— ¡No soy vuestra casa de comidas gratuita! — exclamó la madre al recibir a sus hijos en la puerta

¡Que yo no soy ningún comedor gratuito! dice Carmen al recibir a sus hijos en la puerta.

Carmen Álvarez tenía planes de irse de excursión este sábado. La primera vez en dos años.

Su amiga, Pilar García, había encontrado un viaje en autobús a Segovia, y compraron los billetes con antelación. Carmen incluso se había comprado un gorro nuevo azul, con pompon, que le sentaba fenomenal. Así lo aseguraba el espejo del recibidor.

A las ocho de la mañana tomaba su té, cuando sonó el timbre.

Carmen se quedó petrificada con la taza en la mano.

«No, por favor, hoy no», se dice. El timbre suena otra vez.

Y otra. Y después una voz:

¡Mamá, abre, que llevamos las manos cargadas!

Fuera estaban José, su mujer Lucía, dos niños de siete y nueve años, y cuatro bolsas. Como si en vez de “un par de días” vinieran a pasar el invierno.

Mamá, nos han cortado el agua explica José, con tono de quien da una noticia de Estado. Solo serán dos días, ¿no te importa?

Carmen mira las bolsas. Luego a sus nietos.

Pasad dice.

¿Qué más iba a decir?

Mientras los niños se quitan los abrigos en el recibidor y los nietos ponen la televisión a todo volumen, Carmen va a la cocina. Sin pensarlo, abre la nevera, saca huevos, nata, cebolla. Su cabeza, sin embargo, piensa en el bus que sale a las diez, y en el gorro azul de pompón que cuelga en la percha y que hoy no viajará.

A las diez y cuarto, llama Pilar por teléfono:

Carmen, ¿dónde estás? ¡El bus sale en cinco minutos!

Pili, no puedo. Han venido los niños.

Pausa.

¿Otra vez?

Otra vez.

Pilar suspira tan fuerte que la oyen hasta en Segovia.

A las diez y media suena el timbre de nuevo. Esta vez es su hija Laura. Treinta y siete años, divorciada, con una bolsa de viaje al hombro y ese rostro que pide comida y consejo materno pero solo de paso.

Pasa dice Carmen.

Y se pone a freír filetes rusos.

No era la primera, ni la segunda, ni la quinta vez.

Los hijos de Carmen iban y venían. José aparecía cuando le quitaban algo en casa o si discutía un poco con Lucía y necesitaba despejarse. Laura venía sin motivo: simplemente cogía el Metro y se presentaba.

Carmen lo sabía. Y siempre acababa en la cocina.

Hay personas que caminan a la cocina como por reflejo. Carmen es así. Cuarenta años en el comedor escolar dejan mucha huella. Si hay gente, hay que dar de comer. Si no, es cuestión de tiempo. Sus manos pelan patatas antes de que la cabeza decida.

A mediodía, tres cazuelas en el fuego y una sartén.

Patatas. Filetes rusos. Y una sopa improvisada con lo que hay.

Los nietos se han mudado de sofá a la alfombra y esparcen piezas del Lego. José camina por la casa hablando por el móvil, serio, como un ministro en receso. Lucía lee tranquila en el dormitorio. Laura se sienta en la mesa de la cocina y cuenta otra vez lo de su ex aquel que fue motivo del divorcio y de todas las sobremesas.

Mamá, imagínate que me ha escrito ayer. Otra vez. ¿Pero qué quiere? Dice que me echa de menos. ¿Tú me oyes, mamá?

Te escucho, te escucho remueve Carmen el puchero.

En cierto sentido, escucha.

Mamá, ¿tú qué harías? ¿Le contesto?

No lo sé, Laura.

¡Mamá, siempre igual! Te pregunto y tú no sabes.

Carmen no responde. Espuma el caldo: requiere concentración.

A las tres, José termina su llamada y asoma a la cocina.

Mamá, ¿ya casi están los filetes?

Se están haciendo.

Es que no hemos desayunado apenas. Solo tomamos un café en el camino.

Carmen asiente.

Almuerzan entre ruidos. Los nietos rechazan la sopa: quieren filetes rusos. Sin cebolla. Laura, sin pan, porque está a dieta otra vez. José pide más. Lucía sale del dormitorio, mira la mesa y dice que no tiene hambre, pero acepta uno por probar.

Después José se tumba en el sofá, Laura se va a lavar el pelo y los nietos esparcen el Lego en otra sala.

Carmen friega los platos y mira por la ventana. En el banco está su vecina Teresa Martínez, con la que sale a caminar con bastones los miércoles. Teresa toma el sol. Tranquila. Sin filetes, ni cacharros sucios.

Carmen suspira y sigue con la siguiente cazuela.

Ya casi de noche, con la sopa devorada, la vajilla limpia y el suelo fregado tras los nietos, Carmen se sienta un momento. José asoma en la puerta.

Está tranquilo, satisfecho, con la camiseta arrugada.

Mamá, ¿quedan más filetes? Me tomaba otro.

Carmen mira a su hijo.

Quedaban tres. Apartados, porque ella apenas había probado bocado, siempre en la cocina.

Pero la mirada de José hace que algo le estalle dentro.

Carmen mira a su hijo. Y piensa en el gorro azul de pompón que no ha estrenado. En Segovia, que hoy no verá. En aquel autobús que salió sin ella a las diez de la mañana. En Pilar, que ahora probablemente recorre los patios y prueba algún dulce en un café centenario.

Y piensa en los filetes.

¿Mamá? repite José. ¿Me oyes?

Carmen deja su taza en la mesa.

Se quita el delantal.

Lo dobla con calma. Lo deja en el respaldo de la silla.

Mientras, Laura escribe en el móvil. Del salón llega el bullicio de la tele: los nietos a todo volumen con dibujos animados, y un villano que parece reírse al oído de toda la casa. Lucía pasa rumbo al baño, deja la toalla tirada y ni la recoge.

Ahí sigue en el suelo.

¿Mamá? José se balancea. ¿Te pasa algo?

Entonces Carmen contesta.

Con una voz igual de firme de quien lo ha meditado mucho y ya no puede esperar más.

Yo no soy ningún comedor gratuito. Ni un hostal.

Silencio. Hasta el villano de la tele parece callar.

Laura levanta la mirada de su móvil.

José abre la boca.

Esta mañana dice Carmen tenía planes. Irme de excursión. A Segovia, con Pilar y con Teresa. Los billetes los compramos en febrero. Me compré un gorro nuevo. Azul. De pompón. Ahí está, colgado. Id a mirarlo si no me creéis. El bus salía a las diez. A las nueve menos cuarto, llaman al timbre. Apareces tú, José, con la familia. A las once llegó Laura.

Nadie habla.

No fui a ninguna excursión continúa. Me fui a la cocina. Porque es lo de siempre. Porque los nietos quieren filetes rusos. Porque Lucía está a dieta. Porque tenéis que comer.

Pausa.

Pero yo también tengo vida Carmen alza la voz. No lo tenéis en cuenta. No os culpo, os acostumbré. Pero hoy, basta.

¿Basta qué? pregunta Laura en voz baja.

De cocinar. De serviros.

José la mira, como si le cambiasen el mundo delante de los ojos, y le costase aceptarlo.

Mamá, no lo hacemos a mala fe.

Eso es lo peor, hijo responde Carmen. Si fuera a mala fe, aún lo pensáis. Pero lo hacéis por costumbre. Como abrir la nevera: seguro que hay algo. La cerráis y seguís.

En el salón, parece que han vencido al villano: todo está más tranquilo.

Carmen toma su bolso, el de la mañana. El abrigo del perchero. El gorro azul.

¿Adónde vas? José ni se mueve, solo mira.

A casa de Pilar. Han vuelto, están allí tomando té y viendo fotos. Me esperan.

¿Y la cena? salta José. Y enseguida su cara entiende que ha metido la pata.

Carmen le sostiene la mirada. Esas miradas de madre a hijo de cuarenta que de pronto te hacen sentirte como un niño en la escuela.

Hay huevos, macarrones, queso enumera. El pan está en la panera. Manos tenéis. La vitrocerámica no es ningún transatlántico: espabilaos.

Se pone el abrigo. Abrocha los botones. Se coloca el gorro.

Ajusta el pompón y sale.

En la casa quedan cuatro adultos, dos niños, una sartén intacta y tres filetes rusos que Carmen había apartado para ella.

La toalla sigue en el suelo del pasillo.

José la mira un momento.

Después se agacha y la recoge.

Carmen vuelve alrededor de las once.

En casa de Pilar están las cosas en calma. Té con menta, rosquillas de Segovia en una bolsa, fotos en el móvil: un monasterio de piedra blanca, el mercado, Teresa probando ponche y diciendo que es zumo… Carmen mira todo y se promete ir algún día. Pilar ya sabe de la próxima excursión.

El gorro azul está en el sofá, por fin estrenado. No llegó a Segovia, pero sí a alguna parte.

La llave gira sin esfuerzo.

En el recibidor, todo recogido. Las botas de los nietos, alineadas. La toalla, desaparecida.

Carmen cuelga el abrigo. Recorre el pasillo.

En la cocina hay luz.

Se queda en la puerta.

José está fregando una olla, con la atención de quien lo hace por primera vez y quiere que quede perfecta. Hay una cacerola en el fuego: luego Carmen descubrirá que hay macarrones, algo sobrecocidos, pero hechos con voluntad. Encima de la mesa, platos limpios, apilados.

Laura también está allí.

Los nietos, a juzgar por el silencio, duermen.

José oye pasos y se gira.

Guarda silencio un segundo.

Mamá, no sabíamos que era tan duro para ti dice.

Carmen mira la olla en sus manos, la pila de platos. A Laura.

Nada especial.

Pero Carmen Álvarez, que llevaba cuarenta años dando de comer y sin esperar gracias, de pronto siente que se le humedecen los ojos. Parece mentira. Por una olla.

Siéntate, mamá dice Laura. Te hemos dejado.

En el borde de la mesa, hay un plato. Tapado. Especial para ella.

Carmen se sienta.

Levanta la tapa. Macarrones con queso. Un poco pegados, un poco fríos. El queso rallado, a lo rápido.

Coge el tenedor.

Y, francamente, son los macarrones más ricos que ha comido en años. Quién lo diría.

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