Lilka

Lili

¡Lili, mira qué lazos tan bonitos me ha comprado mi madre! Marina dio una vuelta ante su amiga. Los lazos rosa palo, mullidos como flores, coronaban las puntas de sus largas trenzas. Las trenzas de Marina eran la envidia de todas las niñas de la plaza. Largas, con un rizo al final y tan gruesas como una muñeca. Natividad, la madre de Marina, había cuidado el cabello de su hija con esmero casi desde la cuna.

El cabello es el orgullo de una chica. Mira qué oro. Le pasaba un mechón por la muñeca y se lo mostraba a su hija. ¿Quién va a pasar de largo ante tal belleza?

Y Marina aguantaba, paciente. El lavado de cabeza, convertido en ritual solemne, y después el minucioso desenredo, las tiradas de peine. Marina, sentada muy quieta, aguantaba en silencio incluso cuando su madre tiraba demasiado fuerte. Por la belleza, bien merecía la pena algún dolor. Sobre todo si después veía cómo a Lili le brillaban los ojos cuando, al azar, ella lanzaba su trenza sobre el hombro y enrollaba el rizo en el dedo.

Y sí, Lili la miraba con envidia verdadera. Estaba convencida de que no había niña más guapa en el mundo. ¿Qué podía comparar sus rizos rebeldes con aquella melena esplendorosa? La naturaleza parecía haberse reído de la pobre Lili: su pelo, una maraña rubia volando con cualquier viento, imposible de domar con ningún peine. Por más que su madre, Pilar, luchara por ponerla decente, las cosas no mejoraban.

Lili, cualquiera se moriría de envidia si viera lo tuyo. Mira, hay mujeres que van a la peluquería para que les hagan lo que tú tienes de nacimiento: un rizo perfecto.

Pero a Lili no le convencía.

¡Mamá, yo quiero trenzas como Marina!

No hay manera, hija. Con tu pelo no puedo hacer trenzas largas. Y sería pecado ocultar tal melena bajo unas trencitas, mi flor. Pilar le ataba lazos a las coletas y la besaba. ¿Te cuento un secreto?

Lili asentía, intrigada.

Todavía no ha nacido la mujer a la que le guste todo de sí misma. Si tiene pelo liso, querrá rizado. Si rizado, deseará liso. Siempre lo de otra nos parece mejor. Porque todas queremos ser perfectas, pero se nos olvida que si la naturaleza quería clones, todas seríamos iguales. ¿Te gustaría eso?

¡No!

Exacto. Cada una tiene su belleza y si lo aceptas, puedes convertirlo en virtud. Si te gustan las trenzas de Marina, bien. Pero fíjate en lo que tienes tú. Y, créeme, Marina también te envidia un poco, aunque nunca lo diga.

¿De verdad?

Lo sé. Pero es lista, no te creas que te lo dirá a la cara. Si te lo dice, dejarías de mirarla como a un pastelito favorito. Eso no le conviene.

La risa de Pilar resonaba, y mandaba a su hija a jugar con su amiga.

La amistad entre Marina y Lili era peculiar. Se conocían desde bebés: mismos parques, mismas escuelas, una infancia compartida como hermanas. Pero también estaba ese inevitable y tonto pulso, ese picante necesario en toda relación femenina: nunca peleas, pero sí una pequeña neblina de rivalidad. Lili, hija única, era tranquila, incapaz de enfadarse mucho o de discutir. Marina, con una hermana mayor, era experta en batallas de niñas y usaba ese talento sin remordimientos. Decía, copiando a su hermana Estrella, que había que “poner a la gente en su sitio”, aunque en realidad no entendía bien qué significaba ni por qué.

La infancia de las dos fue feliz. Los padres procuraban, dentro de lo posible, que no faltara de nada. Natividad trabajaba en El Corte Inglés y vestía a las niñas con lo más bonito y de calidad. Pilar le agradecía infinito a su amiga la ropa y calzado, aunque las niñas se quejasen porque muchas veces iban vestidas igual. No protestaron apenas, hasta aquel cumpleaños fatídico ya con quince años, cuando llegaron a casa de una compañera con los mismos vestidos y se llevaron las risas de medio salón. Desde entonces, Pilar, que era tramoyista en el teatro municipal, tomó el mando: Nati traía la tela y la costurera amiga de Pilar hacía trajes distintos a las chicas. Así acabó el problema.

Lili, ¿has decidido ya qué carrera vas a estudiar? Marina preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Lili siempre había curado cuanto ser vivo encontraba: gatos, perros, palomas y cualquier bicho terminaba en su casa. Pilar se resignaba, consciente de la vocación de su hija.

Voy a Medicina.

Será difícil entrar. Marina cerró el libro de Biología y lo agitó. ¡Hay que saberse todo esto de memoria!

Y más. Mi madre ya me ha traído los temas para preparar.

¡Pero si solo estamos en cuarto!

Y a ver si me da tiempo de todo…

Yo quiero ser técnico comercial, como mi madre. Y no quiero volver a oír la palabra escasez en mi vida.

Marina aún no sabía que solo quedaban unos años para que en las tiendas hubiese de todo. Pero la profesión de su madre seguiría siendo útil y, tras vender la casa de la abuela, Marina acabaría montando tres tiendas, perdiéndolo y levantándose con esa tozudez que siempre la había distinguido. Pero eso sería mucho después. Por ahora, las dos procuraban estudiar en la casa de campo de los padres de Lili.

Lili.

¿Eh?

¿Viste cómo me miró ayer Alejandro? Marina echó la cabeza atrás y sus trenzas cayeron al suelo, colgando del respaldo de la mecedora donde estaba sentada. Me parece que le gusto.

Lili calló. ¿Cómo podría decirle a su amiga que Alejandro no miraba a Marina? Marina siempre estuvo segura de que las miradas y la admiración solo podían centrarse en ella. ¿Quién, en su sano juicio, podría fijarse en la robusta y rolliza Lili? Marina pensaba que Lili parecía un payaso: esa melena salvaje, esos zapatos número 41. Sí, aún era esbelta, pero pronto pensaba Marina se deformaría y sería una más. Ella, en cambio, se sentía perfecta por herencia: su padre alto le dio unos ojos azulísimos, y su madre, perfil griego y cabellera de diosa. Cuando una vez Lili vio el Nacimiento de Venus, soltó:

¡Eres tú, Marina!

No había mejor elogio. Marina, frente al espejo, confirmaba la verdad de su amiga.

Lili se levantó, dejó el libro en la mesa y preguntó:

¿Quieres compota?

¡Claro! Espera, Lili ¿crees que debería decirle a Alejandro que me gusta?

Lili suspiró. Había querido evitar esa charla, pero era ya inevitable.

Verás Marina Lili tartamudeó.

¿Qué pasa? ¿Te lo dijo él? Marina aplaudió con alegría.

No. Marina, ayer estábamos sentados juntos.

¿Y?

Alejandro no te miraba a ti.

Marina se echó a reír.

¿A quién, si no? ¿A ti? Pero, de repente, se quedó seria. ¿A ti?

Sí. No sabía cómo decírtelo. Hace dos semanas me dijo que le gustaba y quería salir conmigo.

Vaya… Marina se levantó despacio y se asomó a la ventana.

No era tanto por Alejandro; no lo necesitaba de verdad. Pero ¿cómo podía él preferir a Lili? ¡Eso no tenía sentido!

¿Y qué dijiste? Intentó mantener el temple, recordando todas las lecciones de Estrella.

Que no era el momento, con la universidad tan cerca… Lili disimuló; en realidad, no le había dicho que también ella sentía algo. No quiso decírselo a Marina.

Marina la miró, captando la verdad. Decidió: haría lo que fuera para que Alejandro paseara con ella por el pueblo. No podía ser que eligiera a Lili.

Pero el destino cambió los planes. Aquella tarde el padre de Lili vino a buscarlas:

Mamá está en el hospital, hija. Hay que volver a Madrid.

Pilar nunca se quejaba, pero ese día el dolor fue grave; solo gracias a que estaba ensayando en el teatro, la llevaron a tiempo al hospital con un infarto.

Todo va bien, cariño, fue un susto Pilar abrazó a su hija, que había esperado casi 24 horas antes de poder entrar a verla.

¡Me asustaste mucho!

No tengas miedo, ¿dónde voy a ir yo sin ti? Pilar bromeaba con esfuerzo; a Lili no se le escapaba el sufrimiento en cada palabra.

Durante las dos semanas siguientes, Lili vivía a caballo entre casa y hospital. Al dejar un poco el estudio, recibió en seguida una reprimenda de su madre.

Yo me curaré, pero el tiempo perdido no vuelve. Ya que estás aquí, lee en voz alta.

Y Lili obedecía. Apenas se veía con Marina ni con Alejandro, que la acompañaba a veces y trató de explicar a Marina que solo tenía ojos para Lili, pero Marina hacía oídos sordos.

Dieron de alta a Pilar justo cuando Lili aprobó el último examen.

Vais a San Sebastián, chicas. Bueno, mamá irá al balneario y tú, Lili, te quedarás en una casa cerca. Un amigo mío se ha encargado; su hermana te cuidará. Respirarás aire puro. Iré cuando pueda cogiendo vacaciones.

El pequeño chalé en las afueras cautivó a Lili. La anfitriona, doña Inés, la llevó a una habitación luminosa:

Ésta es la tuya. ¿Te gusta?

A Lili todo le parecía fantástico: el aire limpio, el torrente de flores en el jardín, el agua clara “que aquí se puede beber de cualquier parte”, decía Inés.

Por el día, Lili paseaba por el parque con su madre y por la noche tomaba infusiones con Inés, escuchando historias de la familia. Una semana después, llegó uno de sus sobrinos: Arturo, un año mayor que Lili, estudiaba Medicina. Enseguida se hicieron amigos y Lili encontró en él con quien compartir sus inquietudes.

Inés, contenta, les veía salir juntos. Había criado a Arturo de pequeño tras la ausencia de su madre, y soñaba con una buena pareja para él. Sin embargo, notó pronto que Lili veía a Arturo más como amigo. Decidió preguntarle, una noche, sobre su vida sentimental.

Lili, muy azorada, le confesó su cariño por Alejandro.

¡Ay, hija, qué lástima! ¡Qué nuera habrías sido! Pero me alegro por ti, de corazón.

Esa noche Inés besó a Arturo y le susurró:

Tiene ya el corazón ocupado, hijo. Pero mira, no hay conversación de boda aún.

Entonces habrá que intentarlo Arturo intentó bromear, abrazando a su tía.

El regreso a Madrid sumió a Lili en el estudio. La carta de reclutamiento de Alejandro la pilló por sorpresa.

¿Tan pronto?

Es lo que toca. No te pongas triste. Volveré, y nos casaremos. ¿Me esperarás?

Lili le abrazó en silencio.

En la fiesta de despedida, Marina reía y cantaba, mientras echaba miradas a su amiga, pálida y callada.

¡Ay, el amor! No podéis ni estar un par de días sin veros…

Pero Lili solo pensaba en la larguísima espera y empezó a escribirle cartas, contándole sus torpezas en clase de anatomía, los agobios de exámenes y declarando su melancolía.

Pero algo cambió. Primero, pasó más de un mes sin noticias. Luego, llegó una carta agria, imposible de asimilar de una vez.

¡Mamá! ¿Entiendes algo de esto?

Era un párrafo breve; Alejandro rompía toda relación.

Hay que ir a verle, hija dijo Pilar, ocupándose de los billetes.

Pero el viaje no sirvió de nada. Alejandro se negó incluso a recibirla.

No hay nada de qué hablar dijo ante el oficial.

Sin comprender, Lili decidió no insistir. Pero Alejandro no volvió de la mili: se fue al norte, sin avisar a nadie. Su madre, cuando vio a Lili por la calle, se limitó a decir:

Te creía una buena chica. ¿Cómo has podido? No volvió a dirigirle la palabra.

Lili, destrozada, lloraba en su cama. Las acusaciones injustas le dolían hasta lo más hondo.

Hija… Pilar le levantó la cara. Es injusto, ¿lo entiendes?

¿El qué, mamá?

Todo esto. Si te ha dejado así, es que no te quería lo suficiente. Quien ama de verdad, jamás se va sin hablar, sin dignidad.

No puedo… ¿Cómo vivir?

No lo sé, pero tienes que vivir. Ahora duele, pronto se pasará. Créeme.

¿De verdad?

¿Alguna vez te he mentido?

Abrazada a su madre, Lili cubría de lágrimas sus manos.

Con Marina, el trato quedó reducido al mínimo. Se veían por compromiso, iban de charla intrascendente y después… nada. Marina rehacía su vida y antes de terminar la universidad, Lili fue su dama de honor en la boda, donde, entre copas, Marina le susurró:

¡Ya verás cómo a ti también te va a ir todo bien, Lili!

Pero Lili apenas esperaba nada. Al no encontrar explicación a lo de Alejandro, asumió que era su culpa y no quiso más cambios. La miraban con interés en la residencia, pero achacaba las atenciones a la curiosidad: no abundaba la cardióloga con melena rebelde. Pensó mil veces en cortarse los rizos; el trabajo era duro, hasta que un profesor venido de Barcelona la notó:

Niña, menudas manos tienes: ¡de acero, propias de un hombre!

Lili se sintió halagada. Era el mayor cumplido imaginable.

Deberías trasladarte, tenemos plaza para ti.

Lili aceptó. Era una oportunidad única.

¡Lili! ¡Qué maravilla! Esto solo pasa una vez en la vida, hay que ir Pilar no cabía en sí de gozo. Su hija se iba a una de las mejores clínicas del país.

Lili sintió que dejaba atrás la tranquilidad. Si ya era complicado en casa, allí sería más difícil. Arturo, que seguía siendo su amigo cercano, fue a visitarla.

No puedes seguir así, Lili. Ni te pareces a ti misma, ¿cuándo dormiste bien por última vez?

¡No me acuerdo! respondía, riendo. Arturo, ¿tú, médico, preguntando tonterías?

Y se iba al mercado, llenaba su nevera y le preparaba ensaladas y guisotes. Hasta que, de tanto cuidar, Lili notaba que al marcharse él, iba quedando todo arreglado: papeles, averías, el coche… Arturo siempre estaba allí.

Mamá, me da cosa. Hace tanto por mí Siempre presente y yo

¿Y tú, qué, hija? Pilar abrazaba a su hija, que sentada en la cocina parecía una niña aún.

Que no sé si siento lo mismo.

¿Lo comparas con Alejandro?

Sí. Nada que ver.

A veces el amor no es el incendio de los primeros años. Puede ser tranquilo, llegar despacio, sin arder. Quizás sea hora de dejar el pasado y mirar adelante. Pero dime la verdad: ¿quieres a Arturo?

No sé

¿Y qué es el amor, mamá?

Quién puede saberlo, hija. Cada persona ama a su manera. Para algunos, es tormenta; para otros, refugio. Pregúntate qué buscas tú.

Lili pensaba días y meses. Casi un año, dándole vueltas cada vez que Arturo la visitaba.

¿Me miras así por algún motivo?

Para recordarte cuando te vayas.

¿Quieres una foto mía? bromeaba Arturo, viendo cómo ella devoraba lo que había cocinado. Al levantarse para traer más, escuchó:

Prefiero que te quedes tú entero.

Lili misma se sorprendió. Al ver que Arturo titubeaba, comprendió que era lo correcto.

Se acercó, le quitó el plato, se puso de puntillas para mirarle a los ojos:

¿Te parece bien así?

Y, al ver cómo la miraba ese hombre, Lili supo que había acertado.

Un año y medio después nació su primer hijo. Dos años más tarde, una niña. Los padres se mudaron también a Madrid para estar junto a los nietos, y Lili, dejando los niños con su madre, regresó sin miedo al quirófano. Era ya una reconocida cardióloga en el Hospital Niño Jesús de Madrid.

Lilia Natividad, hija, no me equivoqué contigo le decía el profesor, alzando el dedo. Cuando yo me jubile para irme a la casa del pueblo, quedas tú al frente.

Tranquilo, hombre, ¡que aún queda trabajo!

No vas a poder curarlos a todos, pero haremos lo posible, ¿a que sí? ¡Vamos, hoy tenemos un caso interesantísimo!

Por el pasillo, una mujer se abalanzó sobre ella. Le sonaba vagamente.

¿Eres tú, Lili?…

Marina se detuvo, conteniendo el paso.

¡Marina! Lili la abrazó. ¿Qué haces aquí?

Mi hijo. Borja Platón.

Ya veo. Yo haré la operación.

Lili

Tranquila, será una operación difícil, pero estamos acostumbrados.

¿Prometes que todo irá bien?

No se puede prometer, eso trae mala suerte. Haré todo lo posible. Espera. Tardaremos, pero saldré cuando acabemos.

Esperaré

Todo salió bien. Lili, fatigada, se apoyó junto a una Marina dormida, sentada en una silla incómoda.

¡Marina! Lili la tocó en el hombro. ¡Marina!

¿Sí? Se espabiló, sobresaltada. ¡Lili! ¿Qué?

Todo bien. No estés asustada. La operación fue un éxito. Ahora toca esperar.

¿A qué?

A que el cuerpo reaccione. Borja es fuerte.

Sí, fuerte Marina se sentó y rompió a llorar.

¡Vaya contigo! Cuando todo sale bien, siempre tienes que llorar. Anda, ven, vamos a tomar un café. Yo tengo que quedarme aquí unas horas y no me tengo en pie.

¿Puedo? Marina miró anhelante la puerta de la UCI.

Todavía no. Cuando despierte, te avisarán. Solo sin lágrimas, ¿vale? Que no puede alterarse.

Entiendo, sí.

Ya en la cafetería, Marina miraba a Lili comer.

Siempre fuiste tragona.

Después de casi 24 horas sin probar bocado, a ver tú. Dos niños difíciles, tres operaciones. Me lo he ganado.

Buen provecho. Has cambiado mucho

¿Tanto?

Muchísimo. Casi no te reconocí. ¿Y tú, cómo estás?

Bien. Ya ves. Luego conocerás a los míos. ¿Dónde te hospedas?

Marina jugueteaba con la servilleta y, obviando la pregunta, preguntó:

¿Estás casada?

Sí. Tengo un marido maravilloso. ¿Recuerdas a Arturo?

No, pero a Alejandro sí

Eso quedó atrás, Marina. Solo un recuerdo lejano de juventud.

Lili perdóname

¿Por qué?

Fui yo quien hizo que rompieras con Alejandro.

¿Cómo? Lili la miró seria, aunque sentía una punzada dentro.

Te espiaba las cartas, las leía y… te envidiaba tanto, no podía entender cómo él podía preferirte a ti. Le escribí yo una carta diciendo que tenías novio nuevo y que te casabas.

Silencio. Lili removía el café.

Perdóname, Lili. Has salvado a mi hijo y yo…

Ya está, cálmate. Bebe agua, siempre tan dramática. ¿No se te ocurrió pensar que debería darte las gracias?

¿Gracias, por qué?

Porque al final me hiciste un favor. Si él me olvidó tan rápido y ni siquiera salió a hablar conmigo cuando fui a verle… ¿qué clase de amor era ese? Gracias a eso, hoy tengo a Arturo y a mis hijos. No me arrepiento de nada. Y si no hubiera pasado aquello, igual nunca habría entendido qué es el amor.

¿Y qué es?

Es respirar y sentir que tu aire importa para quien te quiere y que respiras en el mismo compás que el otro. Que os necesitáis mutuamente para vivir.

¿Eso lo has pensado tú?

Mi marido, que es un romántico. No siempre sé explicarlo, él sí.

Debe de ser muy buen hombre.

El mejor dijo Lili, mirando el reloj. Vamos.

¿Adónde?

A ver a tu hijo. Es hora. ¿Recuerdas lo que te dije?

Marina asintió, saliendo casi corriendo detrás de su amiga.

Tranquila susurró Lili, esperando junto al ascensor, mientras le arreglaba la bata a Marina ya pálida, antes de empujarla hacia la puerta del hospital.

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