Donde vive la Esperanza
¡Luci! ¡Lucía!
Ana apretaba el timbre con insistencia. El silencio al otro lado de la puerta del piso de su hermana no encajaba con sus planes. Necesitaba ver a Lucía ya. Demasiadas cosas habían pasado en las últimas horas y solo Lucía podía ayudarle a poner orden en su cabeza. Nadie más.
Harta de aporrear el timbre sin éxito, Ana empezó a golpear la puerta.
¡Pero bueno! ¡Si sé que estás en casa! ¿Dónde te puedes haber ido?
La puerta del piso de al lado se abrió y asomó la cabeza doña Pilar, la vecina de Lucía.
¡Anita! ¿Qué escándalo es este? No está Luci, se la ha llevado mi Tomás a la consulta.
¿Al médico? ¿Para qué? ¿Y yo qué hago?
Ay, hija, siempre dramatizando Se marcharon hace un par de horas. No tardarán en volver. Si quieres, pasa y nos tomamos un té.
No tengo tiempo, tía Pili. Cuando vuelva Luci, dígale por favor que me llame enseguida. Inmediatamente. Es urgente, ¡es cuestión de vida o muerte!
Pilar asintió, viendo cómo Ana bajaba la escalera a toda prisa, y suspiró resignada. La vida da unas vueltas imposibles a veces. Otras, baila tan raro que ya no sabes si es un chotis o una sardana.
A la familia Alonso la conocía Pilar desde siempre. José Manuel, padre de Lucía, Ana y Carlos, fue su compañero de colegio. Además de vecino, era su amigo. Se criaron puerta con puerta. La madre de José Manuel lo sacó adelante ella sola, porque el padre murió cuando él era un crío, y nunca volvió a casarse. El “toque masculino” se lo dio el padre de Pilar: le enseñó a defenderse, a resolver problemas y a pensar… ¡y hasta a enamorarse de la lectura!
A leer devoraban ambos, Pilar y José Manuel. Primero agotaron las estanterías en casa de Pilar y después se apuntaron a la biblioteca municipal, compitiendo a ver quién leía antes un libro para pedir el siguiente. Pero leer no era pasar páginas sin más, no. Eso los vigilaba de cerca el padre de Pilar.
¿Para qué sirve correr páginas? Así también lo hace Tizón decía señalando al gato. Con la pata, pam pam, y él ni se entera de qué va. Queridas mías, pensad un poco, que sois personas.
¡Papá, no existe la palabra personas así! se reía Pilar.
Mira el diccionario azul ese, a ver si aprendes decía él, todo bromas.
Pilar adoraba a su padre y entre broma y broma le juraba a José Manuel:
Yo solo me casaré con alguien como papá, que adore los libros y no le dé pereza pensar.
Pilar encontró al suyo en cuarto de carrera, cuando José Manuel ya estaba casado y tenía a la pequeña Lucía en brazos.
¿Has encontrado a tu príncipe azul? le preguntó José Manuel, cómplice.
¡Tal cual lo soñé! Nos vamos a Tanzania dentro de un mes, a mi chico le han ofrecido trabajo allí. ¡Voy a ver el Kilimanjaro!
Él sonrió, pero le dolió en el alma. Su sueño siempre fue ser capitán y recorrer el mundo, pero al final Lucía, luego Ana y por último su pequeño río, el barco turístico de Madrid Río, se convirtieron en su Krusenstern. No había otra. Los hijos crecían…
A Lucía le empezaron los problemas enseguida cuando empezó el cole.
Hay que hacerle pruebas. Algo no va bien.
Hospitales, médicos, análisis y más análisis. Nadie le acertaba el diagnóstico. Se cansaba rápido, dormía horas y horas. Era impensable que fuese la mejor de la clase, pero ponía todo su empeño. Su mayor orgullo fue traer sólo diezes en las notas de primero y segundo.
¿A que soy buena, papi?
¡Se me acaban las palabras para decirte lo lista que eres!
Pero a José Manuel le dolía el corazón de la preocupación. Y no se equivocó. El primer gran susto de Lucía fue en el colegio.
Hay que operar ya. Si no, tu hija no llegará a la mayoría de edad.
El corazón de Lucía era generoso, pero malo compañero de viaje. Ana, tres años más joven, se escapaba a la calle a jugar y chinchaba a su hermana:
¡Nada de amigos tú, Luci! Tus amigos son los libros. ¡Ala, hasta luego!
José Manuel, al oírlo, por primera y única vez sacó el cinturón, pero Ana sólo berró y luego le sacó la lengua a Lucía:
Ya verás tú…
Lucía solo suspiraba y se refugiaba en sus libros. ¿Para qué explicarle a Ana lo evidente? Hay cosas que uno tiene que entender solo, como decía papá.
Así vivían: Ana a cien por hora y Lucía, callada y pegada a sus novelas.
Al final, operaron a Lucía y salió bien. Siguió habiendo limitaciones, pero toda la familia respiró hondo. Lucía pudo empezar a vivir de verdad y soñar con ir al cole, de donde había estado retirada mucho tiempo.
Pero la realidad fue otra. Su fragilidad, esa belleza delicada, sacaba de quicio a las compañeras:
¡Mira la repipi esa! ¡Rubita, labios de muñeca y blanca como la leche! ¡Qué princesa!
Lucía no entendía esos ataques ni sabía qué hacer.
Ana lo arregló todo a su manera. Sin respeto ni miedo. Que fueran mayores daba igual. Ella siempre iba de frente. Se lió una enorme pelea en el patio que, aunque magullada, Ana ganó.
¿Por qué lo hiciste?
¡Eres mi hermana! A Lucía Alonso nadie la toca. Si hacen falta golpes, los hay.
José Manuel fue al colegio, habló con la directora, pero nada de castigos. Compró a las chicas un helado y les dijo:
Un poco menos de orgullo y un poco más de cabeza, ¿vale?
La madre de Lucía, una mujer discreta y callada, murió tras dar a luz a su tercer hijo. El niño, tan deseado… nunca llegó a conocerla.
José Manuel, destrozado, se llevó a Carlos a casa y se lo dio a Lucía, que acababa de cumplir quince años.
Qué guapo es
Así, Lucía se convirtió en madre de golpe sin serlo de derecho, pero sí de hecho. José Manuel tuvo que aceptar dos trabajos, y Lucía se cambió de colegio para ir por la tarde y poder cuidar de su hermano por la mañana. La madre de Pilar, que ya era mayor pero seguía fuerte, se ofreció a ayudar con el pequeño.
Algo es algo, mujer. Yo cuido de tu chico, José, así Lucía puede estudiar tranquila.
La hemos criado bien, pero la felicidad siempre se le escapa. Siempre se sacrifica. Y no puedo hacer nada. ¿Mandar a Carlos a un orfanato? Imposible, es mi hijo como las chicas.
Siempre hablaban de eso a escondidas para que Lucía no lo oyera. Sólo una vez, estando Lucía enferma de verdad meses después, y oyendo a Carlos llorar en la otra habitación, José Manuel insinuó:
Quizá sería mejor dejarle en acogida hasta que salgamos adelante, hija.
Lucía, ardiendo de fiebre y rabia, le cerró la puerta en la cara:
¡Ni lo sueñes! ¡O me dejas de hablar!
José Manuel, con lágrimas en los ojos, susurró:
La culpa es mía
¿Cuál culpa, papá? ¿Tenernos? ¿Traer a Carlos? ¡Basta de autocompasión! ¡Te necesitamos!
Lucía se desplomó en el suelo y él la llevó a la cama.
No te preocupes, hija, lo haré todo.
Ana, siempre a su aire, vivía como un pájaro: las tareas no iban con ella porque Lucía siempre arreglaba lo que hubiese que arreglar entre la casa y el colegio. Para Lucía eso era así porque quería que, al menos, Ana tuviese la infancia que ella nunca tendría: con flores robadas de la jardinera de doña Gloria, besos a escondidas, guitarra en el parque y canciones hasta que las vecinas asomaban la cabeza para pedir alguna copla por encargo. Ana se volvía la estrella de esos conciertos improvisados.
¡Tendría que ser cantante vuestra Ana! decía la gente, dando palmaditas a José Manuel cuando llegaba.
Lucía convenció a su padre para meter a Ana en la escuela de música aunque ella, al principio, no quería.
No, Luci, no quiero clases. Yo canto mejor que todos esos famosillos.
Pero Lucía insistía:
Hay que formarse, Ana. Mañana aparece alguien con conservatorio y arregla el chiringuito en un abrir y cerrar de ojos.
Un día, Lucía llevó a Ana a un ensayo de ópera gracias a la médica de Carlos, amiga de la directora del teatro. Lucía rogó a Ana que se comportara, pero cómo no, su hermana fue directa a la protagonista, le repitió las notas, y la soprano la corrigió y enseñó con paciencia. Lucía la escuchaba desde la platea, viendo cómo su hermana absorbía cada palabra.
Tienes talento, pero te falta disciplina dijo finalmente la soprano. Ponle ganas y, quién sabe, quizá acabes en el Teatro Real… o hasta en La Scala.
Ana puso los ojos en blanco:
¿Qué es eso? No he oído nunca La Scala.
Y dices que estudias música ¡Te queda mucho por aprender! Deja de faltar a clase. Ponle empeño, ¡hazlo por ti!
A Ana aquello se le quedó grabado a fuego. Luego, sola en el escenario vacío, se paró en el centro y se prometió a sí misma: Yo cantaré aquí y en todos los teatros del mundo, ya lo verás.
Al ver esa escena tan tierna, Lucía recordó aquel día de infancia en el que aún estaban su madre y su padre juntos, cuando se fueron todos de pícnic a la sierra. Lucía escuchó a un pájaro cantar y preguntó:
¿Quién canta así, mamá?
Una alondra, amor. La ves, allí arriba. No la busques en las ramas, mira más arriba. Es esa puntita negra en el cielo.
Pero ¿cómo puede oírse tanto si es tan pequeña?
Porque hay pájaros con alas pequeñas y voces grandes, Lucía.
Ana era su pajarito, pensó Lucía, y la abrazó fuerte.
Claro que vas a cantar en todos esos teatros, Ana. Te escucharemos papá, Carlos y yo. Siempre.
Ana no tardó en entrar en el conservatorio, no a la primera, pero sí después de varios intentos. Decidió marcharse a vivir por su cuenta a los dieciocho, diciendo que no podía estudiar con un niño pequeño en casa.
Por entonces, Pilar ya había vuelto a casa y ayudaba con sus nietos, así que Lucía tuvo que encargarse ella sola de Carlos. Y ahí sacó fuerzas de donde no había, cuidando al pequeño y vigilando a su padre, que de pronto empezó a apagarse.
Papá, deberías ir al médico decía, cerrando la puerta de la cocina para que Carlos no oyera nada.
Carlos, que ya con seis añitos intuyó que su hermana necesitaba ayuda, a menudo se ponía solo a limpiar o a fregar platos.
¡Soy yo quien ayuda!
Lucía le daba un beso en la cabeza con ternura.
¿Qué haría yo sin ti, mi niño?
Para cuando Ana se fue a Madrid, Carlos tenía diez años y José Manuel llevaba un año ya fallecido, tras una enfermedad corta. Lucía pidió la custodia de su hermano.
Vete tranquila, Ana. Todo saldrá bien.
¿Y vosotros? Ana lloraba sin consuelo en el andén de Atocha.
Nos apañaremos como siempre, no te preocupes contestó Lucía, sabiendo que si Ana la necesitaba, sería ella siempre la primera a la que volvería.
Y así fue.
Recién enviado Carlos a la mili, Lucía abrió un día la puerta para sacar a pasear a su perro, un bóxer grandote llamado César, y se encontró a Ana sentada en las escaleras, los ojos hinchados por el llanto y temblando de frío, una colilla entre los dedos.
A… Ana Lucía se apoyó en la pared mientras sujetaba a César. Tranquilo, César, es de casa.
De casa… contestó Ana, la voz rota.
¿Qué te pasa en la voz?
Se fue… Tenía voz y ya no. Ana se levantó despacio, entró de lleno en el piso.
Come algo, ¿vale? Tienes sopa y algo de carne en la cocina. Yo bajo un momento con César
¿Desgracia? Ana forzó una carcajada agónica. Esto sí que es una desgracia…
Lucía volvió tan rápido como pudo, pero ya era tarde. Sacó a Ana de la bañera, furiosa, gritando tanto que hasta César se metió debajo de la cama.
¿Tú qué te crees? ¿Está la vida para tirarla por la ventana? ¡Ábreme los ojos ya! ¿Qué te ha pasado para rendirte así de fácil? ¿Un hombre? ¿La voz? ¿El trabajo? ¿Eso es toda la vida para ti?
Le tiraba del brazo, llamando a emergencias con manos temblorosas.
Doña Pilar ayudó a Lucía a vestir a su hermana y habló con los médicos. Nadie se atrevía a discutirle nada a la directora del hospital. No se llevaron a Ana, sólo le pusieron calmantes y chascarrillos: joven y guapa, ¿qué más quería?
Lucía, después del susto, se quedó velando a su hermana, acariciándole el pelo mojado entre lágrimas.
¿Por qué, Anita? Dímelo.
No me eches más sal Ya no queda alma. ¿Tú puedes entender lo que es no existir? Se acabó todo, Lucía. Sin voz no soy nada: ni La Scala, ni ni siquiera el teatro de provincias. Todo vacío. Soy un cero.
Lucía rio, apoyó la cabeza en la cama y soltó una carcajada que asustó hasta a César.
¿Tú, cero? Ana Alonso jamás ha sido un cero. En nuestra familia, sólo tú y Carlos habéis salido a flote.
¡Nadie me necesita, Lucía!
¿Quién te lo ha dicho, Ana? ¿Ese hombre que te dejó porque estabas enferma? Eso no es amor. Nunca lo fue. Tú te montaste la película, pero lo tuyo era quererle porque tú sí querías. Y eso ya no lo tienes, pero la vida sigue. ¿Qué necesitas un hombre así? ¡Que le den! No se merece ni una lágrima tuya.
Qué cruel eres, Lucía…
No, cariño. Hoy hago de ti. Porque tú siempre fuiste fuerte, cabezota, capaz de todo. Si no hubieras sido así, quizás yo no habría podido sacar a Carlos adelante.
Manual práctico
¿Eh?
Nada. Cosas mías de la infancia.
Ana se incorporó y le preguntó:
¿Cómo has aguantado todo esto, Lucía? ¿Nunca has querido dejarlo todo? ¿Montar tu vida?
¡Claro que sí! Te veía a ti besándote en el portal con Javi y me moría de envidia. Pero a la vez me alegraba por ti, de verdad. Tú fuiste mi alondra.
¿Mi qué?
Mi alondra. Quería verte volar tan alto que nadie pudiera pararte. Saber que algo de lo que eres es gracias a mí.
Lucía rompió a llorar y Ana, por el dolor ajeno, dejó de pensar en el suyo.
Así se quedaron dormidas, abrazadas, temiendo separarse aunque fuese un instante.
Un mes después, Ana empezó a dar clases en el propio conservatorio y escribió a su hermana pidiéndole que no se preocupara.
El tiempo pasó. Carlos volvió de la mili y al poco saltó la noticia: ¡me caso! Fue una boda pequeña pero feliz; Ana volvió a cantar en público y arrasó: hasta el jefe del restaurante le ofreció trabajo de cantante fija.
¡Ay, que vivo en otra ciudad y ya tengo empleo!
Ana, en ese instante, supo que había superado su miedo. Volvía a cantar. No era como antes, no soñaba ya con la ópera, pero… ¿y qué? Hay muchos caminos y, si existen, uno puede al menos intentarlo.
Lucía, rejuvenecida y guapísima en su vestido nuevo, bailaba con su hermano y se reía.
Ana grabó su primer álbum un año después de la boda de Carlos, y medio año más tarde se casó, para alegría de Lucía.
Ahora sí que me quedo tranquila Lucía la abrazaba procurando no arrugarle el vestido. ¡Ahora sí podré dedicarme a mí!
¡Pero quién lo diría! La primera hija de Carlos, luego mellizos de Ana… Lucía no daba abasto, corriendo de casa en casa para cuidar de todos.
Que Lucía se casó lo supieron Carlos y Ana medio año después.
¿Cómo que te casaste y no dijiste nada? Se miraban boquiabiertos.
¿Y cuándo iba a decirlo, si no paráis? Primero la niña mala, luego los mellizos Total, ya no somos unos críos. Con Santi estoy bien, eso es lo que importa.
Carlos, haciendo pucheros, ponía la mesa. Lucía les miraba divertida, sentada, abanicándose con el delantal.
¿Cuándo iba a contarlo? Siempre hay algo. Ahora, a disfrutar. Y además yo… de repente se lleva la mano al vientre.
¿Te pasa algo? Carlos asustado.
¡Se mueve! y le coge la mano para que lo sienta.
¡Uy!
¡Venga ya, tío! ríe Lucía. A poner la mesa, que ya vienen los suegros.
Ana también se levanta, y abraza a Lucía:
¡Dios mío, qué felicidad! ¡Que la dicha por fin llene también TU casa, Luci! Has dado tanto a todos, que ahora, por justicia, ¡te toca a ti!







