Mi hijo se casó cuando ya tenía 33 años. Ahora es algo habitual, pero antes era considerado tardío. Se casó porque su novia se quedó embarazada. Estábamos contentos porque era nuestra primera nieta, una niña. La alegría era inmensa, sinceramente. Mi nuera no es mala persona, al contrario, es una anfitriona excelente, la casa siempre está impecable, es joven, agradable, sabe tejer, cosa que me sorprendió, porque yo nunca he tenido habilidad con las agujas. En resumen, una muchacha simpática, de carácter sencillo, mi hijo está feliz y no puedo pedir más.
Cuando mi nieta cumplió tres años, anunciaron otro embarazo. Nació un hijo varón. Empezaron a remodelar la casa que heredamos de mi abuela. Nos alegramos. Al poco tiempo, mi nuera anunció que esperaba el tercer hijo. Y dos años después, volvió a quedarse embarazada.
Mi hijo vive al día, de nómina en nómina, gana lo que puede, es apañado, sabe arreglarlo todo, se encarga de las obras él solo, no le asustan los trabajos manuales. Sin embargo, es un simple conductor de autobús; ¿para qué quiere tener ya un tercer hijo? Casi no está en casa, siempre está haciendo horas extra para poder mantener a todos.
Antes de las navidades, mi nuera me dio una lista de cosas necesarias para los niños. ¿Pensáis que incluía dulces y juguetes? Pues no. Solo había cosas esenciales, hasta aceite de masajes, calcetines, leotardos, todo lo indispensable que no se encuentra en los folletos de ofertas.
Le pregunté a mi hijo dónde pensaba que nacería el cuarto hijo. Pero desvió el tema.
Conseguí criar a un hijo responsable, trabajador, que no le hace ascos a ningún empleo. Su mujer tiene casi treinta y cinco años, nunca ha trabajado, no tiene experiencia laboral. Quizá a los cuarenta tenga un quinto hijo, ya no me sorprendería. Pero yo tampoco voy a vivir para siempre, o simplemente me haré mayor y no podré ayudarles. La madre de mi nuera falleció, ya no tiene a nadie más que la eche una mano, salvo yo. Pero, eso sí, han logrado por fin remodelar la casa. Aunque, con cuatro niños, siguen viviendo apretados.
Le pregunté a mi nuera: ¿Y cuándo se acaben las ayudas, qué haréis? ¿Dónde vas a encontrar trabajo si llegas a los cuarenta sin haber trabajado nunca?. Me contestó que de alguna manera se las arreglará. Pero si, Dios no lo quiera, le pasa algo a mi hijo, ¿qué será de ellos? ¿Qué haré yo con tantos nietos pequeños?
Tengo otro hijo, que siempre me reprocha que apenas paso tiempo con su hijo porque me paso el día ayudando a la familia de mi primogénito.






