La novia del abuelo
Recuerdo aquel sábado en el que Irene decidió hacer limpieza a fondo en casa, como si todavía hubiera pasado ayer. Para no tener a los niños revoloteando y poniéndose en medio, los mandó con el abuelo. Había terminado ya todo y estaba calentando la cena cuando los pequeños regresaron.
¿Qué tal lo habéis pasado? ¿Y el abuelo, cómo está? les preguntó mientras los abrazaba y les daba un beso.
Hemos ido al Retiro, dimos de comer a las urracas y nos tomamos un helado contó Javier, el mayor.
Y el abuelo me prometió que si tú me dejas, me enseña a montar en bici presumió Diego. Mamá, ¿me dejas?
Cuando el abuelo te compre una bici, ya veremos respondió seria.
Pero si ya se ha comprado una para él intervino Javier muy serio. Dice que necesita estar en forma ahora.
A Irene le sorprendió bastante, aunque guardó silencio y no comentó nada.
Id a lavaros las manos, que vamos a cenar.
No hace falta, mamá, ya hemos cenado en casa del abuelo. Tía Carmen nos ha dado de comer añadió Diego.
¿Qué tía Carmen? preguntó, sin salir de su asombro.
La novia del abuelo se rió Diego.
No digas bobadas cortó la madre al pequeño. ¿Qué va a ser tu abuelo un novio ahora?
Que sí, mamá corroboró Javier. Se quieren y todo. ¿Nos llevarás a la boda?
Irene se quedó clavada, como si un relámpago la hubiera alcanzado. ¡Vaya sorpresa! Lo cierto es que no podía imaginárselo. Después de la muerte de su madre, habían pasado cinco años y todavía no lograba superar la pérdida. Creía que su padre tampoco podría. Toda una vida juntos. Pero no; se había cruzado una cualquiera, sin pudor ni vergüenza, a rondar a un anciano solo. Seguro que iba detrás de algo, ¡menuda historia! Lo había visto en tantas películas: confiados ancianos acabando solos y con el corazón roto. Sabía bien lo que era la ficción, pero ¿acaso esas historias no salen de la vida? Esta novia quizá quería el piso de su padre, con interés. ¡Cuánta gente cambiaba por culpa de una herencia! Él vivía solo, en un piso grande en el barrio de Salamanca, al lado del parque. Si ella se hacía con todo, sus hijos se quedarían sin nada. ¡Y pensar que Irene tantas veces le había propuesto que se mudara con ellos! Desde que se divorció, criaba sola a sus chicos, y el abuelo no se hacía más joven; necesitaba cuidados. Pero él, terco como una mula, no quería escuchar. Decía que así era su dueño y señor. Y ahora, mira, no había estado pendiente. Se la habían jugado.
Dándole vueltas al asunto, casi sin darse cuenta, llamó a su padre.
Papá, ¿cómo estás? ¿Estás solo? preguntó con cautela.
Ja, tus chicos ya me lo han contado todo rio el padre. No, estoy con Carmen. Hace tiempo quería decírtelo, pero nunca veía el momento…
¿Hace tiempo? perdió todo intento de hablar con calma. ¿De verdad piensas en estas cosas a tu edad? ¡Tienes cosas más importantes de las que ocuparte!
¿Por qué, por mi edad? se ofendió el padre. ¿Acaso sólo me toca pensar en la muerte? ¿La vida se acaba cuando se cumplen setenta? ¿O ya me quieres enterrar antes de tiempo?
Piensa en mí, al menos, y en tus nietos. ¿No ves que nos afecta?
Irene, toda la vida me he preocupado de ti y de los nietos. Ahora quiero pensar un poco en mí. Me sentía solo, y Carmen me ha devuelto las ganas. ¿En qué os perjudica? Si a mí me va bien, vosotros no estáis peor. ¡Deberíais alegraros por mí! ¿No es eso lo que intentamos enseñarte tu madre y yo?
Claro, papá, ¿y mamá qué? sollozó.
Ay, Irene. Nadie reemplazará a tu madre suspiró hondo. Esperaba que lo entendieras. A saber cuánto me queda, pero quiero estos años ser feliz. Qué pena que no te alegres.
Las palabras del padre la dejaron intranquila. Viejo sí, pero ¡qué ingenuidad!
Pero ¿por qué casarse? añadió, intentando sonar conciliadora. Vivís juntos sin más…
Por dentro, esperaba que Carmen se cansara en cuanto viera que no conseguía su objetivo.
¿Cómo que por qué? ¡Soy un hombre, no un cualquiera! No me parece decente, ni estoy en edad de ser un simple querido respondió rotundo.
Irene comprendió que aquello no se acabaría tan fácilmente, y mucho menos por teléfono. Entonces tuvo una idea.
Escucha, papá, ¿qué te parece si mañana venís los dos a comer a casa? Debo conocer a mi futura madrastra dijo, esforzándose por sonar tranquila.
Eso está bien aceptó alegre el padre. Te caerá bien, ya verás.
Ya veremos qué tal esa tal Carmen pensaba Irene. A ésta le voy a enseñar yo lo que es meter la zarpa en el piso de mi padre.
Preparó la casa como nunca. Puso fotografías del padre y la madre en distintos años y situó la de la boda justo en el centro del salón, enfrente de la mesa. Salpicón, cocido, todo como le gustaba a su padre y como lo preparaba su madre, incluso pimientos rellenos especialmente para él. Creía que al verlo todo, cambiaría de idea. Pero al abrir la puerta, se quedó muda del asombro: junto al padre estaba una mujer mayor, elegante, de su misma edad.
Buenas tardes, Carmen alcanzó a decir.
Llámame simplemente Carmen sonrió ella, dándole la mano con seguridad. Tenía muchísimas ganas de conocerte, Irene. Pero Pablo siempre dudaba. Y para nada. Eres tu madre, igual de guapa. ¿Te importa que te hable de tú?
Irene no supo si reír o llorar. Al final, solo atinó a preguntar:
¿Conocía usted a mi madre?
No personalmente, pero tu padre tiene la foto de su boda en la mesa. Te pareces mucho…
Avergonzada, Irene se retiró a la cocina. Le temblaban las manos y derramó la salsa cuando pasaba los pimientos a la fuente. Luego lo limpio, pensó. Y llevó el plato al salón.
Déjame ayudarte se ofreció Carmen.
No, no, gracias, puedo sola rechazó amablemente Irene y se marchó en busca de la ensalada.
Cosa curiosa: pese a todos sus prejuicios, Carmen le caía bien. Sólo necesitaba tiempo para asimilarlo. Un tanto distraída, cogió la ensaladera, olvidando que el suelo de la cocina estaba mojado. Resbaló y cayó de golpe. Un dolor intenso le atravesó la pierna. Sus gritos atrajeron a todos.
La comida, por supuesto, se arruinó. La ambulancia la llevó al hospital y el abuelo y Carmen se quedaron con los críos en casa. Se confirmó una fractura y la estancia en el hospital fue larga. Irene no encontraba consuelo, pero le sorprendió ver a Carmen visitándola, ayudándola con las muletas, llevándose bien con los niños, limpiando la casa, cocinando y repasando las tareas del colegio.
Quisiera pedirte perdón confesó un día Irene. Pensé mal de ti, que sólo te importaba la casa de mi padre.
Pero ¡qué dices, Irene! rió Carmen. Si tengo mi propia casa. Lo que pasa es que tu padre es muy terco. Dice que no sale de su hogar ni loco. Y lo de la boda, ni te cuento… ¡Me tiene frita de tanto insistir!
Entonces, ¿no quieres casarte con papá?
¡A estas alturas! ¿Quién va a querer casarse de vieja? Sería un chiste… Lo importante es vivir estos años juntos.
Al final, Irene no ganó madrastra, pero sí una magnífica abuela para los niños y una gran amiga para ella. Y lo más importante: el abuelo recuperó las ganas de vivir y no pierde la esperanza de convencer a Carmen. Parece que encontró, por fin, a alguien capaz de igualar su terquedad…






