Mi hijo se casó cuando ya tenía 33 años. Hoy en día parece normal, pero antes en Madrid era visto como tardío. Se casó porque su novia se quedó embarazada. Todos en casa estábamos ilusionados; era nuestra primera nieta, una niña preciosa. La alegría llenó el piso familiar. Repetíamos que éramos dichosos una y otra vez.
Mi nuera, Inés, no es una mala persona, todo lo contrario; es una anfitriona excepcional, siempre tiene el piso ordenado y reluciente. Es joven, simpática, sabe tejer con dos agujas, habilidad que me asombró pues yo jamás supe ni sostener una aguja. Una muchacha discreta, con temperamento tranquilo. Mi hijo es feliz, y yo, sinceramente, ya no tengo ninguna otra ambición.
Cuando mi nieta cumplió tres años, anunciaron que venía otro bebé en camino. El segundo, un niño. Decidieron empezar a reformar la casa heredada de mi abuela en un pueblo de Castilla-La Mancha. ¡Nos alegró mucho la noticia! Ni siquiera pasaron tres años, cuando mi nuera volvió a decirnos que esperaba un tercer hijo. Y apenas dos años después, otra vez embarazada.
Vivimos casi al día, dependiendo del sueldo de mi hijo. Se las apaña para buscarse la vida donde puede; sabe arreglar cualquier chapuza, lo mismo levanta una pared que repara una lavadora, todo lo hace con sus propias manos. Pero no deja de ser un conductor, un trabajador humilde. ¿Para qué necesitan un tercer hijo? Apenas pisa la casa, siempre está de un lado a otro con trabajos a media jornada.
Y justo antes de Nochevieja, Inés me entregó una lista con todo lo necesario para los niños. ¿Pensáis que había bombones o juguetes? No, nada de eso. Aquello era una enumeración de cosas prácticas: aceite para masajes, calcetines, pantys, leotardos… en fin, artículos imprescindibles y nada que se viera anunciado en la tele.
Le pregunté a mi hijo dónde pensaban tener al cuarto crío. Pero él, como si tal cosa, cambió de tema.
En fin, puedo decir con orgullo que crié a un hijo responsable, trabajador, que nunca rechaza un empleo. Su mujer, casi con 35 años, nunca ha trabajado, no tiene ni un día cotizado en la Seguridad Social. Imagino que a los 40 igual llega el quinto niño, y no me sorprendería. Pero yo no voy a estar aquí eternamente, o un día me haré mayor y no podré ayudar más. La madre de Inés falleció, así que la única ayuda que tienen soy yo. Al menos consiguieron terminar por fin la reforma de la casa. Pero ahora imaginaos: todos allí, apiñados, con cuatro criaturas, y todavía aquello no es un hogar de verdad.
Le pregunté a Inés: Y cuando se acabe la ayuda, ¿qué haréis? ¿Dónde vas a buscar trabajo cuando tengas 40 años y nunca hayas trabajado fuera de casa? Ella me contestó que, de alguna forma, ya saldrá adelante. Y si, Dios no lo quiera, le pasa algo a mi hijo, ¿qué hago yo entonces? ¿Cómo levanto yo sola a tantos niños?
Tengo otro hijo que me echa en cara que apenas paso tiempo con su pequeño, porque no tengo ni un respiro, toda mi vida gira en torno a la familia del mayor.







