¡Holmes, lo tuyo no es de caballero!
Candela se apartó de la cara el rabo de esa tergiversación de gato que, por algún capricho extraño de la naturaleza, tenía pinta felina, y estornudó.
¡Puaj! ¿Dónde te has metido? ¡Tienes el rabo hecho una trenza de telarañas! De verdad, que yo soy poco de limpiar, pero ¡esto ya es un insulto! ¿De dónde has sacado tanta guarrería? ¡Y bájate ya de mi almohada!
El gato ni pestañeó. Seguía encaramado sobre la almohada de Candela, contemplando a su despeinada dueña con el porte de un rey destronado pero orgulloso. El rabillo de su peluda cola cobriza le soltó, a modo de mofa, un latigazo en la punta de la nariz, y Candela pegó un brinco que casi alcanza el techo.
¿Decís que es buen día? ¡Pues mejor que todos os perdáis! Os advierto que no respondo de mis actos.
El hámster, invitado temporal de la hermana pequeña de Candela, huyó tan rápido a su caseta de plástico que ni desayuno necesitó. Una gota naranja de gato, dignamente caída del colchón, ignoró a Candela con el desdén propio de quien ha visto mucho. Holmes, aquel gato famélico y desahuciado que Candela rescató de la basura dos años atrás, se había convertido en un pequeño tirano bien cebado que ejercía de despertador incluso en domingos lluviosos.
Eso sí, hoy Holmes, bautizado así por el famoso detective británico afición de Candela en la ESO, tenía toda la razón para su faena madrugadora. Candela miró el reloj, soltó un quejido y se lanzó al baño, dándose cuenta de que iba a llegar tarde a todos los sitios posibles del mundo y alguno extra.
¡Si es que vaya tela la mía! ¡Dos alarmas, dos! ¿Y no he escuchado ni una sola? ¿Pero cómo puede ser?
Abrió de golpe la mampara de la ducha y giró el grifo.
El grito subsiguiente bastó para que el hámster cancelara cualquier plan de comida y Holmes asomara el hocico curioso al baño, congelado al contemplar a Candela tiritando y saltando a la pata coja.
¿¡Qué?! ¡Otra vez sin agua caliente!
Lo que siguió fue un repertorio de improperios que el gato escuchó con aire filosófico y cierta desgana existencial, hasta que a Candela hasta se le bajó el ánimo.
Déjame berrearlo un poco, ¿vale? No os asustéis. ¡Que el agua está congelada!
Holmes ni caso. Saltó sobre la tapa del WC, que Candela había aprendido, a base de sustos, a mantener bajada, se acomodó mirando a su humana, y con esa mirada fija hizo que el mal humor de Candela le volviera en modo tsunami.
¡Date la vuelta, descarado! ¡Qué poca vergüenza! Ahí, plantado…
Siguió una sucesión de quejidos y exclamaciones que Holmes ya conocía al dedillo; que la dueña era temperamental no era ningún secreto.
En otros tiempos, Holmes fue un gato serio. De exposición, con premios, diplomas, y cuyo nombre original era Hércules. Un nombre tan largo y rimbombante en los papeles que ni los jueces lograban pronunciarlo entero en los concursos y hasta el propio gato pasaba del tema. Pero gloria y nombre se desvanecieron de un plumazo cuando diagnosticaron o mejor dicho, adivinaron que Hércules ya no podría ser padre. Por poder, sí, pero… ¿quién pagaría por ello?
El dueño, escocido, lo cambió por un estorbo sin pestañear. Aquella vez, en vez del “¡Hércules, mi alegría!”, recibió un áspero “¡Vete, anda, que no tengo tiempo para ti!”.
Y así, de la noche a la mañana y tras un breve regateo con una estudiante con el pelo rosa y aire de marciana, Hércules terminó arrinconado en una transportín que, tras una visita fallida al veterinario y tras escuchar la cifra total, acabó tras un contenedor en las afueras de Valladolid.
Vamos, que lo dejaron tirado literalmente en la basura.
Candela lo encontró por casualidad una mañana, sacando a pasear a una vieja perrita, Cleopatra (Cleo para los amigos), propiedad de una vecina que estaba en el hospital. Cleo, con su andar digno pese a la artritis, olisqueó el transportín y ladró como una posesa, hasta que a Candela, avergonzada, no le quedó otra que chistarla.
¡Cleo, estás loca! Que es temprano, ¿qué has visto ahí, una rata?
Pero Cleo, por la pinta, no se rebajaría a perseguir ratas, y tiró del bozal hacia la esquina.
El “kitty kitty” de Candela fue ignorado olímpicamente hasta que, milagrosamente, un trocito de cola se movió y Candela pegó un alarido triunfal que hizo coro con los ladridos de la perra.
¡Está vivo!
Siguió una escena de lo más rocambolesca. ¿Cómo una chica tan bajita podía armar semejante alboroto? Primero, metió al gato en un barreño y lo frotó hasta dejarlo reluciente, a costa de sacrificar el poco pelo sano que le quedaba al animal. Luego, lo envolvió en una toalla gigante “Made in mamá” y, cuando le puso delante un platito con el pienso canino de Cleo sin permiso de la interesada, Hércules la miró de reojo con renovado interés.
¿Qué pasa? ¡Eso también es carne! O al menos, pienso yo. Si Cleo come esto, tú también. Perdón por el menú de hoy; la beca se esfumó y mi madre no viene a Madrid hasta el domingo. ¡Mira! ¿Quieres ver en qué he gastado la última paga?
Candela, sentada en el suelo junto al gato, pegó tal salto que hasta al felino le castañearon los dientes.
¿Te he asustado? ¡Pues acostúmbrate! Aquí todo es inesperado, absurdo, pero ya verás, aprenderás a quererlo.
Le mostró unos zapatos de tacón, negros, relucientes, que a Holmes le dieron igual, pero Candela insistió:
No me mires así. ¡Son ideales! Lo mismo sirven para ir de convite o de boda. Soy guapa y lo sé. Mi madre lo dice, y a ella no se le miente.
Luego, el gato supo la única gran mentira de la madre de Candela: el padre nunca fue piloto ni héroe de guerra desaparecido, sino un Don Juan de bar de barrio, que nunca aterrizó en avión. A Candela le dio igual. Lloró lo justo y llegó a la conclusión de que, si de libertades se trata, por tener solo una madre tampoco estaba tan mal.
Candela y su madre se entendían a la perfección. La madre, Pilar, era de “¿Lo quieres? ¡Ve a por ello!”. Tanto le sirvió que montó una floristería con éxito y apoyó a su hija que tocó la guitarra, canturreó lo suyo, pero acabó estudiando veterinaria porque no podía pasar de largo si veía un animal herido.
Ambas, durante años, recogieron a toda criatura viviente: gatos, perros, tordos, lagartijas desmembradas (Candela aún se acuerda de aquella vez que arrancó, sin querer, el rabo de una lagartija en “el segundo asalto”).
Fiel a su vocación, Candela conseguió trabajo en una reconocida clínica de Valladolid. Lo que no lograba era llegar puntual. Y así, entre regañadientes estudiantiles y autosuperación (“¡Anda, bonita, dale tú sola, que caballos no quedan y príncipes aún menos! ¡Remueve las patas y haz mantequilla!”), Holmes no tuvo más remedio que dejarse cuidar.
El gato, que ya no era ni la sombra de aquel Hércules, se recuperó. Permitía sin protestar que Candela le preparase una pata para la vía, sabiendo que, por fin, a alguien le importaban sus orejas. Se resignó a inyecciones, pastillas y baños, porque por fin tenía hogar.
Cuando el pelo empezó a brillar rojizo y limpio, Candela ese día limpiando los cristales y balanceándose peligrosamente sobre una banqueta se quedó pensando:
Oyes, chico, que no tienes nombre…
Reunió al consejo familiar: Pilar (la madre), Eloy (el padrastro, aterrizaje reciente), y el hámster, más tiempo ya en casa que en la de sus supuestos dueños.
Hay que ponerle nombre.
Candela, seria como un consejo de ministros. Pilar, medio muerta de risa:
¿Que me llamas para esto? ¡Pero niña, que tengo entrega de tulipanes hoy!
Eloy intercedió:
¿Sugerencias?
Pues… Es fuerte, inteligente, no demasiado gamberro… se porta en casa, no hace destrozos.
¡Todo un caballero! Eloy le rascó la oreja al gato.
El gato, que ya conocía a Eloy (el único en quien Candela confiaba cuando tenía que ir a Madrid para cursos), aceptó la caricia y hasta se dignó a ronronear.
Debería llamarse Holmes decretó Candela.
Y así fue Holmes; el nombre le cuadró rápido, aunque solo respondía la mitad de las veces, que para eso era gato, no perro.
Eso sí, últimamente Candela, entre tanto vivir sola (su madre se fue a vivir con Eloy, dejando el piso en propiedad), a Holmes lo llamaba más “cerdito” que otra cosa. Rutina: rondar la casa con cascos, mientras Holmes le seguía detrás, hasta que ella, cansada, lo abrazaba y murmuraba:
Estoy lista para algo sólido. ¿Familia, por ejemplo? Pero ¿dónde se encuentra alguien para montarla conmigo? ¿Eh, Holmes, por qué los chicos no me miran?
Holmes, para variar, ninguna respuesta. Aunque hablar, Candela tampoco le haría caso. No notaba, por ejemplo, las miradas de los chicos en el Metro, los clientes ficticios de clínica que repetían cita sólo para ver sus ojos azules y el gorro de quirófano estampado con carlinos sonrientes. Gorro que Candela eligió y que hasta contagió a todo el personal (el jefe, agradecido, le soltó un extra que, cómo no, gastó en una cama nueva para el gato, que este despreció por sus rodillas).
Así, Candela se lamentaba, Holmes se apuntaba a la pena y Pilar se preocupaba; mientras, el hámster (sin nombre aún y ya propiedad oficiosa de Candela) soñaba con que Holmes nunca reparase en él. Todo iba bien, hasta el día que Holmes decidió enfermar, solo por variar.
Candela alarmada, lo llevó corriendo a la clínica para análisis. Justo ahí se dirigían, los dos tiritando, ella con un moño mal hecho y un lápiz encajado porque Holmes le había escondido todas las horquillas. Al ver al hámster, bromeó:
Tú, con el fortín cerrado, ¡que nadie entre ni salga hasta que volvamos!
A Holmes lo arrastró a la jaula contra su voluntad, mientras refunfuñaba:
¡Por culpa tuya voy a la ruina! Entre pruebas y curas, ya podría haberme comprado medio SEAT Ibiza bueno, exagero, ¡pero al menos el retrovisor y los neumáticos!
En la clínica, el caos era épico. Candela, con el gato en brazos, saludó deprisa y se fue a consulta. Y entonces, la jornada se desmadró de verdad.
Una gatita minúscula, atenta a su turno, se transformó en una bestia cuando vio a Holmes. Mordió al veterinario, se escabulló y saltó al combate. Holmes, de tan mal humor como su dueña, reaccionó con la dignidad de un guerrero: plantó zarpa firme, atrapó a la furia gatuna y la contuvo antes de que nadie pudiera intervenir.
Impresionante dijo un chico bajito y fuerte, dueño de la gata, chasqueando la lengua. ¿Me alquilas al gato para que le enseñe a la mía?
Candela, sudando para despegar a la gata de Holmes, iba a soltarle un corte monumental, pero cuando giró la cara encontró al chico embobado, que en voz baja le pidió:
Por favor, dime que estás soltera.
Varios años después, en un adosado acogedor a las afueras de Valladolid, Candela soltaría un gruñido desgarrador al madrugar:
¡Holmes! ¡¿Otra vez tú?!
Algo cálido, peludo, y sorprendentemente vivo le haría cosquillas en la mejilla. Candela abriría un ojo, tapándose la boca para no pegar un grito. Su marido, sin abrir los suyos, la abrazaría y preguntaría:
¿El hámster?
Eso parece ¡Dios, a ver si un día se nos acaban estos circos! rezongaría, tratando de zafarse y capturar al hámster fugitivo, biznieto o tataranieto del primero, el que tanto temía a Holmes.
Pero la escena no terminaba ahí. Una gata negra, adoptada tiempo después, interceptaría al roedor justo a tiempo para evitar la fuga por el lado de la cama, y todos saldrían disparados fuera de la habitación, Holmes incluido, que contemplaría la escena desde la puerta con flema de esfinge.
¡Que es tu gata!
¡Y ese, tu hámster! Hoy Holmes es inocente y tú, sin razón para regañarle…
Candela, medio riendo, se acomodaría mejor en el abrazo.
De verdad que esto no es normal.
¿El qué? La gata se gana su comida.
¡Y me destroza los nervios! ¿Es necesario que cada mañana me traigan el hámster a la cama?
Mira que no conseguimos ratones
¡Ya sería el colmo! Ya tengo bastante con lo que hay. Por cierto, ¿cómo abre la jaula cada día esa gata tuya tan lista?
Si lo quieres saber le pasa el móvil, y en menos de un minuto Candela está doblada de la risa al ver cómo Holmes le hace palanca con la zarpa al cierre, para que la compinche negra complete la faena, y luego observa toda la persecución fingiendo ser la Esfinge.
Holmes, autor y testigo, alerta de repente al escuchar voces, y Candela sonríe:
Ya estamos todos despiertos. ¡Venga, ve tú también!
El gran gato naranja caminará digno al cuarto de los niños, abrirá la puerta con la pata, y el grito grave y felino llenará la casa, seguido enseguida por dos vocecitas alegres.
¡Buenos días! entrará Candela, acariciará la gran cabeza peluda de Holmes y sonreirá a sus hijos.







