— ¡No soy vuestro comedor gratuito! — exclamó la madre al recibir a sus hijos en la puerta

¡No soy vuestra casa de comidas gratuita! exclamó la madre mientras recibía a sus hijos en el umbral.

María del Carmen Alonso tenía previsto salir aquel sábado a una excursión. La primera en dos años.

Su amiga Pilar Gómez había encontrado una excursión en autobús a Ávila; habían conseguido las entradas con antelación y Carmen incluso se había comprado un gorro nuevo, azul, con un pompón que, a su parecer y al del espejo del recibidor, le sentaba de maravilla.

A las ocho de la mañana estaba tomando un té cuando llamaron al timbre.

Carmen se quedó inmóvil, sujetando la taza.

«No, por favor… hoy no», pensó. El timbre sonó otra vez.

Y otra. Y después, la irrupción inesperada de una voz:

¡Mamá, abre que venimos cargados!

Detrás de la puerta estaban Ricardo, su mujer Lucía, sus dos hijos de ocho y seis años y cuatro bolsas. Como si fueran a pasar el invierno y no «un par de días».

Mamá, nos han cortado el agua dijo Ricardo, con esa gravedad de quien trae noticias de Estado. Venimos un par de días, ¿no te importa?

Carmen miró las bolsas. Luego, a sus nietos.

Pasad dijo.

¿Qué quería que dijera?

Mientras los niños se sacaban los abrigos por el pasillo y los nietos conectaban la tele a todo volumen, Carmen fue a la cocina. Sus manos abrieron el frigorífico casi sin pensar. Sacaron los huevos, la nata y la cebolla. Su cabeza, sin embargo, estaba en el autobús que salía a las diez y en el gorro azul de pompón que ya no iría a ningún lado ese día.

A las diez y cuarto, Pilar la llamó:

Carmela, ¿dónde estás? ¡El autobús se va en cinco minutos!

Pili, no puedo. Han llegado los niños.

Un silencio.

¿Otra vez?

Otra vez.

Pilar suspiró con tal fuerza que debió oírse hasta en las murallas de Ávila.

A eso de las once, volvieron a llamar. Esta vez era su hija: Eugenia, treinta y ocho años, divorciada, con una bolsa de deporte al hombro y esa cara de quien necesita la comida y los consejos de su madre, aunque asegura que «solo pasa un ratito».

Pasa le dijo Carmen.

Y fue directa a preparar filetes rusos.

No era la primera vez ni la segunda. Ni la quinta.

Los hijos de Carmen venían de visita cuando podían. Ricardo solía aparecer cuando cortaban algo en su casa o después de una «discutilla», necesitaba «despejarse». Eugenia venía sin excusa; se subía al metro y aparecía.

Carmen lo sabía. Y aun así iba directa a la cocina.

Hay gente cuyos pies la llevan solos hasta los fuegos. María del Carmen era de esas. Cuarenta años trabajando en el comedor escolar le habían hecho más reflejo que a un perro de Pavlov. Si hay gente, hay que guisar. Si no hay, ya vendrán. Sus manos ya pelaban patatas antes de que su cabeza decidiera si hacía falta.

A la hora de comer había tres cazuelas y una sartén en la cocina.

Patatas. Filetes rusos. Y una sopa improvisada.

Los nietos, en ese rato, habían pasado del sofá a la alfombra, donde liberaron todas las piezas del puzle. Ricardo iba de una habitación a otra hablando por teléfono, como un ministro entre reuniones. Lucía, su esposa, estaba tumbada en la cama leyendo. Eugenia se quedó en la cocina, contándole a su madre otra vez la historia de su exmarido, ese por el que se divorció hace dos años y que sigue siendo tema recurrente.

Mira, mamá, me escribió ayer. Otra vez. ¿Tú crees? Que si me echa de menos. ¿Tú me escuchas?

Te escucho, hija respondía Carmen, removiendo la olla.

Y sí, escuchaba. A su manera.

Mamá, ¿qué debo hacer? ¿Le contesto o no?

No lo sé, Euge.

¡Ay, mamá! Siempre igual. Te pregunto y tú «no sé».

Carmen no respondía. Retiraba la espuma del caldo. Eso requería toda su atención.

A las tres, Ricardo terminó su llamada y asomó la cabeza.

Mamá, ¿falta mucho para los filetes?

Se están haciendo.

Es que esta mañana solo tomamos un café.

Carmen asintió.

Almorzaron con estruendo. Los nietos no querían sopa, querían filetes. Eso sí, sin cebolla. Eugenia los prefería sin pan, porque comenzaba otra vez la dieta. Ricardo repitió. Lucía salió de la habitación, miró la mesa y dijo que no tenía hambre, pero igual se animaba a probar un poco.

Tras comer, Ricardo se tumbó en el sofá. Eugenia se fue al baño a lavarse el pelo. Los nietos diseminaron el puzle por otra habitación.

Carmen fregaba los cacharros mirando por la ventana. Fuera, en el banco a la sombra del plátano, estaba Concepción, vecina y compañera de caminatas nórdicas los miércoles. Conchita tomaba el sol con la cara tranquila. Sin filetes. Sin cacharros.

Carmen suspiró y cogió otra olla.

Ya al atardecer, cuando la sopa había desaparecido, la cocina estaba limpia y el suelo fregado después del ataque de nietos, Carmen se sentó a descansar en el taburete. Y en ese momento Ricardo apareció otra vez.

Estaba satisfecho, apacible, con la camiseta arrugada.

Mamá, ¿quedan filetes? Me comería alguno más.

Carmen lo miró.

Sí, quedaban. Tres, resguardados bajo el plato con tapa, apartados a propósito porque ella no había comido apenas ese día, siempre ocupada.

Pero Ricardo esperaba y algo hizo click.

Carmen miró a su hijo y pensó en el gorro azul de pompón, colgado en la entrada. En Ávila, que se perdería. En el autobús que partió a las diez, sin ella. En Pilar, que seguramente andaría por las murallas y después merendaría algo rico en una terraza.

Pensaba en eso. Y en los filetes.

¿Mamá? insistió Ricardo. ¿Me oyes?

Carmen dejó la taza sobre la mesa.

Se quitó el delantal.

Lo dobló con mimo. Lo dejó sobre el respaldo de la silla.

Eugenia tecleaba con los pulgares el móvil sin levantar la cabeza. Del salón salían los dibujitos en plena apoteosis sonora. Lucía pasó hacia el baño dejando caer una toalla, que ni miró.

La toalla quedó en la entrada.

¿Mamá? Ricardo balanceaba el peso. ¿Qué pasa?

Fue entonces cuando María del Carmen habló.

Con la serenidad de quien lleva años posponiendo algo porque no sabe cómo decirlo y, por fin, ya solo queda decirlo.

No soy vuestra casa de comidas. Ni un hotel.

Se hizo un silencio. Hasta el villano animado acabó en un susurro.

Eugenia levantó la mirada.

Ricardo estuvo un instante con la boca abierta.

Esta mañana dijo Carmen iba a irme de excursión. A Ávila. Con Pilar y Teresa. Los billetes los tenemos desde febrero. Me compré el gorro azul, lo tengo colgado. El autobús salía a las diez. A las ocho y media, tocasteis el timbre. Tú, Ricardo, con tu familia. Y a las once llegó Eugenia.

Todos callaron.

No fui a la excursión dijo Carmen. Me metí en la cocina. Lo hago siempre. Porque los niños quieren filetes. Porque Lucía está a dieta. Porque a todos os entra apetito.

Pausa.

Pero yo también tengo vida añadió. Nadie se plantea eso. No os culpo. Estáis acostumbrados. Yo os he acostumbrado. Pero hoy no lo haré.

¿El qué? preguntó Eugenia, muy bajo.

Cocinar. Atenderos.

Ricardo la miraba con el asombro desconcertado de quien ve desmontarse el mundo; la lenta resignación del viejo armario que chirría sobre el parqué.

Mamá, no lo hacemos por mal.

Lo sé, Ricardo. Eso es peor. Si fuese a mala idea, todavía. Pero esto es rutina. Como abrir la nevera. Si hay suerte, algo habrá. Cerráis y a otra cosa.

En el salón, los nietos seguían viendo dibujos. El villano reía. Luego calló. Tal vez le vencieron.

Carmen cogió la bolsa con la que tenía que haber salido esa mañana. El abrigo. El gorro azul con pompón.

¿A dónde vas? preguntó Ricardo, quieto.

A casa de Pilar. Me llamó. Ya han vuelto. Tomarán un té, ven las fotos. Me esperan.

¿Y la cena? dijo Ricardo. En su cara apareció el entendimiento: acababa de decir la frase más inoportuna.

Carmen lo miró largamente. Esa mirada materna con la que hasta el más hecho y derecho se siente como en quinto de primaria.

Hay huevos en la nevera, macarrones, queso dijo. El pan en la panera. Tenéis manos. La cocina no es un trasbordador espacial.

Se puso el abrigo. Abrochó los botones. Se colocó el gorro.

Arregló el pompón y se marchó.

En el piso quedaron cuatro adultos, dos niños, una sartén sin tocar y tres filetes que Carmen había reservado para ella.

La toalla seguía en el suelo.

Ricardo la miró.

Después se agachó y la recogió.

María del Carmen volvió poco antes de las once.

En casa de Pilar se estaba de maravilla. Té con menta, yemas de Ávila, fotos en el móvil (aquí la catedral, allí el mercado) y hasta bromas sobre la limonada de Teresa. Carmen las escuchaba y pensó que algún día iría ella también. Pilar ya tenía fichada la próxima excursión.

El gorro azul descansaba en el sofá. Carmen se lo puso de verdad, aunque solo fuera para cruzar el portal.

La llave giró suave en la cerradura.

Todo estaba recogido en la entrada. Las botas de los niños, en su sitio; la toalla, desaparecida.

Carmen colgó el abrigo. Paseó por el pasillo.

Había luz en la cocina.

Se detuvo, silenciosa.

Ricardo estaba en el fregadero, limpiando una olla. Concentrado, como si fuese la primera vez en cuarenta años que lo hacía y quisiera hacerlo bien. En el fogón, una cacerola: luego vería que habían cocido macarrones, algo pasados pero comestibles. En la mesa, los platos limpios, apilados.

Eugenia estaba sentada ahí.

Por el silencio, los nietos ya dormían.

Ricardo la oyó llegar y se dio media vuelta.

Esperó, quieto.

Mamá, jamás pensamos que te costara tanto dijo.

Carmen miraba la olla. Los platos. A Eugenia.

Nada especial.

Pero entonces, tras cuarenta años alimentando bocas y sin esperar nunca agradecimiento, de repente a Carmen le picaron los ojos. Y sí era por la olla.

Siéntate, mamá dijo Eugenia. Te hemos guardado.

En la mesa, una tapa cubría un plato.

Carmen se sentó.

Levantó la tapa. Macarrones con queso. Algo pegados, algo fríos, el queso rallado grueso y sin gracia.

Cogió el tenedor.

Y, la verdad, sintió que eran los macarrones más sabrosos que había probado en años. Quién lo diría.

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