente.

Recogían juntos, sin ya esa torpeza de los primeros días; sabían dónde cruzarse, cómo moverse por la cocina.

Después, Clara se sirvió un té, se fue a la ventana. Él también. Afuera, la farola titiló, luego permaneció encendida.

Mañana es el último día, dijo él.

Sí.

¿Qué harás el jueves al despertar?

Lo de siempre. Café. Trabajaré.

Sin extraños.

Sin extraños.

Asintió. Luego, despacio, como buscando las palabras:

No esperaba que todo resultase normal. Creí que vendría aquí, dormiría dos días, miraría al techo. Pero en cambio, la cocina chirriando, el grifo goteando y yo, ocupado sin más.

Necesitaba centrarse en algo.

Tal vez. Pero no solo eso.

Ella no contestó. Sintió cómo él giraba, presintió su movimiento más que verlo.

Clara

Sí.

¿Puedo decirle algo, y que no se escape a la cocina?

Casi sonrió.

Lo intentaré.

Aquí estoy bien. Con usted. No por agradecimiento, eso es aparte. Es sencillamente bien. Tranquilo. No recuerdo la última vez así.

Ella no apartó la vista de la calle, la farola estable.

Tampoco yo musitó al fin.

Él no hizo gesto abrupto. Simplemente estaba cerca. Luego la mano de él se posó, lentamente, junto a la de Clara sobre el alféizar, y ella no la retiró. Permanecieron así, con la casa oliendo a hierbabuena, en una atmósfera de paz extraña.

Entonces, alguien giró una llave en la puerta.

Se separaron antes de que nadie les viera. Entró Paula, salpicada por la lluvia, cargada de bolsas, luminosa y habladora.

¡Clara! Pasaba por aquí, te traigo galletas y tomates cherry, que sé que te encantan Se paró; observó a ambos. Ah, ¿llego en mal momento?

Tranquila, pasa contestó Clara, tono sereno.

¿Habéis cenado?

Hace un momento.

Pues genial. ¿Os apetece un té?

Hay de menta, intervino Javier.

¡De menta, perfecto! Ahora lo preparo.

Fue a la cocina. Clara y Javier miraron cada cual a un lado. Clara cogió su jersey y se fue a cambiar. Simplemente porque necesitaba un respiro.

La velada terminó como tantas: charla, té, Paula haciendo bromas sobre el trabajo, Javier educadamente callado, Clara atenta. Al irse Paula, tanto Javier como Clara se despidieron. Clara recogió las tazas.

En la noche quedó pensando.

Pensó en que al día siguiente todo acabaría. Que el jueves él se marcharía. Que la casa sería de nuevo silenciosa, todo en su sitio: el grifo seco, la puerta del armario sin queja, sin aromas a café ajeno. Era bueno. Así debía ser.

Pensó esto largo rato. Convencida, con precisión, como ordenando cosas en baldas. Cada pensamiento en su lugar. Todo correcto, todo bajo control, todo seguro.

Y no logró dormir hasta pasada la medianoche.

El miércoles madrugó, antes de que Javier despertase. Preparó café, lo bebió, lavó la taza, la dejó secando.

Cuando él salió, ella ya tecleaba.

Buenos días saludó él.

Buenos días.

¿Pendiente hay café?

En el cazo.

Él se sirvió, se sentó. Ella no levantó la vista del ordenador.

Clara dijo él.

¿Sí?

¿Estás enfadada?

Giró la cabeza.

No. ¿Por qué?

No sé. Hoy pareces distinta.

Trabajo.

Él la miró unos instantes, sin enfado ni reproche, solo atento.

Bien dijo. Nada más.

El día transcurrió así. Ella enfrascada en tareas, él saliendo y entrando, organizando la maleta. Por la noche cocinó como prometió: trigo con setas, sencillo y sabroso.

Comieron casi en silencio.

Gracias por todo, dijo él al acabar.

No hay de qué.

Sí lo hay replicó con voz suave pero firme. Por estos días, por el techo, por no echarme a la calle al verme.

Pudiste no arreglar el grifo.

Goteaba.

Me había acostumbrado.

Lo sé. Pero goteaba.

Ella recogió platos y los fregó. Percibía cómo él la observaba.

¿Te irás temprano? preguntó.

A eso de las diez, para entregar llaves a la casera.

Vale.

¿Estarás?

Estaré.

Me despediré entonces.

Por supuesto.

Se retiró a dormir, ojos abiertos largo rato.

Pensaba que así debería ser. Su vida era la suya. Él pronto tendría casa, trabajo, custodia, otra vida, encontraría a alguien. Su hija Lucía, de doce años, la del helado. Sus archivos, sus conferencias, sus libros, su taza ritual. Había hallado comodidad. Eso no era soledad, era orden.

Pensó en cuando dijese adiós mañana, y que él respondería con un suerte, ella cerraría la puerta y todo seguiría como antes.

La repetición de esa idea ocupó su mente hasta quedarse dormida.

El jueves despertó a las ocho. Encontró la cocina vacía.

Sobre la mesa aguardaba una taza de café, aún tibia. Al lado, un papel doblado.

Clara lo recogió y desplegó.

No quise despertarte. Gracias de verdad. Estaré aquí si necesitas y una dirección. Calle, portal, piso, el móvil que ya tenía, él mismo se lo pasó la primera noche, por si pasaba algo.

Leo dos veces la nota y después la doblo, coloco sobre la mesa. Preparo otro café, aunque aún el suyo conserve calor. Bebo el mío. Recorro la casa.

El sofá está impecable, la almohada cuadrada. El baño limpio, la cocina sin objeto fuera de sitio. La puerta del armario, obediente; el grifo, seco; las ventanas, relucientes; el suelo, sin mácula.

Me planto en mitad del salón.

Silencio.

Silencio absoluto.

Sólo el runrún de la nevera. Lejos, ruido de vecinos. Nada más.

Me acerco a la ventana. Miro la calle. La farola brilla constante. Pasa una madre con carrito, un palomo picotea sobre la cornisa.

La casa es perfecta.

Impecablemente ordenada. Impecablemente callada. Impecablemente vacía.

Clara permanece en el mirador y piensa en cómo siempre había llamado a ese espacio mi territorio; el reducto que nunca compartía, que protegía. Pensó que era una fortaleza. Que aquí estaba a salvo. Que todo dependía de ella, nada era accidental, nadie entraba sin permiso, nadie ponía la cucharilla torcida, nadie leía un libro de su estante en silencio durante un día entero en casa de otra.

Siguió mirando la farola.

Reflexionó: entre una fortaleza y un sepulcro, la diferencia es que en las fortalezas hay salida.

Regresó a la cocina. Tomó la nota. Repasó la dirección una vez más. Luego buscó el abrigo, las llaves. Examinó el llavero: dos llaves, una del portal, otra del piso.

Cogió el bolso y salió.

La mañana era fresca, pero no llovía. El cielo, gris pero luminoso de marzo: no se ha marchado el invierno pero ya amaga la primavera. Clara caminó a la parada y pensaba que quizá estaba cometiendo una torpeza. Era espontáneo. No había planeado, ni sopesado, ni hecho lista mental. Se dirigía a casa de un hombre casi desconocido, que una semana vivió en su piso por culpa de la ligereza de Paula y desconocía qué decirle.

Tomó el tranvía, localizó el edificio, subió al tercer piso, buscó el número, tocó el timbre.

Largo rato. Nadie respondía. Pensó que tal vez él ni estuviera, que la nota era solo un por-si-acaso. Se disponía a marcharse.

La puerta se abrió.

Javier la miró, callado. Iba aún con la chaqueta; recién llegado o a punto de salir. Tras él, solo paredes en blanco, ni un perchero, solo vacío y una camita plegable al fondo de la casa.

La mirada de él era de pregunta, no ansiosa, solo interrogativa.

He traído una llave dijo Clara.

¿Qué llave?

La de Paula. El duplicado que hizo. Le tendió la llave, suelta, no en el aro.

Él miró la llave.

¿Y para qué?

Porque empezó, se detuvo. Retomó: Porque no sé hacer esto. Lo que ha pasado entre nosotros estos días. No sé si alguna vez supe. Temo que termine igual que antes. Que duela.

Él guardó silencio.

Pero esta mañana, junto a la ventana, pensé que era demasiado silencio. Y que antes me gustaba. Hoy ya no.

Javier contempló la llave.

¿Todo esto, por una llave?

No. Es una excusa, en realidad. Solo quería venir. Y vine.

Él tomó la llave. Sostuvo.

Sabes que ahora mismo no tengo nada. Una cama, una bolsa y un piso vacío.

Lo sé.

Y mi hija, que necesitará encajar en todo esto. El negocio por resolver. Todo…

Javier.

¿Sí?

No he venido buscando orden. He venido porque no estabas. Y se nota.

Él permaneció en la puerta de la estancia vacía, llave en mano, mirándola. Afuera, el cielo de marzo, gris plateado.

¿Te asusta? le preguntó.

Un poco. Mucho, en realidad.

A mí también.

¿Entonces?

Él guardó la llave en el bolsillo.

¿Te apetece un café? Seguro que aquí cerca hay alguna cafetería decente.

Seguro.

Salieron a la escalera. Él cerró con esmero la puerta, la cerradura nueva aún dura. Bajaron juntos; Clara pensaba que no tenía certezas. Que todo era posible. No había listas. Ni cálculo. Solo había cogido el abrigo y se plantado allí.

Y era lo más valiente y vivo que había hecho en años.

En la calle, él caminaba a su lado, sin tomarle la mano, con cercanía tranquila.

¿Tienes cafetería favorita? preguntó.

Una, en mi barrio. El café allí es excelente.

¿Está muy lejos?

Unos veinte minutos en tranvía.

El sopesó la propuesta.

Vamos a la tuya propuso. Tú allí te sabes el sitio.

Ella lo miró.

Vale.

Y juntos buscaron la parada.

El tranvía llegó pronto. Se sentaron uno junto al otro, la ciudad deslizándose tras los cristales: calles, casas grises, árboles apenas brotando. Marzo es así: por fuera, invierno; por dentro, algo que ya se remueve sin avisar.

Clara miraba el paisaje pensando en sus miedos, en la duda de si sabría no cerrar la puerta del todo, pues siempre fue maestra en cerrar. Que la vida de él ahora era difícil, y la suya tampoco sencilla; de dos personas acostumbradas a resistirse en soledad, no siempre sale algo bueno.

Eso no lo sabía.

El vaivén del tranvía. Javier miraba afuera. Luego giraba y atrapó su mirada.

¿En qué piensas? preguntó.

En que no sé qué va a pasar dijo, sincera.

Nadie lo sabe.

No me tranquiliza mucho.

No. Pero el café tranquiliza. Por lo general.

Ella sonrió, casi.

Por lo general.

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