La Gran María

¡Mari, recibe el género! ¿Dónde te has metido ahora? ¡Que te llamo y ni te inmutas!

Alejandro asomó la cabeza a la trastienda del pequeño ultramarinos, donde traía habitualmente productos frescos de su huerta, y se quedó pasmado al ver la escena.

María Fernández de la Cruz, conocida por todos en el pueblo como la Gran María, lloraba desconsoladamente, sentada en el suelo y secándose la cara con la orla colorida de su delantal. El delantal, completamente empapado, no podía contener ya las lágrimas de una María descosida por dentro, que estrujaba el borde entre sus grandes manos trabajadas y lo sacudía después, con un leve golpe que, por alguna razón, solo añadía distancia a su desgracia, provocando nuevos sollozos y un llanto aún más ruidoso, sin importarle en absoluto quién la oyera.

De hecho, ni siquiera vio entrar a Alejandro.

¿Pero qué te pasa, Mariquiña? recordando el apodo de la antigua escuela, él se agachó junto a su amiga de toda la vida. ¿Quién te ha hecho esto? Si quieres, que le digo dos cosas

¡Noo! gimió María tan fuerte que Alejandro casi cae de espaldas del susto.

Quizá fue por lo insólito y cómico de su expresión, o quizá porque el llanto empezaba a agotarla, pero la marea de lágrimas se retiró súbitamente. María se sonó ruidosamente, respiró hondo y, aún con la voz ronca, preguntó:

Ale, ¿tú crees que soy guapa?

La pregunta no le pilló desprevenido. Alejandro, buen hijo, esposo y padre de dos chicas adolescentes, respondió de inmediato:

¡Claro que sí!

Porque en el corazón de Alejandro, la belleza de María no era cuestión de medidas ni de caritas bonitas.

Conocía a María desde que tenía memoria. Habían filosofado de la vida sentados a orillas del Tormes, peleaban por caramelos en las fiestas del pueblo, compartían pupitre desde primero de primaria. Ambos hijos únicos, se habían convertido en el lugar donde el destino les debía un hermano. Alejandro veía a María ya como a su hermana.

En el cole la defendía aunque ella, con su altura y fuerza, solía ser la primera en la fila en educación física.

Pero cualquiera puede herir a una chica. Aunque esa chica pueda dejar a cualquier abusón en su sitio de un solo empujón.

Lo curioso es que María no sabía defenderse a sí misma. Si tocaban a una amiga, se transformaba en la diosa de la venganza. Pero si la cosa era con ella, se volvía frágil. Se le temblaba el labio, sonaba su gran nariz que habría hecho las delicias de Quevedo y rompía a llorar. Su llanto, grandioso y feo, no era para cualquiera. Nariz enrojecida y dos veces más grande, ojos como rendijas; no la calmaba nadie, ni profesores ni amigas. Solo Alejandro lo lograba, tirando de ella de la mano:

Ven, vamos a lavarnos la cara.

María siempre hacía caso, aunque fuera mayor medio año y casi dos cabezas. Alejandro siempre había sido más bien pequeño, como su madre. Creció tarde; en la escuela les llamaban Pulgarcito y el Coloso. Y el Coloso, lógicamente, era ella

Pero los apodos y las diferencias físicas nunca les pesaron. Alejandro corría a contarle a María sus dramas amorosos al mínimo flechazo, y ella confiaba en él hasta sus más recónditos deseos. María estaba convencida de que solo podía amar una vez.

Y ese amor, inigualable y único, era Pablo García, el gamberro del instituto y terror de toda moza desde el colegio. Su madre lo paseaba por el pueblo como a una joya de museo.

¡Ay, mi niño es un ángel! ¡Qué belleza le dio Dios! ¿Han visto ustedes criatura más guapa en su vida?

Era cierto: Pablo tenía una belleza de esos cuadros antiguos que ves en El Prado. De niño, lo comparaban aun con querubines de Murillo, pero al crecer, la ternura se tornó en magnetismo; parecía un actor francés, con la diferencia de que sus ojos, en vez de celestes, eran azul oscuro.

María lo vio por primera vez el 1 de septiembre, día en que todos los chicos estrenaban uniforme. Era su cumpleaños, aceptaba felicitaciones entre compañeros, cuando alguien le tiró bruscamente de la trenza, desatándole el lazo primoroso.

¡Culebra! soltó una voz a su espalda.

Fue tan inesperado que ni pudo reaccionar. Se rió por inercia de la broma de una amiga y después se giró y se perdió. Pablo agitó el lazo ante su cara y soltó una carcajada.

¿Qué pasa, nunca viste tanta belleza?

María ni contestó: Alejandro apareció entre ambos, asestó dos buenos coscorrones a Pablo y reclamó su lazo para devolvérselo.

¡Toma! Oye, Mari, ¿te pasa algo?

Pero María solo miraba a Pablo, que corría a chivarse a su madre. A Alejandro le cayó un buen rapapolvo, pero no se disgustó; prefería la paz de María. Pablo, con los años, se acostumbró tanto a aquella gran chavala siempre cerca, que dejó de verla como blanco de bromas. Y, sinceramente, a qué chico no le halaga ver unos ojos enamorados siempre atentos, esperando una sonrisa.

Alejandro tragó saliva, aguantando las confidencias de María sobre aquel trasto de Pablo, sabiendo que todo consejo sería en vano.

María no quiso saber que en octavo, Alejandro agarró a Pablo por el cuello detrás del aula:

Si le haces daño a María, no te lo haré repetir.

¿Tú a mí? Anda ya…

No es amenaza, es aviso.

Después de años en lucha y judo, Alejandro se había hecho fuerte. Pablo lo entendió; a María, ni tocarla.

María escribía cartas a su amor imposible en una libreta llena de corazones, sabiendo que jamás las enviaría; soñaba con que él algún día vería lo grande y puro de su cariño.

A Alejandro no le faltaba el afecto de las chicas. Creció, se puso guapo, y su madre bromeaba que pronto no le daban abasto deshaciéndose de pretendientas. Pero fue Catalina quien le despidió para la mili, y quien, al volver él tras el primer curso en la Universidad de Salamanca, se convirtió en su esposa.

María lo celebró de corazón. Le caía bien Catalina, y le encantaba ver feliz a Alejandro. Tan solo la nublaba pensar en Pablo, que después de tercero desapareció del pueblo sin despedirse, y jamás volvió a dar señales de vida.

Su madre, altiva y distante, le respondió con desprecio y prisa el día que María se armó de valor y le preguntó por Pablo:

Está de maravilla, hija. ¿Volver aquí? ¡Por favor! Pablo hará carrera en Madrid, esto no es sitio para él.

María suspiró y agradeció, con la lagrimilla asomando. Al contar el encuentro a Alejandro, él solo negó con la cabeza, compadeciéndose:

Mari, mira a tu alrededor, mujer. ¿Cuánto buen chico se daría por ti? Él no volverá, de verdad

Pero María se tapó los oídos. ¿Acaso uno elige a quien ama? ¿Tanto duele esperar, aunque la razón lo niegue?

Alejandro, sabio en sentimientos ajenos, dejó de insistir. Presentó a María a todo el que pudo, la invitó a cada celebración, con la esperanza de que otro, tal vez, le hiciera olvidar a Pablo.

Ella simplemente esperaba.

Pasaron los años; Alejandro se mudó a las afueras de Salamanca, montó una granja familiar con Catalina y propuso a María abrir juntos un pequeño mercado.

¿Quién mejor que tú para llevarlo, Mari?

¿Y qué voy a saber yo de negocios, Ale? Apenas aprendí nada

Le pesaba a María no haber podido estudiar. Su gran sueño era ser médica Pero tras el accidente de su madre que se quedó casi inválida tras resbalar y recibir una grave lesión en la fábrica, tuvo que ponerse a trabajar. Nada de universidades. Su vida quedó entre las paredes del piso y los turnos de trabajo, cuidando de la madre con el esmero de un ángel.

Te vendría bien formarte como masajista, Mari le sugirió Alejandro una tarde cargando un sillón para la rehabilitación de su madre. ¡Tienes unas manos enormes!

¿Y cuándo, Ale? ¿Y con qué dinero? No puedo dejar a mamá sola

Alejandro se calló, pero a los pocos días, llamó a su puerta una mujer amable:

Hola, soy Ana, la cuidadora. Me manda Alejandro. ¿Cuándo puedo pasarme a conocerlas?

Ana se instaló con su calidez y ternura en su casa, llenándola de esperanza. María, viendo reanimarse a su madre, decidió alquilar un cuarto y, contra viento y marea, matricularse en cursos de masaje.

El esfuerzo era titánico. María rechazó el dinero de Alejandro y llegó a un acuerdo personal con Ana. Resultó que Ana tenía un nieto con problemas de movilidad, y ¡ay!, las manos de María obraron el primer milagro: el niño empezó a andar. Los médicos no daban crédito. Nadie supo explicar cómo, pero ella solo escuchaba lo que sus propias manos y corazón dictaban.

Un maestro de técnicas orientales vio el don de María y le ofreció perfeccionarse. Ana se quedó en casa al cuidado de la madre, y María aprovechó la oportunidad.

Por fin, cuando ya trabajaba en un centro infantil y atendía a sus fieles personales al margen, aconteció la desgracia. Una tarde de invierno, María resbaló por el hielo frente a su antigua escuela, a causa de un grupo de niños jugando, y cayó pesadamente: las manos, su herramienta vital, quedaron inservibles. Despertó en el hospital, con Catalina velando a su lado, que, en avanzado embarazo, no debería estar allí.

¡Manuela! (en confianza la llamaba así), tranquila, los médicos dicen que vas a recuperarte. Ya verás, todo irá bien. Alejandrito viene mañana y te dará noticias de tu madre.

La rehabilitación fue larga y humillante; necesitar ayuda hasta para acicalarse minaba el ánimo de María. Se obsesionó y luchó hasta que, lentamente, sus manos volvieron a obedecer. Eso sí, los masajes, de momento, estaban prohibidos.

Dale tiempo, Mari. Aquí estamos para ayudarte le prometió Alejandro al traerla de vuelta a casa.

Pero María, orgullosa, apenas aceptaba apoyo.

Agradecía a la vida tener a Alejandro, que siempre aparecía cuando hacía falta, aunque no le hiciera falta llamarlo. Era la madrina de sus hijas, confidente de secretos, y el alma de la familia.

No era bella según la moda: era corpulenta, monumental, de hechuras clásicas. Pies nobles, pelo oscuro, manos de gigante, ojos profundos, nariz romana. En otros tiempos, habría sido referente de belleza. En aquel barrio de Salamanca, solo era la Gran María. Fuerte y leal. Más útil en el mostrador o en el campo que en pasarelas y redes.

Pero la vida, caprichosa, dio la vuelta una vez más: justo cuando Alejandro la buscó para recibir el género, llegó Pablo.

Se presentó en la tienda para hacer un recado a su madre y, al verla, soltó con risa hiriente:

¡Hombre, María! ¡No has cambiado nada! ¡Igual de grande! ¿Sigues lloriqueando a la mínima? ¡Vaya, necesitarías una sábana en vez de pañuelo!

En ese instante todo el mundo de María se resquebrajó. ¿Era ese el hombre por el que había suspirado media vida? Ni lo reconocía. Pablo estaba envejecido, con los clásicos ojos azules desteñidos y las manos temblorosas.

María huyó a la trastienda, se enredó entre cajas y, al desplomarse en su viejo taburete, este cedió y acabó en el suelo hecha un mar de lágrimas.

Allí la encontró Alejandro, que solo pudo responder sí cuando ella, entre sollozos, volvió a preguntar si la encontraba guapa, y después, al remontar la tormenta emocional, María le dedicó una tímida sonrisa de gratitud.

Ale

¿Sí?

Gracias.

¿Por qué?

Por estar tú, por estar Catalina, Ana, mi madre Porque os tengo a todos.

Poco después, María se enteró por la propia madre de Pablo que su ex-ídolo había dejado tres exesposas, hijos repartidos por media España y nada de éxito profesional.

Años después, Catalina saldría al porche a llamar a su marido, embarazada ya por tercera vez.

¡Alejandro, que María y el niño han llamado! Dicen que llegan pronto.

¿De nuevo al volante? bromea él.

No, está con Antonio, que vuelve de la guardia. ¡No te preocupes! Pero es incansable esa mujer. ¡Mira que ir conduciendo a punto de parir otra vez!

¡Pero si le faltan manos para atender a tanto niño, con la lista que tiene! Tú en cambio eres mi santa, quieta y apacible…

¡Anda ya! y Catalina le da un codazo cariñoso.

Alejandro entra a casa; detalla la barbacoa, toma al niño y le pregunta:

¿Tú a dónde vas?

A hacer pompas de jabón con la hija pequeña de tía María y con tía Ksenia. Tía Ana dice que soy químico de mayor.

Pídele el kit a mamá. Yo no me atrevo, que luego acaba la casa patas arriba…

Y mientras la familia prepara la comida al aire libre y suena la risa del clan, Alejandro sabe que basta con esto para ser feliz: los que amas reunidos, algo rico en la mesa, y esa sensación tan grande como María misma de que la vida, con sus penas y alegrías, tiene un secreto luminoso que solo los corazones grandes pueden guardar Y compartir, generosos, con todos los que estén cerca.

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