DOS PERSONAS

DOS

Esto no va de y vivieron felices para siempre, sino de probemos una vez más.

Diego e Inés eran como dos planetas en órbita: a veces una fuerza invisible los atraía de manera magnética, y otras los lanzaba lejos, como si estuviesen en extremos opuestos de la galaxia.

La primera vez se separaron a los veintidós. El motivo les parecía gigantesco: él dejó un plato sucio en la mesa, ella miró a sus amigos con ese gesto que odiaba él. Las puertas se cerraban de golpe y el yeso caía del techo; ambos juraban que esta sí, era la definitiva.

Un año sin verse. Diego adoptó un gato, Inés se cortó la melena. Pero un día, bajo la lluvia de Madrid, se rozaron en la entrada de una cafetería.

¿Aún tomas café doble sin azúcar? preguntó Diego, en vez de un sencillo hola.

¿Y tú sigues con esa bufanda gris tan horrible? replicó Inés.

A la hora reían juntos. Una semana después, sus cepillos de dientes compartían nuevamente el mismo vaso.

La segunda vez fue distinta, tranquila, deshilachada. Ni gritos ni portazos, solo una noche en la cena quedó claro que hablaban idiomas opuestos. Él soñaba con despachos y mudanzas a Barcelona. Ella pensaba en un huerto y el murmullo callado de los olivos.

Se separaron con elegancia, dividiendo libros, el gato (que se quedó con Inés) y los amigos. Diego voló a Barcelona, Inés se sumió en el yoga. No se llamaron en tres años.

Pero el amor, qué bromista. En la boda de una amiga común, les tocó la misma mesa. Diego aparecía ahora menos volcánico. Inés lucía radiante, con una calma nueva.

Hablaron toda la noche, no del ayer, sino del ahora. No hubo reproches. Cuando la fiesta terminaba, sentados en el rincón de un salón con cortinas de terciopelo, Diego comprendió: en esos tres años había visto cientos de rostros, pero ninguno le resonaba como ése. Lo cierto es que la vida en la Ciudad Condal no era tan dulce Quizá lo que le faltaba era Inés.

Así llegó el tercer intento, sin dramatismos ni regresos juveniles. Era una elección adulta, consciente, entre dos personas que se sabían las grietas.

Habían alcanzado una verdad fundamental: el amor no es ausencia de conflictos, sino el deseo incansable de caminar juntos, aunque a veces se pierdan en el camino.

Hoy beben té en la terraza de su piso madrileño. El gato ronronea, tendido entre ambos. Saben que la vida puede volver a poner piedras en su senda; pero también saben que volver, si eres esperado, no tiene nada de vergonzoso.

Han pasado cinco años ya. Aquel tercer intento abrió una puerta a una etapa cotidiana y, para sorpresa de ambos, sólida como una llave antigua.

Ya no cuentan cuántas veces juraron adiós para siempre. Ahora discuten cuántas veces eligieron quedarse.

Diego cerró su portátil. Inés hojeaba con dedos tranquilos un libro encuadernado en cuero mientras entre ellos flotaba ese silencio acogedor que confundieron tanto tiempo con aburrimiento.

Oye Diego quebró el silencio, hoy encontré en el bolsillo de mi abrigo aquella nota que me dejaste antes de la segunda ruptura. Decía: No me busques.

Inés levantó una ceja y sonrió apenas:

¿Y qué hiciste?

La tiré. Porque entendí que no se trata de no buscar. Se trata de saber dónde estás. Incluso si sólo estás al otro lado de la casa o del océano.

Ya no querían ser perfectos. Antes temían las peleas como quien teme a los terremotos; ahora sabían que discutir no era sino interferencia en la línea, una ola de fondo que había que dejar pasar sin soltar el auricular.

Diego miraba por la ventana. Fuera, la nieve caía mansa, igual que aquel primer invierno en que dijeron adiós.

Inés llamó.

¿Mmm?

Mañana quedémonos en casa. Sin planes. Solos aquí.

Ella se levantó, lo abrazó por detrás, apoyando la mejilla en su espalda. En ese gesto vivía más certeza que en todas las promesas tempestuosas de la juventud.

Ya no volvían ni se iban; simplemente, eran. Y resultaba increíblemente difícil y hermoso llegar a eso. Habían descubierto, al fin, que el amor no es un incendio que mantener, sino el farol doméstico cuyo fuego nunca se apaga, ni siquiera si sales a por pan.

Donde antes una pelea era un sismo de diez grados, ahora era apenas el mal tiempo tras la ventana.

Sentados a la mesa de la cocina, Inés preguntó:

Diego, ¿por qué esta vez no nos separamos en octubre? El motivo era más serio que aquellos platos tontos de hace diez años.

Diego se quedó pensando.

Antes creían que si no había lágrimas, ni gritos, ni huidas al alba, no era amor, sino costumbre. Ahora sabían que la profundidad estaba en el silencio.

Dejaron de buscarse el uno en los sueños del otro. Diego aceptó la lentitud parsimoniosa de Inés; Inés comprendió la costumbre de Diego de encerrarse consigo mismo en los malos días.

De jóvenes, disculparse primero les parecía debilidad. Ahora sabían que pedir perdón primero era el gesto del sabio, no del derrotado.

Aprendieron a dejarse respirar. Quisieron fundirse en uno y eso los estranguló; ahora eran dos, caminando juntos porque sí.

Comprendieron que cuando algo va mal, no es el final: sólo una etapa.

Donde antes ardía la ironía, brotó el cariño juguetón.

¿Sabes qué ha cambiado? Diego posó su mano sobre la de ella. Antes, cuando discutíamos, pensaba: Ya está, me voy, me buscaré otra vida más fácil. Ahora pienso: Otra vez la misma historia voy a poner la tetera antes de que se enfríe.

Inés sonrió.

¿Así que solo nos hemos hecho mayores?

No negó Diego sonriendo. Solo que, al fin, nos hemos encontrado. No las ideas locas que proyectábamos, sino nosotros, con todas nuestras cicatrices.

Resulta que amar no es tenerlo todo perfecto, sino conocer todas las grietas de la casa y, aun así, querer quedarse a vivir dentro.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four × 4 =