Álvaro se casó con Esperanza por despecho. Quería demostrarle a su ex que no se quedaba llorando después de que le dejara en la estacada. Casi dos años salió con Lucía, y la amó tanto que hubiera sido capaz de darle el mundo envuelto para regalo. Ya tenía en la cabeza la boda, aunque le fastidiaban ciertos comentarios de ella:
¿Para qué casarnos ya? Todavía no he acabado la carrera, y tú en la empresa vas a trompicones. Ni coche decente tienes, ni piso tuyo. Además, no quiero encontrarme a Victoria cada mañana en la cocina. Si no hubieras vendido la casa de los abuelos, sería otra cosa.
A Álvaro le picaba ese tema, pero en el fondo Lucía tenía razón. Compartía piso con su hermana en el antiguo apartamento de sus padres y, en el negocio familiar, acababa de empezar a pillar como tirar del carro. ¿Quién iba a imaginar que le tocaría ser el cabeza de familia antes de acabar la universidad? Se desvivía intentando que aquello no se hundiera mientras remataba la tesis.
La decisión de vender la casa fue consensuada con Victoria. Lo importante era salvar la tienda. Los dos, estudiantesél, a punto de acabar empresariales; ella, en tercero de psicologíaapuntaban hasta en servilletas las deudas que habían acumulado antes de cobrar la herencia. Vender la casa les permitió tapar agujeros, invertir en género y guardar un colchón para emergencias.
Pero Lucía sostenía que la vida es ahora y las preocupaciones para los aburridos. Se ve que las ideas fluyen mejor desde la protección de papá y mamá. En cuanto la vida te da una colleja y te toca ser el apoyo de tu hermana, los planes cambian. Álvaro pensaba: ya llegarán el coche, el piso y el jardín. Todo a su hora.
Pero la vida, como siempre, va guisando las sorpresas a fuego lento. Esperaba a Lucía en la parada del bus junto al cine, habían quedado para ver el último estreno. Le extrañó que le pidiera no ir a buscarla; a Lucía le horrorizaban los autobuses. Pero ella apareció en un cochazo.
Lo siento, Álvaro. No podemos seguir juntos. Me casole dejó un libro en la mano y, sin mirar atrás, se metió en el coche.
Álvaro se quedó como una estatua. ¿Qué se podía torcer en solo tres días que estuvo fuera? Victoria, nada más verle, lo supo todo:
¿Ya te has enterado?asintió el hermano. Se ha pillado un Cayetano forrado. Se casan el veinticinco. Hasta quiso que fuera su testigo, pero paso. Es una falsa, mangoneando a tu espalday Victoria rompió a llorar, de rabia por Álvaro.
Anda, tranquilaintentó consolarla, acariciándole el pelo como cuando era pequeña. Que le vaya bonito, y a nosotros mejor todavía.
Se metió en el cuarto hasta el día siguiente; Victoria casi arañaba la puerta:
Por lo menos sal y come algo. He hecho tortitas.
Al caer la tarde, salió con los ojos chisporroteando:
Vísteteordenó a su hermana.
¿Qué se te ha ocurrido?
Me caso con la primera que acepte.
Estás como una cabra, Álvaro. No es solo tu vida con la que juegas…
Pero él, más terco que una mula:
Voy solo si hace falta.
En el parque había más gente que en la Barra del Bar Manolo en feria. A una chica, la propuesta le hizo pensar que estaba rodando una cámara oculta; otra salió corriendo. La tercera, que le miró bien a los ojos, dijo que sí.
¿Y tú cómo te llamas, guapa?
Esperanza.
Habrá que celebrar la pedida, ¿no?y allá que arrastró a la recién conocida y a su hermana a la cafetería.
Nadie rompía el silencio, y Álvaro solo pensaba en la venganza: que su boda fuera también el día veinticinco.
Esperanza rompió el incómodo mutismo:
Supongo que hay alguna razón seria para casarte con una desconocida, ¿no? Si es un arrebato, no me ofendo si me marcho.
Nada de eso. Palabra dada. Mañana papeleo y luego a conocer a tus padres. Y por cierto, ya basta de tanto usted.
Todas las tardes hasta la boda las pasaron juntos, hablando, descubriéndose.
¿Me vas a contar alguna vez el motivo?le preguntó Esperanza en una de esas tardes.
Todos tenemos esqueletos en el armarioesquivó Álvaro.
Mientras no tropecemos con ellos por casa…
¿Y tú por qué aceptaste?
Me imaginé una princesa de cuento, casada al tuntún por el rey. Y ya sabes cómo terminan: «Y vivieron felices y comieron perdices». Pues quise comprobarlo.
Nada de cuento de hadas en realidad. El gran amor le había dejado el corazón roto y la cuenta corriente tiritando, pero aprendió a distinguir a los fantasmas de los valientes. No buscaba a ningún caballero de brillante armadura, pero sí a alguien que supiera lo que quiere y se atreviera a decirlo. La determinación de Álvaro le ganó.
¿Y tú cuál eres? ¿Princesa risueña, valerosa o la rana de la fábula?se reía Álvaro.
Si me besas, igual te sorprendesle siguió el juego ella.
Pero nada de besos robados ni caricias de película.
Álvaro se encargó de todo lo de la boda. Esperanza solo tenía que elegir entre lo que él proponía. Ni el vestido ni el velo dejó en manos ajenas«Vas a ser la más guapa», repetía.
En el Registro Civil, en plena espera, se cruzaron con Lucía y su prometido. Álvaro, forzando una sonrisa:
Felicidadesbeso de rigor en la mejilla. Que seas muy feliz con tu cartera andante.
No montes numeritosmusitó Lucía, mordiéndose el labio y analizando de arriba a abajo a la futura esposa de Álvaro. Alta, elegante y con porte de reina. Lucía se sintió como un cuaderno de descuentos al lado de una revista de lujo.
Álvaro volvió junto a Esperanza:
Todo bienfingió entereza.
Aún estás a tiemposusurró ella.
Hasta el final.
Y justo en la sala, al mirar los ojos tristes de su mujer, comprendió la que había liado.
Te haré feliz, te lo prometoy al decirlo, por primera vez, se lo creyó.
Y llegaron los días de matrimonio. Victoria y Esperanza se hicieron amigas en un tiempo récord. Victoria, que era puro genio, aprendió a domar los arrebatos, y Esperanza se ganó a todos dirigiendo la casa con mano de seda.
Especialista en contabilidad y fiscalidad, en dos tardes Esperanza puso los números de la tienda en orden. Medio año más tarde abrieron un segundo local, y enseguida se lanzaron a los arreglos de casas. Ganancias multiplicadas por mil.
¿Y qué pintaba Esperanza en la historia? Era la lista de todos los cuentos, la que tenía arte para que sus ideas parecieran propuestas del propio Álvaro. Todo parecía estar en su sitio, pero a Álvaro le faltaban esas mariposas del principio. «Rutina», pensaba, «el abismo de la rutina. No la amo, y punto».
Gracias a Esperanza, pronto dieron el salto a la construcción de chalets, y el primero fue para ellos. Cuanto mejor iban las cosas, más le venía a la cabeza Lucía: «No pudo esperar. Si viera el coche que llevo… Y este no es un chalet, ¡es un palacio!» Con ese runrún, de vez en cuando se preguntaba: «¿Y si?»
Esperanza notaba al marido inquieto. Se desvivía por ser su preferida, pero el corazón, tan suyo, era incontrolable. «No todos los cuentos son verdad», pensaba ella, aunque la esperanza es lo último que se pierde. El nombre ya la obligaba.
Victoria observaba el desbarajuste de sentimientos de su hermano.
Vas a perder más de lo que puedes ganarle soltó, pillándole mirando el perfil de Lucía en Instagram.
¡No te metas en lo que no te importa!saltó él.
Victoria, con ojos coléricos:
¡Eres más tonto de lo que pareces! Esperanza está coladita por ti y tú jugando al despiste.
«Lo que me faltaba, que la cría me dé lecciones», mascullaba Álvaro, mientras cada vez le tiraba más el recuerdo de Lucía. Así que le mandó un mensaje.
Lucía le confesó que todo le iba de mal en peor. El marido la había echado a la calle sin nada. Ni carrera terminada, sin trabajo estable, y viviendo de alquiler en el centro.
Álvaro dudó unos días: «¿Voy o no voy?» Pero justo Esperanza se fue al pueblo con la abuela enferma. La tentación hizo el resto.
Se decidió y viajó hasta Valladolid, acelerando más que Fernando Alonso. Se le disparaba el corazón cada vez que imaginaba el reencuentro.
La realidad fue más cruda que el gazpacho sin sal.
¡Pero si eres un bombón!le lanzó Lucía, abrazándose a él.
Un olor rancio a sudor que le puso mala cara. Se apartó discretamente:
Nos están mirando.
¡Me da igual!soltó ella, echándose a reír.
Mini falda, maquillaje barato, perfume de origen dudoso Nada que ver con su Esperanza: «Si es que siempre fue así. ¿Cómo no lo vi antes?», se lamentaba al verla atacar la jarra de cerveza.
Déjame algo de dinero y ya verás cómo te lo agradezcoy le lanzó un beso baboso.
Álvaro solo pensaba en escapar de allí.
Perdona, me tengo que irse levantó.
¿Nos vemos luego?
No lo creoÁlvaro llamó al camarero. La cuenta, por favor.
Pero yo quiero quedarme un rato másprotestó Lucía, haciendo pucheros.
Que se relaje con lo que quedale dijo en voz baja al camarero, dejando un billete de cincuenta euros en la bandeja.
De vuelta a casa, iba tan rápido que casi multan hasta la sombra del coche.
¡Menudo imbécil soy!se humillabaVictoria tenía razón. ¿A qué he venido? O quizá sí que me hacía falta venir.
«Nunca llamé a mi mujer “Espe”», pensaba de repente. «No hay nadie en el mundo más cercano a mí». Dio un frenazo. Se quedó varios minutos repasando los años de matrimonio.
Veía la cara de Esperanza, sus ojos azulísimos, su sonrisa cuando le veía llegar, esas manos largas y cuidadas desordenándole el pelo con dulzura.
«Le prometí hacerla feliz», pensó mientras ponía el coche en marcha y, tras veinte kilómetros por la autovía, se desvió hacia el pueblo.
Una semana es demasiado. No he podido estar más de dos días sin tile dijo al llegar y verla salir corriendo al encuentro desde la casa de la abuela.
¡Menudo loco!reía ella, con lágrimas de felicidad.
Espe, mi querida Espesusurraba Álvaro al oído de su esposa, y los dos se sintieron resucitar de pura dicha.






