La madrastra

Madrastra

No entiendo qué es lo que le pasa. Tiene de todo: buena comida, ropa, zapatos… Entonces, ¿por qué se comporta así? ¿Por qué esa actitud? Carmen tiró la camisa medio planchada en el sofá, se sentó junto a su marido y le tomó la mano. Luis, esto no puede seguir así. No puedo hacerme pedazos. Estoy volcada en Daniel, y cada minuto que le dedico a las rabietas de Lucía, podría estar pasándolo con él. ¡Ayúdame!

¿Y cómo quieres que te ayude? Apenas veo a los niños. Y cambiar de turno, ya lo sabes, es imposible. Solo podría dejar el trabajo, pero entonces, hasta que encuentre otro, no podríamos darle a Daniel lo que necesita.

¡No! ¡Eso no es una solución! Sabes que si te paras ahora, todo habrá sido en vano. ¿Y para qué entonces estos tres años de esfuerzo? Todo volvería a empezar. Ya queda poco para que esté casi como los demás.

¡Él ya es como los demás! Luis soltó la mano de Carmen y se levantó. No quiero volver a oírte decir eso.

Vale, vale, perdón… Carmen escondió la cara en la camisa y rompió a llorar.

No llores, anda. Luis la animó a levantarse y le dio un abrazo. Hablaré con Lucía. Pero tú prométeme algo.

¿El qué?

No seas tan dura con ella. Sé que no es tu hija, pero la has criado tú. ¿De verdad no te duele nada por dentro? Has hecho las cosas bien. No deberías quejarte tanto. Lucía es una buena chica, educada Será la edad. A todos los adolescentes les da por ahí. Quizá solo hay que darla un poco de tiempo.

Si sigo así, la que perderá la cabeza seré yo Luis, hago lo que puedo, pero ya no me quedan fuerzas.

Lo entiendo

Lucía, mientras tanto, escuchaba desde su cuarto las voces de sus padres en el salón, aunque no distinguía las palabras. En silencio, seguía ordenando las piezas del puzle para Daniel y pensaba que Carmen, otra vez, se habría quejado de ella delante de su padre. Eso solo significaba una cosa: en vez de poder pasar un rato charlando de sus cosas de la semana, tocaría una charla más sobre la responsabilidad y el comportamiento. Papá se pondría triste y luego volvería a irse de viaje. Y otra vez, no le contaría nada sobre Adrián. De cómo la acompañó a casa, de cómo las chicas se pusieron tontas con ella por eso. Lucía suspiró. Seguro que papá le daría un buen consejo. Él siempre la entendía. Desde que Laura se había ido, ya solo le quedaba él para hablar. Lucía apenas tenía amigas, aparte de Laura. Se acordó y sonrió, recordando el día que se conocieron.

¿Qué pasa, que tú aquí eres la reina del patio?

¡Pues claro!

Pues hoy no lo pareces tanto, así que déjame sitio.

¿Se te han caído las zapatillas?

Toda la clase fue testigo de esa escena. Al principio, Lucía no entendió por qué la nueva, que había llegado a principios de curso, se puso tan chula. Después, Laura le explicó que dos chicas guapas no cabían en la misma clase. O luchas, o te haces amiga. Eligieron lo segundo.

Lucía era realmente guapa. Había heredado todos los rasgos llamativos de su madre. Cuando miraba fotos de su madre, imaginaba cómo serían juntas ahora. Como dos hermanas, pensaba. Pero su madre murió cuando Lucía tenía solo tres años. Muy poco tiempo, muy poca madre junto a ella Eso la rabió siempre; apenas la recordaba. Y cuanto más rebuscaba en la memoria para atrapar aunque fuese un detalle, una voz, enseguida oía en su cabeza la voz de Carmen, su tono, su forma de hablar. Nada de su madre.

Carmen la crió desde que ella tenía cuatro. Su padre conoció a Carmen, una enfermera joven y simpática del centro de salud, solo medio año después de perder a su mujer. Y fue la propia Lucía quien, sin querer, los presentó. Carmen vino a cuidar de ella cuando tenía fiebre.

Allí hay un hombre solo criando a su hija. No tiene ayuda. Le he puesto inyecciones. Esperemos que la fiebre no acabe en una infección.

Carmen vino. Y se quedó. Primero para pasar la noche, porque la fiebre no bajaba. Luego, para siempre.

Lucía acercó la caja de piezas, le pasó una escondida a Daniel, que jugueteaba con la tapa de uno de sus libros.

¡Toma!

Daniel la miró con los mismos grandes ojos castaños de papá, como chocolate negro, y le preguntó:

¿Por qué estás triste?

No es nada. Estoy de mal humor.

¿Qué hago para alegrarte? ¿Te canto algo?

¡Uf, mejor que no! Lucía se echó a reír, sin querer.

Daniel nunca fue buen cantante. Alguien, con mucha fuerza y patas blanditas, debía de aplastarle los oídos al nacer. Pero cantar era lo que más le gustaba en el mundo. Y, mientras era más pequeño, Lucía se resignaba, escuchando sus conciertos. Pero por suerte, Daniel pronto comprendió que su hermana no disfrutaba demasiado. Así que ya solo le chinchaba de vez en cuando, preguntándole si quería otra canción justo cuando veía que ella estaba triste.

¿Echas de menos a Laura?

Sí. Y no solo a ella.

¿Mamá te ha regañado otra vez?

¡Daniel, por favor!

¿Qué? Lo he oído.

¿Y por qué no dormías?

Si ya estaba despierto. Y hablabais muy alto. ¿Por qué os peleáis ahora?

Por nada importante.

Lucía se volvió, ocultando el brillo de las lágrimas que, sin querer, asomaron a sus ojos. ¿Por qué así? Si no había hecho nada malo. Solo le dijo a Carmen que al día siguiente tenía examen de física y que debía estudiar. Los platos podían esperar. Una tontería para montar una tormenta en un vaso de agua… Quizás respondió de mala manera, pero ella también podía moderarse. Daniel era su hijo, y Lucía Lucía apretó los labios. ¿Por qué estaba sola? ¿Por qué mamá se fue tan pronto? Si Daniel fuera hijo de su madre, seguro que ella nunca los habría separado así. ¿Cómo se puede dividir a los hijos entre los preferidos y los otros? Laura le había explicado una vez:

Déjalo estar. Hasta a los hijos de tu sangre se les trata muchas veces diferente. Mira, en mi casa, mi madre adora a mi hermana pequeña y conmigo… pues salgo del paso. ¿Y? ¿Me toca llorar ahora? ¡Qué va! No te obsesiones tanto. En tu caso hasta está clara la cosa. Tú sana, tu hermano no. A él atención, a ti exigencia.

¿Y a mí no se me puede prestar atención? replicó Lucía, dolida. Si alguien iba a entenderla, era Laura. Pero tampoco ella la comprendió del todo, solo le soltó un discurso sobre la familia.

A ti también, pero Carmen no es de piedra. Ya tiene bastante con lo suyo. ¿Quieres que además baile a tu alrededor? Y dime la verdad: ¿acaso es una madrastra perversa, la que te manda a buscar flores en pleno invierno?

No…

Pues ya está. No te quejes. ¿Acaso es tanto problema sacar a pasear al niño o bajar a por el pan?

No has entendido nada protestó Lucía.

Claro que lo he entendido. ¿Necesitas consuelo? Para eso estoy yo. Carmen no tiene obligación de quererte. ¿Lo ves? No todo el mundo sabe aceptar como suyo a un hijo de otro, y menos si el suyo está enfermo.

¿Tú crees que me tiene manía porque yo estoy sana? Lucía por fin sacaba, en voz baja, lo que jamás confesaría a nadie.

A saber. Puede ser, o no. Eso no lo sabremos nunca. Pero he visto casos peores.

¿Por qué crees eso?

Por esto mismo dijo Laura, tocando suavemente los pendientes de oro nuevos que Lucía llevaba puestos.

Fueron regalo de cumpleaños de papá y Carmen. Lucía llevaba mucho tiempo deseándolos, pero nunca los habría pedido: sabía perfectamente lo caros que eran. Solo una vez, al pasar frente a una joyería en Gran Vía, se quedó mirando largo rato el escaparate.

¿Te gustan? Carmen, empujando el carrito de Daniel, regresó para verla.

¡No! respondió Lucía tajante, apartándose enseguida. Carmen sacudió la cabeza y siguió adelante.

Aquel día, la caja roja con forma de corazón apareció junto a su almohada al amanecer. Se quedó mucho rato con ella en las manos, sin atreverse a abrirla. Todos dormían, solo Daniel resollaba, agitado, en medio de un sueño. De repente, se desperezó y giró hacia ella.

¿Ya los has visto? la miró entre celoso y picarón.

No aún.

¡Pues ábrelos! ¡Ya he despertado!

Lucía sonrió con aquella ocurrencia, abrió la caja y no pudo evitar un grito ahogado. Eran los mismos pendientes que había visto en la tienda.

De esos, los que bailan ¿Cómo se llamaban las piedras?

Diamantes.

¡Eso! ¿Te gustan? Daniel se incorporó todo lo que pudo.

Muchísimo… Lucía se dio cuenta de que le picaban los ojos.

¡Eh! ¿Te vas a poner a llorar? ¡Que es tu cumple! Daniel quiso abrazarla y, exhausto, volvió a dejarse caer.

¡Que no! Lucía apretó la cajita y se levantó. No estoy llorando, ni pensarlo. Vamos, ayúdame: me los pongo y me dices si me quedan bien.

No tenía ni idea de cómo habían sacado papá y Carmen tanto dinero, pero aquellos pequeños diamantes bailaban desde entonces en sus orejas. Así que, en parte, Laura tenía razón.

Lucía dio un salto cuando su padre abrió la puerta.

¿Lucía, puedes venir un momento?

Daniel miró a su padre y rápidamente agarró la mano de Lucía.

¿No vas a llorar?

Lucía negó con la cabeza y salió tras su padre.

Se quedaron sentados en la cocina, mirando el suave vapor que salía de las tazas de té. Y sin embargo, Lucía no se sentía nada cómoda allí. Solo quería huir, desaparecer, para no tener que compartir ese silencio con el único que podía entenderla.

Lucía… Luis levantó la vista, pero se detuvo. Por un momento creyó ver a la madre de Lucía, mirándole desde el otro lado de la mesa. ¿Cuándo se había hecho tan mayor su niña? ¿Cómo no había notado antes lo parecida que era a Marina?

Su noviazgo fue breve antes de casarse, y su vida juntos apenas un suspiro. Aquel día, la joven pizpireta resbaló en el muelle, y él la llevó a brazos hasta la ambulancia.

¡Vaya fuerza tienes, gracias! le sonrió Marina, y Luis se quedó sin respiración.

Vio alejarse la ambulancia y se le encogió el alma. Se adelantó y, al rato, ya corría por los pasillos del hospital en busca de esa desconocida.

¡Menudo te has hecho esperar! le saludó ella, bromeando con la pierna escayolada. Fue la primera vez en su vida que Luis se quedó sin palabras.

Se casaron medio año después. Marina voló a Madrid para vivir con él, dejando familia atrás.

Ahora mi familia eres tú.

Aquel matrimonio duró poco. El nacimiento de su hija y la absurda, injusta y dolorosa pérdida de Marina rompió algo en él. A Luis jamás se le olvidó aquel día en el que un conocido le sacó de la carretera.

¿Qué le pasa a la radio?

Vete tú a saber, se ha estropeado.

Vuelve a casa. Te he traído un compañero para el relevo. Mejor que vuelvas ahora…

Y entonces Luis, sentado en un banco cerca del portal, con Lucía dormida en brazos, recordaba, una y otra vez:

Nunca se quejó del corazón…

Lucía entornaba los ojos, aún sin saber que justo entonces su mundo acababa de partirse en dos.

¿Qué pasa, papá? ¿Me vas a regañar?

No. Luis supo que no le quedaban fuerzas para discutir. Solo quería saber cómo estás.

¿Qué? Lucía se puso alerta.

Nada, es solo ¿Qué tal en el cole? ¿Y Laura? ¿Escribe? ¿Qué tal su abuela? ¿Mejor? ¿Sabes cuándo volverá?

No lo sé, papá. Está fea la cosa. Laura va a tener que quedarse allí, cuidando a su abuela. Dice que es lo justo, ahora le toca.

¿Y Laura qué dice?

Nada, lo lleva bien. Es fuerte, no como yo Lucía sonrió tristemente. Hace todo, estudia, ayuda en casa. Reniega, pero por rutina. La echo de menos.

¿Y tú?

Yo también… Papá, ¿por qué? ¿Por qué se van todos los que quiero?

Luis apretó la taza con fuerza.

¡Lucía, eso no es así!

¿No? Mamá, Laura… ¿Quién será la siguiente?

Nadie, aquí vamos a estar todos. Luis le sostuvo la mirada. Ni lo pienses, ¿me oyes?

Lucía asintió, aunque él supo que esos pensamientos seguían ahí. Buscando cómo disipar la sombra, buscó una de las pocas maneras de sacarla de la melancolía:

¿Y eso con… Adrián? ¿Qué tal va?

Vio cómo la cara de Lucía se encendió de repente. Por fin sonrió al ver ese gesto tan suyo, quitando importancia a sus preguntas, y eso le dio cierta calma. Se recostó en la silla:

¡Cuenta, cuenta!

Aquella noche hablaron durante horas. Carmen, que ya había terminado toda la ropa, acostó a Daniel y se fue a la cama, comprendiendo que no debía interrumpir esa conversación bajo ningún concepto. Acostada en la oscuridad, sin encender la luz de noche, repasó mentalmente todo lo que había sucedido en los últimos días. Rememoró la brusca respuesta de Lucía ese día, la llamada del director el día anterior, que ni siquiera se atrevió a contarle a Luis. Decidió no decirle nada más. Si él hablaba con su hija, quizás se arreglaría lo de las faltas. Si no tendría que imponer disciplina, pero ¿cómo? Si fuese su hija, sabría qué hacer. Pero Lucía no era suya. Y siempre la detenía ese límite sutil.

No, no sentía pena por ella al estilo de la gente que idealiza a los huérfanos de madre y a las madrastras crueles. Carmen sonrió amarga. No la compadecía porque pensase que la pobre niña había tenido mala suerte. Nada de eso. La razón era otra. Creía sinceramente que no debía tratar a Lucía como una víctima: estaba viva, era sana y tenía derecho a construir su vida sin cargar eternamente el pasado, ni llevar el estigma de “pobrecita huérfana”. Nadie lo sabía mejor que Carmen: ella misma había crecido sin padres, pasó por dos famílias de acogida hasta que dio con la persona que de verdad fue como una madre para ella.

Su madre la tuvo en la cárcel. Una pelea borracha arruinó la vida de una mujer joven, que poco recordaba de aquel día negro de Nochevieja. A Carmen la mandaron a un orfanato y luego fue adoptada. Nunca más volvió a ver a su madre biológica.

Una primera familia la acogió, pero dos años después la devolvieron, pues la madre adoptiva, tras tener gemelos, no pudo con una más. Carmen era aún pequeña y no entendía nada cuando le quitaron su muñeca favorita y la devolvieron a ese extraño lugar lleno de niños.

La segunda familia la tuvo unos años más. Pero la madre enfermó, se divorció y la entregó de nuevo. Ese último rechazo hizo que la Carmen de entonces dejara de confiar en nadie. Dando la espalda a esa madre que intentó despedirse de ella, Carmen solo oyó:

Perdona, pequeña, pero ahora tú sola

Aquella frase no se le olvidó en la vida. Se convirtió en su lema. Aprendió a defenderse a golpes en el internado y pronto se ganó fama de “fieras”.

Y, cuando Nadie apareció para llevársela con ella, Carmen ni habló con ella.

Entonces hablo yo, y tú me escuchas.

Nadia le habló de aquel caserío en Galicia, de la gente del pueblo y los hermanos que la esperaban.

¡Todo mentiras! dijo Carmen negando con la cabeza. Me vais a devolver igual que los demás.

Y si es así, al menos conocerás sitio nuevo. Mejor que quedarte aquí.

¡No!

Costó medio año convencerla. Otro más hasta que Carmen llamó mamá a Nadia. Ahora, recordando todo aquello, Carmen notó el mismo miedo atroz que sentía entonces ante la idea de que volvieran a dejarla, o de que a Nadia, su verdadera madre, le pasara algo. Recordó cómo había encontrado en el desván la pequeña estampa de la Virgen; no sabía rezar, solo se sentaba y repetía bajito una frase:

¡Protege y cuida de ella! ¿Oyes? ¡Protege y cuida!

No sabía si alguien la oía, pero necesitaba creerlo. Nadia murió cuando Daniel tenía dos años. Carmen, aún sin saber los sufrimientos que le esperaban, la cuidó hasta el final.

No llores, hija. Todos terminamos igual. Y así, ya no duele

Mamá, ¿pero por qué a ti?

No preguntes por qué a mí, sino para qué. Nunca lo olvides, Carmen. No es por qué, sino para qué.

Ese era el pensamiento que se le venía una y otra vez cada vez que tenía problemas con Lucía: ¿para qué estaba ella ahí? ¿Para qué le tocó esta responsabilidad, además de la de ser madre de Daniel? ¿No era bastante tener un hijo con dificultades? Saber que tu hijo nunca caminará… Carmen cerró los ojos, intentando ahuyentar los miedos. Si al menos hubiera esperanza…

Se levantó sigilosamente y fue al cuarto de los niños. Daniel dormía, como siempre, desparramado en la cama, sin sábanas. Carmen lo tapó, se sentó en el suelo a pensar. No supo cuánto tiempo estuvo allí hasta que Lucía le tocó el hombro.

Carmen, ven a dormir. Es tarde.

Carmen miró a su alrededor, confusa.

¿Me he dormido aquí? ¿Qué hora es?

Cerca de las tres Lucía estaba sentada en la cama, la luz de la lámpara pintando sombras suaves en su cara. ¿Puedo preguntarte algo?

Carmen, mientras acomodaba la manta, se tomó un momento antes de contestar y luego se giró hacia Lucía.

Claro.

¿Tú no me quieres?

Carmen apretó la colcha y, esforzándose mucho, negó con la cabeza:

No lo sé. No… No quiero mentirte, ya eres mayor para entenderme. No puedo decirte que te quiero como a Daniel, porque no sería verdad. Pero no eres ajena para mí, Lucía. Me preocupas tanto como él señaló a Daniel dormido. Es como una función que se nos da una vez eres madre. Te entra el miedo de que les pase algo, y quieres protegerles. Y volver a sentir miedo. Es como un programa automático Y no se puede apagar. No hay botón para apagarlo, solo para encenderlo. ¿Es amor? No lo sé Así que te lo digo tal cual.

Lucía escuchó a Carmen sentada, muy quieta.

Si me preguntas si siento mariposas en el estómago cuando pienso en ti, no. No las siento. Y dudo que las tenga algún día. Y no sé cómo acabará lo nuestro. Por ahora, es difícil. Para ti y para mí. No se trata de platos sucios, como bien sabes. Pero sí sé que me importa lo que pase contigo. Quiero que te vaya bien en la vida, que crezcas feliz. Y haré todo cuanto esté en mi mano para ayudarte, pero no me pidas ser tu hada ni tu madre mágica. Eso lo hacía bien abuela Nadia, pero yo yo no sé.

Abuela Nadia decía que mimar a los hijos podía deformarlos. Hay que quererlos, pero no hasta estropearlos con la propia ternura.

¿Cómo? Carmen la miró perpleja. ¿Cuándo te dijo eso?

Una vez que estuvimos allí. Y también dijo que tú eras buena, solo fría. Como la Reina de las Nieves. Y que no era tu culpa. No entiendo todavía esa frase.

Yo sí ¿Y lo otro, lo de los niños malcriados? ¿Cuándo fue?

Cuando el hijo de los vecinos ahogó a unos gatos. Su madre, en vez de darle un azote, le felicitó y montó un escándalo porque no le dejamos jugar. Entonces dijo la abuela que hay amores ciegos que hacen mucho daño.

Entiendo Lucía

Ya sé, no hace falta Perdóname tú a mí. No pienso prometer nada porque igual no lo logro, pero quiero intentarlo. De otra forma.

De acuerdo. Probemos

Carmen se dio la vuelta para irse, pero se detuvo. Sorprendiéndose a sí misma, fue hacia Lucía, le tomó la cara entre las manos y dijo:

Vamos a intentarlo.

Años después, Lucía siempre recordaría aquellos días grises como los más difíciles. Nunca le crecieron alas; pero tenía a un hermano al que quería, y una promesa no completa, pero sincera por cumplir.

Cuando, pasados los años, volvió a casa con su primer embarazo para visitar a sus padres y a su hermano, Lucía abrazó a Carmen, que reía al ver a Daniel desafinando tan contento, estrenando el portátil que le había regalado su hermana. Y entonces, muy bajito, para que ni su hermano ni su padre los oyesen, Lucía le susurró:

Gracias.

¿Por qué? preguntó Carmen, extrañada.

Por decir siempre la verdad. Y Mamá, eso que decías de la función de madre ¿Salta cuando nace un hijo? Porque creo que la mía está atascada.

Si ya te lo planteas, es que ya ha empezadorió Carmen, y fingió no darse cuenta de que Lucía, por primera vez, la había llamado madre.

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