Todos los hombres guardan sus propios secretos. Uno esconde billetes en un cajón. Otro inventa que va al fútbol con los amigos. Y Javier Alonso siempre deja el móvil boca abajo.
Siempre. Da igual dónde. En la mesa de la cocina, boca abajo. En la mesilla, antes de dormirse, boca abajo. En el restaurante, en casa de sus padres, boca abajo.
Lucía no se dio cuenta al principio. Solo lo notaba, lo almacenaba en la memoria. Hasta que un día lo pensó más despacio. Y después dejó de pensarlo, porque pensar dolía. Es una forma que tienen las mujeres de manejar la inquietud: no le dan vueltas hasta que la inquietud se revuelve y no las deja dormir.
Su matrimonio es, en fin, normal. Sin locuras, pero sin discusiones tampoco. Javier trabaja. Lucía trabaja. El fin de semana toca supermercado, capítulo de serie, a veces cenas de amigos. Los amigos son Marcos y Carmen. Marcos es el amigo del alma de Javier desde la universidad. Carmen es su mujer: extrovertida, risueña, con esa confianza inquebrantable en sí misma que a Lucía, a veces, la agota aunque nunca lo demuestre.
Todo aparentemente bien. Si no fuera por el móvil de él.
Lucía veía casi siempre esa pantalla apoyada sobre la encimera, invisible. Y siempre pensaba: da igual, es cosa de adultos. Quizá sólo sea una costumbre.
Hasta que un día, al echar mano a la sal, chocó sin querer con el teléfono, que resbaló y cayó, pantalla hacia arriba.
Javier reaccionó antes de que ella pudiera ver nada, tapándolo con la mano.
Perdona dijo Lucía.
Tranquila respondió Javier.
Ambos fingieron que no había pasado nada. Porque justo así se actúa cuando algo sí ha pasado.
Lucía es una mujer lista. Eso, en realidad, le trae todos los problemas.
Una mujer lista no monta una escena por un teléfono. Observa. Hace listas mentales: columna de hechos, columna de excusas. Y mientras las explicaciones más o menos encajen, guarda silencio.
Lucía guarda silencio desde hace meses. Sus columnas rebosan.
Primer hecho: Javier ha empezado a quedarse más horas en el trabajo. Antes, como muy tarde, a las ocho; ahora a las nueve, a veces nueve y media, una vez incluso a las once. Excusa de manual: cierre de trimestre, informe, cliente de Barcelona.
Segundo hecho: está como ausente. Frente al televisor, sin verlo realmente. Tarda un segundo más de lo normal en responder, como si fallase la conexión.
Tercer hecho: se pone tenso cuando llama Marcos.
Eso es nuevo. Javier y Marcos siempre han sido inseparables, y las llamadas entre ellos eran diarias. Antes, Javier cogía el teléfono ilusionado, a veces charlaba media hora en la cocina. Últimamente, al ver el nombre en pantalla, su expresión cambiaba apenas, pero Lucía lo ve.
Un día le preguntó sin rodeos:
¿Todo bien con Marcos?
Sí, claro. ¿Por qué?
Es que te noto raro cuando te llama.
Te lo parece dijo él, y se refugió en el móvil.
Carmen, la mujer de Marcos, llamó un miércoles por la tarde. Solo para charlar. De esas veces sin motivo, sin maridos, con una taza de té y la charla flotando en el aire. Carmen siempre tan animada, de las que se ríen en alto en medio de un bar.
¿Qué tal todo? pregunta Carmen.
Bien. Javier ha vuelto a llegar tarde.
Bueno, el trabajo… responde Carmen con demasiada ligereza.
La siguiente semana cenan todos juntos en casa de Lucía, como casi siempre los viernes. Marcos y Carmen traen vino y tarta, Javier prepara carne para todos y hace como si estuviera en la gloria. Lucía pone la mesa, observa.
Hay algo diferente entre Javier y Carmen.
Siempre han charlado con naturalidad, y de repente evitan incluso mirarse.
Marcos bebe vino y habla de su trabajo. Voz neutra, gesto cansado. Lucía lo mira y piensa: ¿sabrá algo? ¿O sospechará y calla, igual que yo hago? ¿O todo esto me lo invento yo?
¿Estás callada? le suelta Javier cuando los invitados se han ido.
Estoy cansada.
Acuéstate pronto.
Vale responde Lucía.
Se acuesta, fija la vista en el techo. Tras la pared, la televisión suena baja; Javier no aparece aún. Su móvil reposa en la mesilla de su lado.
Boca abajo.
Lucía se gira hacia la pared.
Aún deja margen a las excusas.
El sábado Javier sale, tengo la ITV del coche, le dice, unas tres horas.
Lucía toma café, hojea algo; al rato decide ponerse a limpiar. Aspira, pasa el trapo, recoloca cosas. Al llegar al sofá del salón ve el móvil.
En el cojín. Pantalla hacia arriba.
¡Lo olvidó!
En tres años juntos, Javier jamás había olvidado el móvil. Había dejado llaves, la cartera, una vez hasta la chaqueta en la oficina trayéndose en pleno noviembre solo la americana, pero móvil, nunca.
Lucía se detiene, trapo en mano.
El móvil brilla. Está encendido.
Deja el trapo y se acerca.
Hay una notificación. Apenas unas palabras. Lucía jamás cotillea mensajes de su marido. No por confiar ciegamente, sino por creer que cada adulto tiene derecho a su espacio privado. Un principio, en general, correcto. Cómodo para todos menos para ella.
No lee el mensaje.
Pero sí ve la foto de contacto.
Un circulito, como los del WhatsApp. Un rostro de mujer, pelo oscuro, sonrisa.
Lucía conoce bien esa sonrisa. Carmen.
Se queda mirando ese pequeño círculo con la cara de Carmen. Un instante. Dos. Cinco. El móvil se apaga, la pantalla se ensombrece de nuevo. Lucía no se mueve.
Va después a la cocina. Se sirve agua.
Carmen. La mujer de Marcos. Amiga suya, en la medida en que se es amiga de la pareja de tu amigo. La de los viernes de cena compartida, la que tiene alergia a los kiwis y cumple años el veintidós de marzo. Lucía lo sabe. Siempre le regalan algo juntas con Javier.
El año pasado también.
Regresa al salón. El móvil vuelve a iluminarse: llega otro mensaje. Notificación, luego se apaga.
Tampoco esta vez lo lee.
Sabe que si lo lee, algo se romperá irremediablemente. Mientras no mire, queda la esperanza diminuta de que tal vez Carmen escribe a Javier por una razón cualquiera, inocente. Para felicitar, preguntar por Marcos, algo banal. Aunque no, en WhatsApp no hay errores de número, aparecen los nombres.
Lucía sabe que no es eso.
Se sienta junto al móvil en el sofá. Lo mira. El móvil calla, como quien sabe demasiado y decide callar.
Las piezas se ordenan en su cabeza. Las ausencias tras el trabajo. Las respuestas despistadas. La tensión en las llamadas de Marcos. La noche en que Carmen y Javier casi no se hablaron y lo notó raro. Y la vez que Carmen restó importancia a las ausencias de Javier con demasiada rapidez.
Lo sabe. Carmen lo sabe porque es la causa.
Lucía se deja caer en el sofá y nota cómo por dentro todo empieza a recolocarse, poco a poco.
Marcos y Javier, veinte años de amistad.
¿De verdad Marcos no sabe nada? ¿O sí lo sabe? ¿O sospecha como ella y prefiere callar? Porque es listo.
Cruje la puerta del edificio. Pasos en la escalera.
Javier vuelve antes; a saber si la ITV fue rápida o si ha recordado el móvil olvidado.
Lucía no se levanta. Permanece sentada en el sofá.
Javier la ve, ve el móvil junto a ella. Se le mueve algo en la cara, apenas un segundo. Pero Lucía lleva meses fijándose en esos gestos.
Me lo dejé dice, señalando el móvil, como si todo fuera normal.
Ya veo responde Lucía.
Se levanta, pasa junto a él hacia la cocina. Coge el segundo vaso de agua, sin empezar, y lo bebe.
Silencio a su espalda.
Lucía dice Javier.
Ahora no responde ella muy serena. Aún no estoy lista.
Y es verdad. No está lista para hablar, ni para llorar, ni para cualquier explicación que ya no explique nada. Para lo que sí está preparada es para lo que ya sabe. Que es suficiente.
La conversación llega el domingo por la tarde. Sin gritos, ni portazos, ni los dramas que Lucía había imaginado y temía. Simplemente, se sientan en la cocina. Javier empieza; probablemente esperaba que Lucía preguntara, y al ver que no, se decide.
No sé cómo explicar esto dice él.
No hace falta que expliques nada responde Lucía. Ya lo entendí con la foto de perfil.
Él calla. Mucho rato. Y pregunta:
¿Lo sabías?
Sospechaba. Siempre encontraba una excusa plausible.
¿Y ahora?
No sé qué vas a hacer tú. Yo necesito pensar en el divorcio.
Carmen se entera esa misma noche: Lucía la llama. Es la conversación más breve de su vida.
Carmen, lo sé. No tienes que contar nada. A Marcos díselo tú o no, como quieras. A mí, no me vuelvas a llamar.
Silencio al otro lado. Luego un Lucía… y Lucía cuelga.
Marcos se entera al día siguiente. Lucía no sabe cómo y no quiere saberlo. Sólo que Javier vuelve a casa aún más serio, se sienta, mira al vacío, y le dice:
Marcos me llamó.
Ya responde Lucía.
Nada más que decir.
Tres años de matrimonio. Veinte de amistad. Una foto de perfil con una sonrisa ajena, y dos hogares caen como castillos de naipes. Sin ruido, casi sin rastro. Nada de fuegos artificiales.
Lucía hace la maleta una semana después. Libros, ropa, algún cacharro de cocina que ya era suyo antes de conocer a Javier. Él en el salón de al lado, cambiando a ratos la postura.
En la puerta, se detiene. El móvil de Javier sigue ahí.
Boca abajo.
Lucía sale y cierra la puerta.






