Trigo sarraceno en vez de trufas
Recuerdo aquella tarde como si fuera una escena pintada por la memoria, en la que el tiempo se arrastra lento al compás del crepitar de las brasas y el crepúsculo cayendo sobre Madrid. Yo estaba de pie junto a la vitrocerámica, contemplando resignada cómo acababa de echarse a perder aquello que había cuidado durante casi dos horas. La salsa de nata y trufa negra que debía acompañar mi risotto de setas debía haber resultado sedosa y homogénea, viva entre los aromas que llenaban la cocina. Pero, en vez de eso, se había cortado: la mantequilla flotaba por su lado, el cuerpo denso de la salsa formaba grumos en el fondo.
Disminuí el fuego y empecé otra vez con la paciencia de quien repite un rito aprendido mil veces. Iba integrando poco a poco la mantequilla fría, cortada en cubitos, en movimientos circulares suaves que mis manos conocían de memoria. Fuera ya se encendían las farolas y el tráfico sonaba lejos, en la calle de Narváez, donde los coches pasaban como un rumor continuo. Era una noche de octubre en Madrid, de esas en que el aire huele a hojas húmedas y a promesas de frío.
Elena, ¿vas a tardar mucho más? Llevo sin comer desde las dos.
Javier asomaba en el umbral de la cocina, como si sólo la atravesase para censar mi presencia, sin cruzar nunca la frontera que separaba ese espacio, tan mío, del resto de la casa. Las manos en los bolsillos, esa expresión en el rostro que tras veintitrés años aún no sabía cómo nombrar. ¿Impaciencia? No exactamente. Algo más calculado.
Veinte minutos, respondí, sin girarme. La salsa está rebelde.
Veinte minutos. Entendido.
Se fue. Oí cómo se dejaba caer en el sofá y ponía la televisión, primero el volumen muy alto, luego dejándolo casi al mínimo. Era otra de sus señales, las conocía todas.
Al final, la salsa salió decente. No perfecta, pero digna. El risotto tenía ese punto de melosidad que exige toda una ingeniería de tiempos y caldos. Serví la comida en los platos hondos y la decoré con láminas finas de trufa negra que había comprado tres días antes al tendero de confianza en el Mercado de la Paz, gastando en ese pequeño capricho casi lo que en otra época hubiera gastado con una amiga en un menú de mediodía en un restaurante.
Preparé la mesa. Encendí unas velas, no por romanticismo, sino porque bajo esa luz la comida y yo nos veíamos menos cansadas, menos marcadas por las arrugas de la jornada.
Javier se sentó, cogió el tenedor y miró el plato durante un buen rato.
¿Otra vez risotto? dijo al fin.
Pediste algo con setas.
Dije que quería setas. No hacía falta que hicieras risotto. El de la semana pasada en el restaurante de Sergio, allí lo hacía un chef de verdad. Era otra cosa, claro.
Me senté frente a él. Cogí mi propio tenedor.
Prueba primero sugerí.
Masticó con lentitud, como si evaluara dos mundos a la vez.
El arroz está un poco pasado.
Está al punto. Al dente, como debe estar.
Bueno, según tú.
Comimos en silencio. Yo miraba la llama temblorosa de las velas; él, su plato, con esa expresión indescifrable. Fuera, Madrid seguía latiendo, ignorando absolutamente nuestro risotto.
La salsa es demasiado grasienta añadió cuando el plato ya casi estaba vacío.
No respondí.
¿Sabes por qué te lo digo? Porque soy sincero. Si quieres mejorar como cocinera, necesitas críticas, no hacerte la pelota a ti misma.
Yo no he preguntado dije en voz baja.
Pues deberías.
Se fue a ver el fútbol. Yo recogí la mesa, lavé los platos, rasqué los restos de la salsa, esa salsa de trufa que costaba lo que un buen perfume, que había rehecho tres veces para que tuviera el cuerpo perfecto, siguiendo técnicas que aprendí en un curso de cocina francesa por el que pagué casi doscientos euros y que incluso transporté en un envase especial por todo el barrio de Salamanca para que no se cortara de camino a casa.
Demasiado grasienta.
Apoyé las manos en el fregadero y me quedé mirando cómo el agua desaparecía por el desagüe. Después me sequé, apagué la luz y caminé hacia el dormitorio.
Era una noche cualquiera.
***
La madre de Javier, doña Mercedes Navarro, llegó aquel sábado a las tres en punto. Ella siempre llamaba antes, unos cuarenta minutos, y yo tenía tiempo de arreglar el salón y preparar algo para el té. Era de esas personas que detectan el desorden sin mencionarlo, apenas desviando la mirada hacia el alfeizar.
Doña Mercedes tenía setenta y ocho años. Pequeña, huesuda, la espalda erguida con la dignidad de quien no se permite flaquear ni un segundo. Desde que falleció su marido, vivía sola en su piso de Chamberí, negándose a mudarse pese a los ruegos de Javier. Yo nunca insistí en que se viniera. Lo sabíamos ambas y nunca hizo falta nombrarlo.
Aquel día vino más pálida de lo habitual. Lo noté al abrirle la puerta.
Pase, doña Mercedes. He hecho una tarta de nueces.
Gracias, Elena. ¿Está Javier?
Ha salido con Sergio. Volverá por la noche.
Asintió y, en vez de ir al salón como solía, se dirigió directo a la cocina. Era extraño. Siempre prefería el sillón junto a la ventana.
Yo puse el té, corté la tarta. Nos sentamos una frente a la otra.
¿Cómo se encuentra? pregunté.
Bien. Un poco de tensión, nada que no pase en estos cuerpos con los años replicó, mordiéndose un pedazo diminuto de pastel.
Está rico dijo. Y ese “rico”, tan sencillo, tan cálido, me desarmó.
Guardamos silencio. Observaba la calle desde la ventana, con los árboles ya casi desnudos a finales de octubre.
Elena, quiero preguntarte algo, si me lo permites dijo al cabo.
Intentaré no ofenderme.
Me estudió largamente.
¿Recuerdas que eras diseñadora?
Esa pregunta me tomó por sorpresa.
Claro que lo recuerdo.
¿Eras buena?
Eso decían.
Yo lo sé. Vi tus trabajos. ¿Recuerdas ese piso en la plaza de Olavide, para la familia de médicos? Fui a verlo una vez. Pensé: esta chica sabe ver el espacio.
La miré sin entender la dirección de aquella conversación.
¿Por qué, doña Mercedes?
Apoyó la taza con esa meticulosidad de quien durante una vida no ha tenido derecho a ni un ruido de más. Sus manos seguían siendo bellas a pesar de los años, dedos largos, uñas limpias.
Porque me avergüenza, Elena susurró.
No supe qué contestar. Doña Mercedes nunca decía palabras así, era una mujer de silencios importantes.
Debería habértelo dicho antes. Quizá hace diez años, cuando lo dejaste todo por la casa. Pero callé. Pensé que era cosa tuya, que quizá así querías tú la vida. O que así tocaba.
Miró sus propias manos con atención.
Javier nunca ha sido de comidas complicadas.
Me quedé a medio camino entre la sorpresa y el desconcierto.
¿Perdón?
Nunca ha sido de eso. Ni de joven. Siempre ha tenido el estómago delicado; el médico, hace treinta años, le recomendó comer simple: sopas, guisos, carne cocida. Su comida favorita desde niño es trigo sarraceno le decíamos “alforfón” con albóndigas. Todos los días podría comer eso.
El silencio cortaba la cocina como una navaja. La nevera murmuraba su letanía, como una vida ajena.
¿Entonces por qué, empecé a decir, la voz extraña, rota, por qué pedía foie y trufas, por qué criticaba la salsa y el risotto?
Ella continuó la frase.
Porque disfrutaba del proceso. De verte esforzarte, de mirar cómo gastabas tiempo, dinero y energías para esperar su juicio. Le daba sentido de superioridad.
Dejé la taza en la mesa.
¿Entiende lo que acaba de decirme?
Perfectamente asintió. Lo he madurado antes de venir. Lo entiendo.
Ha callado diez años.
He callado treinta y ocho. Desde que don Ricardo su marido, padre de Javier empezó su juego conmigo con la comida. Le gustaba dominar todo.
Lo poco que recordaba de él era una figura enorme, voz potente, modales exquisitos en público.
Decía ser gourmet relató con una amargura envuelta en serenidad. Y yo cocinaba, y oía cada día que la salsa estaba grasienta, la carne seca… Hasta que un día lo vi comer trigo sarraceno en el pueblo de su madre, como un niño que vuelve a casa. Tres platos, con mantequilla y pan, sonriendo y en silencio. Sin una sola crítica. Era feliz.
La lluvia fina empezó a resbalar por el cristal.
Lo comprendí. Pero no me fui. Era otra época, y así creció Javier. Viendo que así se podía manejar a otro. Un instrumento, lo aprendió y lo usó.
Javier, ¿lo hace adrede? no era ya una pregunta.
No creo que se lo plantee. Sólo vive como aprendió. Se siente necesario a través de tu espera, de tu esfuerzo.
Me levanté. Ni siquiera tenía intención de alejarme, sólo no podía seguir sentada. Fui a la ventana y vi caer la lluvia sobre Narváez, sobre los paseantes ya calados.
Diez años.
Diez años de cursos de cocina: primero básicos, luego de alta cocina francesa e italiana, de catas, de visitas a los mejores mercados para buscar el queso adecuado, el vino justo, el equilibrio perfecto de sabores. Releí libros, miré vídeos, comparé recetas con cocineros que ni conocía. Cada madrugada imaginaba cómo mejorar un plato.
Pensé que era mi nueva vocación, que dejar el diseño era un salto hacia un llamado real.
Y todo mientras él, por dentro, sólo quería trigo sarraceno.
¿Por qué me lo cuenta ahora? pregunté sin girarme.
Porque soy vieja replicó con calma sencilla. Y porque tú aún eres joven, Elena. Tienes cincuenta y dos. Eso, hija, no es vejez. Es casi un comienzo.
Me volví. Me miraba con firmeza, sin compasión, y eso era lo importante.
Y porque tengo culpa añadió bajito. No lo hice adrede, pero le crié así. No le enseñé otra manera. Viví resignada, y él lo creyó normal. Eso fue fallo mío. Y esto, al menos, puedo arreglarlo: decirte la verdad.
Volví a la mesa. Bebí del té frío.
No va a cambiar dijo ella finalmente. No te digo qué hacer. Sólo que lo sepas.
Acabamos el té casi en silencio. Luego se puso el abrigo, le ayudé con los botones, porque a veces los dedos ya no le acompañaban.
La tarta de nueces estaba deliciosa me dijo en la puerta. Sencilla. La mejor que me has hecho nunca.
Se fue. Cerré la puerta y me quedé mirando mucho rato hacia donde colgaba el abrigo de Javier en el perchero.
***
Las dos semanas siguientes cociné igual. Automáticamente. Hice terrina de pato, un bisque de bogavante para el que fui al mercado de Chamartín, postres con técnicas que aprendí en mis cursos de primavera.
Javier comía. Criticaba. Yo escuchaba y callaba.
Pero algo se había roto por dentro. Una transparencia nueva entre él y yo. Me miraba haciendo los platos, rallando limón, añadiendo azafrán, llevando la bandeja a la mesa, esperando. Y veía lo que antes no veía: su gozo. No por la comida, sino por el momento previo al juicio, esa expectación mía Lo notaba con claridad: una satisfacción casi infantil, de quien tira del hilo y observa el movimiento.
Recordé mis proyectos de diseño: cómo intuía un espacio entero antes de cambiarlo, cómo entendía lo que el cliente no se atrevía a pedir, cómo me sentía al ver la obra acabada, la dicha de lo bien hecho.
Tenía mi estudio un pequeño local compartido en la calle Castelló con otras dos diseñadoras. Mal café, discusiones de colores hasta la medianoche.
Javier decía que era una tontería, que debía elegir: familia o esa vida de prisas. Que él ganaba bien, que yo no necesitaba trabajar, que los clientes me daban dolores de cabeza y que en casa hacía falta presencia.
Elegí la familia. Tenía cuarenta y dos años. Pensé que ya habría tiempo de volver.
Pasaron diez años.
Cogí el móvil y le escribí a Carmen Villar. Habíamos trabajado juntas años atrás, aún dirigía su pequeño estudio de interiorismo. Cruzábamos felicitaciones de vez en cuando, nada más.
Carmen, hola. Hace tiempo que quiero escribirte. ¿Te apetecería vernos un día?
Me contestó en media hora: ¡Elena! Por supuesto. Mañana si quieres.
***
Quedamos en un café antiguo de la calle Príncipe de Vergara. Carmen tenía el pelo mucho más corto y unas vetas plateadas preciosas.
Estás guapísima me dijo.
Mientes fatal reí.
Vale. Cansada, pero muy bien.
Pedimos café. No encontraba las palabras.
Carmen, ¿tienes trabajo para mí? Lo digo en serio.
Me estudió con atención.
¿De verdad lo dices?
Sí. Diez años sin trabajar, pero no he olvidado. Creo que no.
Ahora llevo tres proyectos y uno es una casa enorme fuera de Madrid; necesito manos y, sobre todo, cabeza. Pero te advierto que empezarías como aprendiz, Elena. Los programas han cambiado, los clientes esperan otras cosas. ¿Lo aceptas?
Lo acepto.
¿Y el sueldo?
Lo que puedas pagarme, de momento.
Me sostuvo la mirada. Debió ver algo que la convenció.
Ven el lunes y lo vemos.
Empecé el lunes. Cada día me esforzaba más que nunca, reaprendía programas nuevos, recordaba lo antiguo. Me equivocaba y me enfadaba con mis propias torpezas; aún así, algo regresaba a su sitio, como nadar después de años.
En casa empecé a cocinar trigo sarraceno.
La primera vez fue por puro cansancio. Llegué tarde, agotada, abrí la nevera y solo quería dormir. Miré los ingredientes para un plato complicado y la rechacé. En la alacena: trigo sarraceno, una lata de carne estofada, mantequilla en su sitio.
Hice el cereal, lo mezclé con la carne y la mantequilla. Llamé a Javier.
Miró el plato, asombrado como si fuese un enigma.
¿Esto qué es?
Trigo sarraceno con carne.
Ya veo. ¿Te encuentras bien?
Cansada. Mañana haré otra cosa.
Se sentó, comió en silencio. Sin una queja.
Viéndole, recordé lo que contó doña Mercedes sobre la aldea y la paz de los tres platos.
Acabó, se marchó sin comentario.
Ese fue su modo de responder.
***
La conversación llegó dos semanas después. Yo volvía del estudio, pensando en la paleta de colores para un proyecto en Pozuelo. Al entrar, Javier ni se giró del sofá.
¿Dónde te metes? Son las ocho pasadas.
Trabajaba.
Otra vez con Carmen.
Es mi trabajo, Javier.
Apagó la tele y me miró.
No era esto lo pactado.
¿Qué no pactamos?
Lo de estar todo el día fuera, con la casa vacía, la nevera sin nada. ¿Qué comemos? No hay nada.
Hay huevos, patatas y chorizo. Puedes hacerte algo.
Me miró como si hablara en chino.
¿Estás de broma?
No. Es la verdad.
¿Y tus trufas? ¿Y las salsas, todo eso? ¿Se te ha olvidado cocinar?
Coloqué la bolsa y el abrigo.
Javier, quiero hablar tranquilamente. ¿Te parece bien?
¿De qué?
De nosotros. De los últimos años. De lo que pasa aquí.
Vi cómo se tensaba. Hombros hacia adelante, mirada afilada.
¿Qué pasa? Yo trabajo, tú te quedas en casa.
Ya no. Y no pienso hacerlo más.
O sea, lo has decidido tú sola.
Estoy hablando ahora mismo contigo.
Fue hasta la ventana, volvió, no se sentó.
Elena. No sé qué te pasa. Eras normal. Teníamos una vida buena. Cocinabas, yo probaba. Ese era nuestro mundo, ¿lo entiendes? Nuestro.
Tu mundo. No el mío.
Ya estamos, seguro que fue mi madre, ¿verdad? Lo sabía.
Lo miré de frente, a ese hombre con el que llevaba veintitrés años. Nunca sentí ese piso como mío; ya estaba amueblado a su gusto antes de conocerme. Yo, con ojos de diseñadora, veía todo lo que se podía haber cambiado.
Tu madre sólo me dijo la verdad admití. La verdad, sin adornos.
¿Qué verdad? ¿Que es una vieja aficionada al drama?
Que te gusta la comida sencilla. Siempre te ha gustado. El trigo sarraceno, las albóndigas.
Una pausa brevísima.
Tonterías dijo.
Te lo comiste sin decir palabra hace dos semanas.
Porque tenía hambre.
Javier pedí. Para, por favor. Solo para y escucha.
Se detuvo. Me observaba.
Quiero hablar de verdad. De igual a igual. ¿Puedes vivir de otra forma? ¿No como estos últimos diez años?
Algo cruzó su mirada.
¿Vivir cómo?
Como dos iguales. Los dos trabajamos. La comida puede ser sencilla o complicada. Hablamos con sinceridad, sin juegos.
Largo silencio.
Yo no te he humillado, dijo finalmente, quedo. Yo sólo soy sincero. Siempre lo he sido.
Javier.
¿Qué?
Eras sincero, pero mientras yo gastaba horas y euros en trufas, fingías no querer trigo sarraceno.
Silencio.
Eso no es sinceridad. Es otra cosa.
No contestó. Se fue al dormitorio y cerró la puerta con suavidad, como si romper el silencio fuera impropio.
Fui a la cocina y freí patatas. Cené sola. Escuchaba sus pasos en el cuarto.
***
Los meses siguientes fueron como el lento deshielo de un río: sin dramatismos, sin fuegos artificiales, sólo cada día otro trocito de rutina que se desprendía.
Javier probó a reaccionar con resentimiento, luego con gestos de ternura, luego con enfados. Un día trajo tulipanes en noviembre, sencillos. Propuso salir a cenar. En un restaurante estuvo amable, preguntó por mi trabajo, reímos al fin. Al día siguiente volvió la exigencia: preguntó por qué no preparé algo especial para sus amigos. Contesté que haría pasta y ensalada.
Vi en su rostro la vieja máscara, pero ya sabía leerla.
Hubo discusiones del dinero a la comida, de las horas a la casa, todo en una lista interminable. Yo respondí con calma: no soy una inversión, Javier. Soy una persona. No entendió o no quiso.
Mercedes llamaba cada semana. Nunca ocupada, sin consejos forzados, sólo ánimo, eres valiente. Me dijo un día:
¿Está enfadado conmigo, verdad?
Un poco.
Que lo esté. Siempre estuve neutral, Elena. Ahora por primera vez siento que tengo derecho a tomar partido.
A finales de año, Carmen me confió mi primer proyecto propio: una vivienda en Chueca para una pareja joven. No dormí en varias noches, no por ignorancia sino por el miedo de haberlo olvidado todo.
No lo había olvidado.
La clienta, una mujer de treinta y pocos, vio la obra terminada y guardó silencio, sonriendo. Eres una maga, me dijo.
Recordé enseguida: así se llamaba ese sentimiento.
***
En febrero supe que con Javier no tendría paz. Lo intenté, pero él no quería lo nuevo; quería la vuelta a la rutina. No a la mujer que soy, sino a la que espera junto a los fogones su dictamen. No quería pareja, quería un espejo.
¿Cómo se reconoce a un manipulador? Creo que se ve cuando su felicidad depende de tu expectación, no de tu alegría. Cuando sin tu anhelo de aprobación, no sabe quién es.
Javier no era mal hombre en casi nada. Ni alcohólico, ni agresivo, sostenía la casa. Quizá a su modo me quería.
Pero vivir con alguien así te diluye poco a poco, olvidas la forma propia.
Solicité el divorcio en marzo.
No lo creyó de inmediato, luego insistió, luego se enfadó, luego se resignó. Mercedes fue a verle, no sé qué le diría, pero después quedó distante y frío.
El piso era suyo, siempre lo fue. Me mudé a casa de mi amiga Ana, luego alquilé una pequeña vivienda en Lavapiés, dos habitaciones sobre una calle antigua, no tan elegante como la anterior, pero vibrante.
La reformé sola. Elegí cada detalle como quien recupera el trazo, riéndome a veces de mi propia alegría. Hace años que sé lo que quiero, simplemente nunca me lo pregunté.
***
Ha pasado un año.
Es abril. Tengo cincuenta y tres. Fuera, ante mi ventana de la calle Atocha, florecen árboles de flores menudas y blancas cuyos nombres aún ignoro, pero cada mañana los miro desde mi pequeña cocina mientras burbujea el café.
Café sencillo, en cafetera italiana. Buen grano, pero sin ceremonias.
Carmen me hizo socia en enero. Ahora llevamos cuatro proyectos; dos son míos. Duermo bien. Despierto a veces pensando en espacios, en cómo iluminar un rincón. Pero es buena inquietud, fruto de la vida, no del miedo.
Mercedes sigue llamando. Hace poco la visité en Chamberí y llevé una tarta. Hablamos de todo y de nada, de lo callado y heredado entre generaciones, de cómo una vida de resignación enseña a la siguiente a resignarse, hasta que una dice basta.
Mercedes no pudo romper la cadena, pero me ayudó a mí a frenarla. Eso vale mucho.
De Javier sé poco. Oigo que acude a un curso de cocina. Acaso es cierto; a veces cambiamos sólo cuando ya no hay quien sostener. No suelo pensar en él. Si acaso, cuando en una tienda veo trufa negra en conserva y me asalta la memoria: ni risa ni pena, sólo un regusto a vida vivida.
Pero ya no me recreo en el pasado.
A Andrés lo conocí el pasado septiembre como cliente: quería reorientar su piso tras la muerte de su esposa, hacía dos años. No buscaba suprimir fotos; pedía luz y aire nuevo.
Lo entendí muy bien.
Él ingeniero, yo interiorista. Ambos constructores, cada cual a su manera.
En nuestra segunda reunión invitó a un café. Luego a un paseo, luego otro café, luego cine. Vimos una francesa divertida; le oí reír bajito y sentí asombro de lo fácil que puede ser la compañía.
Llevamos meses viéndonos, sin prisa. Sabemos que hay tiempo y que lo importante ya fue superado.
Viene a casa los viernes.
***
Hoy es viernes.
He llegado a casa tras las compras; algo de pollo, patatas, cebolla, zanahoria, eneldo y nata. Con esos ingredientes se prepara un buen pastel de horno, sencillo: patata en capas, pollo, cebolla, zanahoria, nata por encima y al horno una hora. Luego eneldo.
Lo hago cuando quiero sentir hogar. Cocinar sin pretensiones, comida de abuela.
Mientras la cazuela burbujeaba, me cambié de ropa y respiré el olor acogedor llenando mi piso modesto. Olía a la cocina de mi infancia, a las tardes de merendar junto a mi abuela. No lo había recordado en veinte años.
A las siete sonó el telefonillo.
Abrí. Andrés entró con bolsas de supermercado, asomando una botella de vino.
Buenas tardes dijo.
Buenas. ¿A qué huele?
Aspiró.
A cosas ricas. ¿Patata al horno?
Pastel. Aún falta un poco.
Perfecto sonrió quitándose la chaqueta. Traje vino, y… buscó en la bolsa… una cajita de bombones.
Era una caja sencilla, chocolate con nueces de supermercado.
Recuerdo que te gustan con nueces dijo.
Tomé la caja.
¿Cómo lo sabes?
Lo comentaste una vez, en septiembre, al pasar por una confitería.
Sostuve los bombones, superada por una gratitud que no sabría poner en palabras.
Te fijas en esas cosas
Procuro contestó con simpleza.
Fuimos juntos a la cocina. Comprobé el pastel. Faltaba poco. Él descorchó el vino y sirvió dos copas, sentándose en el taburete.
¿Cómo va tu proyecto en el Barrio de las Letras? preguntó.
Cliente complicado, lo quiere todo de inmediato y barato.
Eso pasa.
Sí, pero creo que el resultado será bueno. Techos altísimos, da mucho juego.
Asintió, mirándome cocinar.
Elena dijo.
Dime.
¿Eres feliz? No en general, ahora mismo.
Le miré. Sin trampas en la cara.
Ahora mismo sí.
Bien respondió suave, sin más.
El pastel estaba listo. Lo dejé reposar, piqué eneldo, lo serví sin velas, sólo con la luz de la lámpara.
Andrés contempló el plato.
Es bonito.
Es sólo un pastel de patata.
Pero huele muy bien y se ve bien. ¿No sabes hacer nada feo?
Me reí.
Nunca he probado.
Comimos. Repitió sin decir mucho, sólo acercando el plato. Hablamos de todo: su trabajo, sus planes para visitar a su hija en Barcelona, mis ganas de salir de viaje aunque fuera a Galicia este verano. Le pareció bien.
Tomamos té, mordisqueando los bombones sencillos.
Fuera latía Madrid, abril viva, olor a asfalto húmedo y flores blancas movidas por el viento.
Pensaba: esto es. No una fiesta, ni algo solemne. Sólo un anochecer; una persona cálida cerca, la comida del hogar, y sin miedo a esperar aprobación.
A veces recuerdo aquellos años de trufas, bisques y salsas cortadas. La búsqueda del “demasiado grasiento”. A veces siento pena: por el tiempo, por mí misma entonces. Pero el lamento también es un lujo que ya no me permito.
Hablan tanto de autoestima femenina, como si fuera algo fijo y dado. Pero no: se edifica, se derrumba, o comienza desde los cincuenta y dos años, en un escritorio ajeno al abrir un programa nuevo, fallando pero regresando día tras día, volviendo a ver el espacio propio.
Las “límites personales”, esa otra fórmula moderna, tampoco me interesa como palabra, pero sí como realidad: saber dónde acabo yo y empieza el otro, ni muralla ni cerca, sólo conciencia.
La receta de la felicidad debe ser, en realidad, tan corriente como esto: hacer lo que sabes, rodearte de quienes te ven, cocinar lo que te gusta y no vivir pendiente de la palabra ajena.
¿En qué piensas? preguntó Andrés.
Le miré, su cara tranquila, el té entre las manos.
En el pastel.
Se echó a reír.
No es mal pensamiento.
Es el mejor dije. ¿Querrás más té?
Sí, por favor.
Serví más té, lo dejé frente a él. Miré por la ventana. Los árboles blancos seguían moviéndose, Madrid con su murmullo de fondo, al margen de nuestras cucharas, de los platos, del trigo sarraceno y las trufas, de los años idos y los venideros. La ciudad seguía y yo seguía. El té era caliente, aún olía el horno, y en la repisa había una maceta nueva que compré simplemente porque el color de las hojas me alegró la vista.
Simplemente me gustó.
Y lo compré.
Así vivo ahora.







