Antonia se quedó clavada en la acera, incapaz de avanzar o retroceder ni un solo paso

Alicia estaba plantada en la acera de la Gran Vía de Madrid, como si sus pies se hubieran hundido en el asfalto caliente y ya nunca pudieran moverse. Era imposible avanzar, tampoco retroceder; solo sentir cómo su corazón latía en los oídos con un eco extraño, ajeno, como si todo eso fuera teatro. Del todoterreno negro aparcado junto a un vado, una voz dijo su nombre otra vez, apagada, temblorosa, como si el viento la trajera desde otra vida.
Alicia ¿en serio eres tú?
La garganta se le quedó seca y las palabras, huesudas, no salían. Lo miró: el rostro era más duro, más maduro, pero los gestos eran los mismos de siempre. Los ojos de aquel hombre tan insólitos entonces, tan capaces de desterrar cada monstruo de su infancia brillaban con el mismo fulgor del pasado.
Hacía veinte años que no lo veía.
No pensó jamás que volvería a verlo.
Y menos aún justo ahí, debajo del portal donde se había desvanecido hasta su reflejo: apenas una noche después de que su marido, Rodrigo, le gritara que con cuarenta y cinco años ya nadie la miraría jamás.
¿Álvaro?.. murmuró, el nombre deslizándose como si siempre hubiese aguaitado en la orilla de su lengua.
Álvaro asintió. Sonrisa de muchacho olvidado, tímida, tierna, ligeramente apocada: esa sonrisa que antes le transformaba las piernas en lava.
Distinto, pero inconfundible.
Perdona que venga así dijo, mientras se frotaba la nuca en un gesto que dolía de tan conocido. Encontré tu dirección hace una semana una casualidad. Removí unas cajas viejas. Apareció una foto, aquella la de la camisa blanca, en el embalse de El Atazar. ¿Te acuerdas?
Alicia cerró los ojos. Por un segundo el aire de aquella mañana volvió a rozarle los pómulos; el olor a agua estancada, la juventud aún intacta, esa risa que pensaron que nunca se disiparía.
Recordaba todo. Hasta el tacto de una hebra de hierba.
Tú fuiste la primera susurró Álvaro. Y quizá la única con la que fui yo mismo. Juré que iba a encontrarte otra vez Pero luego te marchaste. Y
Alicia apartó la vista. El frío no era para la piel; ardía en los ojos y en la boca del estómago.
Después me casé dijo, poniendo cada letra como si fuera un adoquín mojado.
Lo sé contestó él, sosegado. Muchas veces pensé en buscarte. Pero no tenía derecho a alterar tu vida.
Alicia sonrió breve, amarga.
¿Y ahora sí?
Álvaro no se inmutó. La mirada era serena, directa, sin arrogancia.
Ya no es tiempo de callar.
Un retortijón en el estómago como de filo redondo, de esos que sólo se sienten en sueños.
¿Qué quieres decirme, Álvaro?
Él respiró hondo, tragando la noche como quien se zambulle en el agua helada del Manzanares.
He venido para decirte que el silencio hasta que las palabras cayeron por su propio peso. Que no he dejado de pensarte en veinte años. Que nadie ha llenado el hueco que dejaste. Que tenía que verte una vez más. Saber si eres feliz. O, al menos, si no estás sola.
Y entonces, mientras el aire de Madrid olía a tormenta, una puerta azotó el zaguán del portal.
Alicia giró sobre sí con sobresalto.
Rodrigo estaba en el umbral: pantalón de chándal, gesto de fastidio y esa mirada en blanco que sonaba a portazo.
Alicia, ¿qué demonios haces aquí? gruñó. Al ver a Álvaro, su cara se tensó. ¿Y éste quién es?
Álvaro dio la vuelta despacio, igual de calmado.
Alicia sintió algo crecer en el pecho. No rabia. No pánico. Fuerza. Una fuerza vieja, oxidada, reconocible como el sabor del pan de pueblo.
Rodrigo bajó un peldaño; luego otro.
¿Qué te crees? ¿Quién te da derecho? escupió. ¿A qué has venido? Esta es mi mujer.
Alicia lo miró. Lo miró de verdad. Sin hombros encogidos, sin ojos huidizos. Igual. Transparente.
No apartó la vista.
Álvaro dijo serena, ¿puedes decirle tú por qué has venido?
Álvaro no tembló.
He venido porque ella me importa dijo bajito, convencido. Porque no he dejado de pensar en ella.
El rostro de Rodrigo palideció.
¡Te has vuelto loca! aulló a Alicia. ¿Bajas aquí a coquetear con un desconocido? Entra en casa ahora mismo.
Alicia meneó la cabeza.
No.
Rodrigo se quedó quieto.
¿Cómo que no?
No vuelvo arriba replicó clara. No a un sitio donde me humillan. Hoy has gritado que a los cuarenta y cinco nadie me querría. Buscó los ojos de Álvaro. Te has equivocado.
Rodrigo dio un paso atrás, como si la voz de Alicia fuera un chorro helado.
Alicia avanzó hacia Álvaro.
¿Me llevas? susurró, con la voz del que se levanta por primera vez.
Por supuesto contestó él, seguro.
Rodrigo quiso abalanzarse.
¡No lo permitiré! ¡Eres MI mujer!
Alicia alzó la mano. Gesto leve, pero firme como las murallas de Ávila.
Fui tu mujer mientras quedaba respeto. Hoy lo has hecho trizas. Aquí acabó todo.
Abrió la puerta del coche. Álvaro la ayudó a subir. Cerró despacio.
Rodrigo permanecía en el bordillo; insignificante, destruido.
Por primera vez, era él a quien nadie esperaba.
El coche arrancó lentamente.
Alicia miraba las luces de Madrid a través del cristal, girando y refluyendo como peces extraños. El calor del interior le trazaba una nueva piel, desconocida.
No regresaba a casa.
No a ese hogar.
Iba hacia eso que creía perdido:
a sí misma.
Y, después de veinte años, tras los cuarenta y cinco, después de una vida entera descubría que no todo había acabado.
Que todo, por fin, podía empezar.

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La Terrible Verdad