Diario de Lucía 14 de febrero
Esta mañana, en la sala de juegos de la planta de oncología infantil del Hospital General de Madrid, apenas se oía algo más que el susurro de hojas y el rozar de rotuladores. Era un silencio frágil, de cristal, demasiado serio para los críos que no llegaban ni a la década de vida. La tarea era sencilla: había que dibujar a su Ángel de la Guarda. Todos se esmeraban mucho, quizá demasiado para ser tan pequeños.
Para mí, Lucía, voluntaria recién llegada, era un día difícil. Siempre entendí la belleza como algo ordenado, casi sacro, muy al estilo de los frescos en las iglesias que visitaba de niña: ángeles rubios, ligeros como plumas, con ojos de azul celeste y gestos serenos. Paseaba entre las mesas asombrada: el ángel de Jaime portaba una espada gigantesca, el de Candela, alas mullidas como nubes. Todo seguía el canon, todo era tierno y un poco igual.
Hasta que llegué donde estaba Carmen.
Carmen tiene siete años. Tras varias sesiones de quimio, su cabeza era lisa como una aceituna y la piel, pálida de puro fina, parecía papel de seda. Dibujaba con una concentración de la que sólo son capaces los niños, la lengua escurrida fuera y la mano firme.
Me asomé y no pude evitar el sobresalto.
Sobre el folio, en vez de un ángel etéreo, Carmen había dibujado un tipo robusto, muuuy grande, que ocupaba casi todo el papel. Sin alas, con una barriga inmensa, enfundado en una bata blanca que le quedaba justa. La cabeza calva, tirando a redonda, las gafas torcidas como un botón en la nariz.
Carmen le pregunté con cautela, poniéndome a la altura de su silla, ¿quién es? Estamos dibujando ángeles.
Es un ángel replicó suavemente, sin apartar el ojo del dibujo. Solo que guarda las alas bajo la bata, para que no se manchen. Aquí se ensucian mucho.
La imaginación infantil, pensé, y sonreí. Cuántas veces en la planta escuchábamos ese resoplido peculiar, esa respiración pesada de quien lleva toda la noche en vela. Siempre venía del mismo lugar, del pasillo, como el rumor de un tren a punto de entrar en la estación. Pasos fuertes, pesados, que hacían temblar hasta la moqueta.
Y entonces, con esfuerzo, abrió la puerta de la sala el doctor Enrique López, jefe de reanimación. Colosal. Gordo, con triple papada, siempre con la bata mal abrochada porque nunca encontraba de su talla. El brillo del sudor en la cara, gafas de pasta cayendo sobre la punta de la nariz, siempre oliendo a tabaco, sudor y café de máquina, el más barato del hospital. Llevaba tres días sin salir, durmiendo en el cuarto de guardia, en un sofá hundido.
Para mí, era sólo un hombre agotado, descuidado, que bien necesitaba una jubilación anticipada o, por lo menos, una buena ducha.
¿Qué pasa, artistas? rugió con su voz ronca, que parecía salirle de lo más profundo de la barriga, ¿seguimos vivos?
¡Sí, doctor! contestaron las voces, dispersas pero alegres.
Atravesó la sala arrastrando los pies, apoyándose en cada respaldo. Se detuvo junto a Marcos, un niño conectadísimo a la vía, y le apoyó esa mano enorme, cálida, en la frente.
Resiste, campeón susurró. Han llegado los resultados. Vamos a poder con esto.
Después se acercó a Carmen. Sus ojos brillaron, extendió los brazos hacia ese hombre redondo, que olía a café y tabaco.
¿Dibujas? preguntó, y tras esas lentes gruesas vi, por primera vez, el destello azul intenso, los ojos llenos de noches sin dormir y algo inabarcable.
Te dibujo a ti susurró Carmen.
Soltó una risa baja, levantándose las gafas.
No cabría en el folio. Seguro que lo rompes.
Justo entonces, un pitido agudo cortó el aire del pasillo. Una alarma.
El doctor López cambió en un parpadeo. Se esfumó la pesadez, la andanza lenta. Giró, de una agilidad sorprendente para su tamaño, y salió corriendo de la sala.
¡Nadie se mueva! tronó desde el pasillo. Marta, tráeme el carro de reanimación, ¡ya!
Yo me quedé, apretando las manos contra el pecho. Escuchábamos solo órdenes rápidas, golpe de instrumental, su vozahora no tan amable, sino como un trueno fríocomandando la vida y la muerte.
¡Respira! ¡Vamos, quédate con nosotros! ¡Respira!
Un grito sobrecogedor. Mandato y súplica. Cerré los ojos. Sentí miedo.
Cuarenta minutos, se me hicieron siglos, estirados como chicle. Nadie más dibujaba. Nadie. Todos mirábamos la puerta.
Por fin se abrió. El doctor López entró, apoyándose en el marco, empapado, la bata manchada por el sudor y una mancha de sangre en la manga. Se quitó las gafas, se frotó los ojos, dejando surcos de cansancio en la cara. Luego, con un resoplido, se dejó caer en una sillita de niños, que chirrió pidiendo auxilio.
Lo conseguimos jadeó, mirando al techo. Ahora duerme.
No aparté la vista de él. Y, de repente, ante mis ojos se rasgó la venda del prejuicio. Miré el dibujo de Carmen, ese hombre tan torpe, rechoncho y después al verdadero doctor López.
Ya no vi grasa ni manchas ni agotamiento. Solo vi una masa; enorme, inamovible, una fuerza de amor tan densa que servía de ancla, sujetando a esas almas tan frágiles, de papel, que intentaban volar. Un ángel con alas doradas sería inútil aquídemasiado ligero, saldría volando con ellos.
Aquí hacía falta uno así: corpulento, pegado a la tierra, olfateando a humanidad y café, capaz de aferrar la vida que se fuga y gruñir: «No te suelto».
Bajo la luz, su cabeza brillante parecía una corona. No dorada; de trabajo, sudorosa, desigual.
Carmen bajó del asiento, se acercó y abrazó su pierna. No alcanzaba más arriba.
¿Ves? me dijo, mirándome como quien ya ha vivido demasiado. Esconde las alas para que no nos resfriemos.
El doctor apoyó suavemente la mano sobre la cabeza sin pelo de Carmen. Le temblaban los dedos.
Aguantad, pequeños susurró. Solo un poquito más.
No pude mirar más. Fui hasta la ventana. Me salieron, al fin, las lágrimas que tanto temía. Lloré por mi propia ceguera. Busqué belleza en lo brillante, lo delicado, lo excepcional y la Belleza había estado siempre allí: sentada en una silla rota, limpiándose el sudor en la manga, pesada, imperfecta y la más sagrada del mundo.






