Él se agachó junto al pastor alemán. La perra le miró con una mirada resignada y apartó la vista. Ya hacía tiempo que había dejado de esperar nada. Conocía demasiado bien a las personas…

Se agachó junto a la pastora alemana. Ella lo miró con una mirada resignada y después apartó la vista. Hacía mucho que había perdido la esperanza. Sabía demasiado bien cómo eran los humanos…

En el barrio la conocían simplemente como “la manada de perros”. Pero yo, que vivía en uno de los edificios de esa zona de Madrid, siempre corregía: «No es una banda. Son cinco perros que se unen para sobrevivir».

La jefa era una vieja pastora alemanase notaba que antes había vivido en una casa. Probablemente sus antiguos dueños la abandonaron al mudarse, sin mirar atrás. Era ella quien mantenía unido al grupo, los protegía, los guiaba y evitaba que se deshiciera esa pequeña familia de la calle.

Yo les llevaba algo de comer todos los días. Por la mañana, de camino al trabajo, y por la tarde, al volver. Y siempre, en cuanto me veían aparecer, cinco colasunas enroscadas, otras caídasempezaban a moverse como aspas de helicóptero. Ver tanta alegría en sus ojos me encogía el corazón. Saltaban, me rozaban las manos con sus narices húmedas, lamían mis dedos. En esas miradas estaba todogratitud, confianza, esperanza.

¿Qué puede esperar un perro que un día fue abandonado para morir en la calle? Y aun así ellos esperaban. Confiaban. Querían. Por eso nunca iba hacia ellos con las manos vacíasellos aguardaban. Y siempre esperaban.

Pero aquella mañana, solo cuatro se acercaron corriendo a mis pies. Gimoteaban y miraban con inquietud hacia el extremo de la acera. Supe enseguida que algo iba mal.

Di un largo suspiro y llamé al trabajo para avisar que llegaría tarde.

Al final de la calle larga, en un barrio residencial de las afueras de Madrid, bajo unos arbustos, yacía la vieja pastora alemana. Un coche la había atropellado. Era una curva traicionera, y los pocos coches que pasaban lo hacían siempre demasiado rápido. Aquella vez la suerte no estuvo de su lado.

Los cuatro perritos aullaban bajito, mirándome a los ojosyo era el único humano en quien confiaban.

Me acerqué a la pastora alemana. Sus ojos derramaban lágrimas. Me miró con resignación y apartó la cabeza. Ya no sabía esperar nada. Había aprendido demasiado de los hombres. Solo le preocupaba una cosa¿qué sería de los otros cuatro, los que dependían de ella?

Vaya… ¿Te duele mucho? pregunté en voz baja y, una vez más, saqué el móvil.

Conseguí pedir el día libre, acercqué el coche y, con mucho cuidado, la subí al asiento trasero. Las otras cuatro perritas brincaban a mi alrededor, se restregaban contra mi brazo, como intentando darme las gracias.

En la clínica veterinaria, el doctor la examinó y suspiró:

Lo mejor sería dormirla. Tiene demasiadas fracturas. Hay muy pocas posibilidades de que salga adelante, el tratamiento es muy caro…

¿Pero posibilidades hay, verdad? interrumpí.

Siempre puede haber un milagro admitió el veterinario. Pero sufrirá mucho. ¿Vale la pena?

Sí respondí firme. Para mí sí. Eso le basta a ella. Además… la esperan esas cuatro perras. ¿Cómo podría luego mirarles a los ojos?

El doctor me miró con atención y asintió:

Entonces, vamos a intentarlo.

Una semana después recogí a la pastora de la clínica. Todo ese tiempo, las otras cuatro no se habían movido de mi portal. Cuando nos reunimos, sus chillidos de alegría fueron tan altos, que hasta la pastora, herida, se animó y trató de lamerlas.

La llevé conmigo a casa y luego salí a hablarles a las demás. Les di un pequeño discurso. Sobre lo que implica tener un hogar, la responsabilidad. Sobre que desde ahora, muchas de las cosas a las que estaban acostumbradas serían distintas.

Se sentaron delante y me escucharon muy serias. Me detuve, las miré y sonreí:

¿Y bien? ¿A qué estáis esperando? Entrad.

Y abrí la puerta del patio.

La pastora alemana se recuperó de forma sorprendente. No dejaba de intentar levantarse para ir con sus compañeras, y yo ponía ojo para que no se excediese. Cuando por fin soldaron las fracturas y pudo ponerse bien en pie, le puse un collar especialuno dorado, con una campanita pequeña.

Ahora salgo antes al trabajo. Camino por la larga calle desierta, llevando conmigo a cinco perras: cuatro pequeñas y graciosas, de cola enroscada, y una vieja pastora con su collar de oro y campanilla.

Y deberíais ver cómo miran a ambos lados. Ahora tienen casa. Y a ella la distingue el collar. Ella camina con la cabeza alta y orgullosa.

No podríais comprenderlo, porque jamás habéis llevado un collar con campana así. Pero cualquier perro lo sabe: así camina la perra a la que todos respetan.

Así avanzamosaquel hombre que no pasó de largo, y cinco perras que nunca perdieron la esperanza ni el amor, aun habiendo sufrido la traición humana.

Caminan alegres. ¿De qué se alegran? No lo sé. Tal vez de tenerse, tal vez del sol, o tal vez, porque en este mundo aún queda amor.

Y cuando los miro a los ojos, comprendo: mientras existan miradas así, no está todo perdido.

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