Don y Perlita
Don, Donito, come aunque sea un poquito. Y el agua sigue intacta… ¿Ni siquiera has bebido nada? ¿Qué voy a hacer contigo?
Me senté en el escalón junto al pastor alemán. El perro, grande y noble, alzó la cabeza solo para dejarla de nuevo entre las patas.
Sé que le echas de menos Yo también. ¡Si supieras cuánto le extraño! Se me escapó un sollozo, pero me recompuse de inmediato.
Don siempre captaba mi estado de ánimo. Desde que hace siete años llegó a nuestra casa, no había mejor amigo en quien confiar mis penas. Nunca hacía preguntas absurdas, ni insistía en que le contara todos los detalles, mucho menos daba consejos fuera de lugar. Simplemente se sentaba a mi lado, lamía mis lágrimas y, cuando me serenaba, traía su juguete favorito y la correa. Salíamos a caminar durante horas. Mi padre decía que era para despejar la cabeza.
Fue él quien, en su día, trajo aquel cachorro grandullón y orejudo.
Os presento a Don. En los papeles pone otro nombre, pero hasta que te sale, se te traba la lengua.
Mi madre entonces se llevó las manos a la cabeza, pero yo reía mirando cómo Don, sentado en medio del recibidor, giraba la cabeza intentando entender dónde había llegado.
No habrá paz en esta casa… suspiró mi madre y fue a buscar la fregona; mi padre me guiñó un ojo sonriendo.
¿A que es bueno?
Sí, papá. ¿Pero por qué justo ahora?
Lo ha recomendado el doctor. Dijo que necesitaba caminar largas distancias y tener emociones positivas. Así que pensé en juntar dos cosas en una. Y ya sabes que siempre quise tener un perro.
Ya lo sé.
Hay que realizar los sueños, hija. Creo que ha llegado el momento.
Ahora estoy convencido de que Don le alargó la vida a mi padre. Los médicos decían que no llegaría ni a un año más. Siempre había sido fuerte y deportista, así que se sorprendió cuando el cardiólogo, tras verle los resultados, dijo:
No tengo buenas noticias, lo siento…
No se detuvo a lamentarse por lo que le quedaba. Cambió algunas cosas: dejó de fumar y también el baño turco; pero por lo demás, siguió su vida: cuidaba el jardín, plantaba sus rosas favoritas, mimaba los manzanos, paseaba y entrenó a Don con dedicación.
Un perro tiene que ser educado y listo, no mimado.
Suspiré. Papá preparó a Don para todo, menos para su propia ausencia. Aquella noche en que falleció mi padre, me despertó un sonido raro y escalofriante. No entendí enseguida que era el aullido de Don. Jamás antes ni después le oí emitir ese lamento, con semejante dolor. Nada más escucharlo, supe lo que había pasado. Corrí al dormitorio de mis padres y mi madre, con la mirada completamente perdida, me dijo:
Lucía, lleva al perro fuera…
Don, al oírla, se calló y se tumbó junto a la cama donde descansaba mi padre.
No se va a ir, mamá. No le eches. Él también quería a papá
Los días siguientes fueron una pesadilla confusa que por momentos era demasiado rápido de asimilar y al instante, interminable. Me daban ganas de gritar, de implorar que aquello terminara de una vez.
No nos mudamos al piso de la ciudad; decidimos quedarnos en la casa de campo.
No puedo todavía, Lucía, no quiero. Aquí parece que sigue cerca… o eso siento.
Mamá… La abrazaba, temiendo por su salud. La migraña volvió y mi madre pasaba el día en la habitación a oscuras, apretando los dientes para no quejarse y no alarmarme. Siempre había tenido migrañas, pero mientras mi padre estuvo enfermo, se prohibió pensar en ellas. Ahora sentía que todo el dolor que debía haber llegado a plazos a lo largo de los años, le caía de golpe encima, impidiéndole respirar o pensar, ni levantarse de la almohada.
Yo revoloteaba a su alrededor, sin saber cómo ayudarla.
Paciencia, Lucía, ya pasará todo.
¿Cuándo? quería gritar yo, pero me callaba; sabía que para ella las palabras eran un peso más.
Don, que hacía días no entraba en casa y se pasaba el tiempo en el porche o en el jardín, volvió de pronto y se puso al lado de mi madre en la cama. Por mucho que lo intenté, no conseguí sacarle de allí. Pasó cuatro días junto a ella, negándose a comer, bebiendo solo un poco del bol que seguía siendo el que usaba mi padre. Al quinto día mi madre abrió los ojos, sorprendida. Ya no le dolía la cabeza y lo mejor, había dormido casi toda la noche. Se incorporó con cuidado, bajó los pies de la cama y casi gritó al tocar algo cálido y peludo.
¡Don! ¡Me has asustado! ¿Qué haces aquí?
El perro alzó la cabeza y la miró de un modo que le hizo alargar la mano y, al tocar su frente, decirle:
Gracias
Se levantó y fue tambaleándose a la cocina, donde la encontré sentada en los escalones del porche, comiéndose un bocadillo. El pan estaba duro, solo había mostaza en la nevera, pero según ella, nada le había sabido mejor.
Mamá…
Esto es un desastre, Lucía. ¡Sí que han cambiado las cosas! Si en casa no hay ni de comer. ¿Tú de qué has vivido? ¡Y Don, está muerto de hambre!
No ha querido comer, mamá. Da igual lo que le insista
Don, tumbado junto a mi madre, gruñó bajito y cerró los ojos.
Siempre está igual…
Papá nos habría regañado Por favor, calienta algo de agua y busca carne si queda para hacerle un poco de arroz.
Ahora el reto de que Don comiera era cosa de las dos. Pero de poco sirvió. Cuando ya se cansó de nosotras, se levantó, caminó penosamente y se metió en el jardín. Nos miramos, mi madre y yo.
Hay que ir al veterinario. Vamos a perderle dijo, se puso en pie y me hizo un gesto. Saca el coche, yo bajo en un momento.
Mientras abría el portón, mi madre se puso la chaqueta y salió al porche.
¡Don! Donito, ven aquí, chico.
Silencio. Bajó al jardín, por los caminos que mi padre había hecho tan a conciencia. Su manzano más querido estaba cargado de fruta. Se alegraría del milagro de este año, pensé.
Un ruido en los arbustos la hizo detenerse. Don estaba junto a la cerca del pequeño seto de la frambuesa, bufando furioso.
¿Qué pasa, Don? ¿Una rata? ¿Un erizo?
El perro ladró y mi madre examinó el suelo. Algo había en la hierba, pero no estaba segura de qué.
Bueno, si fuera una rata hubiera huido ya. Podremos con lo que sea dijo, pisando con cuidado la cerca bajita, apartando la hierba.
¡Lo que nos faltaba! ¡Mira esto!
El gatito que sacó del follaje era minúsculo. A ciegas, buscaba calor en sus manos. Su maullido era tan débil que ni lo habíamos oído. Don, sorprendido, retrocedió al acercarle el hocico mi madre.
¿Qué pasa, tienes miedo? Si con lo pequeño que es no puede hacerte daño. ¿Y qué hacemos con él? Aún no ve…
Bufando, Don olfateó al muchachito y este, buscando mamar como podía, le golpeó la nariz; Don se quedó inmóvil. Mi madre sonrió y acercó más al gatito.
¿Qué opinas?
Don lo olfateó otra vez y, para su sorpresa, lo lamió dos veces.
Bueno, está claro. Vamos, vamos a enseñárselo a Lucía.
Me sorprendió ver llegar al porche a mi madre, el gatito en brazos y Don a su lado, vigilando.
Mamá, te había perdido. ¿Eso qué?
Don nos ha traído un problema dijo, posando al pequeño en el escalón y Don se tumbó junto, lamiendo y dándole calor.
¿Y ahora qué hacemos con esta alegría?
No sé. Habrá que pensar cómo alimentarlo; niñera parece que ya tiene.
El gatito fue un milagro. Don se animó, y tras una charla severa mía, empezó a comer por fin.
Si piensas hacerte padre, tienes que comer, ¿me oyes? le empujé el bol. Si no, ¿cómo criarás a una criatura si tú mismo no tienes fuerzas?
Don se levantó, miró al gatito, que gateó hacia el bol, y gruñó suave.
¡Mira! ¡Ya empieza a educar! suspiré aliviado al ver a Don comer. Si no llega a ser por ese pequeño montón de pelos, le habríamos perdido. En mi familia todos somos cabezotas, perro incluido.
Mi madre se encargó de alimentarla por la noche, insistiendo en que yo debía descansar y estudiar.
Tienes que centrarte en la universidad, la cría es cosa mía.
El gatito creció, y pronto, vimos que era gata.
¿Cómo la llamamos? preguntó mi madre, apartando a Don, que intentaba raptarla con la pata mientras ella le daba el biberón.
No sé yo jugueteaba con la pulsera turquesa que me regaló papá. Nada especial, solo una cinta de bolitas, pero la llevaba siempre. De repente, se rompió. Me arrodillé a recoger las cuentas, al borde del llanto.
No llores. Se recoge y se pone una nueva cinta, pero bien fuerte. ¡Ya está! dijo, levantando el gatito llena. ¡Perlita! Es perfecto para una gata, ¿no crees?
Don, entendiendo que la sesión de comida había acabado, la cogió cuidadosamente y la llevó a su rincón para lamerla.
Nunca pensé ver despertar el instinto paternal en un perro tan formal dije.
Ni yo contestó mi madre. Ya verás, hija, búscate tú una buena cinta.
No llegué a contestar. Don se lanzó al jardín.
¿Qué pasa? ¡No vayas tú sola! mi madre corrió tras de mí.
El ladrido nos llevó a nuestro manzano más grande, donde unos niños, encaramados arriba, se encogían asustados.
Don saltaba intentando alcanzarlos.
¡Don! ¡Aquí, a mi lado! ¡Silencio!
Sorprendidos los críos vieron al perro sentarse a mi lado obediente.
Vaya, es listo dijo el más travieso.
¿Y qué hacéis aquí?
Bajaron la cabeza indecisos. Por fin, el mismo niño respondió:
Sus manzanas están buenísimas.
Que sí, pero aún están verdes…
Da igual, con un poco de sal están aún mejor…
Sonreí y agarré a Don del collar.
¿No os daba miedo la perra?
Sabíamos que estaba aquí, pero últimamente ni ladraba, solo estaba en el porche
¿Observasteis a la perra?
A ella no, a él sí. ¿Cómo se llama?
Don. ¿Queréis bajar?
Asintieron.
No tengáis miedo, le controlo yo.
¡Venga, bajad! intervino mi madre. Es pronto para coger manzanas. Luego podéis venir y coger algunas maduras. Pero ya que estáis, hay bollos y mermelada. ¿Os apetece?
Se bajaron como un tropel. Don, extrañado, aceptó que le acariciaran.
¿Podemos tocarle?
¿Ya no tienes miedo? sonreí.
La pandilla acabó con toda la mermelada de frambuesa de mi madre. Había poca ese año, pero verlos mojar pan, untar generosamente, solo le hacía sonreír y acercarles el azúcar y té.
Comed, que aproveche.
¿Y ésta quién es? Mateo, el líder, señalaba a Perlita, que se arrellanaba entre las patas de su perro-padre recibiendo un baño de lametones.
Don ha adoptado una hija.
¡Vaya! ¡Se parece a la gata de doña Raquel!
Ah, igual sé de dónde ha salido asintió mi madre. Pero ya no la querrá de vuelta su madre gata. Huele a perro.
Don no la devolvería ni en broma rió mi madre. ¿Habéis comido bien?
¡Sí! Gracias, seño. ¿Podemos volver mañana?
Por supuesto. Pero mermelada ya no hay.
Pero panecillos, sí dijo Mateo, acariciando a Don antes de salir corriendo. ¡Vamos a bañarnos!
¡Ya hace frío!
¡Es el mejor momento! ¡Estamos curtidos! ¿A que sí, chicos?
Nosotros las mirábamos cuando salieron disparados hacia la verja. A la mañana siguiente, me despertó un ladrido grave de Don. Salí y me reí. Todos los niños, bajo la supervisión de Mateo, quitaban las malas hierbas del camino en el jardín. Mi madre, antes muy cuidadosa, lo había descuidado estos meses.
¡Buenos días, seño! ¿Habrá bollos? Mateo sonreía de oreja a oreja.
Claro que sí. Para quien ayuda, hasta con pasas.
Los niños iban viniendo mucho más a menudo a la casa de campo de mi madre. Cuando empezó el colegio y yo me quedé más en Madrid, ella se quedó esperando cada tarde la visita de sus pequeños aliados. Ayudaban en el jardín y luego merendaban juntos. Cuando se enteró de que Mateo tenía problemas de estudios, le ofreció ayuda.
Para algo he enseñado tantos años.
Ay, Carmen, no tengo para pagar clases particulares dudó su madre.
¿He pedido dinero? Bastante me ayuda Mateo, casi no le doy abasto en la casa.
Al principio, Mateo protestó, pero en cuanto sacó su primer sobresaliente en dictado, cambió el ceño por una sonrisa.
Perlita creció y se volvió una gata preciosa, ágil como un rayo por toda la casa y el jardín. Don, más veterano, no conseguía seguir su ritmo, pero era tan su “padre” que ni le gruñía cuando la notaba en su comedero. Verles dormir juntos me hacía suspirar:
Llegó en el momento justo, ¿verdad, mamá? Como un ángel guardián para todos.
El otoño terminó de instalarse y mi madre empezó a pensar en irse a vivir a Madrid, pero entonces, tímida, le confesé que Jaime, mi amor de la adolescencia, se había atrevido a pedirme matrimonio.
Menos mal que papá dejó la casa preparada. El piso será para vosotros; yo me quedo aquí con Don. Todo irá bien.
¿Y sola, mamá?
Como todos. No es solo un barrio de verano; hay gente aquí todo el año. Madrid está a nada en coche. Si pasa algo, teléfono en mano. Nada de problemas donde no los hay.
Nos casamos discretamente en noviembre y para Nochevieja mi madre descubrió que iba a ser abuela. Preparando la mesa, tarareaba alegre.
Don, recoge a Perla, que me va a hacer tropezar. ¡A la calle los dos!
Abrió la puerta y los echó. El aire fresco y el jardín nevado convertían la casa en postal navideña. Observó los saltos de Perlita entre la nieve.
Cuida de ella, Don, que luego no la encontramos.
Se apresuró a terminar el asado y hacer empanadillas, el dulce favorito de su yerno.
A Jaime, mi madre le quería mucho. Criado por su abuela tras quedar huérfano, lo conocía de toda la vida. Cuando dije en quinto de primaria que me sentaría con él, solo pudo alegrarse. No pensaba en casamientos aún, pero le habría gustado tenerle como hijo. Tras perder a su abuela hace poco, Jaime se volvió aún más cercano a mamá. Comparando a Mate con su yerno, mi madre sonreía viendo las mismas cualidades de bondad y sensatez.
Tú llegarás lejos, Mateo, si sigues así.
¿Usted cree? Mateo sacaba la lengua entre los labios cuando se concentraba.
Lo sé. A ver, déjame ver qué has escrito.
Leía sus composiciones con gusto. Sorprendía la frescura en sus ideas, aunque saltaran de un lado a otro y a veces no las expresara bien; a mi madre le bastaba con su empeño.
¡Muy bien! ¡Excelente!
Metió los panecillos en el horno cuando oyó ladrar a Don, esta vez alto y serio, como a un extraño. Asomó a la puerta: Don se lanzaba hacia la verja, intentando salir.
¿Qué tienes, Don? ¿Qué pasa? se lanzó, calcetines en sandalias, y se cubrió con un chal.
Ya en la verja, vio con horror que Don estaba solo. No había rastro de la gata.
Abrió y miró: En otoño, Jaime y Mateo reforzaron la valla hasta abajo contra los perros callejeros, pero Perlita había encontrado la forma de salir: usaba la gran rama del manzano. Esta vez un alud de nieve la tiró a la calle, justo cuando pasaba una manada de perros abandonados. Don quiso protegerla, pero solo chasqueó los dientes en el aire. Yo apenas pude agarrarle por el collar.
No, Don, no. Te matan…
Los perros acosaban a Perlita, pegada a la valla bufando. Yo luchaba por contener a Don, cuando del jardín vecino voló una bola de nieve a la cara del perro más agresivo. Siguieron más bolas: la confusión hizo huir a los perros. Entonces un petardo estalló y los demás corrieron despavoridos. Don se soltó, se plantó delante de la gata y la cubrió con su cuerpo bufando.
Mateo apareció sentado en la valla, amasando otra bola.
¡Que nadie toque a nuestra Perla! gritó a los perros.
¡Mateo! ¡Qué alegría verte! exclamó mi madre apoyada en la verja, de puro susto. ¿Qué haces aquí?
Soltábamos petardos. Es Nochevieja. ¡Pero no diga nada a mamá!
Por la calle apareció mi coche.
Me voy, ahí llega Lucía. ¿Mañana hay bollos?
¡Napoleón habrá! O lo que pidáis. Venid todos, celebraremos el Año Nuevo. Y, Mateo…
¿Sí? Listo para saltar.
Gracias.
Mateo asintió y se fue. Mi madre, viendo cómo Don arrastraba a Perlita de nuevo al jardín, murmuró:
Te voy a poner correa para tu hija, que como padre eres poco estricto…
La pobre gata pasó toda la noche pegada a Don, sin separarse de él ni reaccionar conmigo. Recién de madrugada, cuando me tumbé con Jaime, la gata saltó a la cama, hecha un ovillo a mi lado. La abracé y dormí, sin notar cómo Don entró sigilosamente y se tumbó a la vera de la cama.
Dos años después, mi madre removía la mermelada en la cocina y miraba el jardín donde Lucía y Mateo recogían manzanas.
¿Todavía duerme? preguntó a su hija, removiendo el cazo.
Sí, duerme.
¿Voy a verla?
No, mamá. Tiene a sus dos niñeras custodiando.
Lucía se estiró a otra rama y mi madre bajó el fuego y salió al porche. Su nieta dormía, brazos extendidos, con Perlita junto a la cuna ronroneando y Don tumbado cerca, vigilando. Don alzó la cabeza con pregunta muda.
Nada, está todo bien. ¡Que descanse!
Le revolvió la cabeza y acarició a Perlita, ajustó la sábana de la bebé y sonrió.
A veces la vida nos quita mucho, pero siempre deja una chispa de consuelo en forma de personas, animales o momentos inesperados. He entendido que, aunque el dolor es inevitable, la esperanza y el afecto encuentran su camino de regreso a nuestro lado. La vida, a su manera, siempre busca recomponerse.






