Nunca conocí a mi padre y mi madre apenas venía a verme. Solo mucho después supe por los tutores cómo acabé en el orfanato. Tenía apenas un año cuando contraje una neumonía. Exhausta por la enfermedad, dejé de llorar completamente. Permanecí tranquila en una cuna unos días y moría poco a poco, mientras mi madre triste bebía aguardiente en la habitación contigua.
Nací en una familia donde mi madre amaba el alcohol. Podía pasarse días bebiendo y el ruido de las botellas no me dejaba dormir. Los vecinos ya se habían quejado por el llanto del niño, así que mi madre decidió un día llevarme al hospital. Cuando la enfermera entró a revisarme, vio que estaba en llamas. Mi ropa se había incendiado y tres personas hicieron falta para apagar el fuego. Me llevaron de inmediato a la sala de urgencias y me trataron las quemaduras. En todo el tiempo que estuve en el hospital, mi madre no vino ni una sola vez a verme.
La felicidad que encontré en el orfanato continuó después, al nacer mi primer hijo. Recibí educación y tuve la suerte de conseguir un buen trabajo; el piso era amplio, bien amueblado y vivir allí me llenaba de alegría. Formamos una familia llena de milagros, aunque faltaba nuestra propia descendencia
Mi esposa y yo adoptamos a una niña de dos años de un orfanato. Muchos conocidos nos dijeron que no lo hiciéramos, pero no los escuchamos. La llevamos con nosotros cuando nos trasladamos a Madrid y arriesgamos que pudiera tener alguna enfermedad genética, pero desde entonces ha estado completamente sana.
Hoy le agradezco a Dios cada día el haber sabido pensar por mí mismo y no hacer caso a los demás. Ninguna advertencia de los médicos se cumplió: mi niña está sana y crece feliz. A mi parecer, es muy fácil culpar a las malas genes de los problemas que aparecen en la vida de un niño. Es como decir que no fue la falta de cuidado o las condiciones de vida, sino que los padres biológicos y sus genes tienen la culpa de todo. Lo único que necesita un niño es amor y la certeza de ser importante para poder convertirse en una buena persona.
Pronto se cumplirán cinco años desde que la adoptamos y estoy muy nervioso. Quiero a mi hija tanto como al otro hijo que tuve de forma biológica; los dos son mi familia. Pero hay una parte de mí que teme que Lucía descubra que fue adoptada y que no lo tome bien. No sé cómo empezar esa conversación si algún día se entera. ¿Lo comprenderá? Eso me asusta mucho más que la posibilidad de que alguien más se lo diga antes que yo.







